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La Luz Rojo Carmesí Del Final

La Luz Rojo Carmesí Del Final

Status: En proceso
Genre:Acción / Terror / Mafia / Demonios
Popularitas:6.9k
Nilai: 5
nombre de autor: XintaRo

Pesadillas terribles torturan la conciencia y cordura de un Hombre. Su deseó de proteger a los suyos y recuperar a la mujer que ama, se ven destruidos por una gran telaraña de corrupción, traición, homicidios y lo perturbador de lo desconocido y lo que no es humano. La oscuridad consumirá su cordura o soportará la locura enfermiza que proyecta la luz rojo carmesí que late al fondo del corredor como un corazón enfermo.

NovelToon tiene autorización de XintaRo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El Hombre Sin Ojos. Pt14.

De pronto, una mano me sujeta el hombro. Giro con violencia, el arma lista para disparar.

Una segunda mano detiene la mía antes de apretar el gatillo.

—¡Eh, tranquilo! —dice Héctor, con los ojos abiertos como platos—. ¡Soy yo, imbécil!

Bajo el arma, respiro agitado.

—Te escuché gritar —dice—, pero luego no respondías. ¿Qué demonios pasó?

Le cuento todo. La figura, la mano, la luz roja. No dejo nada fuera. Saco la libreta de mi costado y escribo todo. Héctor me escucha sin decir palabra.

Cuando termino, traga saliva.

—Tenemos que irnos de aquí —susurra.

—Aún no. Falta algo.

Giro la vista. Miro la gaveta con la manguera. Lo siento en los tobillos. Una corriente de aire frío se escapa desde abajo. Lanzo un poco de polvo con el pie y ambos vemos cómo se lo lleva el viento.

—Hay algo ahí —digo.

Héctor me aparta con la mano y se agacha, examina el contorno por unos segundos. Golpea los costados con los nudillos, pegando el oído como si el eco del metal le dijera la contraseña. Se endereza y gira la toma de agua. Un chasquido metálico resuena dentro del muro. Empuja. El muro se abre lentamente, revelando un cuarto oculto.

El olor a papel húmedo y tinta quemada me golpea al instante. Apuntamos las linternas a su interior.

Las luces revelan cajas apiladas hasta el techo, carpetas amarillentas, discos duros, rollos fotográficos, papeles pegados con alfileres oxidados. En las paredes, nombres escritos con marcador negro: políticos, empresarios, miembros del consejo, fechas, rutas, cifras.

—Santa Santini —susurra Héctor, acercándose a una mesa cubierta de fotos y polvo—. Esto es una maldita base de operaciones.

Tomo una de las carpetas dentro de una caja a mi costado. Dentro hay informes financieros con el sello de “Inversiones Liv”.

—Slim trabajaba en esto —digo—. Este era su escondite.

Me acerco al escritorio lleno de papeles. Una vieja taza manchada de café tiembla sobre un montón de carpetas. Reviso cada cajón, en un cajón corroído, encuentro una cinta de audio, marcada con el número 47-1.

Se la enseño a Héctor y la guardo en mi abrigo.

—La escucharemos en mi vieja radio.

—Si es que llegamos vivos —responde Héctor, encendiendo su compacta cámara y fotografiando todo.

Sus flashes iluminan los muros y los rostros de hombres sonrientes en las fotos: Guillermo Linova con políticos, jueces, militares, policías. Sus ojos parecen seguirme incluso en la penumbra. A medida que fotografía cada sección por separado, arranca las fotografías y los documentos.

Me quedo quieto. Siento un nudo en el estómago. Comienzo a guardar todo dentro de las cajas a medio llenar. Los discos duros, las fotografías y los documentos. Todo, no podemos dejar nada atrás. Nadie debe saber que Mat o nosotros estuvimos en este lugar.

Tras una hora llenamos todo. Unas ocho cajas, una sobre otra. El cuarto se siente vacío, como si cada secreto fuese ocultado y sellado.

—Ocho cajas —dice Héctor, cargando tres—. No puedo llevar más en una sola vuelta.

—Empieza tú —respondo, dejándole las llaves del Mustang sobre una de sus cajas—. Borraré lo que quede. No podemos dejar rastros de nosotros o de Slim en este lugar.

