En un pequeño orfanato una niña no sabe que será una de los pocos sobrevivientes y quién era como su madre da la vida par aque ellos puedan escapar.
Decidida y con una promesa echa a la lus de luna, jura proteger a quienes sobrevivieron y a los que la necesiten.
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Capítulo 2: Una Promesa Bajo Las Estrellas
La lluvia no se detuvo cuando Elia dejó atrás Valdoria.
Tampoco se detuvo cuando el camino desapareció bajo el barro, ni cuando los niños comenzaron a tropezar, ni cuando Tarin tuvo que cargar a la pequeña de la cuchara porque sus piernas ya no podían sostenerla.
Caía desde un cielo negro y sin estrellas, golpeando los árboles, llenando los charcos y apagando poco a poco el resplandor de la ciudad destruida.
Elia caminaba en silencio.
Tenía los brazos entumecidos, los pies mojados y un agujero en el corazón donde antes estaba Mara.
No entendía por qué la mujer no había salido del túnel, Mara siempre cumplía sus promesas.
Había prometido volver después de ir a buscar harina, después de hablar con el alcalde y, después de llevarle una medicina a un niño enfermo y nunca había tardado demasiado.
Quizá Valdoria quedaba muy lejos.
Quizá Mara se había perdido.
Quizá estaba caminando detrás de ellos y los alcanzaría al amanecer.
Elia miraba hacia atrás cada pocos pasos, aunque solo veía lluvia y oscuridad.
—No te quedes atrás.
Le dijo Tarin.
—Mara puede venir.
Tarin apretó los labios.
No pudo decir nada.
Los niños avanzaban formando una fila desordenada, los mayores llevaban a los más pequeños de la mano.
Uno de ellos sostenía una manta sobre la cabeza de dos hermanos, otro caminaba abrazado a una olla vacía que había encontrado en el cobertizo.
Nadie sabía exactamente hacia dónde iban, solo sabían que debían alejarse de la ciudad.
El camino descendía hacia el río, el barro les llegaba a los tobillos y hacía que cada paso pareciera arrancarles los zapatos.
A la izquierda se levantaba un bosque de sauces, a la derecha los campos se extendían hasta perderse entre la niebla.
Elia no conocía esa parte del valle, Mara siempre decía que no debían alejarse de Valdoria sin un adulto.
Ahora no había ningún adulto.
Tarin intentaba serlo, pero tenía once años, un corte en la ceja y la camisa cubierta de sangre.
Cada vez que creía que nadie lo miraba, se llevaba una mano al pecho y respiraba con dificultad.
Elia lo vio.
—Te duele.
—No.
—Sí.
—Un poco.
—Mara sabe curar heridas.
Tarin miró hacia la oscuridad que había quedado detrás de ellos.
—Lo sé.
Elia bajó la cabeza.
No quiso volver a hablar.
Después de un rato, la niña de la cuchara comenzó a llorar.
Se llamaba Nima y llevaba apenas dos meses en la Casa de las Luciérnagas, no recordaba a sus padres solo recordaba una manta verde y una canción que nadie más conocía.
—Tengo frío.
Sollozó.
Elia se quitó el abrigo que era demasiado grande y se lo puso sobre los hombros.
Luego levantó a Nima, la niña era liviana, pero sus brazos comenzaron a dolerle después de pocos minutos.
—Yo la llevo.
Dijo Tarin.
—Te duele el pecho.
—A ti te duelen los brazos.
—Pero no me duele el pecho.
—Elia…
—Puedo llevarla.
Tarin no discutió, solo caminó más cerca, preparado para sostenerlas si alguna de las dos caía.
El primer refugio que encontraron fue una capilla abandonada, construida sobre una colina baja.
Tenía las paredes de piedra y el techo hundido en una esquina pero aún quedaba un altar seco y una puerta que cerraba con dificultad.
Los niños entraron empujándose, desesperados por escapar de la lluvia.
Elia dejó a Nima sobre un montón de paja vieja, le frotó las manos y buscó algo con lo que cubrirla.
