A los once años, Rutila Pavlov desapareció cuando su familia perdió todo. Hoy, Moscú tiembla ante "Miss Diablo" – una asesina invisible que azota la mafia.
Para vengarse, se casa con Xavier Orlov, el capo más temido de Rusia, obligado a cumplir una extraña voluntad familiar.
Nadie sabe que la esposa de Xavier es la asesina que todos buscan. Cuando él descubre la verdad, el amor podría ser su mayor peligro... o su única salvación.
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¡Sí, Señora!
El rugido de los motores del jet privado se extinguió, siendo reemplazado por el silencio sepulcral de la pista privada en Moscú... Al bajar la escalerilla, una hilera de camionetas blindadas negras aguardaba como bestias al acecho, Xavier recorrió el lugar con la mirada, buscando alguna falla en la seguridad, pero lo que vio lo dejó helado, era más que perfecto
Dos filas perfectas de hombres, imponentes y vestidos con equipo táctico de élite, se partieron en dos, al pasar Ruth, cada uno de ellos inclinó la cabeza en una reverencia sincronizada, un gesto de sumisión absoluta que Xavier rara vez veía incluso en su propia organización, fue raro verlo, lo que más le desconcertó fue que, al pasar él, los hombres repitieron el gesto de reverencia ahora hacia él
No era cortesía por ser el esposo; era el reconocimiento de qué ahora él formaba parte del mundo de ella, no solo ella del de el, en ese mundo, Ruth tenía más peso que cualquier "Don" de la vieja guardia, y Xavier apenas estaba por descubrirlo.
—Bienvenida, Señora —sonaron las voces al unísono, una armonía que erizaba la piel —bienvenido, Señor —agregaban
Ruth no se detuvo ni para mirarlos, caminaba con la elegancia de una pantera y la frialdad de un glaciar
—Quiero a Iván ileso —soltó ella, y su voz, aunque baja, cortó el aire como una cuchilla, su mirada, de un gélido, se clavó en el capitán del equipo —si tiene un solo rasguño provocado por negligencia de ustedes durante el rescate, desearán haber muerto en la bodega antes de volver a verme a mí, mi esposo también entra en la operación; cuiden su espalda como sí fuera la mía, ya conocen las consecuencias de un error, no perdono ninguno.
—¡Sí, Señora! —respondieron, con una disciplina como en lo militar
Federick emergió de entre las sombras de los vehículos, entregándole a Ruth un par de maletines
—Todo listo, Ruth —le decía Federick.
Ella sacó dos chaquetas de combate reforzadas, eran piezas de ingeniería táctica, pero con un detalle que marcaba su estatus, en la espalda de la de ella, una corona de hilos plateados sobre la palabra Queen, le lanzó la otra a Xavier; una corona idéntica sobre la palabra King.
—Toma —dijo ella sin mirarlo —vamos tarde, en camino al objetivo
Dentro de la camioneta, el ambiente era eléctrico, Federick desplegó una tableta con imágenes térmicas en tiempo real, Ruth las veía con atención
—Imágenes de satélite confirmadas —explicó Federick —Iván está en la habitación central, atado a una silla, tiene dos custodios internos, tres en el pasillo y un perímetro de seis hombres rodeando la estructura principal.
Xavier observaba los mapas, memorizando las salidas, pero su atención volvía constantemente a Ruth, ella no parpadeaba parecía estar procesando la información a una velocidad inhumana, como si ya hubiera matado a esos hombres mil veces en su cabeza.
—¿Está el imbécil de Petrov ahí? —preguntó Ruth mirando a Federick
—No, se largó hace veinte minutos —respondió Federick.
Ruth tomó el radio de frecuencia cerrada, su postura cambió; sus hombros se tensaron y una chispa de oscuridad cruzó sus ojos, Xavier sintió un escalofrío, por un segundo, no reconoció a la mujer con la que acababa de casarse
—Escuchen bien, solo lo diré una vez —habló Ruth al radio, y su tono hizo que Xavier se enderezara en el asiento —equipo A, flanco trasero, ya tienen las coordenadas, equipo B, bajo el mando de Federick, equipo C, conmigo y mi esposo, no quiero errores, no quiero heridos y, bajo ninguna circunstancia, quiero bajas en mis filas, borren a cualquiera que se interponga.
—Entendido, Señora —respondieron las frecuencias.
Se detuvieron a trescientos metros de la bodega, al bajar, un hombre con el rostro cubierto por un pasamontañas se acercó a Ruth y le extendió un estuche de terciopelo negro, al abrirlo, la luz de la luna se reflejó en el cañón de una pistola personalizada, un arma que Xavier reconoció de inmediato como una pieza de colección mortal, que no se conseguía tan fácil, pero el aún no sabía que esa arma fue regalo de su padre
—Gracias —susurró ella, acariciando el arma con una extraña ternura antes de guardarla en su funda, luego, le entregó a Xavier una táctica de alto calibre —Ten, está es para ti —le dijo a Xavier
Xavier la tomó, pero la frustración finalmente desbordó, la tomó del brazo, un agarre no tan fuerte, pero si lo suficiente para que ella lo mirara
—Al menos dime cuál es el maldito plan, Ruth —siseó molesto —parece que soy el único aquí que está jugando a las adivinanzas.
Ruth se acercó tanto que él pudo oler el perfume metálico de las armas y el aroma dulce de su piel, Ruth acortó la distancia, eliminando cualquier espacio personal, entre ellos
—El plan es simple, Xavier —le susurró cerca de los labios —mantente vivo, mata a cualquiera que no lleve mi insignia, el resto... deja que yo me encargue.
Le dio un beso fugaz, un choque de labios que sabía a promesa y a peligro, antes de que él pudiera procesarlo, ella ya le había dado la espalda, volviendo a su radio.
—Equipo A posicionado. Equipo B en punto. Equipo C... entramos en cinco minutos, que el infierno los reciba.