Mientras él se aleja, paso la linterna por el muro. Nombres, direcciones, símbolos que no reconozco. Tomo un trapo viejo sobre una caja, y lo empapo con el agua de un balde bajo una cañería que gotea.

Comienzo a borrar todo, memorizando cada palabra en los muros, antes de eliminarlas con el apestoso trapo. Pero en una esquina del muro, apenas visible, leo algo escrito en tinta roja. Tres palabras, en aklo: “Noli Tamen Salire”.

La frase escrita en la pared —“no saltes aún”— me deja helado. Las letras parecen recientes, como si la tinta no terminara de secarse. Pero el polvo, el olor, el aire estancado... todo grita que nadie ha pisado este lugar en semanas. Siento que me observan. No sé desde dónde, pero lo siento en la nuca.

Un zumbido en el auricular me arranca del trance.

—Hermano, date prisa —la voz de Héctor suena agitada, con ese tono que mezcla prisa y miedo—. Algo no me gusta aquí afuera.

—Salgo enseguida —respondo, sin apartar la vista de la pared—. Aún no termino de borrar lo que queda en los muros.

Las frases de Slim cubren la habitación como un enjambre de cicatrices. Algunas en tinta seca, otras grabadas en el yeso. El olor del óxido, del moho y la tinta muerta se mezcla con el de mi sudor. Aún faltan cinco cajas. Saco el teléfono y fotografió la frase, —luego lo comparare con Héctor— y vere si el la fotografío antes que yo la viera.

—Héctor —digo por el comunicador—, vuelve. Quedan más cajas aquí. Trae las manos libres, no quiero dejar nada.

—En camino.

Corto.

Sigo trabajando. El silencio se vuelve denso, casi líquido. Los sonidos del edificio son como respiraciones, borro los nombres y los raspo con la navaja del yeso.

Y entonces lo oigo… pasos. Lentos, arrastrados, acercándose desde la entrada del corredor. Apunto con el arma hacia la entrada.

—Héctor… ¿eres tú? —pregunto.

Nadie responde. Los pasos se detienen justo antes de la puerta. El corazón me golpea en la garganta. Doy dos pasos adelante, el cañón firme, y en ese instante la silueta de Héctor emerge de la penumbra.

—Deprisa, idiota —gruñe—. Tenemos que salir de aquí ya. Este sitio me da mala espina. Huele demasiado a óxido… sabes que odio este aroma.

Guardo el arma y suspiro aliviado.

—Ya terminé. —tomo cuatro cajas y le señalo la última—. Esa es tuya.

Salimos del cuarto vacío. El aire parece distinto, como si el lugar respirara más tranquilo sin nosotros. Cuando Héctor jala el muro para cerrarlo, el mecanismo suena como si el propio edificio lo tragara de nuevo, sellándolo bajo toneladas de silencio y metal.

Avanzamos por los corredores oscuros, cruzando los cuartos llenos de basura y polvo. Solo guiados por la luz de nuestras linternas. Cada paso levanta ecos que no parecen nuestros. Siento que algo nos sigue, que camina justo detrás, siempre a la misma distancia. Héctor también lo siente: no lo dice, pero no deja de mirar sobre el hombro.

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melani99
Ahora esta incluso mejor que antes la historia😻
favita
me encanta la historia muy genial el detective
melani99
🥰
sofialopez2010
favuloso
jomijomi2012
Muy buena, que siga
jomijomi2012
Que increíble el relato, hasta me dio penita la polilla de papel😔
manueles
Me encanta, que siga contando la historia 😻😻😻
manueles
Que hermoso, parese un poema😻
jotape
Donde habrán quedado mis alas de papel 😔
entomomoyan
Yo nací sin mis alas de papel, al igual que el detective 😔
latifa
yo igual ya no tengo mis alas de papel 😭
XintaRo
👍
latifa
ingreible quiero leer mas
jotape
😻
Anon
Esta muy buena la historia
Anon
Nadie pisa el sur sin consecuencias 😎
Anon
El héroe oscuro del distrito sur 😻😼
Anon
/Casual//Determined/
Anon
😻😎😼
Anon
👏/Good/
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