Encontró una cortina polvorienta detrás del altar, la sacudió y se la puso encima.
—No es una manta.
Dijo la niña.
—Es una manta de capilla.
—Huele feo.
—Entonces es una manta de aventura.
Nima dejó de llorar durante un instante.
—¿Las aventuras huelen feo?
—Las buenas, sí.
Tarin soltó una risa débil, fue la primera que Elia escuchó desde lo ocurrido.
Los mayores buscaron madera seca, la encontraron en una caja detrás de la capilla, junto con dos velas, un cuchillo oxidado y un saco de avena.
El problema era encender el fuego, todo estaba húmedo y nadie tenía nada seco.
Elia se arrodilló frente a las ramas.
—Yo puedo hacerlo.
Tarin la observó.
—¿Cómo?
Elia no sabía cómo responder, levantó una mano y pensó en el fuego del orfanato, en la cocina tibia, en las manos de Mara removiendo una olla.
Una chispa apareció entre sus dedos, era pequeña, apenas una luz naranja, pero bastó para prender las ramas más finas.
Los niños retrocedieron.
La chispa cayó sobre la madera y se convirtió en una llama.
—No la toquen.
Advirtió Elia.
—¿Desde cuándo hacés magia?
Preguntó uno de los mayores.
—Digamos que desde ahora.
La respuesta pareció suficiente.
Durante un rato, nadie habló de Valdoria, se sentaron alrededor del fuego y compartieron la avena seca.
No había suficiente para todos, así que Tarin la repartió en pequeñas porciones, Elia fingió no tener hambre para darle la suya a Nima, pero Tarin le puso la mitad en la mano.
—Comé.
—No quiero.
—No te pregunté.
—Mara decía que no hay que dar órdenes con la boca llena.
—Entonces comé rápido.
Elia obedeció.
Cerca de la medianoche, los niños comenzaron a quedarse dormidos.
Algunos se acurrucaron junto al fuego, otros apoyaron la cabeza en los hombros de los mayores.
Nima se quedó dormida abrazada a Pipa, que Elia le había prestado después de limpiarle el barro del vestido.
Elia se sentó junto a la puerta.
No podía dormir.
Cada vez que cerraba los ojos veía a Mara en la escalera, escuchaba su voz.
“Eres una luciérnaga. No dejes que se apague tu luz”.
Después veía la compuerta caer y la oscuridad que había quedado al otro lado.
Tarin se sentó a su lado.
—Deberías descansar.
—Tu también.
—Yo estoy cuidando la puerta.
—La puerta está cerrada.
—Estoy cuidando que siga cerrada.
Elia apoyó la frente contra las rodillas.
—¿Mara murió?
Tarin tardó en contestar.
—No lo sé.
—Pero creés que sí.
—Sí.
Elia miró el fuego.
—Yo también.
La leña crujió, afuera, el viento movió los árboles y algo chilló desde el bosque.
Los pequeños se removieron entre sueños.
—¿Por qué atacaron Valdoria?
Preguntó Elia.
—Los monstruos bajan de las montañas algunas veces.
—Mara dijo que las murallas eran fuertes.
—Lo eran.
—Entonces alguien las rompió.
Tarin bajó la vista.
—Quizá fue una bestia muy grande.
Elia recordó la figura sobre el campanario y la luz violeta que había caído sobre la ciudad.
No dijo nada, aún no tenía palabras para explicar lo que había visto pero sabía que no era una bestia.
—Mara prometió volver.
Murmuró.
—Lo sé.
—Si no volvió, entonces tenemos que volver nosotros.
Tarin la miró con alarma.
—No.
—Tal vez está herida.
—No podemos regresar.
—Tenemos que buscarla.
—Elia, hay monstruos por todas partes.
—Yo puedo usar magia de fuego.
—Tenés cinco años.
—También puedo usar agua.
—Eso no cambia nada.
—Y rayos.
Tarin se quedó callado.
Elia bajó la mirada hacia sus manos, la electricidad todavía le cosquilleaba en los dedos.
