Un delta que regresa al pasado decidido a no enamorarse.
Un omega reencarnado que solo quiere salvar a su villano favorito.
Entre música, promesas infantiles y destinos torcidos, el amor no estaba en el plan…
pero el plan fracasa desde el primer beso en la mejilla.
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Capítulo 13 Elegir el propio escenario
La idea no llegó como una declaración.
Llegó como una pregunta.
—Me invitaron a tocar en el pueblo —dijo Luca Avenni, con la naturalidad de quien anuncia que cambiará de asiento en la mesa.
Alessandro di Ravenna levantó la vista de sus apuntes.
—¿Quién te invitó?
—El vendedor de cuerdas —respondió Luca—. Habrá una pequeña feria. Dijo que a la gente le gusta escuchar música en la tarde.
—No es un evento del castillo.
—No —asintió Luca—. Es del pueblo.
Eso fue exactamente lo que incomodó a Alessandro.
—No es seguro.
—No es peligroso —replicó Luca—. Hay guardias del mercado.
—No son los nuestros.
—No necesito que sean “los nuestros” —dijo Luca—. Solo que estén.
El silencio que siguió fue más pesado de lo que ambos esperaban.
Alessandro caminó por el ala oeste para despejar la cabeza.
No quería ser injusto.
No quería ser posesivo.
Quería… que nada cambiara.
Ese deseo, tan humano, le molestó.
—No puedes decidir por mí —dijo Luca cuando Alessandro volvió.
—No estoy decidiendo —respondió Alessandro—. Estoy… —se detuvo—. Preocupándome.
—Eso se parece mucho a decidir cuando no escuchas —replicó Luca, con una calma nueva.
Alessandro apretó los puños.
—¿Quieres ir?
—Sí.
La respuesta fue simple. Clara.
Y por eso dolió.
La discusión no fue ruidosa.
Fue precisa.
—¿Por qué quieres ir? —preguntó Alessandro.
—Porque quiero tocar para gente que no me conoce —respondió Luca—. No para cumplir un rol del castillo. Para… probar mi música.
—Tu música no necesita probar nada.
—Yo sí —sonrió Luca, con un cansancio suave—. Necesito saber cómo suena lejos de aquí.
Alessandro se quedó en silencio.
Eso era… elegir el propio escenario.
La noche cayó con una lluvia fina.
Luca no tocó esa noche.
Se sentó en el pasillo con el arpa apoyada contra la pared, sin pulsar las cuerdas.
—¿Estás enojado? —preguntó.
—No —respondió Alessandro—. Estoy… aprendiendo a no cerrar puertas que no son mías.
Luca lo miró con atención.
—Eso suena difícil.
—Lo es.
Se quedaron sentados en el suelo, espalda contra la pared, escuchando el ruido de la lluvia.
—Si no quieres que vaya… —empezó Luca.
—Quiero que vayas —interrumpió Alessandro—. No quiero… que te vayas.
La diferencia era mínima. El significado, enorme.
Luca sonrió, pequeño.
—No me voy. Voy y vuelvo.
—Eso dices ahora.
—Eso haré mañana.
Alessandro asintió, aunque el nudo en el pecho no se deshizo.
El día de la feria, Alessandro insistió en acompañarlo hasta el borde del pueblo.
—No subiré al escenario —dijo—. No es mi lugar.
—Lo sé —respondió Luca—. Pero me gusta que camines cerca al principio.
Caminaron entre puestos de fruta, telas y cuerdas de repuesto. El vendedor los saludó con una reverencia exagerada.
—Bienvenido, pequeño músico.
Luca subió al pequeño estrado de madera. El murmullo del pueblo se aquietó con curiosidad.
La música empezó temblorosa.
Luego se afirmó.
Alessandro observó desde abajo, sin intervenir.
No lo necesitaban.
Y eso, extrañamente, lo tranquilizó.
Cuando Luca terminó, hubo aplausos sencillos. Un niño del pueblo dejó una flor en el borde del estrado.
—Gracias —dijo Luca, inclinándose.
Bajó y buscó con la mirada.
Encontró a Alessandro.
No como refugio.
Como referencia.
—¿Lo hice bien? —preguntó.
—Sí —respondió Alessandro—. Lo hiciste… tuyo.
Luca respiró hondo, aliviado.
—Entonces volveré a hacerlo.
Alessandro sonrió, cansado y honesto.
—Te acompañaré hasta la esquina.
—Eso basta.
La escena nocturna fue simple.
No hubo música.
Se sentaron en el pasillo del castillo, con la ventana abierta.
—Gracias por no detenerme —dijo Luca.
—Gracias por volver —respondió Alessandro.
—No prometo no irme a otros escenarios —sonrió Luca.
—No te pediré que no vayas —admitió Alessandro—. Te pediré que… vuelvas.
Luca apoyó la cabeza un segundo en el hombro de Alessandro.
—Vuelvo —dijo—. Siempre.
No fue una promesa eterna.
Fue una elección presente.
Y por primera vez, Alessandro entendió que no se trataba de impedir pérdidas,
sino de aprender a sostener el regreso.