Elías tiene 19 años. Pospone la universidad por la muerte de su hermana y se va a Moonvale a trabajar de bibliotecario de día y mesero de noche.
Una noche encuentra dos bebés abandonados en la biblioteca. Nadie los reclama. Si los deja, irán a un orfanato. Decide criarlos como suyos.
Lo que no sabe es que Lyra y Milo no son normales. Crecen muy rápido, aúllan a la luna y sus ojos brillan como lobos. Son hombres lobo, los últimos Alfa.
Ahora tiene que comprar una cabaña en el bosque, aprender a ser papá lobo, protegerlos de los cazadores del pueblo y no enamorarse del veterinario que le está ayudando a criarlos.
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CAPÍTULO 12 - Casa
En mayo, Don Héctor me dijo que tenía que dejar la biblioteca.
—No es por ti —dijo—. Es que la alcaldesa quiere ampliar el jardín y necesita la sala. Te dan un mes.
Me quedé frío. La biblioteca era mi casa. La caja de Lyra y Milo, la cocina a leña, mi moño en el vidrio todas las mañanas.
En la biblioteca había libros que nunca devolvieron. Me los llevé a la casa chica. Los puse en la repisa que hizo Silas. Ahora tengo biblioteca propia, chica, con olor a leña y a pañal.
—Un mes —repetí—. ¿Y a dónde voy con ellos?
Don Héctor bajó la cabeza.
—Hay una casa chica detrás de la cabaña de Silas. Era de su abuela. Está vacía desde que murió. Silas dijo que te la deja si quieres.
No le creí. Fui a ver a Silas.
—¿Es verdad lo de la casa? —pregunté, con Lyra en brazos y Milo agarrado a mi pantalón. Tenía una sola trenza hoy, porque me dio flojera hacerme dos.
Silas estaba arreglando el techo de su cabaña. Bajó de la escalera.
—Sí —dijo—. Es chica, tiene gotera fea en la esquina, pero tiene dos piezas y patio cerrado con cerco alto. Para que Lyra y Milo corran sin que los vean tanto los vecinos. Y queda cerca mío, a veinte pasos.
—¿Cuánto me cobras?
—Nada —dijo—. Me ayudas a cuidar animales cuando salgo y listo. Y me dejas hacerte trenzas cuando quieras.
Me reí, nervioso.
—No puedo pagar nada ahora.
—Ya pagas —dijo—. Con papilla, con calcetines, con dejar que te diga mamá bonita delante mío.
Fuimos a verla esa misma tarde. Era de madera oscura, más chica que la biblioteca, con una ventana grande y una cocina que funcionaba. Tenía olor a cerrado y a ratón, pero tenía piso firme y luz.
Marta me ayudó a limpiar la casa chica. Sacó ratones muertos con pala y no se quejó. Dijo que cuando su marido murió también tuvo que mudarse a casa más chica y que se acostumbró.
Lyra entró corriendo y dijo:
—Mamá, casa grande.
—Casa chica —corregí—. Pero nuestra.
Milo olió las esquinas y levantó la pata como perro. Lo paré a tiempo.
—Acá no —le dije.
Silas se apoyó en la puerta.
—Si la quieres, mañana traigo leña y arreglamos la gotera —dijo—. Y te hago una repisa para los frascos de papilla.
—¿Por qué haces tanto por nosotros? —pregunté.
Silas me miró la trenza.
—Porque cuando llegaste a Moonvale con moño y dos guaguas que aullaban, todos se rieron. Yo no. Yo vi a alguien que se ataba el pelo fuerte para no soltarse y que se dejaba decir mamá aunque quería que le dijeran papá. Eso es valiente.
Me dio vergüenza enorme. Me toqué la trenza larga y me la apreté.
Esa noche lo hablamos con Marta y Don Héctor en El Ciervo.
—Se va a ir a la casa de la abuela de Silas —dijo Don Héctor a los demás—. No se va del pueblo.
La gente miró. Una señora dijo:
—Ahora va a vivir con el veterinario, entonces. Con razón le hace trenzas.
Sentí el nudo de siempre. Antes de que contestara, Silas se levantó de la mesa.
—Sí —dijo fuerte—. Va a vivir detrás de mi casa. Porque yo le ofrecí. Porque su casa actual la van a demoler para hacer jardín. Porque esos niños necesitan patio y no biblioteca. Y si a alguien le molesta que le haga trenzas o moños, que me mire a mí. Yo se las hago. Yo le enseñé a hacer calcetines de cuero y a hacer papilla con sangre. Si tienen problema con su pelo, tienen problema conmigo también.
Silencio. Nadie dijo nada. La señora bajó la vista.
Marta aplaudió bajito.
—Bien dicho —dijo.
Al día siguiente nos mudamos con ayuda de Marta. No teníamos mucho que llevar. La caja de madera donde dormían, las mantas tejidas, los frascos de papilla con fecha, la pelota de cuero con cascabel. Silas arregló la gotera con una lata de zinc y me hizo la repisa con madera de pino.
Colgué un espejo chico en la pared. Me vi con trenza castaña, con Lyra en brazos y Milo en la espalda.
—Mamá, casa linda —dijo Lyra, tocando las paredes.
—Papá, casa —dijo Milo, que ahora decía papá a veces, cuando quería.
—Mamá papá casa —dijo Lyra, mezclando, con esa ternura que me hacía llorar.
Esa noche, ya instalados, Silas vino a dejar pan. Se quedó en la puerta.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí —dije—. Es chica, pero es nuestra. No es biblioteca prestada.
—Si te da frío, me avisas —dijo—. Y si alguien del pueblo te dice algo por tu trenza acá atrás, me avisas también. Yo voy.
—Ya sé —dije—. Siempre me defiendes.
—Siempre —dijo—. Porque me gusta tu trenza. Y me gusta que te digan mamá bonita y no te enojes.
Se fue. Cerré la puerta con llave nueva. Lyra y Milo se durmieron rápido, cansados de correr en patio cerrado.
Me solté la trenza frente al espejo chico. Mi cabello castaño largo cayó suelto, con ondas marcadas por la trenza. Me lo peiné con los dedos con cuidado. Nunca me lo dejaba suelto afuera porque me daba vergüenza que me dijeran niña en la calle.
Esa noche me lo dejé suelto. Me miré.
Lyra abrió un ojo medio dormida y dijo:
—Mamá pelo bonito.
—Sí —le dije—. Mamá pelo bonito suelto hoy.
Me acosté con el pelo suelto por primera vez en un año, con Lyra y Milo encima, con casa propia detrás de la cabaña del veterinario que me hacía trenzas y me defendía cuando me decían cosas por mi pelo.
Por primera vez en Moonvale, no era Elías del moño de la biblioteca.
Era Elías de la casa chica detrás del bosque, con dos lobitos que me decían mamá con cariño y que por fin tenían patio cerrado para correr en cuatro patas sin que nadie los mirara raro.