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JUEGO DE BRUJAS

JUEGO DE BRUJAS

Status: En proceso
Genre:Completas / Mujer poderosa / Magia / Dominación / Brujas
Popularitas:540
Nilai: 5
nombre de autor: lili saon

Cathanna creció creyendo que su destino era convertirse en la esposa perfecta y una madre ejemplar. Pero todo cambió cuando ellas llegaron… Brujas que la reclamaban como suya. Porque Cathanna no era solo la hija de un importante miembro del consejo real, sino la clave para un regreso que el reino nunca creyó posible.
Arrancada de su hogar, fue llevada al castillo de los Cazadores, donde entrenaban a los guerreros más letales de todo el reino, para mantenerla lejos de aquellas mujeres. Pero la verdad no tardó en alcanzarla.
Cuando comprendió la razón por la que las brujas querían incendiar el reino hasta sus cimientos, dejó de verlas como monstruos. No eran crueles por capricho. Había un motivo detrás de su furia. Y ahora, ella también quería hacer temblar la tierra bajo sus pies, desafiando todo lo que crecía.

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CAPITULO UNO: EL ÚLTIMO AQUELARRE

—Mirco, por fin habéis llegado —dijo una mujer de mediana edad, cuyo rostro estaba marcado por grandes arrugas, y su cabello rojo, recogido en un gran moño, mientras su vestido, grande y pomposo, se arrastraba por el suelo de mármol—.  Traemos nuevas para vos sobre ella, más algunas son tan viles que no será placentero escuchar.

Mirco se quitó la capucha, revelando un rostro varonil, con una intensidad inconfundible en sus ojos rojos, como llamas abrasadoras de un volcán. Su cabello, largo y ligeramente rizado, caía desordenado sobre su frente, pero lo que realmente llamaba la atención al mirarlo por primera vez era la marca que adornaba un costado de su rostro: un ala de fénix.

—Háblame sin rodeos, Beatriz, ¿qué ha sucedido con mi hermana?

—Mirco, vuestra hermana, ha sido apresada por los Cazadores hace unas horas en las afueras de Aureum. Parece que alguien osó delatarla ante la Corte Suprema. Todavía no sabemos quién pudo ser, más no creo que haya sido una de sus devotas. Demasiado fieles a ella… —Aclaró su garganta —. Todo el reino demanda su muerte.

—¿Y ella se encuentra bien? —su voz sonó temblorosa, temiendo escuchar una respuesta desgarradora—. Dime, Beatriz. ¿Mi hermana está estable?

—Según lo que sabemos, ella se escabulló de la prisión, pero ahora la Corte Suprema ha emitido una orden de captura inmediata y ha desplegado a todos los Cazadores del reino para dar con su paradero.

—¿Cómo logró burlar la seguridad de la prisión? —frunció el ceño —. Nadie ha sido capaz de eso nunca. Y se me hace ilógico que una bruja como ella, que hizo cosas malas, haya podido fugarse así sin más.

—No estoy segura de todos los detalles, sin embargo, algunos testigos mencionaron que utilizó un hechizo de invisibilidad, uno muy antiguo y poderoso utilizado por las brujas de Sombras. Debió aprenderlo de esos viejos grimorios que siempre andaba estudiando. Pero ese tipo de magia, si no se sabe utilizar de manera correcta, suele dejar rastros, y los Cazadores son expertos en seguirlos.

Mirco asintio, sin comprender la situación del todo.

—Pero esa es una magia muy poderosa… ¿Cómo pudo simplemente hacerla? —curioseo, acercándose a la mujer—. Ella no es una bruja de Sombras. Es casi imposible que alguien que no sea una, pueda formular uno de sus hechizos o utilizar su magia.

—Sigue siendo una bruja —sus ojos se oscurecieron —. No es como tú o como yo. Es poderosa, demasiado para decir verdad. Y… Nunca hay que cuestionar lo que una persona con odio en su corazón sea capaz de lograr.

—Pero… solo con libros no se aprende mucho.

—Estás muy equivocado, Mirco. A veces, es la única forma en la que podemos aprender. No tenemos el privilegio de simplemente asistir a una academia como tú. Nosotras no tenemos esa ventaja, no cuando se nos ha prohibido todo.

