Nica es el fruto de un rico hacendado, dueño de muchas tierras productoras de caña y algodón, y de un amorío con una de sus esclavas.
Y aunque su padre prometió protegerla, no vivió mucho para cumplir su promesa.
Apenas su padre murió, su tío y sus primos se encargaron de hacerle la vida un infierno. Le recalcaba a cada momento que ella solo era una sucia esclava con sangre impura corriendo por sus venas.
Y qué por lo tanto, su vida no valía nada.
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Pies Descalzos.
—¡Suéltela, ahora!
—¿Pero qué mier...?
Antonio no se inmutó cuando de repente vio el filo de un cuchillo que le apuntaba en la cara. La esclava amenazaba al joven, exigiendo que soltara a su prima delante de los demás esclavos en la cocina.
—¡Usted no puede sobrepasarse con la señorita Lilianne! —Exclamó Nica, sin bajar el cuchillo. —¡Ella es una dama, no una mujerzuela de la calle! ¡Respete!
—Sal de aquí, pordiosera. —Soltó Antonio, disgustado. —No te incumbe lo que yo haga con mi novia.
—Mi deber es proteger y ver por el bienestar de la señorita Lilianne, y si ella dice que no es NO.
—Nica, basta... —Lilianne caminó hacia la castaña y se apoyó en sus brazos. —Baja eso, por favor.
Nica miró al chico de manera fulminante antes de bajar el cuchillo y entregárselo a su prima. Los esclavos dejaron de mirar la escena y siguieron con su trabajo. En cambio, Antonio no tardó en demostrar su enojo.
—Te estás volviendo una piedra en el zapato, pordiosera... —Dijo Antonio, apretando los dientes de la impotencia. —Celebra, que no te durará mucho el triunfo.
Sin decir más, el joven Hurtado se retiró de la cocina. Nica y Lilianne se quedaron en el mismo lugar, sintiendo como el ambiente tenso se disipaba.
—Ten cuidado con él, Nica. —Lilianne se apresuró a reprenderla. —¿En qué estabas pensando?
—No te preocupes, prima. —La esclava entrelazó sus manos con las de ella. —Siempre estaré aquí para protegerte, hasta con mi propia vida si es necesario.
Nica pudo notar el semblante aterrado de su prima. Eso la hizo cuestionarse: ¿Dónde estaba la niña que quemó la hacienda? Aquella que enfrentaba a sus padres, rebelde y arisca que vivía como un volador sin cola.
—Tu... ¿Lo prometes? —Preguntó Lilianne, mostrando ojitos de perro asustadizo.
—Es una promesa, Lili.
Nica selló su promesa con un abrazo. Podía notar que Lilianne se encontraba en un estado indefenso, y el que pecaba de la viveza podría manipularla a su beneficio. Así como su padre, y ahora el joven Hurtado pretendía hacer lo mismo.
Fue ahí cuando Nica entendió que, tal vez, los esclavos eran oprimidos por sus amos. Pero los amos eran oprimidos por las opiniones de la sociedad.
Un rato después de ese incidente, Lilianne fue llamada por la madre de Antonio y futura suegra para hablar asuntos relacionados con la nueva escuelita de la iglesia. Nica decidió limpiar la habitación de Lilianne, doblar su ropa y cubrir todas aquellas necesidades.
Nica salió con una cesta de ropa sucia propiedad de su prima al exterior, debido a la actitud asocial de los demás esclavos intentó buscar a alguna esclava que llevara ropa para lavar. Odiaba ser la nueva en este lugar, comenzaba a odiar ese lugar, siendo más específicos.
—¿Busca la pila, señorita?
La voz de un muchacho la sorprendió. Nica se cruzó con un joven indio, de piel canela y ojos color avellana, sin carnes ni altura qué lo pudieran definir como hombre.
—Si...
—Venga, yo le digo donde está.
El indio se ofreció a ayudarla, la única persona en Las Garzas que le había brindado una buena cara desde que llegó. Tal como prometió, a una corta distancia de la casa grande se conseguía una pila piedrosa y rústica que recibía agua del río cercano. Mujeres, indias y negras africanas propiedad de los Hurtado, lavaban y estrujaban las prendas.
—Gracias, hombrecito. —Se sinceró Nica, satisfecha. —Eres un alma de Dios.
El indio se tomó eso como un cumplido. De inmediato la castaña se dignó a limpiar la ropa de su prima, y a medida que transcurría el tiempo, las otras esclavas comenzaron a lavar apresuradas con tal de irse.
—No es nada, señorita. —Comentó el indio, en tono bajo. —Admiro su valentía para enfrentarse al joven Antonio...
—¿Mm? —Nica se extrañó de que aquel jovencito sacara ese comentario, más siguió lavando. —Lo siento, pienso que nadie puede faltarnos el respeto. Seremos esclavos, pero también somos hijos de Dios, y para él todos sus hijos merecen un trato digno.
Nica recitó aquellas palabras que el sacerdote de Nueva Córdoba leyó de la biblia una vez durante una visita a la casa de los Montalván. Ella no podía leer la biblia, pero le causaba curiosidad ese libro que dominaba a los hombres, por lo tanto se aseguraba de grabar en su memoria cada palabra y su versículo, de ser posible.
—Me gustaría tener su valentía... —Murmuró el indio, retraído.
La chica notó la expresión triste del indio, y la curiosidad por descubrir sus intenciones creció. Más no seria directa para descubrirlo, no tenía intención de incomodarlo.
