— Aquí está tú dosis de la noche, ¿Te sientes bien? ¿No sienes mareos? ¿Qué te duele? ¿Sabe mal? -comienza a preguntar con rapidez Juan al darme un vaso con agua en donde le había puesto las gotas de la medicina que Zhara me había dado.
— ¡Dime algo! -se queja cruzándose de brazos. Dejo a un lado el vaso vacío y sonrió al verlo tan preocupado.
— Te contestaría todo si me dejaras hablar -ironizó acomodando mi cuerpo en la cama. El rostro de Juan se tranquiliza al verme sonreír y se acerca a donde estoy, sentándose en una pequeña silla que queda cerca de la camilla.
— Perdón -dice con timidez, apoyando sus manos en su regazo y bajando la mirada. Me muevo un poco de la cama y acerco una de mis manos a su rostro, acariciando su mejilla logrando que levante su atención de su regazo a mí.
— No te preocupes, estoy bien -digo con una sonrisa sin mostrar mis dientes. Juan levanta las comisuras de sus labios dibujando una tierna sonrisa en su rostro, una de sus manos toma la mía, despegándola de su rostro para después prestar atención a esta, la cual de un lado tengo un parche.
— Odio verte así -dice en voz baja, acariciando con la yema de su dedo gordo mis nudillos vendados.
Bajo la mirada a nuestras manos juntas, sintiendo su calidez trasmitida en esta.
— No es tu culpa -digo en un intento de animarlo, pero él solo niega con la cabeza.
— Si lo fue -dice con una tono de voz ronca— Si hubiera sido más fuerte, más ágil, más rápido; tú no estarías así de herida aquí -comienza a decir bajando la voz poco a poco, y puedo estar segura que sus ojos se comienzan a empañar.
— Y aun así sigo viva, Juan -digo tomando con mi otra mano su rostro para levantarlo y que él me mire. Como me imaginé sus ojos se han comenzado a hinchar y las venas rojas de estos no tardan en aparecer.
— Hiciste lo que pudiste y te lo agradezco, pero el que digas que es ti culpa que saliera herida es como si te sintieras culpable de que viva -añado y puedo notar como su mandíbula se tensa al escuchar aquello.
— Sabes que eso no es lo que quise decir -dice serio.
— Es lo que aparentas -añado seria. Ambos nos observamos por unos segundos, lo miro a los ojos tratando de encontrar algo en él que me diga que me está mintiendo el decirme que se siente culpable, pero no es así.
Muchas cosas, preguntas e ideas pasan por mi mente al mirarlo y tenerlo así de cerca, pero decido no decirle nada porque sé que no es el momento.
Me acerco más a él y rodeo mis brazos por sus hombros y cuello, abrazándolo con fuerza y tratando de transmitirle calma.
No tarda en rodearme con sus brazos, apoyando su cabeza en mi hombro mientras yo apoyo mi mentón en el suyo.
— ¿Sabes que me importas, verdad? -me pregunta y una sonrisa no tarda en dibujarse en mi rostro.
— Y tu a mí, Juan -digo sonriendo. Sus brazos dejan de rodearme y sus manos toman con delicadeza mi cuello, logrando que me aleje de él un poco. Nos volvemos a mirar y como si leyeramos nuestras mentes juntamos nuestras frentes, con los ojos cerrados.
— Nunca estarás sola, María -me susurra— Te prometo que siempre estaré para ti -me dice cerca. Una calidez recorre mi cuerpo al escucharlo decir aquello, abro mis ojos encontrándome con su rostro de nuevo y sus ojos cerrados.
— Somos amigos y eso es lo que hacen las amistades -añade y sonriendo acarició su mejilla con mi mano izquierda.
— No Juan -digo logrando que él abra los ojos y se enderece— Eso es lo que hace la familia -añado aun sonriendo y en su rostro una luz de felicidad aparece como un faro que ilumina la calle más oscura.
Vuelve a sonreír y a abrazarme.
Familia, ¿Con que esto es a lo que se refería mi padre cada vez que me decía que debíamos de Confiar el uno al otro?
Me había acostumbrado a ellos dos, a confiar y amarlos solo a ellos, pero ahora también conocía otro tipo de confianza y amor.
El amor de hermanos, pues eso es lo que nos conecta a Juan y a mí.