Y en eso tenía razón. Las mujeres tenían la magia probidad, a menos de que obtuvieran el permiso de su padre o su esposo cuando fueran casadas. En el caso de las brujas, como lo era la más buscada de entre todas las mujeres, todo era aún más complejo, pues eran pocas y, cada vez que una aparecía, la cazaban hasta asesinarla.

Muchas ni siquiera sabían que eran brujas hasta que su magia se manifestaba. Podían ser brujas de sombra, con la habilidad de moverse sin ser detectadas; brujas de sangre, que necesitaban la sangre de cualquier ser vivo para obtener sus poderes; brujas del susurro, cuyas palabras bastaban para hipnotizar a las personas; brujas maléborge, consideradas demoníacas porque sus poderes provenían de pactos con entidades oscuras; o brujas del velo, capaces de comunicarse con los muertos.

Era fácil reconocerlas. Sus cabelleras, largas, rozaban el suelo. Y su belleza… Su belleza era inquietante, casi irreal. No era la dulzura de una doncella ni la elegancia de la nobleza, sino algo más profundo, algo que erizaba la piel y hacía que los hombres desviaran la mirada con temor y fascinación a la vez...

Pero cuando cumplían los veinte… entonces se volvían aún más deslumbrantes. Sus ojos adquirían un brillo extraño, sus facciones se definían con una perfección inhumana. Su cabello cambiaba de color, al igual que sus ojos. Pero detrás de esto, se ocultaba algo oscuros, algo que ni los hombres entendían.

Cada vez que una mujer con esa belleza aparecía, era llevada a la corte. Allí, en los salones fríos del poder, se decidía su destino. Le hacían la prueba, aquella prueba temida que separaba a las mujeres del mundo de los mortales y las arrojaba a un destino incierto.

Si resultaban ser brujas… bueno, todos sabían lo que pasaba con ellas.

—Te pido disculpas. —Inclino la cabeza, en una reverencia grande—. No quise sonar descortés.

—No importa —dijo en tono bajo —. Según sé, si atrapan a Verlah, será llevada a la plaza de las mil brujas… Nuestro rey se encuentra furioso. Ha dejado todo en manos de la corte, pero desea que su cabeza sea entregada como una advertencia.

El rey era conocido por su crueldad, y una vez más su naturaleza despiadada quedaba en evidencia. Ya había asesinado a su propio padre para arrebatarle la corona y tomar su lugar. ¿Por qué dudar que haría lo mismo con cualquiera que desafiara su ley?

Beatriz se acercó a la mesa donde un mapa de la provincia y sus alrededores estaba extendido.

—Estos son los lugares donde más han avistado a los Cazadores recientemente. —Señaló varios puntos marcados con tinta roja en Aureum y Swellow que eran las ciudades que más cerca estaban entre sí—. Tendremos que ser astutos y rápidos. Si tu hermana sigue huyendo, podría dirigirse hacia el bosque prohibido, es uno de los pocos lugares donde podría esconderse sin ser detectada fácilmente, aunque… sí es bastante peligroso.

—No creo que ella se arriesgue de esa manera —dijo una de las personas, una mujer, un poco más alta que Beatriz, viendo el mapa con una expresión de duda—. Hay muchos animales ahí que podrían devorarla sin siquiera esforzarse. También hay que recordar que ahí están los Ahvarin, y ellos odian a las brujas. Podrían oler su sangre y llegar en menos de un segundo solo para arrancar su piel.

El silencio reinó por unos segundos.

—Lira tiene razón —agregó un hombre de hombros grandes y mirada penetrante —. Ella sabe muy bien lo que le espera si se mete a ese lugar… Tal vez podría esconderse en Aureum.

—Pero esa también es una locura —hablo Beatriz, perdiendo la paciencia—. Miren el mapa. No hay ningún lugar seguro en esta provincia ni en ninguna otra. ¿Dónde mierda podría esconderse esa mujer para que no sea encontrada?

—Es un desastre eso. — Mirco pasó sus manos por su cabeza, con frustración —. Nunca encontraremos a Verlah antes que los Cazadores… Creo que será mejor ir a por ella.

—¿Dónde lo haréis? —le preguntó Beatriz—. No sabéis dónde está, mucho menos a dónde podría dirigirse.

—Tal vez tenga suerte y la encuentre.

—Mirco. —Llamó Beatriz mientras él se dirigía a la salida—. Sé cuidadoso. Esto es más peligroso de lo que jamás hemos enfrentado. Sabéis cómo son los Cazadores de letales. No perdona nada ni a nadie.

