Keily siempre pensó que su vida sería tranquila: libros, estudios y pasar desapercibida. Lo último que esperaba era verse comprometida con Gastón Moretti, el capitán del equipo de básquetbol de la universidad… y también el chico que más la había molestado en el pasado.
Entre compromisos familiares, apariencias que mantener y la presión de una relación inesperada, ambos descubrirán que este acuerdo no será tan sencillo como parecía.
¿Podrán sobrevivir a la farsa sin que el corazón se les escape de las manos?
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Capítulo 1: El anuncio inesperado
Keily
Nunca pensé que mi vida pudiera cambiar en una sola cena. De hecho, cuando entré al comedor esa noche, lo único que quería era que terminara rápido para poder seguir leyendo mi novela de ciencia ficción. Tenía un examen en la Universidad la semana siguiente y necesitaba concentrarme.
El comedor de casa siempre me intimidaba un poco: esa mesa larga de madera brillante, las lámparas colgando como si fueran de un hotel de lujo, y mi papá, sentado en la cabecera, con esa postura rígida de político que nunca abandonaba, ni siquiera cuando estaba con su familia. Mamá, en cambio, sonreía dulcemente, aunque yo sabía que detrás de esa sonrisa había mil cosas que nunca decía.
Me senté en mi lugar, frente al plato ya servido. Pasta con salsa blanca. Bien, al menos algo que me gustaba.
—Keily —dijo papá, limpiándose la boca con la servilleta antes de mirarme fijamente—, tenemos que hablar de algo importante.
Ese tono suyo nunca traía buenas noticias.
—¿Tan importante como para arruinarme la cena? —intenté bromear, aunque la incomodidad me hizo sonar más seca de lo que quería.
Mamá me lanzó una mirada de “compórtate”, pero papá no se inmutó.
—Es sobre tu futuro.
Ahí supe que nada bueno saldría de esa conversación.
—¿Mi futuro? —repetí, frunciendo el ceño.
—Sí. Hemos decidido que lo mejor es que te comprometas con Gastón Moretti.
Se me fue la comida por el lado equivocado. Tosí, bebí agua, y cuando logré respirar de nuevo lo miré como si estuviera loco.
—¿Qué cosa?
—Gastón Moretti. —Lo dijo como si fuera obvio, como si yo debiera estar agradecida.
—¿Me estás diciendo que… me van a casar con él?
Mamá habló entonces, con ese tono suave que usaba para disfrazar las decisiones duras de papá:
—No lo veas así, cariño. Es un compromiso, no un castigo. Gastón es un buen muchacho, educado, trabajador, y sus padres son casi de la familia.
Quise reír, pero lo único que me salió fue un susurro cargado de incredulidad:
—¿Educado? ¿Trabajador? ¿Estamos hablando del mismo Gastón que conocí en el colegio?
Los recuerdos me llegaron como bofetadas. Gastón Moretti, el chico que siempre caminaba como si todo el pasillo fuera suyo, con ese aire de superioridad insoportable. El mismo que, en más de una ocasión, me había llamado “empollona” delante de todos, o que se reía de mi cuerpo como si fuera un espectáculo de circo.
No era un matón clásico, pero su sarcasmo dolía más que cualquier empujón.
—No quiero casarme con alguien que ni siquiera me soporta —dije, apretando los puños sobre la mesa.
Papá dejó el tenedor en el plato con un golpe seco. Esa era su forma de decir que la conversación se estaba acabando, aunque yo apenas la estaba empezando.
—No es una cuestión de querer, Keily. Es una alianza estratégica.
Me quedé helada.
—¿Una qué?
—El senador Valdez y el empresario Moretti consolidando una unión familiar. ¿Sabes lo que significa eso? —preguntó papá, inflando el pecho.
—Sí. Que me estás usando como si fuera una ficha de ajedrez.
El silencio se hizo tan pesado que casi pude escucharlo. Mamá me miró con ternura, como si quisiera abrazarme, pero no lo hizo. Siempre elegía quedarse del lado de papá.
—No quiero hacerlo —insistí.
—Lo harás. —La voz de papá fue firme, definitiva. Luego, como si ya no hubiera nada más que hablar, volvió a cortar un trozo de pasta.
Me quedé mirándolos, sintiéndome atrapada. La rabia subió por mi garganta, mezclada con impotencia. No lloré. No iba a darles ese gusto.
Después de un rato, logré preguntar:
—¿Y cuándo piensan que… se supone que me voy a comprometer?
Papá sonrió satisfecho.
—Pronto. Gastón y sus padres vendrán mañana a cenar.
Me dieron ganas de tirarle el plato en la cara.
Más tarde, en la noche, subí a mi habitación con la sensación de que el mundo se me venía encima. Me tiré en la cama con el corazón golpeando fuerte. Obligarme a comprometerme con alguien ya era un desastre, pero que ese alguien fuera Gastón Moretti… eso rozaba la crueldad.
Me miré en el espejo. Mi cuerpo siempre había sido motivo de burla en la escuela. Gordita, con cachetes redondos, curvas que nunca encajaban en los moldes de la moda. Y aunque intentaba no avergonzarme de quién era, las palabras de gente como Gastón seguían pesando.
Agarré uno de mis cómics de superhéroes para distraerme, pero ni siquiera pude concentrarme. ¿Cómo iba a sobrevivir a todo esto?
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Al día siguiente, el timbre sonó al caer la tarde. Estaba en mi habitación, pero escuché la voz de mamá llamándome con entusiasmo:
—¡Keily, ya llegaron!
Respiré hondo y bajé. Y ahí estaba él. Gastón.
Parecía salido de una revista: traje oscuro perfectamente entallado, cabello peinado hacia atrás, sonrisa arrogante. Ni siquiera me sorprendió que lo primero que hiciera al verme fuera recorrerme con la mirada de arriba abajo.
—Vaya… —dijo, arqueando una ceja—. No cambiaste mucho, ¿eh?
La rabia me atravesó.
—Y tú sigues siendo un idiota.
Su sonrisa se amplió, como si disfrutara verme arder.
—Al menos sigo siendo guapo. Eso compensa.
Quise darle una bofetada.
Mientras tanto, nuestros padres conversaban animados en el comedor, como si todo fuera perfecto. La “pareja del futuro”, nos llamaban.
Yo solo pensaba en cómo escapar.
Ese fue el comienzo del fin de mi vida tranquila.