Fue poco el tiempo que pase con él, pero el suficiente para ganar mi confianza y aprecio.
Pero ahora también tengo miedo, miedo de perderlo al igual que a mis padres, de perder a la única persona que me hace sentir que no estoy sola en este oscuro y hostil mundo.
Si, María. No estás sola. Tú no lo estarás más.

Él sonido de unas aves cantando hizo que mis ojos se abrieran. Un destello de luz violeta colorea mi rostro, logrando una leve ceguera en mi vista. Me cubro con la palma de mi mano aquella luz que me ilumina, mi vista poco a poco se va aclarando, descubriendo que aquel destello provenía del gran ventanal del techo de este lugar.
Unas aves vuelan por doquier, jugando y descansando en las lianas y candelabro que hay en el lugar. Me incorporo en la camilla encontrando las lianas rodeando mi cintura, las cuales captan mi movimiento estás dejan de hacer presión en mi piel y poco a poco se van alejando de mí, enredándose ahora en las patas de la camilla.
Ya no siento mi cuerpo cansado, siento más energía que nunca. Me incorporo completamente, encontrando una mesa pequeña a mi lado izquierdo en donde se encuentra una ropa doblada y una bandeja con comida tapada en la cual tiene un papel pegado doblado.
Me siento en la orilla de la cama para estar más cerca de la mesa y tomo el papel que cuelga de la tapa que cubre los alimentos. Pronto me doy cuenta que es la letra de Juan.
— Tuve que salir temprano por un asunto importante. Te dejé ropa limpia y comida lista. El baño está hacia el fondo a la izquierda -comienzo a leer su nota, justo cuando llego a donde dice en qué lugar está el baño sigo con la mirada el pasillo de camillas que termina hasta donde está unos floreros enormes con unos árboles que desconozco. En medio de estos dos se encuentra un pasillo más pequeño y dos puertas de metal están ahí.
— Tu medicamento está en el bolso derecho del saco de la ropa. Te veo más tarde. -termino de leer la carta, dejándola a un lado de la comida y observando la ropa que me ha dejado.
La tomó entre mis manos, encontrándome con una blusa de vestir blanca y un saco color negro con decorado dorado en el cuello, mangas y bolsillos, una falda del mismo color con dobleces le hace juego, seguido de ropa interior y un short corto azul marino. Debajo de la mesa unos zapatos de vestir negros están.
Lanzó un suspiro al ver mi vestimenta, un pequeño colibrí comienza a volar a mi alrededor, su plumaje púrpura y azul son iluminados por los rayos de sol que salen del ventanal, para después descansar en mi hombro.
Comienza a hacer su típico canto al verme y después ve la ropa que está en mis manos y lanzar un chiflado chistoso.
Una sonrisa en mi rostro se dibuja al escuchar su canto.
— Al parecer solo somos tú y yo, amiguito -digo acercando mi mano a la ave, la cual lanza un brinco al notar mi reacción y ahora descansa en mis manos.
— Y también parece que he vuelto a la secundaria -añado con ironía al ver la ropa, la cual al igual que las otras personas que vi, un círculo en el saco lo decora, pero a diferencia de los demás no tiene nada grabado.
La ave comienza a volar de nuevo al ver que otros iguales que está comienzan a revolotear por el candelabro.
Suspiro al verlas volar con tanta tranquilidad y tomo la ropa y zapatos para comenzar a caminar a donde Juan me había dicho dónde está el baño.
Cuando abro la puerta me encuentro con un baño más grande que el de mi casa, la regadera abarca gran parte del lugar, una taza de baño queda a su lado y de mi lado izquierdo un enorme espejo horizontal con una barra gruesa y una llave de agua en medio adorna el sitio. Dejo mi ropa en la barra y me miró al espejo por un segundo para después comenzar a quitarme la ropa y vendas, cuando estoy por quitarme la venda del dorso me doy cuenta por el reflejo del espejo las heridas y moretones de mi espalda.
Finalmente la veo, veo la gran herida que me está provocando problemas. Es enorme, casi abarca toda mi espalda, es una línea ladeada gruesa de color negra, unas líneas del mismo color y moradas en forma de venas adornan su alrededor. Trato de tocar la gran cicatriz que se ha formado, pero apenas mis dedos rozan con una de las venas un ardor insoportable recorre mi columna vertebral.
