Valeria Salcedo, arquitecta de cuarenta años, cree tener todo bajo control. Hasta que un joven diseñador la empapa de café en su primer día de trabajo y, sin saberlo, le desordena la vida.
Héctor Mora, veinticinco, es ingenioso, un foco del desastre y peligrosamente encantador: justo el tipo de caos que Valeria evita desde hace años.
Entre proyectos, pullas y risas, lo que empezó como un accidente se convierte en una atracción que ninguno logra disimular.
Ella teme ser un cliché; él insiste en que el amor no entiende de edades, solo de ganas y afinidad.
HISTORIA DE 23 CAPÍTULOS. GRACIAS POR LEER.
NovelToon tiene autorización de RENE TELLO para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 1
Bogotá amanecía con esa llovizna indecisa que no moja del todo, pero convierte cualquier intento de peinado en derrota.
Valeria Salcedo avanzaba por la carrera 11 con paso decidido, paraguas en una mano, celular en la otra y una carpeta apretada contra el pecho. Tenía una reunión en veinte minutos, tres proyectos encima y cero paciencia para el desorden.
El nuevo diseñador llegaba hoy. Ya lo había imaginado: ego inflado, tenis caros y frases tipo “fluye con el proceso creativo”.
No se equivocó. Aunque se quedó corta.
El ascensor del coworking se abrió y, antes de poder decir “buenos días”, una sombra con un vaso de cartón chocó directo contra su blusa blanca; que pronto estaba manchada de café, mucho café.
—¡Ay no! —dijo él, paralizado—. ¡Perdón! El ascensor se detuvo y…
—¿Y decidiste que yo era el recipiente perfecto? —replicó Valeria, de manera seca seca.
Él buscó servilletas con desesperación, encontró solo su bufanda y la levantó con torpeza.
—¿Te paso esto? —preguntó él.
—¿Para trapearme con tu bufanda? —arqueó una ceja—. Gran debut.
—Técnicamente… podría ser arte performático.
Valeria lo miró de arriba abajo. Jeans, camiseta negra, sonrisa fácil.
—Eres Héctor Mora, ¿no?
—El mismo. Soy el nuevo diseñador y probablemente culpable de tu próxima lavandería.
—Valeria Salcedo. Jefa de proyectos.
—Encantado. Aunque imagino que esto no suma puntos.
—Definitivamente no. Pero he visto peores catástrofes.
En la reunión, Héctor intentó mantener la compostura.
Su presentación iba bien, hasta que el proyector decidió renunciar.
—Bueno —dijo, improvisando—, usen la imaginación.
Un par de risas se escaparon. Valeria respiró hondo.
—¿Esa es tu metodología visual?
—Creativa, colaborativa y a prueba de apagones —dijo él.
—Perfecto. Solo falta que lo llames “minimalismo conceptual”.
—¡Exacto! —respondió él con entusiasmo—. Al fin alguien que me entiende.
Ella lo observó sin responder. Pero cuando se inclinó sobre el plano para mostrarle una línea curva, notó algo distinto: las manos grandes y firmes, la pasión genuina, el brillo de quien cree en lo que hace.
No era arrogante. Solo joven. Y peligrosamente encantador.
Horas después, mientras Valeria revisaba correos, una notificación la interrumpió:
Héctor Mora te ha enviado un archivo: “Disculpas por el café.pptx”
Una sola diapositiva decía: “A veces los accidentes traen nuevos comienzos (y lavanderías costosas).”
Valeria sonrió, negando con la cabeza.
Escribió: “Buena recuperación. Pero no creas que me vas a impresionar con memes.”
La respuesta llegó al instante: “Demasiado tarde.”
Valeria soltó una risa breve.
El día había empezado con café y desastre. Y, aunque aún no lo sabía, también con algo que iba a desordenarle la vida y lo iba descubrir muy pronto.
El lunes empezó con el sonido más temido de la oficina: el clic de los tacones de Valeria Salcedo atravesando el pasillo.
Héctor levantó la vista del monitor, instintivamente. En la jerarquía del miedo laboral, ese sonido solo competía con el de un correo con copia al jefe.
—Reunión en cinco minutos —anunció ella sin mirarlo.
—Perfecto. Me encanta madrugar emocionalmente —dijo él, sin despegar los ojos de la pantalla.
Valeria reprimió una sonrisa. Tenía esa irritante facilidad para tomarse la vida como un chiste. Como si los plazos, los informes y la cordura fueran asuntos opcionales.
En la sala de juntas, el gerente creativo repartía proyectos con el entusiasmo de un animador infantil.
—Salcedo, trabajas con Mora en la propuesta para el centro comunitario.
—¿Perdón? —preguntó Valeria, como si hubiera escuchado una blasfemia.
—Ustedes dos. Tienen estilos distintos, pero se complementan.
—Complementarios —repitió ella, con tono cínico.
—Eso suena a “proyecto con riesgo de incendio” —susurró Héctor.
Y claro, ella lo oyó.
Más tarde, en su primera sesión, Valeria extendió planos y marcadores de colores sobre la mesa.
Héctor abrió su laptop y un paquete de galletas.
—¿Desayuno de arquitecto? —preguntó ella.
—Desayuno de sobreviviente —contestó, con una miga en la ceja.
—Este espacio debe ser funcional y armónico —dijo ella.
—¿Y divertido?
—No es un parque de diversiones —objetó Valeria.
—Podría serlo. Con luces cálidas y una zona de lectura tipo cápsula —dijo él.
—¿Cápsula?—Valeria arqueó la ceja.
—Sí, un refugio para ideas. O para adultos que necesitan huir de otros adultos.
Valeria lo observó en silencio. La idea era buena. Lo intolerable era que viniera de alguien que usaba calcetines con dibujos.
—Toma nota —dijo.
—Ya lo hice. En mi mente creativa —afirmó él.
—En un documento, Héctor. Los clientes no leen mentes.
—Por ahora —replicó él, y escribió de mala gana.
A la hora del almuerzo coincidieron en la cafetería.
Ella pidió ensalada. Él, bandeja paisa.
—Equilibrio —dijo, señalando ambos platos—. Tú compensas la grasa que yo consumo.
—No soy tu nutricionista.
—No, pero igual te haría caso si lo fueras.
—Eso suena peligrosamente como coqueteo.
—¿Y si lo es?
—Entonces, pésimo timing.
Él sonrió. Tenía esa mezcla entre audacia y torpeza que, contra todo sentido común, le sentaba bien.
Por la tarde, la tensión se volvió ritmo. Valeria ordenaba, Héctor creaba. Trabajaron hasta tarde, con música baja y silencios que ya no pesaban.
A las nueve, ella cerró el portátil.
—No pensé decir esto, pero fue un buen trabajo.
—Y yo no pensé oírlo, pero se siente bien.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde —respondió, sin levantar la vista.
Ella se detuvo en la puerta.
—Mora, lo de la cápsula fue una buena idea.
—Gracias.
—Y lo de las galletas, no tanto.
—Anotado. Priorizaré el profesionalismo sobre el hambre.
—Hazlo. Y trata de no derramar café en las blusas.
—Prometo nada. Sin accidentes, no seríamos nosotros.
Valeria salió. Y cuando las puertas del ascensor se cerraron, se dio cuenta de que seguía sonriendo. No sabía si por él o por el caos que le recordó que estaba viva, muy viva.