No sabía invocarla cuando quería, solo aparecía cuando sentía demasiado miedo o cuando estaba enojada.
—No sé qué hacer.
Admitió.
Tarin respiró despacio.
—Lo primero es mantener vivos a los pequeños, eso es lo que Mara nos pidió.
—¿Y después?
—Después encontraremos ayuda.
—¿Dónde?
—En Ardentia.
Elia había escuchado ese nombre en las historias, Ardentia era una ciudad enorme, mucho más grande que Valdoria.
Tenía murallas de piedra roja, un castillo, una torre de magos y un Gremio de Aventureros donde, según Mara, se reunían personas capaces de enfrentarse a dragones.
—¿Nos van a ayudar?
—Si saben que somos de Valdoria, quizás.
—¿Y si no?
Tarin miró a los niños dormidos.
—Entonces les haremos entender.
La lluvia continuó hasta el amanecer.
Cuando salió el sol, Valdoria ya no se veía desde la colina, el cielo estaba gris y el campo cubierto de vapor.
Los niños tenían la ropa embarrada, los ojos hinchados y el estómago vacío, Tarin se puso de pie con dificultad.
El golpe del lobo de ceniza le había dejado una marca oscura en el pecho.
—Tenemos que seguir.
Dijo.
Elia se acercó y levantó la tela de su camisa.
—Eso está peor.
—No es nada.
—Está morado.
—Los moretones son de muchos colores.
—Mara les ponía hojas machacadas.
—¿Tienes hojas?
Elia miró alrededor de la capilla, encontró unas plantas pequeñas creciendo entre las piedras y arrancó un puñado.
—Estas sirven.
—¿Cómo sabés?
—Mara las usaba.
Los recuerdos de Mara le indicó qué hacer, Elia aplastó las hojas entre dos piedras hasta formar una pasta verde y se la colocó a Tarin sobre la herida.
El niño hizo una mueca, pero no se quejó.
—¿Arde?
—Mucho.
—Entonces funciona.
—Eso no tiene sentido.
—Mara decía que las cosas importantes no siempre tienen sentido.
Tarin sonrió apenas.
Antes de abandonar la capilla, Elia regresó al altar.
Allí había una pequeña figura de piedra, cubierta de polvo, representaba a una mujer con las manos abiertas.
Elia no sabía qué diosa era, pero se quitó la piedra azul del bolsillo y la dejó a sus pies.
Tarin la vio.
—Creí que Mara te había dicho que no llevaras nada.
—Ahira es de utilidad.
No explicó que la había recogido durante la noche, cuando un trueno la despertó.
La piedra estaba tibia a pesar del frío y tenía una fina línea blanca en el centro, como una nube atrapada dentro.
Los niños comenzaron a bajar la colina.
Caminaron durante horas, el barro se transformó en tierra firme y los sauces dieron paso a campos de trigo aplastados por la lluvia.
Al mediodía encontraron huellas de ruedas,.eran recientes y se dirigían hacia el oeste.
—Ardentia está al oeste.
Dijo Tarin.
—¿Cómo sabés?
—Mara me enseñó a leer mapas.
—¿Y sabés leer este camino?
—No hay letras.
—Entonces no lo estás leyendo.
—Lo estoy siguiendo.
—Eso es distinto.
—Elia.
—Bueno.
Siguieron las huellas.
Poco después escucharon un sonido fuerte y repetitivo, primero pensaron que era un monstruo, pero luego vieron aparecer una carreta tirada por dos caballos.
Detrás venían otras tres, llevaban sacos, cajas y jaulas vacías, varios hombres caminaban alrededor con lanzas.
Cuando vieron a los niños, la caravana se detuvo.
Una mujer robusta bajó del primer carro, tenía el cabello rojo recogido en una trenza y llevaba un abrigo azul cubierto de barro.
En la cintura colgaba una espada corta, no parecía una guerrera, pero la forma en que miraba hizo que Tarin se colocara delante de Elia.
—¿De dónde son?
Preguntó.
—De Valdoria.
Respondió Tarin.
La mujer miró hacia el este.