Decido no volver a tocarla, mordiéndome los labios y cerrando los ojos para no verla más.
Suspiro profundo y al fin decido entrar a la regadera. Abro la llave, midiendo la temperatura del agua con una de mis manos. Poco a poco me voy mojando el cuerpo, sintiendo ardor en mis heridas al sentir el agua tibia. Dejo que el agua comience a relajar e hidratar mi piel.
Aún duelen las cicatrices, pero sé que pronto dejarán de hacerlo. Pero no estoy segura de su olvidar lo que ocurrió aquella tarde, aún aparece en mis pesadillas ese hombre y el fuego de mi casa.
Abro los ojos al volver a ver el rostro de aquel monstruo, y respiro hondo.
Finalmente terminó de bañarme y secarme con una de las toallas que estaban arriba del retrete.
Terminó de ponerme el saco, observándome de nuevo en el espejo. ¿Quién diría que a mis 19 años usaría de nuevo un uniforme?
Deslizo mis manos por el uniforme, como si este tuviera arrugas, cuando llego a los bolsillos, siento algo en uno de ellos. Meto mi mano en el bolsillo derecho y me encuentro con la medicina que me han dado y en este una nota está pegada completamente con cinta, donde me dice la cantidad que debo de tomar en el día y en la noche.
Sujeto el frasco en mi mano con fuerza cerrando los ojos acompañado de un suspiro al recordar que debo de tomarla.
Finalmente salgo del baño, camino a mi camilla, pero siento que algo ha cambiado. Las aves ya no están y las lianas de la camilla rodea toda la cama y la mesa... La comida no está tapada.
Me doy cuenta que el desayuno eran unos wafles con miel y frutas y una taza de té y a su lado un plátano partido a la mitad.
Dejo mi ropa en la cama y meto mi medicamento de nuevo a mi bolso. Una de las cortinas que tiene la camilla está extendiendo y puedo llegar a escuchar la respiración de alguien.
Rodeo la camilla y cortina, encontrándome con un chico descansando en la cama que está a lado de la mía. Su cabeza descansa en su antebrazo derecho, mientras que su brazo izquierdo descansa en su vientre.
Una un pantalón de vestir ajustado, con un saco negro con los mismos adornos que el mío y una playera blanca bajo. Es como si usará un tipo de uniforme del mismo color que el mío. Unas cadenas cuelgan de su bolsillo del pantalón hasta su cinturón, a diferencia del mío el círculo que está en mi saco el suyo tiene una llama grabada.
Dejo de prestarle tanta atención al notar que en una mesa que tiene a lado hay un vaso de agua recién servida y una servilleta arrugada.
— ¿Vas a seguir mirando? -habla al fin sin abrir sus ojos. Su piel es blanca rosada, sus labios gruesos y rojizos, cejas pobladas y pestañas largas, su nariz es afilada y el tamaño de su rostro es ovalado. Su voz sale ronca, como si estuviera despertando de un pesado sueño.
— ¿Perdón? -pregunto con burla. Finalmente abre los ojos, aún no puedo saber de qué color son sus iris, pero de estos se refleja un gran destello que me hace dudar si es la luz del sol que ilumina su rostro o porque ha activado su límite.
— ¿Estás sorda? -pregunto con ironía, incorporándose y sentándose en la cama. Su cabello rizado revolotea ante su reacción y finalmente levanta la mirada. No fue mi imaginación, un destello azul claro rodea su iris al verme. A pesar de que me da miedo el ver sus ojos no retrocedo y me acerco más a su cama.
— ¿Qué haces aquí? -pregunto arrugando mi entrecejo al verlo tan tranquilo. Él observa el lugar con su mirada y luego extiende sus brazos a ambos lados de su cuerpo.
— Porque me siento mal, ¿porque otra razón estaría en la enfermería? -pregunto entrecerrando sus ojos al volver a verme. Ladeó un poco la cabeza al escucharlo decir aquello y sonrió con burla.
— ¿Y por eso agarraste de mi comida? -pregunto con ironía, volviendo a mirar la charola al descubierto. Cuando regresó mi atención a él ha vuelto a recostarse en la cama.