—Tendré cuidado —dicho esto, Mirco se acercó a la ventana y la abrió de par en par, dejando que el viento frío de la noche golpeará su piel. Por un momento, se quedó inmóvil, sus ojos parpadeando con una intensidad creciente hasta que se tornaron completamente rojos. Y en un destello cegador, unas majestuosas alas de fénix emergieron de su espalda. Se lanzó al aire, transformándose en un ave fénix.

Así mismo, Aureum estaba en completo silencio, uno que solo era roto por el canto lejano de los pájaros sobre los árboles y el murmullo del viento al golpear las estructuras. Las luces de las antorchas, que habitualmente iluminaban las calles con su resplandor, se habían apagado hacía ya varias horas, dejando todo en una oscuridad total.

Ella no podía ir al bosque prohibido; era un lugar sombrío, donde sus peores pesadillas se hacían realidad. Había bestias innumerables que podrían devorarla de un solo bocado, y ella estaba más débil que nunca como para poder defenderse. Todas sus seguidoras, las personas que alguna vez estuvieron a su lado, estaban siendo capturadas y perseguidas.

La respiración agitada y el sudor frío en su frente eran testigos del esfuerzo titánico que estaba realizando. Sus pensamientos volaban hacia su hija, un pequeño ser inocente que ahora dependía completamente de ella.

Apenas unas horas atrás había dado a luz, y su estado físico era lamentable. No deseaba morir, y menos de esa manera; quería morir en lo alto, como una verdadera guerrera, alguien cuya voz fue escuchada, aunque fuera solo una vez.

Unas cuadras más adelante, se encontró con un callejón sin salida. Su corazón se hundió por un instante, pero rápidamente buscó una salida. Un antiguo edificio con una puerta entreabierta ofrecía una posible vía de escape. Sin pensarlo dos veces, se deslizó dentro, encontrando así un almacén abandonado.

Miró a su recién nacida por unos segundos, preguntándose cómo había llegado ahí, como había terminado siendo madre de una niña que no estaba en sus planes. Sus ojos derramaron lágrimas. Se sentía tan vulnerable, tan asqueada de sí misma. No quería ser atrapada, pero tampoco sabía que debía hacer si lograba escapar de nuevo.

Recordó el momento en que descubrió su embarazo, cuando una nueva vida crecía rápidamente dentro de su cuerpo. En aquel entonces tenía cinco meses, hace relativamente pocos días. El cuerpo de las brujas podía dar vida con una velocidad asombrosa, en cuestión de semanas o meses, dependiendo de la intensidad de sus emociones.

Aquel día se sintió la persona más despreciable del mundo. Lloró como nunca antes, como si le hubieran arrancado una parte de su alma sin piedad.

—Shhh, tranquila, pequeña, tranquila —murmuró con desesperación—. Por favor, cállate. Por favor, solo… Cállate.

Avanzó hacia la parte trasera del almacén, buscando cualquier señal de una salida. Encontró una puerta trasera, vieja y oxidada, que parecía llevar a un patio cerrado. Con esfuerzo, empujó la pesada puerta y salió al exterior.

El patio estaba lleno de escombros y cajas abandonadas. Buscó desesperadamente un lugar donde esconderse. Vio una pila de cajas grandes lo suficientemente altas como para ofrecer una cobertura temporal. Se deslizó detrás de ellas, abrazando a su hija con fuerza.

—Qué asqueroso lugar —dijo una voz femenina con desagrado, cuando se adentró por completo al lugar—. Esto debería ser demolido de una vez por todas. Es solo contaminación visual y olfativa.

—¿Cuándo será el día que dejes de quejarte por cosas tan insignificantes como el polvo? —cuestionó uno, con un tono tosco, mirando a la mujer con reproche—. Siempre tienes que decir algo sobre los lugares que vamos. Si no queréis estar aquí, lárgate. A nadie le haces falta.

—Cálmate, hombre —respondió ella, burlona—. Siempre estás a la defensiva. No es para tanto. Además, no estoy aquí por gusto. Me tienen secuestrada, literalmente… —observó el piso—. Por cierto, hay pasos marcados en este polverío.

Miró todo con asco.

Era una bruja, aunque ahora la usaran como un simple instrumento. La tenían allí porque había dado información crucial sobre los aquelarres, convirtiéndola en una traidora a su propia sangre. Y mientras siguiera siendo útil, la dejarían vivir. Pero ella sabía que cuando todo terminara, cuando ya no necesitaran su conocimiento ni su ayuda para cazar brujas, la ejecutarían sin dudarlo.

