Había pasado un año desde que Geisa había abandonado a su marido, el jeque Ali Hasam y echaba de menos a aquel hombre guapo, arrogante y apasionado, pero ¿de qué serviría volver a él si no era capaz de darle lo que él tanto necesitaba: un hijo y heredero? Cuando Ali la engañó para que regresara, Geisa se sintió furiosa y confundida. ¿Por qué la quería a su lado mientras luchaba con su padre por el trono de Jezaen ? Porque sólo podría triunfar si les demostraba a sus enemigos que tenía una esposa fiel y embarazada...
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Capitulo 11
Pero entonces se detuvo bruscamente y se puso en pie, dándole la espalda.
-¿Por qué? -preguntó ella aturdida.
-No somos animales -respondió él, mientras libraba una lucha salvaje consigo mismo-. Tenemos asuntos que tratar, y no podemos permitir que la pasión se adueñe de nosotros.
Fue como un chorro de agua fría en la cara.
-¿Qué asuntos? -le preguntó en tono desafiante e irónico-. ¿Te refieres a lo que he hemos dejado además del sexo?
Él no respondió. Arqueó una ceja y apuró la copa de vino con gaseosa que le había servido antes a Geisa. Ella se dio cuenta de que lo estaba pasando muy mal, porque Hassan solo probaba el alcohol cuando la tensión lo dominaba.
-Quiero irme a casa -anunció al tiempo que se sentaba en la cama y ponía los pies en el suelo.
-Esta es tu casa -replicó él-. Durante las próximas semanas, al menos.
¿Semanas? Geisa observó atónita su espalda. Aquel era otro síntoma de su preocupación. Un árabe no le daría la espalda a alguien sin motivo.
-¿Dónde están mis zapatos?
La pregunta fue tan inesperada que Hassan se volvió y le miró los pies.
-Los tiene Rafiq.
El querido Rafiq, pensó ella. El compañero leal hasta la muerte. Rafiq también era un al-Qadim, y había recibido la misma educación que Hassan, solo que él era el sirviente.
-¿Serías tan amable de pedirle que me los devuelva? -Geisa sabía que a Rafiq no se le mandaba. Era un inconformista, un hombre del desierto, fiero defensor de su orgullo y del derecho a tomar sus propias decisiones.
-¿Para qué?
-No voy a quedarme aquí, Hassan -le dijo con una fría mirada-. Voy a salir del yate esta noche, aunque tenga que irme a un hotel para proteger tu dignidad.
Él la miró con una expresión divertida, esbozando una sonrisa.
-Eres buena nadadora, ¿eh?
A Geisa le costó unos segundos comprenderlo, pero entonces se acercó corriendo a la ventana. Separó las cortinas y solo pudo ver oscuridad.
Tal vez estuviera en el costado del barco que daba al mar, se dijo a sí misma en un esfuerzo por calmarse.
-Zarpamos de San Esteban minutos después de subir a bordo -informó Hassan.
Fue entonces cuando sintió las suaves vibraciones bajo los pies. El apagado murmullo de los motores. Era un secuestro.
-¿Por qué? -le preguntó volviéndose lentamente para mirarlo. Sabía que aquel hombre no actuaba jamás por impulso. Todas sus acciones obedecían a una razón, y no perdía tiempo ni esfuerzo en hacer algo inútil.
-Hay problemas en casa -respondió él muy serio-. Mi padre está mal de salud.
Su padre... El enojo de Geisa se transformó en preocupación. La salud del jeque Jalifa era precaria desde hacía mucho tiempo. Hassan lo quería y veneraba, y dedicaba casi todas sus energías en aliviarlo de la carga de gobernar. Se aseguraba de que recibiera las mejores atenciones médicas y se negaba a creer que algún día ocurriría lo peor.
-¿Qué ha pasado? -caminó hacia él-. Pensé que el último tratamiento era...
-Es un poco tarde para mostrar interés -la interrumpió Hassan-. No tengo que recordarte que no mostraste ninguna preocupación cuando te marchaste hace un año…