Adán siempre pensó que, después de la muerte de su padre omega, su mundo no podía romperse más. Pero al iniciar su último año de universidad, descubre que su papá—un beta inestable, adicto al alcohol y a los casinos—no solo tenía una segunda familia, sino que también había cobrado el seguro por la muerte del hombre que lo crió. Cuando las deudas de su padre se vuelven impagables y los acreedores empiezan a presionar, Adán se ve obligado a enfrentar a uno de los dueños del casino: Víctor Salvatierra, un alfa de treinta años con fama de frío, calculador y peligroso. Un hombre que dirige negocios legales… y otros de los que nadie quiere hablar. Víctor está cansado de escuchar a su madre criticarlo por no tener pareja, convencida de que nunca podrá lograr un vínculo estable. Pero cuando Adán aparece en su oficina exigiendo que liberen a su padre, Víctor encuentra la oportunidad perfecta:
Una deuda enorme. Un omega desesperado. Y una propuesta que podría solucionarles la vida a ambos.
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TRAIDORA
En cuanto atravesaron la puerta de la habitación de Víctor, Adán se tensó por completo. El cuarto era amplio, sobrio, impregnado con el aroma fuerte y dominante del alfa. Todo allí parecía ordenado, frío… y peligrosamente íntimo.
Víctor lo recostó con cuidado sobre la cama.
—¿Te duele mucho? —preguntó, rompiendo el silencio.
—Duele poco, pero estoy bien, en serio —respondió Adán, observando cómo Víctor se arrodillaba frente a él para quitarle el tenis—. Puedes no castigarla… por favor.
Víctor levantó la vista, encontrándose con los ojos color miel del omega. Esa mirada lo desarmaba más de lo que quería admitir.
—Eso lo veré después —dijo con voz baja—. Ahora estoy más concentrado en otras cosas.
Adán tragó saliva.
—Debes estar muy ocupado… el chef dice que nunca desayunas aquí antes de irte al trabajo.
—¿Juan te dijo eso? —preguntó Víctor, arqueando una ceja.
—Sí… y Lili dice que no te comportas como alguien de tu edad, que incluso nunca has hecho una fiesta en el salón —añadió Adán sin pensar demasiado en sus palabras.
Víctor soltó un leve suspiro.
—Siempre estoy ocupado. Y prefiero no tener nada que ver con las fiestas de sociedad —respondió, retomando su tarea con el pie herido.
—Lo siento… no fue mi intención decirlo de esa forma —murmuró Adán, bajando la mirada.
Víctor se detuvo.
—No bajes la cabeza —ordenó con firmeza—. Hablaremos después de que el doctor te revise. Iré a ver si ya limpiaron todo ese desastre.
—Está bien… —dudó Adán—. ¿Es necesario que me quede aquí?
—Por ahora sí. Nadie entrará a molestarte.
—Está bien… ¡mmh! —gimió por el dolor.
Víctor se irguió de inmediato.
—Mejor me quedo —decidió, sin darle opción, antes de salir.
No tardó mucho cuando Danilo tocó la puerta; el doctor había llegado. Una vez dentro, revisó a Adán de pies a cabeza por órdenes estrictas de Víctor. Anestesió la herida, extrajo con cuidado el vidrio incrustado y comenzó a coser.
—Tranquilo… respira —le indicó.
Le dio algo para el dolor del labio y, poco después, Adán cayó dormido por el efecto del medicamento.
—El vidrio estaba profundamente incrustado —explicó el doctor a Víctor—. Podría haber sido grave. Además, el muchacho está débil; parece que no ha estado comiendo bien. Le recomiendo llevarlo al hospital para un chequeo más completo.
—Así lo haré —respondió Víctor con seriedad—. Le agradezco que haya venido tan rápido.
—Una cosa más —añadió el doctor—. Por lo que me dijo el joven, no hace mucho perdió a su padre. Debería hablarlo… para algunos es difícil soportar el duelo.