— Alimentan mejor a los enfermos que a los alumnos -dice y puedo estar casi segura que lo ha dicho con sarcasmo.
— Enfermo que come y mea, que el diablo se lo crea -digo en voz baja, elevando una de mis cejas para volver a mí camilla.
— ¿Que dijiste? -escucho su voz de nuevo, pero ahora se nota con ira. Me giro sobre mis talones para volver a verlo. Él se ha enderezado en la camilla y se ha sentado en la esquina de este.
— ¡Que enfermo que come y mea, que diablo se lo crea! -se lo repito sería, comenzando a caminar de regreso a mi camilla.
— Ja, lo dice la que está en este lugar comiendo como princesa -escucho detrás de mí su ironía. He tomado con fuerza el tenedor metálico que me han dejado al escucharlo llamarme así.
— ¿Como me llamaste? -pregunto entre dientes, observándolo sobre mi hombro.
Tal parece que mi reacción lo divierte, que cuando le pregunto aquello una ligera sonrisa se dibuja en su rostro. Ladea su cuerpo hacia delante y con una sonrisa arrogante comienza a hablar.
— Princesa -me vuelve a llamar. Dejo de mirarlo y sintiendo un fuego recorrer mi cuerpo, sujeto con fuerza el tenedor y me giro para aventárselo, pero cuando lo hago él ahora está enfrente de mí, sujetando con fuerza mi muñeca derecha y brazo izquierdo.
— Muy lenta, princesa -añade con burla.
— Deja de llamarme así -digo entre dientes, tratando de zafarme de su agarre, pero en cuanto lo hago sujeta con más fuerza mis brazos, haciéndome sentir dolor en estos hasta llegar a mi espalda.
— ¿Porqué? -pregunta con burla, sonriendo de oreja a oreja al verme a los ojos. Sus iris no han cambiado de color, es como si sus ojos así fueron siempre, hace resaltar más sus pestañas y cejas.
— No eres nadie para llamarme así -añado aún enfadada.
— ¡Ah! Te refieres a que no soy tu familiar o tu novio de la nota -añade sonriendo y arrugando un poco su nariz al decir "novio".
— ¡No es...! -estoy a punto de gritar, pero me detengo y respiro hondo.— Espera, ¿Como sabes de la carta? ¿Hace cuánto que estás aquí? -comienzo a preguntar, pero no me responde, es como si le estuviera hablando a una pared en vez de a una persona.
Vuelvo a tragar aire y cerrar los ojos para tranquilizarme.
— No tengo porque darte explicaciones de mi vida, así que por tu bien sueltame ahora sí no quieres salir lastimado -digo entre dientes volviendo a mirarlo. Escucho como bufa al escucharme decir eso y sujeta mejor mis brazos para acercarse lentamente a mi cuerpo.
— ¿Y que me vas hacer, princesa? ¿Me vas a tirar tu desayuno en la ropa? -pregunta con ironía. Quiero controlarme, quiero no perder el control con él, pero me es imposible. Es como fuera un tipo de imán enorme de problemas que me atrae a él.
Siento de nuevo mi sangre hervir, la misma brisa que había sentido antes comienza a rodear mi cuerpo y después el suyo. Su sonrisa comienza a borrarse y puedo estar casi segura que mis iris también han cambiado, solo que no sé de qué color. Su rostro palidece al verme sería y poco a poco va soltando mis brazos y alejándose de mí.
La puerta de la enfermería se abre, dejando entrar a un chico rubio, interrumpiendo nuestro enfrentamiento.
Mi cuerpo se relaja al verlo entrar y el chico azabache que tengo delante me sienta en seguida.
— Otra vez tu aquí -dice en un suspiro el rubio al ver al chico volverse a acostarse en la cama.
Es como si ya fuera una costumbre de verlo aquí, cosa que me hace dudar el si realmente está sano o no.
— Deja de molestar, Davis. No estoy de humor para reclamos -añade el azabache.
El rubio solo suspira, lleva puesto un uniforme idéntico al que tiene el otro, pero con un escudo diferente, este lo rodea unas lianas y llamas.
Los ojos del otro chico se posicionan en mí y con una sonrisa se acerca a donde estoy.
— Hola -me saluda con la mano— Soy Davis, el hijo de Jhon... Del director -añade con una mueca y puedo llegar a escuchar una risa de parte del otro que está acostado en la cama.
