misión facazo

La semana

paso volando y acá estoy nuevamente presentándome en este trabajo de mierda

junto a un gran diseñador parisino que te dan ganas de coserle botones en los ojos

como si fuera la otra madre.

Lo primero

que me escucho cuando llega la hora de la comida es que este fin de semana será

la dichosa fiesta de la gran señora. Con eso quiero decir Laura Greco dará una

fiestecita por su cumpleaños número 44. La cifra me deja desconcertada. Sabía

que era joven pero no me esperaba que lo fuera tanto.

Eso me deja

saber que fue madre desde muy temprano. Habiéndose casado a los quince años no

me extrañaría que al poco tiempo tuviese a ese chocolate napolitano.

Sacudo la

cabeza para concentrarme y prestar más atención y tratar de descubrir algo más,

pero justo se arma un jaleo en la entrada del taller y todas las ratas salen

espavoridas.

Tratando de

saber qué es lo que altera tanto a la comunidad femenina me acerco, pero la

columna humana que tengo en frente no me deja ver nada. Miro a un lado donde

hay una mesa y decido que ese sería un buen lugar para subir o pasar debajo de

él y ver que es lo que tanto conmociona a las mujeres.

Me acerco a

la aparatosa mesa y trato de subir, pero alguien me gana en idea y trepa sobre

ella dejando poco espacio para luego ponerse a gemir como loca al ver lo que

hay en frente. Esto parece el campo de una preparatoria donde todas las

hormonales adolescentes están viendo como los jugadores se sacan las camisetas

exhibiendo sus físicos todos sudorosos y atléticos.

Bien,

cuerpo a tierra. Me tiro en cuatro patas para tratar de sobrepasar la estrecha

mesa y rogar que mi trasero no quede atrapado en ella para ver como unos buenos

traseros enfundados en bóxeres blancos son el campo de mi visión. Uff, como no

gritar con semejante mercancía.

¿Alguien

necesita que le coloque algún botón?

Relamo mis

labios mientras trato de salir de debajo de mi escondite justo en el momento en

el que el flash de una cámara casi me deja siega y estrepitosamente tropiezo

con algo y me voy de jeta al piso, pero antes de llegar a siquiera besarlo unos

brazos me acorralan impidiendo la caída.

No sé si

fue el movimiento o qué, pero mis ojos arden y noto que me falta una lentilla. Abro

el ojo que todavía conserva la lentilla para encontrarme con un nuevo helado.

Mierda este lugar está lleno de sabores y eso que no estamos en Italia.

—Lo siento

—le digo en una mala pronunciación de mi francés y el tipo que tengo enfrente

me sonríe mostrando unos hoyuelos encantadores.

—No pasa

nada cariño —dice en un claro tono afeminado que juro que le rompió el corazón

a más de una. Sonrió y miro hacia el piso buscando mi lentilla, cosa difícil si

tenemos en cuenta el público escandaloso a mi lado, los cables y todo lo que

hay alrededor montado para la clara sección de fotografías de la colección de

ropa interior del diseñador.

Ahora me

pregunto ¿Sera que no tiene un lugar más acorde para esto que usar el taller

lleno de mujeres necesitadas? Necesitadas y hambrientas.

¡Dios!

Grita mi mente exasperada.

Al no

encontrar mi otra lentilla busco una excusa para ir por mi bolso y colocarme

una de repuesto. Pero como siempre mi suerte no está de mi lado y justo en ese

momento llega el encargado y amante en mi opinión, del diseñador y manda a cada

mujer hormonal a su puesto de trabajo y como yo ya no quiero más problemas en

este sitio además de que deseó seguir pasando desapercibida, me hago la loca y

me saca la otra lentilla dejando mis raros ojos al descubierto rogando que

nadie me mira o me pregunte algo.

Por suerte

el asunto de los tipos carentes de vestimenta y el acontecimiento de la reina

de la mafia tenía a todo el mundo envueltos en murmullos en el que yo no pincho

ni corto; eso me dejo libre para terminar mi trabajo con contratiempo y sin que

nadie se diera cuenta de mi repentino cambio de color en mis ojos.

Al salir

del taller lo primero que hice fue mandarle un mensaje a mi padre con la nueva

información, respecto a la dichosa fiesta. Pero no obtuve respuesta hasta casi

llegar el fin de semana donde me llego un sobre a mi deprimente departamento

con una nueva identificación y los pasos a seguir.

Disfraz

para la misión: mesera.

Que

original.

Me cago en

el cochino dinero.

