En algún pueblo de SLP, México.
Actualidad
El reloj que colgaba de la pared de alado de la entrada comenzaba a marcar la hora de cierre de la farmacia de mi familia. Aunque ahora su único propietario era yo.
El sonido del gotero del lavabo del pasillo que conectaba con el baño se comenzaba a escuchar. Gota por gota caía y le hacía compañía el claro y entonado Click-Clack del reloj. Suspiré con fuerza al ver como el tiempo pasaba y ninguna persona entraba al lugar.
Todo este tiempo solo podía quedarme sentada en la silla metálica de la recepción y soportar el dolor en mi trasero y los calambres por estar tanto tiempo en la misma posición.
Era lo que extrañaba de este lugar, y no se trata de solo atender a las personas, si no, que extrañaba la amabilidad y bondad que mis padres tenían hacia los demás. Aún recuerdo la sonrisa de mi padre hacia los pequeños que se enfermaban o dañaban con alguna caída.
Lo extrañaba todos los días al igual que a mi madre, quién fue su enfermera y ayudante en todo. Realmente los extrañaba.
Mire el techo del lugar con la esperanza de encontrar en este algo que llamará mi atención, pero no lo conseguí. Después de unos segundos el sonido de las campanillas de viento dando a entender que alguien había llegado.
— Buenas noches, María - la voz de la señora Magdalena me llamó. En mi rostro se había creado la típica sonrisa falsa que durante años se convirtió en algo natural para mí. Me había acostumbrado a ella desde, pues, desde que perdí a mis padres.
— Buenas noches, señora Magda -le sonreí ahora con verdadera felicidad y ella se acercó a paso lento hasta donde yo estaba. Por instinto me acerque para ayudarla a caminar y sentarse en una de las sillas de espera de la farmacia.
— Siempre tan considerada, María. ¡Identica a tu madre! -dijo mientras lanzaba una ligera risilla.
— Señora Magda ¿Cuántas veces le eh dicho que no caminé tanto? ¡Le hará daño! -la regañe, aunque parecía algo absurdo, ella no entendería. La señora Magdalena desde hace mucho tiempo fue una de las pacientes de mi padre, ella me vio crecer y desafortunadamente fue testigo del velorio de mis padres. Con el tiempo se volvió como mi abuela, una abuela terca.
— Y con el carácter de tu padre -me señaló y esbozo una sonrisa sin mostrar sus dientes.
— Y supongo que usted sigue siendo igual de terca, ¿Cierto? -añadi ahora yo y ambas soltamos una ligera carcajada.
— Ya me conoces, mi niña. El pedirme que me quedé sin hacer alguna actividad es como decirme que estoy medio muerta -dijo mientras hacía una cara triste. Reí y solo pude negar con la cabeza y recordar el como mi padre también le llamaba la atención por ello.
— No diga eso ¡Ni de broma! ¿Entendió? -dije mientras la señalaba. La mujer me sonrio y solo pudo dar un suspiro y comenzar a contemplar el lugar.
— Se siente... Bronceado solo. Sin ellos aquí es como si el tiempo se detuviera -comenzo a decir— Aún recuerdo cuando tu neciste. Una cosa tan pequeña que cuando te vi por primera vez que te vi pensé que eras un ángel de cristal. Tan frágil e indefensa -sus ojos comenzaron a empaparse, parecía como estuviera conteniendo las ganas de llorar— Y mírate ahora, mi niña. ¡Toda una mujer! -termino de decir y dio una carcajada.
— Esperé aquí, voy por su medicamento -dije aún sonriendo y me levanté de donde antes me encontraba arrodillada.
Aunque ya habían pasado años de la muerte de mis padres, aun me costaba asimilarlo todo. Desde la muerte de mi madre me di cuenta de lo dolorosa que iba a ser la vida, en ese entonces tenía solo 8 años y creo que fue en ese momento de su entierro en donde la vida también me estaba entrenando para la muerte de mi padre. Él fue un médico que salvo la vida de muchos, no pudo salvar la vida de mi madre, quién enfermo de una extraña forma. En fin.
Mi padre murió justo dos días antes de mi cumpleaños, ¿Como murió? Fue en un insendio de uno vecino para poder salvar a Carlos y a su madre.