Víctor asintió lentamente.
—No se preocupe. Me encargaré de eso.
—Entonces me retiro. En la receta dejé los medicamentos que puede necesitar. Cualquier cosa, llámeme —dijo el doctor, saliendo junto a Melanie.
Apenas se cerró la puerta, Danilo apareció.
—Señor, encontramos papeles y algunas joyas en el cuarto de Regina. Parece que alguien la contactó para obtener información.
Los ojos de Víctor se endurecieron.
—Entonces una rata se ha metido en la cueva del lobo —sentenció—. Llévenla a la casa de seguridad. Quítenle el teléfono y que Esteban lo hackee. Quiero todo lo que haya hablado.
—Sí, señor —respondió Danilo, saliendo de inmediato.
Víctor bajó del segundo piso. El desastre ya había sido limpiado, pero el ambiente seguía cargado. Se dirigió a la cocina; los guardias llevaban rato buscando a Liliana, y bastó el sonido de una lata de refresco abriéndose para delatarla.
A Liliana le encantaban los dulces. Él no solía comerlos, así que Melanie no los compraba… salvo en raras ocasiones.
—Juan, prepara algo para Adán cuando despierte —ordenó al chef.
—Sí, señor… ¿Desea algo usted? —preguntó Juan, nervioso.
—Lo mismo. Y si me disculpas… voy a buscar al torbellino.
Se acercó a la despensa y jaló la puerta.
—Te encontré.
Liliana estaba ahí dentro, con un dulce en la boca. Rió nerviosa al verlo.
—Hola… ¿cómo estuvo el trabajo hoy?
—Todo bien —respondió Víctor—. Ahora explícame qué sucedió hace rato. Según Adán, fue porque ella quería entrar a mi habitación.
—En parte, sí —admitió Liliana—. Mira, yo sé que tus gustos a veces son… extenuantes y extraños, pero ¿por qué pasar tu rut con esa peliteñida?
—¿De qué hablas? —frunció el ceño Víctor—. Sabes bien que no he tenido tiempo para esas cosas.
—En serio… en tu rut nunca sabes qué puede pasar. Y esa peliteñida siempre regresaba de la casa de seguridad con la ropa desaliñada. Dirás que no, pero estos ojitos lo vieron —dijo, señalándose los ojos—. Y para ser sincera, me molesté más porque estaba diciendo cosas de Adán.
Liliana observó con atención la reacción del alfa.
—¿Qué cosas dijo de Adán? —preguntó Víctor, con voz peligrosa.
—Que era un escuálido. Que tú jamás dormirías con un omega como él. Víctor, te lo advierto… si le haces daño, te moleré a golpes.
Víctor desvió la mirada.
—Concéntrate en lo tuyo y yo en lo mío.
—No lo creo —sonrió Liliana—. Te gusta. Ya sabía que no eras alguien sin sentimientos.
—¿Sabes qué? Tengo mucho trabajo —gruñó—. Tía, es toda tuya.
Empujó a Liliana directo a los brazos de su madre.
—¡Traidor, me las vas a pagar! ¡Mami, con la escoba no!
Fue la súplica que Víctor escuchó antes de salir rumbo a la casa de seguridad.
—Saúl, ¿qué me dices? —preguntó al llegar.
—Está totalmente noqueada. Liliana es un peligro andante —respondió Saúl.
—¿Y las grabaciones de los alrededores de la casa?
—Se ve que sube a una camioneta y dos horas después llega en otro carro.
Víctor apretó la mandíbula.
—Levántala.
Uno de los hombres arrojó un balde de agua fría.
Regina abrió los ojos de golpe y, al verlo, comenzó a suplicar.
—Por favor… yo… yo puedo explicarlo…
Víctor la miró sin expresión.
—Los traidores no tienen segundas oportunidades.
Recuerda nunca meterte con alguien de poder en el futuro nunca sabes lo que podría hacer para acabar contigo.