—¿Valdoria fue atacada?
Tarin asintió.
—Por monstruos.
—¿Hay sobrevivientes?
—Nosotros.
La mujer observó a los niños, contó cabezas, preguntó por heridos y cuando vio el moretón de Tarin, ordenó que le dieran una venda.
También repartió agua y pan.
Elia recibió un trozo de pan duro, lo olió, lo partió en dos y le dio la mitad a Nima.
—Comelo tu.
Dijo la niña.
—No tengo hambre.
La mujer de cabello rojo escuchó la mentira, pero no la señaló.
—Me llamo Dalia Venn.
Dijo.
—Esta caravana va a Ardentia. Pueden viajar con nosotros.
Los niños se miraron.
—¿Todos?
Preguntó Tarin.
—Todos.
—¿A cambio de qué?
Dalia arqueó una ceja.
—¿Qué debería pedirles a unos niños que perdieron su casa?
Tarin no respondió.
—Hay personas que se llevan a los niños y después dicen que es por ayudar.
Explicó.
El rostro de Dalia se endureció.
—Entonces hicieron bien en desconfiar. Pero si quieren, uno de mis hombres puede caminar con ustedes hasta que decidan.
Elia miró las carretas, había mantas limpias, barriles de agua y un lugar seco donde sentarse.
También había hombres armados, uno de ellos llevaba una insignia de hierro con la forma de una espada y una estrella.
—¿Son aventureros?
Preguntó.
—Algunos.
Respondió Dalia.
—Los otros son comerciantes.
—¿Pueden matar monstruos?
—Cuando hace falta.
Elia sostuvo la mano de Nima.
—Nosotros vamos con ustedes.
Dalia la miró con atención.
—¿Tu decidís por todos?
—Mara dijo que protegiera a los pequeños.
—¿Dónde está Mara?
Elia sintió que el fuego regresaba a su pecho.
—Se quedó en Valdoria.
Dalia no volvió a preguntar.
Durante los dos días siguientes, la caravana avanzó hacia Ardentia.
Los niños viajaron en el último carro, sentados sobre sacos de lana Dalia les dio ropa seca, sopa caliente y un ungüento para los golpes.
También consiguió un caballo pequeño para que Tarin no tuviera que caminar.
Elia observaba todo.
Observaba cómo Dalia revisaba los árboles antes de permitir que la caravana se detuviera.
Observaba cómo los hombres encendían fuego sin desperdiciar leña, observaba la insignia de hierro que llevaba el aventurero que había curado a Tarin.
Cada vez que preguntaba por ella, le respondían que pertenecía al Gremio de Aventureros.
—¿Cualquiera puede entrar?
Preguntó Elia.
—No.
Dijo Dalia.
—Hay que tener edad y entrenamiento.
—¿Qué edad?
—Depende de la ciudad.
—¿Y si sé hacer magia?
—La magia no reemplaza el sentido común.
Elia decidió no contarle que podía usar tres elementos.
La primera noche en la caravana, descubrió que podía hacer pequeñas esferas de agua.
Las sacaba del barril sin tocarlo y las hacía girar sobre la palma de su mano, la segunda noche intentó calentarlas con fuego.
Una de las esferas explotó y empapó a Tarin mientras dormía.
—¡Elia!
—Fue un accidente.
—¿Por qué estabas haciendo magia junto a mi cama?
—Quería ver si el agua podía hervir sin olla.
—¿Y qué aprendiste?
—Que gritás mucho cuando te despiertas mojado.
Dalia que vigilaba cerca de la fogata, se rio por primera vez.
—No vuelvas a experimentar dentro del carro.
Le dijo.
—¿Afuera sí?
—Tampoco.
—¿Y si estoy lejos del carro?
—Elia.
—Era una pregunta.
La mujer la señaló con un dedo.
—Tu vas a meterte en problemas.
—Mara decía que los problemas siempre se esconden donde nadie mira.
—Mara debía de tener mucha paciencia.
—Tenía una escoba.
—Eso explica bastante.