Ambos lo observamos molestos. Vuelvo a poner atención al chico, quién también ha regresado la vista a mí.
— Tu debes ser María... -deja en el aire mi nombre, como si esperara mis apellidos.
— María Cortés Guerrero -digo extendiendo mi mano.
— Davis North -me dice estrechando mi mano.— Espera, ¿Eres una Cortés? -me pregunta sorprendido.
— Uhmm, si -titubeo. Una gran sonrisa se dibuja en su rostro al escucharme y forma su boca en una ligera O.
— Entonces eres hija de Aarón Cortés -añade y yo solo asiento. Sus comisuras de los labios se elevan más, mostrando su perfecta y blanca dentadura.
Su piel esta bronceada y creo que es porque práctica algún deporte o algo parecido, sus ojos son azules, su rostro es de forma triangular, nariz recta y labios pequeños.
— Aquí se habla de él en los libros, fue uno de los más importantes pilares del Iris; pero bueno -comienza a hablar— Para que te cuento todo esto si tú como si hija lo debes de saber muy bien -añade con felicidad. Lamentablemente no sonrió como él.
— Se suponía -ironizo con una mueca. Noto que él arruga su entrecejo al escucharme decir aquello y luego solo tranquiliza los músculos de su rostro y eleva sus cejas.
— No sabes nada -añade.
— No -contesto— Y mi padre murió hace tiempo, así que no puedo preguntarle sobre ... -hago una pausa señalando con mi dedo todo el lugar— Sobre esto -añado con una mueca. La tristeza no tarda en aparecer en su rostro y de reojo noto que el azabache se ha vuelto a sentar en la cama para comenzar a observarme.
— Yo...uhmm... lo siento, no tenía idea de que él... -comienza a titubear.
— Nadie tenía idea de que él había muerto -añade en su lugar el azabache, logrando captar mi atención de nuevo. Está cabizbajo, observando sus manos por unos segundos, para después hacer un extraño sonido con la boca y volver a recostarse.
— Da igual -añado con una sonrisa— No es como que llorarle lo vaya a traer de regreso -digo encogiéndome de hombros. Davis me observa serio por haber dicho aquello para después asentir y meter una de sus manos al bolsillo del pantalón.
— Una manera muy madura de pensar -dice sorprendido. Ladeó mi cabeza y entrecierro los ojos al notar su reacción, pero después él la cambia y vuelve a sonreír.
— Bueno, para dejar lo malo a un lado, me mandaron a darte la bienvenida y llevarte a conocer el lugar y tú habitación. -comienza a decir— Claro si es lo que quieres ahora -añade cabizbajo, para después mirarme como un cachorro mojado. Un momento, ¿Está coqueteando conmigo?, mierda, nunca me ha gustado que hagan esa cara, se ven como idiotas creyendo que me van a hipnotizar.
— Si, es lo que quiero -digo con una ligera sonrisa— Solo llévame a un lugar donde no encuentre a gente molesta como él -añado echandole un vistazo corto al chico que está aún acostado.
El rubio solo asiente y con la cabeza me señala la puerta.
Lo sigo, pero él se detiene en seco y se gira para señalar algo detrás de mí.
— Es la última vez que te ayudo, Zylan -dice observando al chico de la camilla serio.
— Si,si, como quieras. Ya lárgate -le dice molesto. Davis vuelve a girarse y a comenzar a caminar hacia la salida.
— Oye, Princesa -escucho a aquel chico llamarme de nuevo con ese molesto apodo. Aprieto los puños con fuerza al escucharlo llamarme así.
— ¿Que quier...? -no termino en preguntar pues cuando me he girado me ha lanzado un frasco similar a mi medicamento. Observó el frasco y es exactamente el mío por la nota y mi nombre que está grabado en esta. Levantó la vista del frasco y lo observó molesta, lista para preguntarle el cómo consiguió quitarme mi medicamento.
— Solo necesitaba un poco -añade sentado en la cama y guiñándome un ojo por lo que acaba de decir.
¿Pero que chingados le pasa? ¿Es drogadicto o algo así?
— María -escucho que Davis me llama desde el pasillo.
— Voy -digo comenzando a salir, pero cuando volteo para cerrar la puerta aquel chico ya no está.
