En el elegante y misterioso mundo de los multimillonarios, una mujer se esconde detrás de una fachada de pura seducción. Nina es la dama perfecta, la musa enigmática que los hombres desean y las mujeres envidian. Nadie sabe que Nina es la heredera de una de las fortunas más grandes del mundo.
Su misión es infiltrarse en el círculo íntimo de su futuro legado, descubrir quiénes son sus aliados y quiénes son sus enemigos. Y lo hará usando su belleza, su astucia y su encanto.
Entre cenas de lujo, conversaciones envenenadas y caricias furtivas, Nina comenzará a desentrañar una red de secretos que cambiará su vida para siempre. Con un pie en la alta sociedad y otro en las sombras, tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar.
"Seducción en dos actos" es una historia sobre el poder, el deseo y la lucha interna de una mujer que juega a un juego peligroso. Una mezcla perfecta de comedia, erotismo y misterio que te hará cuestionar hasta dónde llegarías por una fortuna… y por amor.
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Un Tiburón en el Club
El Club Artemis resplandecía esa noche con su habitual opulencia. Las arañas de cristal proyectaban una luz ambarina que se derramaba como miel líquida sobre las superficies de mármol y las copas de champán. El humo de los puros cubanos creaba volutas etéreas que danzaban en el aire, mezclándose con las notas aterciopeladas del piano de cola que dominaba el salón principal.
Nina había elegido estratégicamente su posición junto al Steinway negro, donde el contraste de su vestido rojo de satén contra el instrumento creaba una imagen digna de una pintura art déco. El tejido fluía sobre sus curvas como agua escarlata, cada movimiento calculado para capturar y retener la atención. Su cabello oscuro caía en ondas estudiadamente casuales sobre un hombro desnudo, mientras sus dedos jugaban distraídamente con el collar de perlas que adornaba su cuello.
Los asistentes al club la observaban con diferentes grados de intensidad. Los hombres pausaban sus conversaciones a medio terminar cuando ella se movía, sus ojos siguiendo el baile hipnótico de la seda roja contra su piel. Las mujeres, por su parte, la estudiaban con una mezcla de admiración y recelo, intentando descifrar los secretos detrás de su magnetismo. Sus miradas analíticas recorrían cada gesto, cada movimiento, como si pudieran descubrir la fórmula de su poder en la curva de una sonrisa o en el arco de una ceja.
Pero Nina apenas registraba este habitual juego de miradas y deseos. Su atención estaba completamente enfocada en Richard Carlisle, quien la observaba desde el bar con una intensidad que hacía que su piel hormigueara con alarma. Carlisle siempre había representado un peligro potencial con su manera de mirarla, como si intentara resolver un rompecabezas particularmente intrigante. Esta noche, sin embargo, había algo diferente en su actitud, una determinación en su postura que sugería que estaba listo para confrontarla con sus sospechas.
Carlisle se movía entre la multitud del Club Artemis como un tiburón entre cardúmenes de peces más pequeños. Su traje gris, cortado a medida, se ajustaba a su figura con la precisión de una armadura moderna, y su aire de autoridad creaba un vacío invisible a su alrededor mientras avanzaba. Los otros invitados se apartaban instintivamente, como si sus cuerpos reconocieran el peligro antes que sus mentes.
Nina lo observaba acercarse desde su posición estratégica junto al piano de cola, sintiendo cómo la adrenalina comenzaba a deslizarse por sus venas como un licor helado. El familiar cosquilleo de alerta se intensificó en su nuca, mezclándose con ese delicioso desafío que siempre la hacía sentir más viva, más aguda, más ella misma. Era el tipo de sensación que la hacía adicta al peligro, como una droga que solo los depredadores podían apreciar.
—Sofía —pronunció Carlisle al alcanzarla, su voz grave vibrando en una frecuencia que parecía resonar directamente contra su piel. Las sílabas de su nombre falso se deslizaron entre ellos como terciopelo oscuro—. Creo que necesitamos una conversación en privado.
Nina ejecutó un giro calculado, cada movimiento una coreografía precisa diseñada para hipnotizar. Su vestido de seda negra susurró secretos contra su piel, y su sonrisa se desplegó como una flor nocturna: hermosa, misteriosa y potencialmente venenosa.
—Richard —respondió, dejando que su voz descendiera a ese registro íntimo que convertía cada palabra en una caricia prohibida. Su lengua saboreó cada letra de su nombre como si fuera una gota de vino añejo—. ¿Y qué es tan urgente que no puede esperar a que termine esta velada? ¿Qué podría ser tan... apremiante?
La mandíbula de Carlisle se tensó, un músculo palpitando casi imperceptiblemente bajo su piel bronceada. Nina reconoció ese pequeño tic como la primera grieta en su fachada de control absoluto, una señal de que ya estaba cayendo en su red, aunque él aún no lo supiera.
—No creo que seas quien dices ser —declaró él, sus ojos color ámbar fijos en los de ella con la intensidad de un láser, negándose a parpadear, como si temiera que ella pudiera desvanecerse en el aire como un espejismo del desierto.
Nina liberó una risa suave, musical, el tipo de sonido que podría hacer que un hombre vendiera su alma solo por escucharlo de nuevo. Con una gracia felina, dio un paso hacia él, eliminando el espacio seguro entre sus cuerpos. El calor de su presencia se mezclaba con el aroma de su perfume, una composición estudiada de jazmín y vainilla con notas de ámbar que ella había elegido específicamente por su efecto sobre el subconsciente masculino.
—¿Y qué crees que soy, Richard? —susurró, inclinándose lo suficiente para que su aliento acariciara el lóbulo de su oreja. El aroma de su aftershave, mezclado con el calor natural de su piel, la envolvió como una promesa de peligro—. ¿Un fantasma que persigue tus pensamientos? ¿Una espía jugando un juego más grande que nosotros dos? ¿O tal vez... —hizo una pausa deliberada, dejando que la tensión se acumulara como electricidad estática entre ellos— algo mucho más emocionante?
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire como gotas de miel envenenada, y Nina pudo sentir el momento exacto en que el pulso de Carlisle se aceleró, una victoria diminuta pero significativa en su elaborado juego de seducción y engaño. Porque mientras él creía estar cazando, ella ya había preparado la trampa perfecta, y él estaba caminando directamente hacia ella, seducido por la promesa de un misterio que nunca podría resolver por completo.