Ella lo obligó a casarse. Él hará que se arrepienta de haberlo conseguido.
Alexander Ríos tenía poder, fortuna y un solo amor: Andrés. Pero una conspiración lo llevó al altar con Ángela Casamayor, la mujer que más odiaba. Ella creyó haber conquistado al heredero. Sin embargo, Alexander tiene sus propias reglas para aquel matrimonio: convertir la vida de su esposa en una guerra donde el amor no tendrá cabida y la venganza será apenas el comienzo.
¿Qué sucede cuando la mujer que consiguió todo lo que quería descubre que su mayor victoria será también su peor castigo?
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La mujer que creyó haber ganado
La primera noche de su matrimonio, Alexander Ríos dejó a su esposa sola en una habitación de hotel y se llevó consigo al hombre que había contratado para recordarle a quién amaba de verdad. Ángela Casamayor tardó exactamente tres segundos en comprenderlo. El primero, cuando vio entrar al joven. El segundo, cuando levantó la mirada y descubrió aquellos ojos verdes como un bosque de primavera eterna con aquella sonrisa discreta y aquel cabello cuidadosamente peinado que le resultaban demasiado familiares. El tercero fue cuando Alexander pasó junto a ella sin siquiera mirarla. Como si fuera aire. Le soltó un seco.
-Buenas noches, señora Ríos. -sin ternura. Sin deseo. Solo desprecio. Ni siquiera había curiosidad. Solo una cortesía fría, casi insultante. Ángela permaneció inmóvil en medio de la suite.
-¿Quién es él? -preguntó alarmada. Aquel hombre muy bien podía pasar por el doble de Andrés. Alexander se detuvo junto a la puerta. El joven estaba detrás de él, sosteniendo una carpeta de cuero contra el pecho.
-Mi asistente personal y mi guardaespaldas desde hoy. -Ángela soltó una pequeña risa. No porque le causara gracia. Sino porque acababa de comprender la crueldad de su marido.
-¿Tu asistente personal?
-Sí.
-Se parece a Andrés.
Alexander giró lentamente el rostro. Por primera vez aquella noche, sus ojos encontraron los de ella y Ángela sintió un escalofrío. Porque durante todos aquellos meses había creído que conocía perfectamente el odio de Alexander Ríos. Había estado equivocada. Lo que había conocido hasta entonces era apenas su paciencia.
-No. -respondió él con una serenidad aterradora. -Dimitri no se parece al hombre que amo, pero le pagaré para que se parezca. Ya tiene el físico. Necesita el alma. Algún problema con eso Ángela. -el silencio cayó sobre la habitación. Ángela apretó los dedos alrededor del ramo de flores que todavía llevaba en la mano.
-No puedes hacerme esto. -Alexander sonrió. Fue una sonrisa pequeña. Sin alegría.
-Puedo hacerte cosas mucho peores. De hecho cuenta con ello Ángela. -y salió. La puerta se cerró detrás de él. Ángela se quedó sola. Completamente sola. Con su vestido de novia y sus ilusiones destrozadas. Sola, muy sola. Como él había prometido que estaría.
Tres meses antes, Ángela Casamayor había creído que tenía el mundo entero entre las manos y en cierto modo, lo tenía. Los Casamayor no necesitaban pedir permiso. En Canadá, un apellido podía abrir puertas. El suyo podía derribarlas. Bancos, constructoras, compañías navieras, fondos de inversión, medios de comunicación... Era difícil encontrar una familia empresarial que no hubiese tenido que negociar alguna vez con ellos. Por eso Ángela estaba acostumbrada a obtener lo que quería y ella quería a Alexander. No porque lo amara. Eso habría sido demasiado sencillo. Lo quería porque Alexander Ríos era el único hombre que se había atrevido a mirarla y decirle que no. Desde el primer encuentro había sido así.
-No voy a casarme contigo. -sin explicación. Alexander se lo había dicho sin levantar la voz. Ángela todavía recordaba perfectamente aquella tarde. Él estaba de pie frente a la enorme ventana del salón principal de los Casamayor, con las manos dentro de los bolsillos del pantalón y una expresión de absoluto desprecio.
-¿Por qué? -había preguntado ella. -Alexander se volvió.
-Porque amo a otra persona. -aquella respuesta debería haber terminado cualquier conversación. Para una mujer razonable, al menos. Ángela no era una mujer razonable.
-Yo soy mejor que cualquier persona que te haya robado el corazón Alexander. Voy a robarte de esa mujer. -ella no lo sabía entonces. Qué equivocada estaba. Alexander no amaba a una mujer, amaba a un hombre. Su rostro después de sus palabras debió advertirla, pero ella no supo verlo. El rostro de Alexander cambió ante sus destinadas palabras. Fue apenas un instante, pero ella lo vio y creyó en su vanidad que él tenía miedo por su amada.
-No se te ocurra acercarte Ángela. -le había advertido. Ella sonrió.
-No sé Alexander. Soy muy sociable. Me gusta conocer personas nuevas.
-Tú sabrás lo que haces.
No fue hasta tres semanas después que descubrió la verdad. Alexander no amaba a una chica, sino a un chico. Andrés. Un joven español multimillonario que había venido a estudiar aquí. Sintió odio porque ese hombre había conseguido algo que Ángela no soportaba: ser amado por Alexander Ríos sin tener que exigirlo. Aquello fue suficiente. Ángela decidió que Andrés debía desaparecer de su vida, pero todavía no sabía cómo. Hasta aquella noche. La noche de su compromiso. La fiesta había sido perfecta. Demasiado perfecta. Música, champán, vestidos de diseñador, periodistas cuidadosamente seleccionados y una lista de invitados en la que aparecían algunos de los apellidos más poderosos del país.
