Kira Drago conocida como la "Madrina". Una de las influencias más poderosas en la mafia italiana. Muere en un atentado orquestado por el señor Vittorio.
Kira le promete a su subordinado volver, pero sabe que es su final.
...
Feng Juexing la fénix nacida para gobernar a Yanhuang es envenenada e inducida a un sueño profundo justo antes de poder pasar el nirvana y renacer. Y todo esto, hecho por su hermana Feng Fuhuo y su propio esposo humano.
Misteriosamente Kira despierta en un cuerpo que no es suyo, sino de Juexing.
Ahora como la nueva fénix, se propone recuperar el trono, reconstruir Yanhuang y desterrar todos los secretos que este nuevo mundo guarda.
Pero pronto se da cuenta que hay algo más en Yanhuang. Una energía que no debería estar ahí y parece estar ligada a Anyue, su esposo humano.
Ahora el próximo plan es buscar respuestas y solo quizás reunir las almas de Anyue y hacer que vuelva a la vida.
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Capítulo 1: Madrina de la Mafia
«Madrina de la mafia».
— ¿M-madrina de la mafia?
—N-no puede ser…
“Disparo“.
En el mundo criminal, “Madrina de la Mafia” era el nombre que todos los líderes temían.
Un nombre capaz de borrar a cualquiera del mapa.
Una sentencia para los traidores.
Un susurro que helaba la sangre antes de que el gatillo se apretara.
Ella era Kira Drago.
Líder que encabezaba una de las organizaciones más grandes de Italia.
Con apenas 24 años había logrado lo que tantos capos apenas lograban en su vejez: dominar la mafia sin pedir permiso.
Ningún jefe, por más atrevido que fuera, se atrevería a tocar a los que estaban bajo el mando de Kira. Hacerlo era un asesinato directo.
Un suicidio con retraso.
—¿No le advertí que no tocara lo que era mío, señor Dorian?
La voz de Kira llenó la sala con una calma fría.
El señor Dorian, en el bajo mundo, era el único líder que se atrevía a desafiar las órdenes de “Las Sombras”, el nombre de la organización de Kira.
“Las Sombras” nunca se metían en asuntos que no les correspondían.
No vendían en territorio ajeno, no buscaban guerra por ego.
Pero si alguien trataba de alterar su orden, no dudaban en desaparecerlo.
Y justo ese alguien fue el señor Dorian, quien innumerables veces atacó a los hombres de “Las Sombras”.
Quemó cargamentos, sobornó a sus contactos, desafió a Kira en público.
Lo que lo llevó a perder sus puntos de entrega, sus hombres, sus socios, y toda su fortuna. Ahora solo le quedaba esta mansión, y ni siquiera por mucho tiempo.
—S-señora, p-por favor… perdone mi osadía. L-le ruego que no…
La voz se le fue cuando el cañón fue a parar a su frente.
El metal frío lo paralizó.
Los ojos se le abrieron tanto que parecían a punto de salirse.
Kira lo miró con una sonrisa pequeña, casi cortés.
—Tiene suerte de que no me guste implicar a la familia en esto —dijo, antes de apretar el gatillo.
El sonido seco hizo eco en aquella mansión. El casquillo cayó con un “clinck, clank” contra el piso de mármol. Un tiro certero. Limpio. Profesional.
El cuerpo se derrumbó hacia atrás, los ojos todavía abiertos, llenos de terror y de la sorpresa de saber que esta vez Kira no iba a dar una cuarta advertencia.
—Limpien el desastre —ordenó ella, mientras uno de sus hombres le entregaba un pañuelo para limpiarse la sangre que le había salpicado a las manos.
No había temblor en sus dedos.
No había culpa en su rostro.
Esta era la verdadera “Madrina de la mafia”.
Si no hacían caso a sus advertencias, tres advertencias exactas, desaparecían del mapa.
“Porque en este mundo no me sirven los perros que desafían mis advertencias.” Esa era una de las pocas frases que Kira repetía.
Un disparo lo arreglaba todo.
Un cuerpo sin vida era mejor que uno que hablaba de más.
—El trato está cerrado, señora Harry. Envíe el resto a mi cuenta, cuanto antes mejor —dijo Kira, alzando la mirada hacia las escaleras.
Una mujer de mediana edad bajaba los escalones con sus dos pequeños hijos de la mano.
No había lágrimas en su rostro, ni siquiera una sonrisa. Solo la expresión de una mujer que sabía que al fin se había librado del monstruo de su esposo.
—Gracias —dijo la mujer, mirando a la joven de mirada fría.
—Solo hice mi trabajo —respondió Kira, mostrando una pequeña sonrisa glacial.—. Además, ya me estaba causando dolor de cabeza.
—Seremos leales a usted —aseguró la señora Harry, apretando suavemente las manos de sus hijos.
—Con que no intenten entrometerse en mis negocios, todo estará bien —respondió la pelinegra, negando con los dedos. Se dio la vuelta para irse, el abrigo negro hondeando.
—Quiero entregarle a uno de mis hijos como prueba de lealtad —exclamó la mujer antes de que Kira siguiera su camino.
Kira se detuvo.
—¿Uno de sus hijos? —Preguntó con un tono divertido, como si le hubieran ofrecido un gato callejero.
—Mi primer hijo —dijo la madre. Su voz no tembló.
Kira se dio la vuelta con lentitud.
Sus ojos calculadores se posaron nuevamente en la mujer, evaluando.
—Él es Lysander.
Un chico apareció escalones arriba como si supiera que ese era su momento.
Tenía ojos color miel, penetrantes, y cabello oscuro con mechas que caían entre sus ojos. Delgado, pero con la postura de alguien que ya había aprendido a no encogerse.
—Esto me huele a traición futura —exclamó Kira, ensanchando una gran sonrisa.
Podía verlo a simple vista. Ese niño tenía ambición.
Si se le entrenaba de la manera adecuada, podía convertirse en un gran líder. O en un problema enorme.
—Olvídelo. Me sobran hombres —finalizó Kira, volviéndose para irse.
—¡Q-quiero trabajar para usted!
El chico bajó los escalones a toda prisa. Sin importarle los hombres que rodeaban a Kira, corrió intentando llegar a ella.
—No te muevas —uno de los guardias lo interceptó a medio camino.
Otro levantó el arma y lo apuntó a la cabeza.
—Qué valentía —soltó Kira, sonriendo todavía. No dio la orden de bajar el arma.
El chico no tembló ante el cañón frente a él.
No bajó la mirada. Solo mantuvo los ojos en ella, con una fijeza que no era normal en un chico de su edad.
—Interesante. Muy interesante —Kira avanzó hacia él.
—¿Cuántos años tienes, pequeño? —Le preguntó.
—16 años —respondió él, la voz firme.
—Muy joven —murmuró ella con seriedad. Demasiado joven para entender lo que pedía.
—Quiero trabajar para usted —habló con firmeza el chico.
No suplicó.
Afirmó.
—¿Seguro? —cuestionó Kira, ladeando la cabeza.
Lysander asintió una vez.
Con una seguridad que sorprendió a Kira.
Una seguridad que no pedía aprobación.
—Bien. Vamos —se dio la vuelta y sus hombres la siguieron.
—Gracias por el regalo, señora Harry. Lo entrenaré muy bien —dijo por último antes de salir de aquella mansión.
Ahora con un niño a quien moldear a su imagen.