Arrugó mi frente por lo que acabo de vivir, pero decido guardarme el medicamento de nuevo en mi bolsillo y no despego mi brazo de este.
Finalmente salgo, encontrándome con un Davis rodeado de chicas de todas las edades y de diferentes tamaños y colores. Como si unas fueran creaturas sobre naturales que lo siguen.
Le dicen cosas que no entiendo, sobre una carrera, una pelea, una fiesta, una poción; realmente me perdí después de la palabra poción.
Davis solo les sonríe y les dice uno que otro halago, pero cuando gira su vista a mi detección y las ve su sonrisa se hace más grande.
— Disculpen señoritas, pero tengo trabajo que hacer -les dice y todas comienzan a quejarse y rogarle que se queden con ellas.
— Perdón, perdón... -dice comenzando a alejarse de ellas para acercarse a mí.
Encoge un poco sus hombros al verme y me sonríe, puedo escuchar los murmullos de aquellas chicas al ver que él se acerca a mí.
— ¿Y esa quién es? -pregunta una.
— No lo sé, pero no es tan linda como Esme -añade otra. Dejo de prestarles atención, suficiente tuve con los chismes de mi barrio y con los que está por crear el idiota de la enfermería.
— ¿Lista? -me pregunta con una sonrisa, extendiendo su mano para que la tomé.
— Estoy lista -le contesto, tomando su brazo levantado para bajarlo. Una ligera mueca de disgusto se ha dibujado en su rostro, pero a la vez una pizca de diversión de asoma por su mirada.
— Vamos -me dice, metiendo sus manos en los bolsillos del pantalón y comenzando a caminar por el pasillo, pasando en medio de las chicas y luego dando vuelta por otro pasillo que conecta a unas escaleras en forma de caracol.
Las paredes están creadas de una piedra negra enorme que nunca había visto, antorchas con fuego amarillo cuelgan en lo más alto de la pared izquierda, mientras que la pared derecha está de forma de cilindro.
Finalmente llegamos al final de las escaleras, pasando por un arco cubierto de lianas y flores rosas. Otro pasillo lo conecta, pero este está horizontal, muchos chicos y chicas pasan por este con libros gruesos en sus brazos, algunos los siguen unas aves y a otros... dragones. Dragones pequeños.
Sigo a Davis, quién da vuelta a la derecha, quién sigo y al hacerlo, una chica de piel verde es acompañada de unas chicas con un tipo de orejas de gato. La chica al pasar a mi lado, deja detrás de ella pétalos de cerezo.
Todos hablan tan normal, tan casual que llegó a creer que esta escuela es similar a las de dónde vengo.
— ¿Latina? -escucho la voz de Juan llamándome. Vuelvo mi atención al rubio por la manera en cómo me ha llamado, notando que me está mirando por sobre su hombro.
— ¿Que? -pregunto. Él vuelve su atención al frente y puedo estar segura que está sonriendo.
— ¿Que si eres latina? -vuelve a preguntar. Lo observó curiosa por el término que ha usado.
— Si... ¿Como sabes mi descendencia? -pregunto curiosa.
— Conocemos perfectamente la historia de nuestras raíces, y más las de descendencia latina y africana -comienza a contar— Estos son los pasillos que conectan a los salones -señala por una enorme ventana unos pasillos que rodean una fuente en medio de un patio.
— Entonces conocen mucho de mi mundo -añado asintiendo por lo que me acaba de contar.
— Es casi imposible de olvidar al séptimo mundo -comienza a contar.
— No sabía que había más de uno -bufo al escucharlo decir aquello. Davis suelta una ligera sonrisa y comienza a caminar de nuevo. Dando vuelta en otro pasillo largo, el cual de ambos lados está cubierto de casilleros plateados.
— El pasillo de casilleros, y hablando de eso, aquí tienes tus planes y número de casillero -añade extendiéndose una llave pequeña con un llavero que tiene escrito el número 2789.
— Pero no soy alumna -digo sin saber a qué se debe que me den esto.
— El simple hecho de tener poder mágico en tus venas te hace una de nosotros -agrega con una sonrisa.
— Tu lo dijiste, uno de ustedes, aún no he aceptado el ser parte de esto -añado regresándole las llaves. Él solo observa mi reacción y con un encogimiento de hombros da la vuelta y comienza a caminar, dejándome con la mano levantada.