Alexander había soportado todo aquello como quien soporta una condena. Había bebido poco. Hablado menos y cada vez que alguien mencionaba la próxima boda, su expresión se volvía más fría. Ángela lo observaba a él y a Andrés desde el otro extremo del salón. Hasta que llegó el momento. Una copa. Una conversación. Una habitación y después... Nada. Eso era lo que ella había pensado. Que no habría consecuencias. Envió incluso un médico discretamente. Andrés había despertado al día siguiente con recuerdos fragmentados y una historia que parecía demasiado conveniente para ser cuestionada. Ángela se había encargado de que las circunstancias hablaran por sí solas.
Había conseguido que pareciera que había estado con otro hombre. Lían. Este fue otro error de cálculo de su parte. Ella creyó que Lían era un joven que no tenía ninguna relación con él y que de la noche a la mañana, se convirtió en la pieza perfecta para destruir la relación entre Alexander y Andrés. Ángela había pensado que Alexander sentiría vergüenza. Que Andrés lo abandonaría. Que el escándalo obligaría a Alexander a aceptar el matrimonio y durante unos días creyó que había ganado. Hasta que Alexander comenzó a investigar. El error de Ángela no había sido drogar a Andrés. Ni siquiera había sido involucrar a Lían. Su verdadero error había sido creer que Alexander era un hombre impulsivo. No lo era.
Alexander Ríos podía tardar semanas en reaccionar.
Meses, incluso, pero cuando finalmente lo hacía, no olvidaba nada. Había revisado cámaras. Registros. Llamadas. Movimientos bancarios. Había reconstruido la noche pieza por pieza y encontró demasiadas coincidencias. Demasiadas. Una cámara que casualmente había dejado de funcionar. Una persona que recibió dinero. Un vehículo que apareció en un lugar donde no debía estar vigilando evidentemente a esa luz de luna blanca de Alexander y finalmente, una conversación. Una sola conversación. Eso fue suficiente. Alexander escuchó la grabación tres veces, según le informaron luego. A la cuarta dejó el teléfono sobre el escritorio.
-Fue ella. -su abogado levantó la mirada.
-¿Está seguro? -Alexander contempló durante unos segundos la fotografía de Ángela que tenía frente a él. Hermosa. Elegante. Intocable.
-Estoy seguro.
-Entonces podemos hacer público lo que descubrimos. -Alexander negó con la cabeza.
-Todavía no.
-¿Por qué? -Alexander tomó la fotografía. La sostuvo entre los dedos y sonrió como lo haría un tiburón antes de atacar a su presa.
-Porque ella quiere casarse conmigo. -el abogado lo observó en silencio, sintiendo un escalofrío. -Y voy a darle exactamente lo que quiere.
Aquella fue la primera vez que alguien comprendió que Alexander Ríos no estaba aceptando la derrota. Estaba preparando una guerra. La boda llegó dos meses después. Fue espectacular. Ángela caminó hacia el altar con un vestido blanco que costaba más que la casa de muchas familias. Alexander la esperaba. Impecable. Hermoso. Frío como el invierno. Cuando ella llegó a su lado, él le ofreció el brazo. Solo porque había cámaras. Solo porque había invitados. Solo porque todavía no había llegado el momento de mostrarle las reglas del matrimonio.
-Sonríe. -susurró Ángela. -Alexander mantuvo la mirada al frente y una sonrisa de burla en sus labios.
-Disfruta mientras puedas. -replicó él entre dientes.
Ella creyó que era una amenaza vacía. No lo era. Ahora, en aquella habitación de hotel, Ángela comenzaba a entenderlo. Recordó nuevamente al joven asistente personal. Era imposible no notar el parecido. No era idéntico a Andrés, pero lo suficiente. El mismo tono de cabello. Una estructura facial semejante. Una forma parecida de sonreír. Incluso la manera de vestir. Todo cuidadosamente calculado.
-Lo hiciste a propósito Alexander. -murmuró a una puerta perfectamente cerrada. Nadie respondió. Alexander ya se había marchado. El tal Dimitri también. Ángela sintió cómo la rabia sustituía lentamente a la incredulidad. Se quitó el velo. Lo arrojó sobre el sofá. -No voy a permitirlo. -tocaron a la puerta.
-Señora Ríos. Servicio de habitaciones viene a hacerle entrega de su brindis nupcial.
-¡Sal de aquí! -gritó enfurecida. El pobre camarero obedeció, pero antes de cerrar la puerta, dijo:
-El señor Ríos me pidió que le entregara esto.
Le extendió un sobre. Ángela lo tomó. Lo abrió. Dentro había una fotografía. Ella la reconoció inmediatamente. La fotografía había sido tomada durante la fiesta de compromiso. Andrés aparecía sentado. Desorientado y junto a él estaba Lían. En la parte posterior había una sola frase escrita a mano. "Ahora sé lo que hiciste". Ángela dejó de respirar. Debajo de aquella frase había otra. "Y tú todavía no sabes lo que voy a hacer". La fotografía cayó al suelo. Por primera vez desde que había nacido, Ángela Casamayor sintió algo que no conocía.
Miedo, pero lo peor no era que Alexander hubiera descubierto la verdad. Lo peor era que ella acababa de comprender algo mucho más peligroso.
Alexander no quería divorciarse. No quería recuperar su libertad. No quería destruir el matrimonio. Quería mantenerla a su lado. Porque, para él, aquello no era una unión. Era una condena y Ángela acababa de convertirse en la mujer que había elegido voluntariamente pasar el resto de su vida encerrada con su peor enemigo.