—Soy Nica, ¿y tú?
—Marú.
Nica se fascinó al escuchar su nombre, hacia décadas que no escuchaba un nombre indígena.
—Marú... ¿No estás bautizado, cierto? —Preguntó la esclava.
El chico negó, explicando su nombre no cristiano. Eso también le decía que Marú llevaba pocos días sirviéndole a los Hurtado, o eso basándose en la ley de los Montalván. Apenas su tío compraba esclavos buscaba bautizarlos rápidamente para alejarlos de su "cultura pagana".
–¿Tú lo estas? —Le preguntó Marú.
–No sabría decirte... —Dudó Nica, su nombre tampoco era cristiano según ella, aunque toda la vida había sido llamada "Nica". —Creo que no.
—No sabía que eras una esclava, no la vi en la barraca anoche.
—No encontré mi cama, y para no molestar preferí dormir en el establo. —Dijo sin darle vueltas.
—No se preocupe, si quiere se la enseño. —Se ofreció el indio nuevamente.
—Encantada.
Marúle hizo compañía todo el rato, mientras terminaba de lavar la última prenda y la ponía a tender al sol, algunas esclavas llegaban a lavar, pero apenas la veían se iban por donde vinieron. Nica empezó a sentirse incómoda, ella no era una especie de espanto para ser tratada así.
—No entiendo porque todos me miran raro. —Pronunció Nica. —Yo no les hice nada.
—Es por su color de piel... —Confesó Marú.
Nica no pudo evitar observarlo con asombro.
—Es extraño que me discriminen por eso. —Argumentó. —Ellos deberían saber lo mal que se siente ser discriminado por tu color de piel.
El indio no contestó, simplemente se quedó pensativo mirando un punto fijo. La esclava suspiró agotada de ese lugar, Las Garzas no le habían traído otra cosa más que desgracias a la hora que llegó.
—¿Es usted hija de esclavos? —Preguntó Marú, tratando de no ser imprudente. —Si me permite saber..
—Si, soy la hija de una esclava y un hacendado, de ahí mi aspecto. Y posición. —Añadió.
—Se nota. —El indio liberó una risa nerviosa. —Digo, es una mujer con las agallas de una india, pero delicada como una blanca.
Nica no supo si aquello era bueno o malo, pues nuevamente se planteaba la incógnita de no pertenecer a ningún lado. Ni suficiente india, ni suficiente blanca.
Cuando terminó de tender la ropa, Marúaprovechó para entrar a la barraca y mostrarle la cama donde dormiría. Era más cómoda de lo que esperaba, las camas eran hechas de paja rodeada de hojas de plátano y telares viejos.
—Gracias, Marú. —La esclava le sonrió. —Eres muy amable.
—Tenga cuidado, Nica.
—¿Uh? —Nica se asustó del repentino cambio de humor del indio, con ojos que mostraban oscuridad y sufrimiento. —¿Por qué?
—Los Hurtado tienen el alma manchada en sangre. —Pronunció Marú. —Y el amo Antonio mostró gran desaprobación hacia usted.
—É-Él... —Tragó saliva, intentando controlar sus emociones. —No puede hacerme nada, no soy de su propiedad.
—Así diga ser esclava de otro amo, él encontrara la manera de salirse con la suya y de hacerla sufrir. —Añadió Marú, bajando la mirada finalmente.
—No te preocupes por eso, Marú. Digamos que tengo una estrategia para espantar a los hombres, no se enganchan conmigo mucho tiempo.
—¿Una estrategia? —Dudó el indio, con curiosidad. —Podría... ¿Decirme cual?
—¿Qué? ¿Quieres saber cómo espantar hombres? —Bromeó Nica, mientras liberaba una risa divertida.
—Si. —Insistió Marú, serio en su totalidad.
—Si sabes que funciona más con las mujeres, ¿No?
—No me importa, quiero saberlo.
—Bueno, está bien. —Accedió, no menos extrañada. —Los hombres de hoy en día casi siempre esperan a una chica sumisa, que se rindan a sus pies y hagan lo que quieren, pero yo simplemente digo lo que pienso y ya está, ese hombre desaparece.
—¿Y no la han golpeado o castigado por ello? —Preguntó el indio. Nica negó.
—Claro que no, saben que les irá mal si mis amos se enteran. —Al decir eso, Marúse mostró desanimado. —Pero no todo recae en eso, lo que en verdad los espanta es demostrarles que no tienes miedo. Que si te levantan una mano despertarán un monstruo del que saldrán corriendo...
—¡Escuchen todos! ¿Quién de aquí es Nica?—Un capataz entró a la barraca, exaltando a los esclavos en ella.
—¡Palomino, no te enseñan a tocar! —Lo regañó una negra de tercera edad, recuperándose del susto.
—So-Soy yo...
—La señorita Montalván la manda a llamar. —Con decir eso, Palomino Ribas se retiró.
—Lo siento Marú, me debo ir. —Se despidió Nica, apenada.
—Tranquila, pasé un buen rato contigo, pero yo también debo trabajar. —Dijo Marú. —Te presentaré a Urima, te caerá bien.
Nica permaneció con su sonrisa grabada en su rostro. Le agradecía a Dios haber conocido a Marú y esperaba ansiosa una próxima reunión. Era un buen paso para integrarse entre los demás y llevar con más calma su estadía en Las Garzas.