Es fecha que aún extraño sus buenos días y cuídate cada vez que salgo a la calle. Hay días en donde desearía que él estuviera de nuevo conmigo y que me dijera que todo fue un sueño y escuchar sus Te quiero, hija, estoy orgulloso de ti, pero no es así.
Por más que desee eso se que nunca se volverá realidad. Pero también sé que ellos dos deben de estar felices viéndome desde donde sea que estén, hay veces en las que miro el cielo nocturno y siento como si alguna de entre millones de estrellas, en alguna de ellas, ellos están observandome siempre.
Sentí como algo húmedo comenzaba a escurrirse por mis mejillas, pase con rapidez mi mano en mi rostro para borrar el camino húmedo que estaban comenzando a dejar algunas lágrimas que salían y meti en la bolsa de cartón el último medicamento de la señora Magdalena.
Después de haber hecho una nota que mostrará lo que había comprado se lo entregue.
— Aquí tiene, señora Magdalena -dije mientras le daba aquella bolsa de cartón en sus manos. Ella solo me sonrió y de un pequeño bolso que guardaba en su pecho y saco de este un fajo de dinero.
— Aqui tienes hija -dijo al entregármelo todo. Mire con sorpresa lo que me estaba dando y justo antes de que pudiera decir algo ella me callo.
— Pero... Señora, esto es mucho -dije con sorpresa y agradecimiento.— Lo siento, pero no puedo -dije mientras trataba de regresarlo pero ella lo negó sujetando con fuerza mi mano que sostenía el dinero.
— No, es tuyo, lo vas a necesitar -dijo con una sonrisa y no podía negarle nada. Lo acepte con poca gana y solo le sonreí con algo de vergüenza en mi rostro.
— Déjeme la acompaño a su casa -dije pero ella negó.
— No es necesario hija, mi esposo me está esperando fuera, puedo ir sola -dijo.
— Por lo menos permítame acompañarla a la salida -dije y ella volvió a sonreír y por primera vez en un buen rato escuché un sí.
— Vaya con cuidado, duerma bien y tome su medicamento -dije, aunque parecía más un regaño que otra cosa.
— Si hija, lo voy a hacer. Cada día te pareces más a tu padre -dijo y ambas lanzamos una ligera carcajada. Si mi padre la viera ahora aún siendo terca de seguro le daría unas buenas amonestaciones estaba segura.
— Bueno, vaya con cuidado -dije y después de unas últimas charlas nos despedimos.
Regresé a la Farmacia y justo cuando estoy por llegar a mi escritorio encontré una carta.
Era de una hoja gruesa y en las orillas lo decoraba un color dorado que brillaba con cualquier luz. En medio un gran seño rojo lo decoraba el cual formaba una rosa rodeada de espinas y alas que por alguna extraña razón me parecían conocidas.
Tal vez esto era de Magdalena y lo había olvidado aquí. Salí a la calle para poder buscarla, pero no la pude encontrar por ningún lado, era como si de la nada hubiera desaparecido.
Regresé una vez más a la farmacia con desánimo de no encontrarla y justo cuando regrese me di cuenta de que la carta cada vez era más llamativa para mí.
El dilema de si abrirla o no me hizo por un momento volverme loca. No tardó en aparecer el ángel y el diablo en mis hombros, mientras uno me decía que debía de abrirla para poder saber de qué trataba otra voz me decía que no lo hiciera porque algo malo sucedería.
Por primera vez en mi vida decidí escuchar a la voz diabólica que tenía a mi lado izquierdo, justo cuando mis dedos rozaron el grueso seño este se partió en dos, la abrí y comencé a leerla. No podía creer lo que estaba leyendo, esto debía de ser una maldita broma.
Señorita María Cortez
Por medio de esta carta le mandamos un cordial saludo y a la vez para informarle que nos enorgullece el decirle que es bienvenida a la Universidad de magia Ana Bolena.
Dentro de unos días le será entregado la dirección en donde la buscaremos para llevarla a nuestras instalaciones.
Sin más que decir, felicidades y bienvenida.
Atte. Jonathan Norte.
Director de la institución
No puedo creer lo que estoy leyendo. ¿Una escuela de magia? ¿Qué rayos pasaba aquí? ¡¿Qué tipo de broma de muy mal gusto me están haciendo?!