— Nunca sabes que puede pasar, María -dice y aunque me molesta que me digas eso, a regañadientes lo sigo de nuevo. Finalmente salimos de es pasillo y giramos por otro que conecta con unas escaleras que van para abajo y otras para arriba, él se detiene en estas y se gira para verme.
— Área alta de mujeres, área baja de hombres, solo por el día pueden estar juntos pero a partir de las 8 de la noche todos a la cama y nadie se mete en la habitación del otro. -comienza a decir. Señalando las escaleras y comenzando a caminar de regreso al anterior pasillo. Lo sigo sin poner objeciones, volvemos a pasar por el pasillo de casilleros y al pasillo donde vi a muchos alumnos ir de allá a acá.
Nos dirigimos a la otra dirección de aquel pasillo, dando vuelta a la izquierda para bajar por unas ligeras escaleras.
Encontrándome con otro pasillo más largo que el anterior y más lleno de gente y sus criaturas.
Ahora no se necesita pasar por tantos pasillos como antes, solo seguimos en pasillo recto el cual termina con una enorme puerta al final la cual está abierta. Cuando pasamos por esta la luz del sol me ciega y al abrir mis ojos para aclarar mi vista y encontrarme con aquel patio que había visto desde los ventanales anteriores, unas medianas escaleras de cemento y a mi alrededor unas pequeñas partes del lugar están cubiertas por plantas y endraderas. Muchos chicos de aproximadamente mi edad y menores y mayores pasan por los pasillos con sus libros o mochilas, algunos charlando con sus amigos, otros jugueteando, otros estudiando y otros descansando en el césped. Algunos solos, otros en pareja.
— El patio principal o como me gusta llamarlo -comienza a hablar con una sonrisa en su rostro, volteándose para mirarme y extender sus brazos a ambos lados.
— el patio de las conexiones -dice sonriente y volviendo a girarse para después dar un pequeño brinco. Un mediano círculo amarillo se forma debajo de la punta de su pie el cual brinco, para después dar un salto en el aire muy alto hasta llegar a la punta de aquella fuente que queda en medio de este circular jardín.
Algunos de los alumnos que pasan y lo ven se ríen de él y lo saludan desde donde están, Davis solo los saluda con la mano y vuelve su atención a mí.
— Primer pasillo -dice señalando un pasillo del cual sales y entran muchos con libros en sus brazos. — Conecta con la biblioteca de lado derecho y cafetería y aulas de segundo grado.
Termina de decir para después señalar otro pasillo que queda detrás de él.
— Segundo pasillo -lo nombra— Laboratorios y aulas de tercero, cuarto y quinto grado -añade y logró notar como unos estudiantes algo mayores a mí con unas batas blancas pasan por aquel lugar.
— Tercer pasillo -señala otro que está de lado derecho al segundo— Sala de entrenamiento, solo se usa en casos especiales para fiestas, y por último -añade señalando otros pasillos que no llegue a notar.
— Cuarto y quinto pasillos, el cuarto es para la torre que claramente llegas a notar y dónde están los archivos confidenciales de la escuela y dirección de la misma -dice encogiéndose de hombros— Solo los profesores y altos mandos y alumnos que son parte de la guardia o de suma confianza pueden entrar -añade dejando de señalar aquel pasillo desolado.
— El quinto da ... para las mazmorras -añade algo molesto.
— ¿Tiene mazmorras aquí? - pregunto sorprendida por lo que le acaba de decir.
— Si, antes de que esto se volviera una institución para magos era un castillo antiguo -dice dando un brinco para caer de pie cerca de mí y aún sintiendo.
— Y ahora tú eres el príncipe del castillo -ironizo al tenerlo cerca. Davis levanta una de sus cejas y bufa con burla.
— Lo dices por lo atractivo o leal que soy -me pregunta juguetonamente.
— Lo digo porque eres hijo del director -añado rodando los ojos.
— Bueno, entonces tendré que esperar a que una guerrera me salve de mi malvado padre -añade con ironía y pícaro. Sonrió y puedo sentir como un diablo interior que tengo en mi interior sale y me hace acercarme a él.