—¡Busque en todas partes! —gritó el Cazador de cabello rojo —. Esa asquerosa bruja no debe estar muy lejos.

—¡No es una asquerosa bruja! —espetó la mujer con furia—. Y aquí no hay nadie. Es solo una pérdida de tiempo. Solo… vámonos.

El hombre la fulminó con la mirada.

—No pedí opiniones, Mía. Revisen ahora mismo.

—Deja ese mal genio, Thial —replicó ella con fastidio.

—He dicho que ahora —ordenó, sin espacio para más protestas—. Y no me llamas “Thial”. Soy tu teniente. Dirígete a mí como tal, bruja.

Ella bufo molesta.

Los Cazadores buscaban por el lugar, levantando cajas y mirando detrás de cada obstáculo. Verlah tenía la respiración contenida. Sus brazos apretaban contra su pecho al bebe, quien estaba en silencio, como si supiera que la situación lo ameritaba.

Los pasos se acercaban peligrosamente a su escondite. Ella entró en pánico. Cerró los ojos, preparándose mentalmente para lo peor. Pero, de repente, una voz gritó desde el otro lado. Sintió que el alma le volvía al cuerpo, cuando esos pasos se alejaron rápido.

Esperó unos minutos para salir, asegurándose de que no había nadie y que el peligro ya había pasado.  Asomo la cabeza, mirando a todos lados. No había nadie.

El viento le golpeó el rostro con una fuerza implacable cuando salió. Se sentía débil. Bajó la mirada. Noto la sangre que bajaba por sus piernas. La herida de su reciente parto aún estaba latente. Le dolía mucho al caminar, como si sintiera que todos sus órganos saldrían por la zona. Pero no se detuvo. No podía hacerlo si quería conservar su vida.

De pronto y sin previo aviso, sintió algo enrollarse en una de sus piernas. Bajo la mirada con lentitud. El pánico inundó su rostro cuando se dio cuenta de lo que era; una cadena de castigo usada solo por los Cazadores para atrapar a sus presas.

Su hija cayó al suelo, llorando a grito. Verlah también cayó. Intentó arrastrarse para llegar a su hija, pero aquellas cadenas se lo impedían. Solo la alejaban cada vez más de ella.

—¡Ayuda! —gritó con desespero. Sus manos se intentaban aferrar contra el piso de piedra, haciendo que sus uñas se despegaran de sus dedos—. ¡Por favor, alguien ayúdeme! ¡Por favor! ¡Auxilio!

Pero nadie acudió en su ayuda.

A través de las ventanas, las sombras de los vecinos se asomaban con terror, observando lo que sucedía afuera.

Los Cazadores eran temidos por su brutalidad y por la autoridad absoluta que ejercían en la comunidad mágica. Eran implacables con cualquiera que consideran una amenaza, ya fuera una persona traficando con artefactos oscuros o un hechicero utilizando sus poderes para fines malignos o incluso un animal rabioso. Algunos los veían como salvadores, como los guardianes del bien en el reino, mientras que otros los consideraban tiranos abusando de su autoridad.

 —Pensabas que podrías escapar, pero olvidaste algo… Nadie escapa de nosotros, asqueroso animal rastrero. —Una sonrisa de superioridad apareció en sus labios, apretando la cadena con fuerza en sus manos.

No era solo un insulto; era una sentencia. Para ellos, quienes nacían con vagina no eran personas, sino simples animales. Seres sin mente, sin razón, sin derecho a decidir. Su destino estaba sellado desde el nacimiento: ser controladas, poseídas y sometidas por los hombres con los que eran obligadas a casarse. Y ese destino llegaba temprano, a veces a los diez años después de la ceremonia de consagración, dónde las niñas eran presentadas ante el pueblo y marcadas como "propiedad sagrada" de su padre hasta que eran casadas.

—¡Por favor, déjame!

—No creo que eso sucederá. —El llanto del bebe, no muy lejos, llamó la atención de todos los Cazadores—. Ese bebé… ¿Es tu hijo?

—Por favor, no le hagan daño a mi hija —suplicó Verlah con lágrimas rodando por sus mejillas—. Ella no tiene la culpa de nada.