Sin pensarlo dos veces rompí la carta en mil pedazos y la tire en el bote de basura que tenía a un lado. Lo peor que me podría pasar ahora sería pasar por una broma de quién sea.
Mi padre siempre quiso que estudiará, que fuera a la universidad, claro que a mí siempre me ha gustado la escuela y se podría decir que soy una cerebrito en esta. Es por eso que el ver algo así hace que me hierva la sangre. ¡Están ofendiendo su memoria!
El sonido de la cortina de metal chocar con el suelo hace que me distraiga un momento de lo que estoy haciendo. Muchas veces mis papás me dijeron que nunca dejará caer con fuerza la cortina pues está se podría romper, pero esta vez lo hice sin pensar y la cortina casi se rompe con el pavimento.
— Perdón, no volverá a pasar -dije como si estuviera pidiendo disculpa a alguna reclamación de mi papá.
¡! Lo extraño.
Las lágrimas comienza a amenazar su salida, pero solo miro hacia el cielo para evitar que estás se deslicen por mis mejillas. Doy un gran suspiro para mis adentros y comienzo a caminar a dirección de mi casa después de ponerle candado a la cortina.
A diferencia de este rumbo, donde soy "querida" en donde vivo es todo lo contrario. Mi familia decidió vivir ahí por ser el primer lugar en donde vivieron y donde mi mamá me dio a luz, además este sería mi único lugar que me queda donde tengo recuerdos de mi mamá y papá juntos.
Desafortunadamente la idea de que soy su hija no muchos lo creen. Nací con el cabello rubio, aunque se asemeja más al plateado y con ojos color negro azabache, son tan oscuros que muy a duras penas logro diferenciar mi pupila con la iris.
¿Por qué es extraño? Ninguno de mis padres tiene los ojos así de negros y el cabello así de claros, a no ser que mi mamá se pintara el cabello de vez en cuando -cosa que no creo-
Escondo mi cabello en la gorra de algodón que le regaló mi mamá cuando se enteró de cómo me miraban las personas. Estoy casi segura que me sugirió el teñirlo pero nunca lo hice, siempre me gustó mi cabello natural, me hacía sentirme única. No tengo por qué avergonzarme de mis defectos, todo mundo los tiene, pero solo queda a su decisión si esconderlos o aprender de ellos para después convertirlos en virtudes.
Camino calle arriba y paso por uno que otro callejón para llegar antes a casa. Todo a mi alrededor va cambiando al ritmo de que me acerco mi barrio. De los edificios antiguos y bien cuidados se van transformando en casas pegadas unas con otras hasta convertirse en un lugar de muerte. Ni los policías quieren hacer guardia en esta zona por la violencia y delincuencia que hay aquí, cosa que me parece absurda pues ese es su trabajo, pero en fin, en ocasiones no podemos cambiar el régimen o mentalidad tan pobre de algunas personas.
— ¡Bolita, por favor! -me grita un niño quién juega con otros al futbol. Han creado unas porterías improvisadas con unas ropas y botes de basura. Me doy cuenta que su pelota, la cual el cuero está muy desgastado y se podría decir que se ve el interior de esta, corre a mis pies.
Le doy un leve empujón y lo paso al pequeño quién me sonríe y grita un gracias con sus amigos.
Son las nueve de la noche y estoy casi segura que pronto sus mamás los llamarán a entrar a casa, pues a estas horas comienzan a salir las malas influencias.
Paso por casas de las cuales escucho uno que otro llanto de bebé, cosas romperse ya sea con el suelo o pared, uno que otro golpeando a su mujer, gritos de parejas peleando y uno que otro borracho haciendo berrinche en la calle con su esposa para querer entrar a casa.
Me tapo un poco el rostro con la gorra para poder evitar un poco todo a mi alrededor, pero aunque quisiera eso no puedo. Siempre ha habido una voz en mi interior que me grita que debo de ayudarlos pero la razón es la que me detiene y me dice que no tengo por qué hacerlo.
En sí, me siento impotente a estar en un también te como este.
Después de un rato en caminar llegó a mi casa, la cual está casi en lo alto de una colina, lejos de la mayoría de las personas gritonas y cerca de un pequeño bosque. Según mi papá, había escogido este lugar para ir cuando me sintiera mal mirará la belleza que me rodeará, pero eso solo podía ser de día, pues de noche parecía más un lugar embrujado que un bosque de hadas.
