Luciano Viteli no es un hombre. Es un mito vestido de traje negro, con el alma manchada de sangre y los ojos tan fríos como una sentencia de muerte.
En Ciudad H, su nombre no se pronuncia con ligereza. Le llaman el Demonio. Y con razón. Es paranoico, controlador, obsesivo. Un dios oscuro dentro de su imperio: la Orden de las Sombras. Bajo su mando, fluye el tráfico de armas como veneno por las venas de un país podrido. Nadie se le opone. Nadie vive para contarlo.
Pero el respeto que inspira no viene solo del miedo. Luciano es adictivamente peligroso. En su presencia, hasta el silencio se arrodilla. Sus seguidores lo veneran, lo temen… y algunos, en secreto, lo desean.
Él no ama. Él toma. Él marca.
Y cuando ella entró en su vida, cometió el único error que no se podía permitir: obsesionarse con ella hasta perder el control, amarla con una locura silenciosa que lo convirtió en algo que juró no ser jamás... vulnerable.
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CAPITULO 12
"Después del roce, el caos. Después de la chispa, la combustión."
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Luciano
Luciano no durmió esa noche.
No podía.
El recuerdo de su voz lo taladraba.
La imagen de su boca apenas curvándose en una sonrisa lo encendía.
Isabela.
Una debilidad que no pidió.
Un incendio que lo estaba consumiendo desde dentro.
Estaba solo en su despacho.
Las luces tenues proyectaban sombras largas sobre los muros oscuros.
El silencio era denso, salvo por el leve zumbido del aire acondicionado.
Y ahí estaba ella.
La pintura.
"Demonio."
La había comprado cinco años atrás en una subasta privada, atraído por la oscuridad perfecta del trazo, la crudeza brutal que emanaba del óleo.
No sabía quién la había pintado.
Ahora sí.
Isabela.
Ella lo había visto, lo había entendido, incluso antes de conocerlo.
La pintura estaba enmarcada, colgada con honor sobre el muro principal.
La contemplaba a diario.
Sin saber por qué se le había hecho tan indispensable.
Hasta ahora.
—¿Cómo lograste meterte bajo la piel…? —susurró al aire, con un cigarro apagado entre los labios.
Un demonio emergiendo del fuego.
Negro, furioso, pero con unos ojos tristes escondidos entre las sombras.
Sus ojos.
Ella lo había pintado.
Antes de conocerlo.
Y había acertado.
El pensamiento lo perturbó tanto como lo excito.
¿Y si el destino existía?
¿Y si ella era la única capaz de mirarlo sin caer?
¿O peor… sin huir?
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Isabela
No pintó en tres días.
Eso era raro.
Muy raro.
No podía concentrarse.
No podía dejar de pensar en él.
Luciano.
El hombre al que su padre temía.
El que tenía unos ojos que quemaban sin fuego.
El que ahora vivía en su mente con su voz grave y su energía oscura que retumbaba en su pecho como un eco familiar.
Tocó la tarjeta con el mensaje .
Lo había leído tantas veces que ya no necesitaba abrirlo.
> "Para la chica de los ojos azules tristes. De un demonio que quiere conocerte."
Sus dedos temblaron.
¿Por qué la había buscado?
¿Cómo sabía de ella?
¿Y por qué, al saber que él era el destinatario de su cuadro más oscuro, sentía algo similar a paz… y vértigo al mismo tiempo?
Miró su nuevo lienzo.
Inmaculado.
Y de pronto lo supo.
Lo iba a pintar.
Pero esta vez, no desde el miedo.
Sino desde el deseo.
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Luciano
La reunión con los jefes de exportación fue un desastre.
Su mente no estaba ahí.
Sus órdenes eran secas, mecánicas, impropias de él.
Dante lo notó.
—Estás distraído, jefe —dijo sin rodeos cuando estuvieron solos.
Luciano le lanzó una mirada seca, pero luego se frotó la mandíbula con frustración.
—Es solo... esa maldita chica —confesó en voz baja.
—¿La de los ojos azules?
—Sí... los mismos que me miran cada día desde esa pintura —señaló con la cabeza hacia el lienzo en la pared de su despacho.
Dante se quedó en silencio un segundo. Luego lo dijo:
—Quizás deberías tenerla.
Sacar ese veneno.
O hundirte más en él.
Pero no puedes quedarte en medio, jefe. Tú no estás hecho para medias tintas.
Luciano apretó los puños.
Lo sabía.
Ya no había punto de retorno.
Ella era su obsesión.
Y un hombre como él, cuando se obsesiona, no suelta.
No olvida.
Y no perdona.
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Isabela
Esa noche soñó con él.
No era un sueño de pesadilla.
Era fuego lento.
Oscuridad dulce.
Un roce de manos sin tocarse, una mirada que la traspasaba como una confesión silenciosa.
Y al despertar, lo supo.
Ya no había marcha atrás.