—¿Por qué deberíamos mostrar misericordia? —preguntó con voz dura el Cazador a su derecha—. Tú has desafiado las leyes de la Corte Suprema. Has burlado a la corona creyéndote con la autoridad para poner dominio en estas tierras. Dime, bruja, ¿Por qué deberíamos tener compasión ahora cuando tú no la tuviste antes?

—No pido compasión por mí —escupió, con enojo—. Solo pido que no le hagan nada a mi hija. Solo eso pido, piedad por ella. Si le hacen algo, yo…

—Te encuentras indefensa en este momento —interrumpió el Cazador, mirándola fijamente—. No podrías hacer nada.

—Por supuesto que puedo —amenazó.

—Sabéis que no puedes hacerlo. Lo mejor para ti será guardar silencio y esperar tu destino. — Llevó su mirada al Cazador de cabellera rubia —. Robi, llévate a su hija. Ya sabes a donde. No te distraigas con nada, ni nadie.

Robi asintió, acercándose a la recién nacida que tenía lágrimas en sus ojos. Después giró la cabeza a la mujer que lloraba y gritaba.

—Dile adiós a tu mami —dijo Robi con burla mientras tomaba la pequeña mano de la recién nacida —. Porque ya no la verás nunca más.

—¡Largo ya, Robi!

Él chasqueó los dedos, provocando que un destello de magia envolviera su cuerpo y lo transportará en cuestión de segundos a la entrada de un imponente bosque. Allí, se encontraban toda clase de animales de formas muy extrañas y exóticas, con ojos profundamente negros y salidos de sus rostros. Ninguno tenía conciencia, solo caminaban sin rumbo fijo, chocando unos contra otros.

—Asquerosas bestias —soltó Robi, haciendo una mueca de asco.

Avanzó por un sendero que serpenteaba entre la espesura del bosque. Las sombras se alargaban y se retorcían a su paso, como si el mismo bosque estuviera vivo y observándolo.

Llegó a una casa de madera de dos pisos, iluminada únicamente por antorchas de fuego. Toca la puerta, la cual se abrió sola con un crujido siniestro, revelando un largo pasillo flanqueado por numerosas puertas. Camino hasta llegar a una puerta completamente negra adornada con runas mágicas.

Al cruzar el umbral, se encontró con un hombre sentado en una silla de respaldo alto, disfrutando de una taza de café mientras hojeaba el periódico. Su aspecto era engañosamente tranquilo, con cabellos grises y ojos rojos penetrantes que destilaban mucha sabiduría. A su lado, una mujer de cabello negro como la noche, con ojos que parecían reflejar una galaxia, vestía una túnica blanca y un cinturón de cuero adornado con dagas y pociones.

—¿Robi…? —pronunció el hombre, levantando la mirada a él—. ¿Pero qué haces aquí?

—Tu nieta, Valkhor. —Él llevó su vista hasta el trapo envuelto que tenía el Cazador en sus brazos—. ¿La reconoces como la hija de tu hija?

No se levantó, en cambio, la mujer fue quien se acercó. La tomó en brazos justo en el momento en que la bebe abrió los ojos, revelando un asombroso tono cristalino que irradiaba misterio.

 —Valkhor, tiene unos ojos realmente encantadores. Parecen cristales. Verlah no tiene los ojos así. Nadie en tu familia, ¿o sí?

—No lo sé, Diane…—suspiro pesado —. Robi, necesito que hagas algo por mí.

—¿Qué quieres ahora?

—Lo que quiero que hagas debe ser completamente secreto, nadie más debe saberlo —su voz estaba cargada de un misterio que nadie soportaba en la habitación—. No es un secreto para nadie que las brujas siempre han sido cazadas y asesinadas. —Se levantó con dificultad debido a su pierna malograda debajo de la armadura —. Y por lo que veo, mi nieta también es una de ella.

—¿A dónde quieres llegar? —pregunto con el rostro arrugado.

—Debemos acabar con ella —respondió sin un rastro de empatía—. Tienes que asesinarla.

Diane abrió los ojos en grande.

—Es solo un bebe —intervino ella—. No puedes estar hablando en serio.

—Diane, debemos preservar la calma del reino —dijo con tranquilidad.

—¡Es tu nieta! —su voz sonó más molesta que nunca—. No puedes hacer eso.

—¡Sigue siendo una maldita bruja!