La luz de la luna ilumina mi rostro. He olvidado prender la luz de la calle antes de irme y para mi suerte el farol que está fuera aún no funciona del todo bien.
Justo cuando estoy por llegar y sacar mis llaves noto como alguien pequeño está delante de mí puerta, sentado en las escaleras de madera gastada, ocultando su rostro es sus piernas.
Al acercarme y por la ayuda de la luz de la luna me doy cuenta que es Carlitos, el hijo de mi vecina.
— Oye, ¿Qué haces? -le llamo, logrando captar su atención. El pequeño levanta con rapidez su cabeza oculta entre sus piernas y al verme solo puedo notar lo hinchados que están sus ojos.
— Hey -vuelvo a decir pero ahora en un tono mucho más apagado, como si estuviera consolándolo. Me pongo de rodillas para verlo mejor y lo tomo de sus pequeños y delgados hombros.— ¿Otra vez ocurrió? -pregunto pero solo obtenido respuesta un ligero asentimiento de cabeza. Me acomoda a su lado para abrazarlo de los hombros y acercarlo un poco más a mí. Él no pone objeción y solo se acurruca en mi pecho, como si hubiera estado esperando mucho tiempo en hacer ese gesto.
— ¿Como fue esta vez? -pregunto una vez más y logro escuchar cómo se traga un poco sus logos y con una mano se limpia una de sus mejillas. Carlos se aleja un poco de mí son levantar la vista del suelo y solo puedo ver como si labio inferior comienza a temblar.
— Es lo de siempre... Siempre es lo mismo. Llegó borracho y comienza a gritarle a mi mamá, no supe más porque escuche como algo se cayó al suelo y salí corriendo... ¡Soy un inútil! -se queja y muerde su labio inferior para evitar que este vuelva a temblar, pero claro que eso no ayudará a esconder su voz quebradiza.
Lo abrazó una vez más y apoyo mi mentón en mi cabeza mientras le repito una y otra vez que olvide eso.
— No digas eso, ¡Nunca pienses así! ¿Me oíste? -dije al tomar si rostro entre mis manos y verle mejor sus ojos los cuales estaban completamente rojos de tanto llorar.
— Pero...
— ¡Nada de peros! Tu eres alguien especial, Carlos. ¡No eres ningún inútil ni cobarde! ¿Me oíste? Solo hiciste lo que creíste que es correcto -digo casi a gritos para que pueda entenderlo, él solo me mira con sus ojos aún cristalizados y me abraza.
— ¿Y si le hace algo a mi mamá? -pregunta con miedo.
Vaya, nunca había pensado en eso, pero ¡Es un niño! No puedo hablar con él como si fuera un adulto, no lo entendería y aún si así fuera sería mucho para él.
Tomo un leve respiro y solo le sonrió.
— Eso no va a pasar. Mientras yo siga con vida no a tú mamá, ¡Ni a ti! Les van a hacer daño, ¿Ok? -digo lo último con mucho énfasis para pueda calmarse. Él una vez más me abraza con más fuerza que antes y oculta su rostro en mi pecho.
— ¿Puedo dormir hoy aquí? Puedo dormir en el sillón y te puedo ayudar con lavar los platos -dice con rapidez y algo de timidez. De algún modo lo entiendo, no me gustaría que se fuera ahora su casa estando así las cosas con sus papas.
Asiento con una dulce sonrisa y le despedimos un poco el cabello. Carlos solo ríe y lo dejo entrar a la casa.
— Solo no te esperes un majar de reyes, ¿He? -le digo al entrar después de él y dejando mis llaves en el pequeño plato de porcelana que había hecho mi mamá.
Carlitos solo ríe y se sienta en el sofá de la sala, el cual ya comienza a estar un poco desgastado.
Me quito la gorra y al igual que las llaves lo dejo en ese plato. Me ato el cabello en una coleta y me dirijo a la cocina para preparar algo que pueda completar para un niño y para mí.
— ¿Quieres que te ayude en algo? -pregunta con timidez el pequeño al acomodarse en una de las sillas de madera de la mesa.
