Alana muere tras su deporte favorito. reencarna en el cuerpo de una mujer de la nobleza. Una mujer que al ver la situación del reino decide actuar para cambiarlo todo.
Pero esperen... Ella no actuará sola. Ayudará al villano a obtener poder y consigo, asegurar su futuro.
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Capitulo 14: Falta poco.
Anabel cerró la puerta con cuidado cuando Grecia entró. No necesitó preguntar qué había pasado. El llanto de su hija no era escandaloso ni ruidoso, era contenido, como si se estuviera rompiendo por dentro y no quisiera que nadie más lo notara.
—Ven —dijo Anabel, abriendo los brazos.
Grecia caminó hasta ella y se aferró a su cintura. Tenía el rostro rojo, los ojos hinchados y las manos frías.
—No me avisaron —dijo con la voz quebrada—. Yo… yo ya estaba preparada. Pensé que faltaban días. Que aún había tiempo.
Anabel le acarició el cabello sin decir nada. Esperó a que respirara un poco mejor.
—¿Qué pasó exactamente? —preguntó al fin.
Grecia se separó apenas para mirarla.
—Padre cambió la fecha —dijo—. Mañana. Me voy mañana.
Anabel sintió un vacío en el pecho, pero no lo dejó salir.
—¿Mañana? —repitió—. ¿Y tú…?
—Voy sola —respondió Grecia—. Lo decidió esta mañana. Dijo que era mejor así. Que no había razón para que tú vinieras.
Anabel cerró los ojos un instante. Sabía que eso no era una decisión tomada al azar. Arturo no improvisaba. Cada movimiento suyo tenía un motivo.
—¿Te explicó por qué? —preguntó.
Grecia negó con la cabeza.
—Solo dijo que era lo correcto. Que el duque estaba de acuerdo. Que no quería retrasos. Ni… —tragó saliva— ni distracciones.
Anabel apretó la mandíbula.
—¿Y tú qué dijiste?
—Nada —respondió Grecia—. ¿Qué podía decir? Si protesto, lo empeoro. Siempre es así.
Se sentaron en la cama. Anabel sostuvo las manos de su hija.
—Escúchame bien —dijo—. No importa lo que pase mañana. No importa dónde estés. No estás sola. ¿Me oyes?
Grecia asintió, aunque las lágrimas siguieron cayendo.
—Prométeme que te cuidarás —añadió Anabel—. Que no dejarás que te traten como una cosa. Si algo no te gusta, lo dices. Incluso si no te escuchan. Yo iré por ti.
—Padre dice que debo agradar —susurró Grecia—. Que si lo hago bien, todo será más fácil.
Anabel respiró hondo.
—Agradar no es obedecer —dijo—. Y no tienes que hacerlo bien para valer.
Grecia la miró como si quisiera creerle, pero no supiera cómo.
—Quería que vinieras conmigo —dijo—. Pensé que al menos me dejaría eso.
Anabel la abrazó con más fuerza.
—No me voy a ningún lado —respondió—. Aunque no esté contigo mañana, sigo aquí. Y voy a sacarte de esto. Te lo prometo.
Grecia no respondió. Se quedó abrazada a ella hasta que el llanto se fue apagando poco a poco. Cuando por fin se quedó dormida, Anabel la cubrió con cuidado y salió de la habitación.
La casa estaba en silencio. Arturo no había regresado. Todo estaba funcionando. El plan avanzaba.
Anabel pasó la noche sentada junto a la ventana, sin encender velas. La luna estaba llena. Sabía lo que eso significaba. Aun así, cada ruido del balcón le hacía girar la cabeza.
No durmió.
El amanecer llegó gris. Poco después, el sonido de la puerta principal anunció la llegada de Arturo.
Anabel lo escuchó caminar por el corredor. No se apresuró. Sabía que él vendría a buscarla.
La puerta de la habitación se abrió sin aviso.
—Levántate —dijo Arturo—. Tenemos que hablar.
Anabel se incorporó despacio.
—Buenos días —respondió—. Veo que volviste temprano.