—¡No puedes estar hablando en serio! —Se acercó a él y lo tomó de ambos brazos, agitándolo —. ¿Qué te sucede? La muerte no es la solución para las cosas. Ella no tiene la culpa de las cosas que haga su madre. Debe haber otra solución… Su padre. Podemos entregársela a él y que se vayan lejos de este lugar. Donde nadie pueda encontrarlos nunca.

—No sabemos quién es su padre —contraatacó con un tono duro—. Verlah jamás nos mencionó algo sobre él. Y nunca vi a ningún hombre con ella…

—Podemos buscarlo —sugirió—, pero no asesines a tu nieta. ¿No tienes corazón acaso? Es tu sangre, Valkhor. ¡No puedes hacerlo!

—Ya sabes qué hacer, Robi.

Diane miró a Valkhor con los ojos llenos de sorpresa, procesando la información. Luego, sus ojos se desplazaron hacia la pequeña recién nacida. Sonrió con una mueca ladeada, pero no era una risa maliciosa, sino una de incredulidad. No entendía cómo alguien podía ser tan cruel con su propia sangre.

—Valkhor…

—¡Ya basta, Diane! —rugió con su voz cargada de furia—. No tienes derecho a opinar nada. Calla esa maldita boca ahora mismo antes de que te la reviente, estúpido animal.

Ella se sintió pequeña.

—Pero Valkhor…

El golpe en su rostro la interrumpió con brutalidad, haciendo que se desplomara contra el suelo. Un latido de dolor la recorrió mientras llevaba una mano a su mejilla ardiente. La sangre comenzó a brotar, tibia y espesa, deslizándose hasta sus labios, que se endurecieron como piedra.

—No quiero que te tomes el atrevimiento de hablar cuando nadie te lo ha permitido. Recuerda tu lugar.

—Discúlpame. —Bajó la mirada en un gesto de sumisión. Su mano temblaba, tanto por la ira que la consumía como por el dolor de ver que el hombre que amaba no tenía ni una sola gota de empatía por ella—. No volverá a pasar.

—Eso espero, Diane. No estoy dispuesto a soportar estupideces de tu parte. La próxima vez no tendré compasión... te mataré. Quedas advertida.

Robi observó por última vez a las dos personas en la habitación antes de alejarse lentamente, sosteniendo a la niña en sus brazos. Tras unos minutos de caminata, llegó nuevamente al bosque, donde sentía la presencia de los animales que lo observaban y juzgaban.

 Depositó a la bebé en el suelo, y ella comenzó a llorar. La miró fijamente a esos ojos, tan grises como el cristal. Dudo un momento, pero al final, decidió. Colocó su mano sobre ella y, con una explosión de su magia, lanzó una oleada de fuego que convirtió a la bebé en cenizas mientras su fuerte llanto se apagaba en un fulgor.

Robi no sintió nada: ni remordimiento, ni pena. Llevaba diez años siendo un Cazador, y había sido testigo de actos horribles que lo hicieron cuestionar su amor por la caza. Sin embargo, en ese momento, nada le importaba. Su corazón se había convertido en piedra, y su alma había abandonado su cuerpo cuando mató a su primera presa.

—Es una lástima que este haya sido tu destino, pequeña cosita.

Permaneció unos minutos mirando el lugar donde antes yacía la bebé. Ahora no quedaba nada, solo su ropa, manchada con sangre. Con un suspiro, colocó las manos detrás de su espalda y comenzó a caminar. Chasqueó los dedos, y en un abrir y cerrar de ojos, desapareció, dejando atrás solo el eco de su presencia. Apareció en la Corte Suprema, donde sus compañeros lo esperaban.

—¿Dejaste a esa niña con Valkhor? —le pregunto Seam, sentándose a su lado—. ¿Qué harán con ella?

—No lo sé —mintió sin darle importancia —. Posiblemente, se la lleven lejos de este reino.

Valkhor descendía las escaleras hasta llegar a las profundidades de las mazmorras. Los sonidos de sus botas resonaban por los fríos pasillos de piedra, llamando la atención de los prisioneros en los calabozos. Había criaturas de todo tipo: vampiros, hombres lobo, y brujas.

De imprevisto, el sonido de una celda golpeada con fuerza interrumpió su caminar.

—No lograrás hacerle nada a los barrotes —dijo con firmeza—. Es mejor que dejes de perder el tiempo en eso y aceptes tu destino. Pagarás por tus crímenes, prisionero.