— ¿Sabes cocinar? - pregunto fascinada al verlo tan curioso en lo que soy haciendo. Realmente no sé si es porqué le llame la atención la cocina o si es porqué ya debe de tener hambre.
— Emmm... No... ¡Pero aprendo rápido! -dice con emoción y entusiasmo, tanto que me provoca ternura.
— Descuida, ya casi termino. ¿Por qué no me ayudas sacando una jarra de agua de limón del refrigerador? -lo invito a hacerlo y el solo se levanta de su lugar y abre el refrigerador para poder sacar una jarra de plástico de color morada.
— ¿Es está? -pregunta señalando la con sus delgados brazos.
— Si, ponla en la mesa con cuidado, ¿Quieres? -digo sin despegar mi vista de los huevos con chorizo que hago y de las tortilla de harina que estoy calentando en el comal. Carlos acomoda la jarra con mucho cuidado y éxito en la mesa para después volverse a sentar en su lugar.
Termino de guisar la comida y calentar las tortillas para después ponerlas en la mesa cubriendo las con una tela que cosí hace algunos años para mí mamá el día de las madres.
Comienzo a servir lo que hice en tacos y se los sirvo al pequeño quién solo hace una leve oración para agradecer los alimentos y comenzar a comer.
Imitó si acto y después me meto a la boca un mordisco del taco.
— mmm... ¡Está muy rico! -dice con emoción mientras mueve sus pies que cuelgan de la silla.
— Será porque tenías ya hambre. -me burló al agarrar un taco más y dárselo.
— No creo, mi mamá no cocina tan bien como tú. Por eso vengo de vez en cuando aquí contigo a comer -dice con inocencia mientras muerde el taco que le dí.
— Auch... Y yo que pensé que venías a verme a mí, creí que éramos amigos -digo haciendo un gesto falso de ofendida y logrando una ligera carcajada de su parte.
— No. Solo que me gusta estar contigo, siempre has transmitido esa sensación de paz a los demás -dice.— Oye, ¿Te puedo preguntar algo? -dice justo cuando estoy dando un mordisco a mi último taco.
— Si, claro. Dime -le contesto con la boca un poco llena. Me trago la comida y doy un sorbo a mi caso de agua.
— ¿Por qué ocultas tu cabello? -pregunta de la nada. Casi me atragantó con el agua, nunca espere ese tipo de pregunta de su parte.
— ¿Qué? -pregunto mientras me limpio la boca con una servilleta.
— Es que siempre te he visto que usas esa gorra para ocultar tu cabello -dijo señalando su vista al plato donde antes deje mis cosas. Me miró una vez más, aunque parecía que él quería saber más sobre el tema no me gustaría hablar de algo como eso respecto con un infante.
— ah... Es... Por qué no me gusta -digo lo primero que se me ocurre.
— No deberías de ocultarlo. ¡Es genial! A mí me gustaría tener tú mismo color de cabello -dice con alegría mientras se ve un ligero mechón de su cabello y luego el mío— ¿Como le haces para tenerlo así? -susurra con asombro. Solo sonrió y asiento un poco.
— Tienes razón. Nunca debemos de ocultar lo que realmente somos -agrego con ánimo y luego comienzo a levantar los platos sucios.
Carlos me ayuda guardando la jarra de nuevo en el refrigerador y con uno que otro plato o vaso.
Después de un rato él duerme mi cama mientras yo solo estoy a su lado analizando lo que me ha pasado en un solo día.
Primero esa reacción de la señora Magdalena con darme demasiado dinero, luego esa carta de "una escuela de magia" la cual es muy mala broma y por último el tener aquí a este niño.
Observó una vez más al pequeño quién duerme a mi lado con tranquilidad. Sonrió al verlo tan relajado, pero a la vez me da un poco de tristeza, pues cuando despierta se afrontará a la realidad.
Dejo de pensar en ello, dejo de pensar en todo por un segundo. El cual me basta para cerrar los ojos y dormir.
Al día siguiente me despierto temprano y levanto a Carlos de la cama. Después de desayunar un poco salimos de la casa y nos dirigimos a la suya.
Durante el camino juego con el a un fútbol improvisado el cual usamos una pequeña piedra y la lanzamos el uno al otro.
— Y tira... Y ... -digo casi a gritos.
