Una vez más Thiago (Rayo) tendrá que enfrentar a sus amigos, pero está vez su estrategia será otra,.
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La furia de Rayo.
En ese instante, uno de ellos lo sorprendió por detrás, mientras otro le golpeó en el estómago.
—No eres nadie, solamente un maldito mocoso —se mofó Petro, y acto seguido intentó besarla frente a él. Aurora forcejeaba con el hombre, pero era muy frágil y delicada a comparación con Petro.
—¡No la toques! —Alberto se enfureció, se soltó y golpeó al hombre que antes lo había agredido.
En ese momento, apareció una figura en la entrada. Su voz era mucho más fuerte que la del chico:
—Se quedarán sin manos. Su rugido retumbó todo el lugar.
Dicho esto, un crujido seco resonó, dejando al hombre que había golpeado a Alberto gritando de dolor. En un rápido movimiento, Rayo le estiró el brazo y ejerció presión.
—Es Rayo… —susurró alguien.
El dueño del lugar se ocultó arrepentido. Si hubiera sabido que ese chico era un Beach, lo habría defendido, pero se quedó observando el espectáculo. Los clientes también corrieron a esconderse.
Efraín se acercó al joven.
—¿Joven, se encuentra bien? —preguntó.
—Ahora estoy mejor —asintió Alberto, estirando la mano para sujetar a la joven—. Ella es intocable, y lo que acabas de hacer no te lo perdonaré. Aquellas palabras iban llenas de coraje.
Una vez que Aurora estuvo a salvo, la colocó detrás de él. Si la querían, tenían que pasar sobre él.
—Espera… en un momento arreglaremos tú y yo.
Dicho esto, se lanzó contra el hombre, mientras Efraín y Rayo se encargaban de los demás.
La paliza que recibió Petro lo dejó inconsciente, y los otros no estuvieron lejos de estarlo. Alberto ya había ajustado cuentas con los malhechores, pero no se quedó tranquilo. Golpeó la barra con furia.
—¡Este lugar no va más! Salgan todos de aquí. Si alguien interfiere quedará atrapado por mi ira. Destruiré este lugar. La mirada del joven se oscureció y, su advertencia fue muy clara.
Cuando llegó, había escuchado algo que lo enfureció aún más. El dueño del local había dicho:
—La casa apuesta el triple a que el chico quedará inconsciente.
En ese momento, Rayo se acercó a Alberto.
—¿Hijo, estás seguro? ¿No crees que estás llevando esto al extremo? Por un momento creyó que el joven estaba exagerando.
Pero Alberto señaló una esquina.
—Ese hombre es el dueño… y no sé cuanto era el dinero que sostenía, pero apostó el triple a que yo quedaría inconsciente. Apostó mi integridad, mi vida estaba en riesgo y él solo pensó en llenarse los bolsillos.
Al oírlo, Rayo desvió la mirada hacia la esquina y sus ojos se entrecerraron.
—No… tú no harás trizas este lugar. Hubo un ligero toque de sarcasmo... Lo haré yo mismo.
En ese momento, sucedió lo que muchos temen, que Thiago se descontrole, como él mismo ha dicho, sus hijos son intocables, y ese hombre apostó la vida de Alberto.
Rayo, enfurecido, caminó hacia el hombre.
—Rayo, por favor, perdóname. No sabía que era tu hijo —suplicó el sujeto, dispuesto a hincarse.
Pero Thiago lo sujetó de la camisa y lo zarandeó.
—Mira a esa chica. No es mi hija, podría ser la hija de cualquiera aquí, y usted ni siquiera fue capaz de defenderla. Una basura como usted no merece un lugar como este. Las jóvenes corren peligro aquí. Además, se atrevió a apostar la vida de mi hijo.
—Efraín, Berni —ordenó Rayo.
Berni hizo su entrada tarde; probablemente recibiría una reprimenda, pero más tarde.
—Díganle a los demás que quiero ver arder este sitio, que no quede nada. Saquen las basuras y tírenlas del otro lado de la frontera, sin papeles ni documentos, para que no puedan volver.
Rayo no perdonó nada. Al principio había pensado dejar que Alberto tomara las riendas, pero al saber que aquel hombre no solo no defendió a los jóvenes, sino que apostó en su contra, su ira se desbordó.
—Aurora… —Alberto extendió la mano y esperó a que la joven la tomara—. Papá, muchas gracias, te veo afuera.
Alberto se abrió paso, y al cruzarse con Berni le lanzó una mirada fría.
—Tú y yo tenemos asuntos pendientes.
Una vez afuera, vio a Aurora abanicarse con la mano.
—Alberto, hay algo que tienes que saber… —su rostro estaba enrojecido; había soportado lo que sentía por temor a Rayo.
—Me lo dirás después. Iremos por tus cosas —le abrió la puerta y, cuando ella se sentó, ocupó el asiento del conductor—. Que Berni no crea que irá conmigo, puedo manejar solo. Total, ya estás aquí.
La chica no respondió, lo que le pareció extraño. Y la miró de reojo. Aurora respiraba con dificultad, librando una lucha interna. Su cuerpo ardía, pero no pensaba usarlo como excusa para nada.
—Alberto… llévame a un hospital, no me siento bien.
—¿Qué tienes? Puedo llevarte al hospital Beach, te darán un buen trato.
—Alberto… —guardó silencio unos segundos.
—Aurora, dime qué te duele. ¿Te golpearon? ¿Fue eso? Porque te juro que yo mismo los dejo sin manos.
Mientras conducía de regreso a la ciudad, la escuchó murmurar:
—Pusieron droga en mi bebida… tú sabes que podemos revertir ese efecto con medicamentos, llévame pronto.
La expresión de Alberto cambió de golpe. Sus manos se apretaron en el volante y su voz dejó escapar el malestar.
—¿Eres tan orgullosa? ¿En verdad pretendías huir de mí así como si nada?
Estacionó a un lado de la carretera, se quitó el cinturón y puso una mano sobre la rodilla de la joven. El vestido facilitaba el contacto con su piel. Pero la chica lo soportó, y no dijo ni una palabra.
—Contesta. Estoy esperando una respuesta, dime... ¿Que pretendes que haga ahora?
—Alberto… te suplico que vayamos al hospital —imploró ella.