El prisionero comenzó a gritar mientras continuaba golpeando los barrotes con sus manos. Finalmente, llegó a la última celda, donde se encontraba la prisionera más reciente, aquel cuyo destino aún estaba por determinarse en el próximo juicio.

Verlah se acercó a los barrotes y puso sus manos ahí mientras su cabeza sobresalía entre los espacios de este. Sus miradas se conectaron por unos segundos antes de que ella comenzara a golpear los barrotes con fuerza.

—¿Por qué me odias, padre? ¿Por qué no pudiste amarme como yo te amaba? —Golpeó con más fuerza —. Fuiste un padre terrible, un esposo lamentable, un hombre despreciable. Me has herido profundamente. ¿¡Por qué me odias cuando yo te amo!?

—No seas dramática —soltó con calma, sin apartar la mirada de ella—. Todo lo que pasó fue tu culpa, solo tuya. Recuérdalo siempre, Verlah. Quisiste desafiar el orden establecido solo porque no estabas conforme. ¡Fue una estupidez lo que hiciste! Siento que me faltó mano dura contigo. Con unos buenos golpes, habría evitado todo lo que pasó.

Ella soltó una risa de incredulidad; no esperaba menos del hombre que asesinó a su madre frente a ella para enseñarle el castigo que recibiría si se atrevía a desobedecer.

—¡Asquerosa mierda! Te odio con toda mi alma.

Su padre pasó las manos por los barrotes y le agarró el largo cabello, tirándola hacia adelante una y otra vez, golpeándola con los barrotes, provocando un dolor infernal en ella.

—No me hables de esa manera. Sigo siendo tu padre, tu dueño. ¡Muéstrame el respeto que me merezco!

—¡Nunca! ¡Nunca lo haré!

Él se alejó, sintiendo el enojo, clavándose en su pecho. Quería volver y matarla él mismo, pero se contuvo. No podía dar otro espectáculo. No en ese lugar cuando tenía una reputación que mantener.

Verlah cayó al suelo de la prisión, su llanto desgarrador llenando el espacio. Sus sollozos atrajeron la atención de los prisioneros cercanos, que la observaban con recelo, y de los Cazadores que custodiaban cada celda.

Se incorporó lentamente, con la mirada fija al frente, pero no veía nada. Únicamente la negrura de sus ojos nublados por el dolor. Cerró los párpados un instante, pero las lágrimas siguieron deslizándose por su rostro.

Su respiración se volvió errática. Sus manos temblaron con violencia. Su mente se nubló aún más. Y abrió los ojos, para ver a todos los que ahí la juzgaban. No se arrepentía de sus actos. No debía hacerlo porque sabía que había sido por una buena causa, por quitar las ataduras que por tanto tiempo la tenían prisionera.

Lo hizo porque sabía que era la única manera en la que sería escuchada. Porque a ellos les importaba más una estatua en el suelo, un templo destruido, que las mujeres que les daban la vida diariamente. Porque según ellos, sus mujeres no eran más que una sombra de ellos. Lo hizo por la independencia que les robaron.

—Por la traición de los hombres y la cobardía de mi propia sangre, yo maldigo a mi linaje —comenzó con una voz suave, como la brisa del viento que tocaba las hojas de los árboles —. Que las mujeres nacidas de mi estirpe llevarán en su piel el peso de mi furia, en su corazón el eco de mi dolor y en su alma la sombra de mi condena.

Los ojos juzgadores eran incapaces de apartarse de ella. Todos querían saber qué estaba haciendo. Porque decía palabras tan extrañas.

—Serán víctimas de amores truncados, de destinos rotos, de la crueldad de un mundo que nunca las querrá ver libres —continuo con el mismo tono, pasando su mirada por cada persona ahí —. Pero su sufrimiento no será en vano. Porque un día, una nacerá con la sangre que me devolverá a este mundo. Su sangre será mi sangre. Su vida será la mía. Y cuando los años hayan pasado, cuando la luna oscurezca y la sangre toque la tierra… yo volveré.

De sus pies comenzó a emanar una bruma negra y espesa, densa como la sangre maldita. El suelo vibró levemente, alarmando a todos. Los Cazadores se pusieron en posición de ataque, desplegando sus cadenas contra el suelo.

Mirco y Valkhor se sintieron débiles, como si una parte de sus almas hubiera sido arrancada sin piedad de sus cuerpos. Uno tuvo que aferrarse con fuerza al pasamanos de las escaleras para no caer, mientras que el otro terminó desplomándose en un arbusto, respirando con dificultad.