— ¡Gool! -grito con euforia Carlos, quién me había lanzado la piedra y está paso entre mis piernas.
— ¡Epale! Hiciste trampa -digo en un tono fingido de tristeza.
Ambos volvemos a reír y a caminar a su casa. Me gusta verlo así de feliz, así es como debe de estar siempre un niño, no como la noche anterior en que él lloraba por no poder hacer algo por su familia. Como dije antes, llegó a entenderlo un poco, pues cuando le detectaron un tumor a mi mamá; el cual nunca supe mucho sobre el tema, no podía hacer algo para salvarla.
Después de un rato en hacer tiempo para no encontrarme con el eatupido esposo de Verónica, la madre de Carlos, llegamos a su casa. Doy unos golpes a la puerta de madera y en menos de 5 segundos ella me abre.
Mira a Carlos quién está a mi lado para después salir corriendo a él.
— ¡Carlos! ... Gracias, María. Te prometo que no volverá a pasar -dice teniendo a Carlos en sus brazos. Lo tiene en medio de sus piernas y sus manos toman sus pequeños hombros.
— Descuida. -digo levantando una de mis manos. Pero justo entonces es cuando me doy cuenta de que ella tiene un mechón de cabello tapando gran parte de su rostro.
La miró por unos minutos para después acercarme a ella y hacer a un lado el cabello que cubre su rostro. Es cuando notó un gran moretón morado que abarca desde su ojo hasta su pómulo derecho, su mejilla está un poco raspada y su labio tiene una cicatriz en forma de uve. Por un momento no me digo nada, solo la miró en espera de que ella diga algo pero cuando trato de buscar su mirada me doy cuenta que también en su cuello tiene marcas de hacer sido estrangulada.
— Fue él -digo tratando de preguntar pero parece más una declaración. Siento mis entrañas arder, como si un fuego en mi interior se comenzará a dispersar por todo mi cuerpo. Es la adrenalina que me provoca el verla así, ¿Como puede seguir pasando esto?
Escucho de rato a lo lejos algo romperse. Me volteó para ver qué fue lo que se rompió o quien lanzó algo frágil cuando me encuentro con su esposo caminando en la calle de un lado a otro. No usa camisa y se puede notar su barriga enorme y llena de pelos, por fortuna usa un pantalón de mezclilla algo desgastado y unos zapatos rotos.
Se me queda viendo un momento para después caminar enfadado a mí.
— ¿Qué me vez? - pregunta como si me estuviera retando. Muy a duras penas se puede mantener en pie a ahora quiere buscar pelea. Vaya idiota.
— ¿Tú le hiciste esto? -pregunto señalando a Verónica a mis espaldas. Ella al ver cómo le hablo entra a su casa y cierra la puerta. El hombre solo me mira con el celo fruncido por un monto para después sonreír.
— Se lo merecía. Es una perra, ella como mujer debe de obedecerme y hacer lo que yo diga, si no lo hace - se encoge de hombros— ya conoce las consecuencias. ¡Yo soy el hombre de la casa..! -y antes de que comience a gritar otra estupidez le plantó un puñetazo en su rostro, logrando que pierda el equilibrio y se desparrame cerca de unos botes de basura y bolsas negras que huelen a muerto.
Me mira con enfado y sorpresa, tal vez no se esperaba esto de mí, pero ya me cansé de ver como sufren las personas que me importan y no poder hacer nada.
— ¿Muy hombrecito? Vamos, ¡Golpéame! Si es que puedes -digo lo último en susurro, como su estuviera amenazando a alguien. Me acerco un poco a el para verlo tratando de levantarse pero a entonces donde me lanza un movimiento de brazo. Me muevo logrando esquivar su torpe ataque. Vuelve a hacer lo mismo ahora ya de pie, después se lanza a mí para tomar mis muñecas pero soy más rápida y me muevo quedar detrás de él y darle una patada en su espalda. Vuelve a perder el equilibrio y se pone de rodillas, me mira por el hombro y después se levanta y vuelve a lanzarme un golpe, luego otro, los dos los esquivo y justo entonces cuando lanza el tercero logro tomar su muñeca y lo vuelvo a tirar al suelo.
— Maldita - dice con enfado contra el pavimento. Hago un ruido con mi boca y mueve mi cabeza de un lado a otro, como si estuviera negando lo que acabo de oír.