— Pues tendrás que seguir esperando por ella - añado alejándome de su rostro. Un ligero rubor se dibuja en sus mejillas y orejas, y aunque él sonríe y mira hacia otro lado para que no lo noté, pero ya es muy tarde para eso.
Davis oculta sus manos en las bolsas de su pantalón y asiente con la cabeza unas dos veces seguidas.
— De acuerdo, entonces -hace una ligera pausa para observarme con sus claros ojos— ¿Quieres que te siga enseñando el lugar? -me pregunta y a lo lejos llegó a sentir como alguien nos observa. Desde el pasillo que conecta a la dirección noto que de ahí sale Juan vestido con un uniforme similar como con el que lo conocí.
Una sonrisa se dibuja en mi rostro al verlo y él solo se acerca a dónde estamos Davis y yo.
— Juan -lo llamo al tenerlo ya cerca.
— Hola -me saluda acariciando mi cabeza— ¿Cómo sigues? -pregunto algo preocupado.
— Estoy bien -digo sonriendo. Juan deja de mirarme y presta su atención a Davis, quién lo observa sorprendido.
— Hola, North -lo saluda amable.
— Hola -dice nervioso.
— ¿Le estás enseñando el lugar? -pregunta observando a mi alrededor. Davis asiente y luego habla.
— Si, estaba por enseñarle la biblioteca y las aulas... -no termina de hablar pues Juan lo interrumpe.
— Eso... yo se los puedo enseñar, y tú deberías ir ya a clases, Antonella se enojara si vuelves a llegar tarde -añade serio Juanpa, pero llegó a notar algo de molestia en su voz al decir eso.
Davis no dice más, solo asiente y se aleja despidiéndose con la mano.
Nos vemos
Escucho como su voz susurra algo a mis oídos, pero ni siquiera esta cerca de mí. Me giro para ver de nuevo a Juan, quién solo observa como el rubio se va alejando hacia el segundo pasillo, mientras saludo a uno que otro alumno que pasa a su lado lo saluda.
Volteo a mirar a Juan de nuevo y con una sonrisa burlona observó su rostro molesto.
— ¿Como te fue en tu encargo? -pregunto logrando captar su atención de nuevo.
— Encar... ¡ah! -dice tronando los dedos y comenzando a caminar junto conmigo a la dirección del tercer pasillo.— eso, solo era informar sobre cómo nos conocimos a la torre y además por mi nuevo uniforme -dice señalando su vestimenta con alegría. Lo veo todo normal, pero me doy cuenta que el escudo que antes tenía en su pecho a cambiado a uno en forma de rosas con el perfil de una mujer con corona verde.
— Te queda bien -digo con una sonrisa en el rostro. Juan se acomoda el largo saco, como si este estuviera arrugado pero está más planchado que una tabla de surf.
— Gracias -añade con una sonrisa. Hecho una pequeña mirada al pasillo por el cual Davis fue y otra pregunta me llega a la cabeza pero me es imposible de ocultar.
—¿Quién es Antonella? -pregunto curiosa, volviendo a mirar a Juan quién está abrochandose unos botones de sus mangas.
— Es la profesora de historia y magia moderna de cuarto grado -dice sin dejar de abrochar los botones de su manga izquierda.
— ¿Magia moderna? -pregunto con burla.
— Eso señorita te lo explicarán luego -dice señalándome con su dedo y luego dando un toque con este en mi nariz. Ruedo mis ojos al notar que me trata como a una niña.
— ¿Ya tomaste tu medicamento? -pregunta señalando con la mirada el bolso en donde tengo el frasco que me dio Zhara.
Mierda, se me olvidó.
Pero como no olvidarlo después del mal momento que pase con aquel chico, Carajo, ¿Ahora qué hago?
Cierro los ojos un segundo y me muerdo el labio inferior para no lanzar una maldición.
— No te lo tomaste -escucho hablar a Juan, abro los ojos encontrándome con un Juanpa molesto.
— Puedo explicarlo -trato de hablar, pero él no me deja.
— Vamos a que te la tomes y desayunes -dice rodeando mis hombros con su brazo y comenzando a caminar a la dirección del primer pasillo, comenzando a regañarme y tratarme como un hermano mayor o incluso como mi papá me trataba cuando no hacia lo que me pedía.
¿Quién diría que ahora me cuidaría ese hombre al que un día le salve la vida?
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