Elia sonrió por primera vez desde la noche del ataque.
La alegría duró poco, al tercer día cuando la caravana se aproximaba a un puesto de vigilancia, un grupo de soldados les cerró el paso.
Querían saber quiénes eran los niños de dónde venían y quién se hacía responsable de ellos.
Dalia respondió con firmeza, mostró sus documentos y explicó lo ocurrido.
El capitán de los soldados palideció al escuchar el nombre de Valdoria.
—La ciudad está perdida.
Dijo.
—Anoche llegaron mensajeros. No quedo una sola defensa en pie.
Elia sintió que el suelo se alejaba bajo sus pies.
—¿No queda nadie?
El capitán la miró.
—No lo sabemos, pequeña.
—Mara está ahí.
El hombre bajó la vista.
—Lo siento.
Elia no aceptó esas palabras.
No eran una respuesta, no decían que Mara hubiera muerto, no decían que estuviera viva.
Solo eran palabras que usaban cuando no querían decir algo incierto.
Esa noche, mientras todos dormían, Elia se alejó de la caravana y se sentó junto a un arroyo.
El agua corría entre las piedras, oscura bajo la luz de la luna, ella extendió la mano y el arroyo se levantó lentamente, formando una cinta que rodeó su muñeca.
—¿Puedes escucharme?
Preguntó.
El agua siguió corriendo.
—Si Mara está viva, llevame hasta ella.
Una brisa movió los llullos, Elia apretó los dientes.
—Si no está viva, seré fuerte.
Un relámpago lejano iluminó las nubes.
—Quiero una casa grande.
Continuó.
—Más grande que la Casa de las Luciérnagas, que tenga ventanas fuertes, paredes fuertes y puertas que nadie pueda romper. Quiero que los niños tengan comida y camas, quiero que haya gente que los cuide aunque yo tenga que irme.
La cinta de agua tembló sobre su mano.
—Y quiero volverme aventurera, una de verdad. De las que matan monstruos y rescatan personas. Voy a ganar mucho dinero, comprar un terreno y construirlo todo.
Elia levantó la vista.
—Lo prometo.
El agua cayó de nuevo en el arroyo.
A su espalda, Tarin estaba de pie entre los árboles.
—Dalia te está buscando.
—No estaba perdida.
—No quiere decir que no estuvieras haciendo algo peligroso.
—Estaba hablando con el agua.
—¿Te respondió?
—No con palabras.
Tarin miró el arroyo, luego sus manos.
—¿De verdad quieres ser aventurera?
—Sí.
—Los aventureros se lastiman.
—Yo ya estoy lastimada.
—A veces mueren.
Elia pensó en Mara.
—Entonces seré más fuerte que ellos.
Tarin suspiró, pero no intentó convencerla de lo contrario.
—Primero tenés que aprender a leer.
—Sé leer.
—Leíste “peligro” como “puerta”.
—La letra era muy chiquita.
—Y después te caíste dentro de un barril.
—El barril estaba mal puesto.
—Claro.
Volvieron juntos a la caravana.
A lo lejos, detrás de las colinas, comenzaron a aparecer luces.
Eran cientos, Ardentia se levantaba ante ellos como una ciudad de torres, murallas rojas y caminos llenos de carruajes.
Sobre la puerta principal colgaba un enorme emblema de metal, una espada cruzada con un bastón mágico.
El Gremio de Aventureros.
Elia observó la insignia mientras la caravana se acercaba, en su interior, el fuego, el agua y el rayo se movieron al mismo tiempo, como si hubieran reconocido el camino antes que ella.
Todavía era una niña, tenía barro en los zapatos y una muñeca sin un ojo bajo el brazo.
Todavía no sabía empuñar una espada, usar un hechizo sin destruir algo o distinguir una misión sencilla de una sentencia de muerte.
Pero ya había hecho una promesa.
Y las promesas de Elia Varen no desaparecían con la lluvia.
Cuando cruzó las puertas de Ardentia, no miró hacia atrás.
Por primera vez desde la noche de las campanas, caminó hacia el futuro.