Arturo la observó con detenimiento.
—No finjas —dijo—. Sé que mientes con tu amabilidad.
Arturo cerró la puerta.
—El compromiso de Grecia se adelanta —dijo—. Sale hoy mismo, al mediodía.
—Ya lo sé —respondió Anabel. Con un tono duro—. Ella me lo dijo anoche.
—Bien —dijo él—. Entonces no perdamos tiempo con eso.
Anabel lo miró con atención.
—¿Y conmigo? —preguntó—. ¿Qué harás conmigo ahora que ya no le sirvo como acompañante?
Arturo sonrió apenas.
—Siempre sirves para algo —respondió—. De hecho, hoy más que nunca.
Anabel se tensó.
—Habla claro —dijo—. No tengo paciencia ahora.
Arturo caminó hasta la mesa y dejó unos papeles sobre ella.
—El auditor real a dado un veredicto—dijo—. Tienes que ir a presentarte a la corte. Ahora.
Anabel tomó uno de los documentos.
—¿Por qué? —preguntó.
—Porque los números no cuadran —respondió Arturo—. Porque alguien ha estado moviendo cosas que no debía. Porque el rey quiere respuestas.
Anabel levantó la vista.
—Y ese alguien soy yo —dijo—. ¿Verdad?
Arturo no lo negó.
—Eres quien tiene acceso —respondió—. Quien revisa informes. Quien firma ajustes menores.
—Con tu autorización —añadió ella—. No lo olvides.
Arturo se encogió de hombros.
—¿Me estás diciendo que piensas dejarme caer? —preguntó.
Fingir inocencia ahora era importante. De lo contrario, Arturo se dará cuenta de su intención.
—Te estoy diciendo —respondió Arturo— que, si el auditor decide que hay culpables, no seré yo quien se interponga.
El silencio se alargó.
Anabel lo miró fijamente.
—¿Qué ganaste con adelantar la boda de Grecia? —preguntó desvíando el tema—. ¿También forma parte de tu juego?
Arturo la observó con frialdad.
—Ella es una garantía —dijo—. Un vínculo directo con el duque. Si las cosas se complican aquí, tendré dónde apoyarme.
—¿Y si se complican para mí? —preguntó Anabel.
—Eso ya no es asunto mío —respondió Arturo—. Te di una oportunidad. Te advertí.
Anabel dejó los papeles sobre la mesa.
—Los números no están mal —dijo—. Lo sabes. Que los nobles siempre han declinado su balanza a su favor. Y tú eras quien lo hacía en mayor parte.
Arturo no respondió.
—¿Sabes qué es lo peor? —continuó ella—. Que estuve contigo todo este tiempo. Me di cuenta tarde. Iré. Pero iré a ver a mi hija antes de irme.
Arturo se acercó un poco más.
—No... Sé lo que intentas hacer. Darle esperanza de que se librará de mí. El duque puede ser que le dé regalo, pero es peor que yo en otro sentido. Un sirviente de él vendrá por ella. Vamos. Que nos esperan en la corte.
Anabel sintió una mezcla de rabia. Sabía que si se oponía más seria peor para Grecia. Debía moverse o el plan fallará. Y no podría sacar a Grecia de su situación.
Cuando el carruaje se detuvo frente al palacio, Anabel ya estaba preparada.
Entrado al palacio. La voz del auditor sonó con fuerza.
—Lady Anabel —dijo—. Necesitaré que me acompañe.
—Por supuesto —respondió ella—. No tengo nada que ocultar. Al contrario tengo algo que mostrar.
Arturo observaba desde el fondo del corredor. Anabel no lo miró.
James se fue tranquilo haciendo casi todo lo q quería hacer con su pequeña esposa y protegiéndola hasta el final, ambos estaban enamorados y pidieron mostrarse y entregarse su amor completamente, Grecia aprecio y logro conocerlo aún más antes de partir, él se fue sin remordimiento y sin sufrimiento, se fue feliz y ella lo recordara x siempre pues espero q un bebé haya quedado ahí