—Que la última de ellas me sirva de puente… o que todas mueran bajo mi sombra.

La mañana llegó implacable. El sonido de las cadenas arrastrándose por las calles de piedra resonaban como la maldición que había salido de su boca horas atrás.

La llevaban como si fuera una simple rata, un despojo sin valor. Los comerciantes, los nobles, el propio rey, que avanzaba en su carruaje al frente de la procesión, todos tenían los ojos fijos en ella. No era más que un espectáculo para la multitud, un recordatorio de lo que les sucedía a aquellos que desafiaban el orden.

Risas. Murmullos. Palabras afiladas como cuchillos. No hacía falta juicio cuando todos ya la habían condenado.

La plaza se alzó ante ella, vasta y desgarradora, rodeada de estatuas que parecían observar el cruel desenlace. Su respiración era errática; el dolor había dejado de ser una sensación y se había convertido en un estado permanente.

En la madrugada, la habían golpeado tantas veces que su corazón se detuvo por un instante, como si hubiese dudado en seguir latiendo. Insultos llovieron sobre ella: zorra, puta, mujerzuela. Y luego, los latigazos, tantos que su espalda se había convertido en un mapa de carne desgarrada.

Unas manos la sujetaron con fuerza. La arrastraron sin esfuerzo hasta el lugar donde la hoguera ya la esperaba. No intentó resistirse. Su destino estaba escrito en las llamas. Las recibiría con honor, porque la muerte, cuando era por libertad, nunca dolería. Levantó la mirada cuando la última cadena fue amarrada al pilote detrás de arriba de ella.

—¡Pueblo cínico! —su desgarradora voz retumbó por todos lados —. ¡Pueblo cínico! —repitió mirando a todos ellos —. Lo haría una y otra vez solo para que las mujeres de Valtheria conozcan el precio de la libertad. Porque no es un acto de amor entregarlas desde el nacimiento. Porque no es un acto de amor golpear para educar. ¡Porque nunca será un acto de amor callar para vivir! ¡Porque nunca será mejor obedecer que liderar!

Las llamas comenzaron como lenguas tímidas, lamiendo la leña seca. El calor llegó a sus pies, pero ella no hacía ningún gesto. La multitud contenía el aliento, algunos con morbosa fascinación, otros con miedo mal disimulado.

—¿Por qué ustedes sí merecen la humanidad que a nosotras se nos niega desde el nacimiento? ¿Por qué debemos ser quienes se queden atrás, en las sombras, por miedo a lo que sus miradas sean capaces de hacer? —gruño, soltando un grito de dolor —. ¡Que mi muerte sea recordada por todos ustedes siempre!

El rey tenía la mandíbula tensa mientras se acercaba. Detrás de ella, un guardia sujetaba con firmeza una espada. Cuando el monarca hizo un simple gesto con la mano, la hoja atravesó su cuello de un solo golpe. La cabeza rodó hasta sus pies. Se agachó, la tomó entre sus manos y la miró a los ojos. Luego, con un aire de arrogancia, la alzó ante la multitud.

La sangre negra goteaba lentamente, dibujando surcos oscuros en su piel. Detrás de él, el cuerpo decapitado comenzó a arder, y el hedor a carne quemada se esparció con el humo de la hoguera. Pero entonces, la cabeza en sus manos empezó a derretirse. Un líquido espeso y oscuro se filtró entre sus dedos, besando la piel.

El dolor fue inmediato. Profundo. Insufrible.

El rey lanzó un grito desgarrador al suelo mientras la cabeza se deshacía en su mano, desplomándose después en el suelo como un charco de sangre negra. Aquel acto de crueldad quedaría grabado en la memoria de todo los presentes, pero especialmente en la de las mujeres que observaban el espectáculo en silencio. Porque ellas lo sabían.  Aceptaban que sus acciones no la hacían malvada. La convertían en un símbolo de fortaleza. Había caído, sí, pero lo hizo como los grandes, como alguien que se cansó de un mundo que no fue diseñado para ellas.

Porque donde había valentía para gritar, yacía la fortaleza para vencer.

1
Sandra Ocampo
quiero el final
Sandra Ocampo
q paso sé supone q está completa ,tan buena q está
Erika García
Es interesante /Proud/
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