— Ahí te equivocas, yo sí fui planeada, no como tú que naciste fuera del matrimonio -decia entre dientes mientras apoyo mi rodilla en su espalda. Lo que dije si que era verdad, según lo que había escuchado de una conversación que tuvo mi padre con Verónica cuando se está acababa de casar con él. Lo tuvieron fuera del matrimonio y sus padres por eso no lo tomaban en cuenta la mayoría de las veces.
Comienza a moverse debajo de mí. Me percato que a un metro de distancia está un fragmento de vidrio roto demasiado filoso, estira su brazo para alcanzarlo y tal vez apuñalarme con el, pero antes de que lo haga le sujeto ambos brazos y me levanto un poco para darle otra patada en la espalda.
Comienza a quejarse en el suelo, moviéndose de un lado a otro tratando de tocar la zona donde antes le di el golpe. Pateo con rapidez el vidrio y justo entonces se levanta para volver a lanzarle otro puñetazo. ¿Es que no aprende a la primera?
Le esquivo y doy un rodillazo en su costilla y un puñetazo en la quijada. Se queda tirado en el suelo mirando hacia el cielo, tal vez mareado por recibir aquel golpe.
Me acerco para quedarme enfrente de su rostro y tomarlo por detrás del cuello y acercarlo a mí. Lo miro una vez más, lleno de sangre y moretones, su mirada pérdida y sangre saliendo por su nariz.
Se ve como un idiota.
— Haremos un trato -digo en un tono más amistoso— tú -canturreo— dejas en paz a Verónica y a su hijo hasta que dejes la borrachera y dejes de ser un mantenido -comienza a gruñir. Aprieto su parte baja del cuello logrando que se queje una vez más— Y ya no te vuelvo a golpear... Mírate, ¿Quién diría que el que se sentía un hombre por golpear y abusar de una mujer ahora estaría en el suelo hecho trizas por una mujer? -me acercó un poco más a su rostro— Das pena ajena.
Me levanto del suelo dejando ahí el cuerpo de un hombre sin alma. Solo lo único que lo mantiene vivo es el sentir el dolor de los golpes que recibió de mi parte. ¿Quién diría que el que trata a los demás tan mal es porque está completamente roto por dentro? Una vez mi madre me había dicho que quienes quieren ver sufrir a los demás o hacerles daño es porque ellos perdieron y sufrieron demasiado en el pasado que tratan de buscar placer en el dolor de los demás. Lástima que Carlos tenga un padre como él, me compadezco del pequeño.
Miro a mi alrededor y me doy cuenta que la gente que vive cerca salió a ver lo que estaba pasando. Todos me miraban, chismeaban entre ellos en voz baja, uno que otro grababa lo que había pasado, me miraban como si lo que estuvieran viendo era a un espécimen raro.
— ¿Ya la viste?
— Sí, yo siempre dije que ella no era de fiar -comenzaban a decir unas viejas entre ellas. Mi atención se encuentra en ellas para que después estás miren a otro lado.
Bajo la mirada al suelo y es ahí donde me doy cuenta que mis manos están empanadas de sangre y con uno que otro raspón en ellas.
Escucho después unos aplausos de parte de unos ancianos, luego el de un hombre, para al final tener a unas 6 personas alagándome.
— ¡Te lo merecías,! - gritaba un hombre de unos treinta y algo.
— ¿Qué se siente ser ahora tú el que está en el suelo? -escucho de otro lado de parte de una mujer. Comienzan a echarle al hombre yace en el suelo para después un chico me pone una mano en el hombro y me sonríe.
— No te sientas culpable. Amor... -hace una pausa al ver al hombre en el suelo— Con amor se paga -añade lo último con disgusto al verme.
Sonrió con tristeza para después sentir como algo pequeño me rodea la cadera. Carlos salió corriendo hacia mí llorando y Verónica hacia lo mismo.
Una vez me dijo mi padre que el mundo estaba lleno de maldad, que desafortunadamente no podías confiar en nadie. Recuerdo que ese día le pregunté por qué pasaba eso, él solo me sonrió y dijo algo que nunca olvidaré.
— Las personas creen que teniendo poder y valores serán las mejores, cuando lo único que hacen es matarse asi mismos al hacerle daño a los demás...
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