Me pongo en

contacto con los organizadores del evento en el que seré participe como la

mesera de semejante demostración de lujo, derroche y poder. Mi horario será dos

horas antes del evento por lo que debo presentarme a las seis de la tarde y no

tengo horario de salida. La paga será al día siguiente donde deberé pasar a

buscar un cheque a la oficina del servicio de catering.

Si sigo

así, necesitare una pala para todo el cochino dinero que estoy juntando.

Como sea,

llego a la hora asignada e inmediatamente me dan una bolsa con la ropa que debo

usar para el evento. Sigo a las demás mujeres que se adentran por una puerta

hacia una sala que parece ser un cuarto de servicio y hago cola para poder

entrar al baño y cambiar mi ropa.

Esta vez

tuve que colocar en mi cabeza una peluca de cabello corto pelo rojizo. Los

lentes de contacto son marrones y ruego todos los santos que no se me salgan

porque no traje repuesto.

Al llegar

mi turno para cambiarme, rápidamente abro la bolsa y saco el contenido. Una

falda negra, camisa blanca, cofia del color de la falda. También hay unas

medias de licra blancas que me llagan a las rodillas y unos zapatos tipo

Guillermina negros.

Parezco una

colegiala sacada de una revista de anime o más bien hentai. Solo me faltan las

dos coletas y listo, actriz anime porno al servicio.

Salgo de

ese cuartucho porque para mí desgracia, no soy el único personaje en toda esta

historieta que debe cambiarse con este minúsculo atuendo. Al salir del cuarto

me percato que hay más chicas que antes. ¿Tanta gente acudirá que requiere de

tanto personal?

La

respuesta viene de la mano de una las protagonistas de esta encantadora

historieta.

—Espero que

el cuarto para servicios privados sea amplio y cómodo —le dice una chica rubia

a otra—. La semana pasada estuve en un evento de este estilo y los cuartos eran

pequeños.

—No me

importa como sea el cuarto siempre y cuando sea el niño bonito quien me invite

—responde su amiga con una sonrisa en el rostro.

—Sueña

querida, el niño bonito nunca elige a nadie para pasar el rato y más cuando

sabemos que esta fiesta es de su madre —ahí es cuando me percato de que hablan

de helado napolitano.

Haciendo de

cuenta que no escuche nada y que en esta fiesta no se arman orgias, me

concentro en terminar de arreglarme para comenzar la ardua tarea de servir a

ricachones, famoso, mafiosos y todo lo que termine en oso.

Cuatro

horas más tardes y estoy segura de que nunca serviría para trabajar de esto.

Mis pies duelen y ruegan descanso de los zapatos colegiales que calzo. Mi

trasero me duele del frio que siento, debí colocarme un short y no una tanga de

encaje.

Mirando que

nadie se percate, me escabullo entre la gente que ríe, beben, comen, bailan y

si, tienen sexo, algunos en frente de todos y otros en las habitaciones

dispuestas para ello. Como dijo la chica anteriormente, mucha de las que

servimos somos solicitadas para servir en los cuartos y apuesto que no es

explícitamente servir tragos lo que se hace allí.

E tratado

de escuchar conversaciones, pero la mayoría se lleva en italiano o chino y no

entiendo ni J de lo que dicen, la próxima tendré que ver la forma de poder

grabar todo.

Llego a un

extremo de una larga mesa llena de comida y me escondo detrás de una columna

para descansar un rato. Pero me distraigo viendo la vestimenta de la gente. Algunos

como me gustan y otros muy llamativos para mi gusto, pero lo que más me gustan

son los zapatos. Dios bendiga la dichosa mente que diseño esos zapatos que

calaza esta gente. La mayoría llevan piedras o pieles extravagantes. Eso me

lleva a pensar que el material con los que son fabricados no debe ser muy

legales que digamos.

Siete horas

más tardes y acá me encuentro gimiendo.

—¡O por

dios! —exclamo en un susurro— Mmm... divino... esplendido —digo sorprendida—.

No puedo creer que luego de siete horas todavía siga tan firme y duro —gimo al

sentir la resistencia de la escultura de hielo que se plasma frente a mi sin

siquiera gotear—. Esto es maravilloso —digo admirada.

—¿Qué haces

que no trabajas? —me sobresalta una voz femenina y ruego a todos los ángeles

que no sea la anfitriona. Volteo sin mirar— Ve al sector de las habitaciones,

estoy segura de que allí podrás ser de utilidad.

—Vai nella

mia stanza, mamma (que valla a mi cuarto, mama) —escucho que dicen a mi

espalda.

 Siento como de pronto unos fuertes brazos me

arrastran hacia el interior de la casa. Pasando por unos pasillos, me da miedo

levantar la mirada. Trato de resistirme, pero no me dejan, me siguen guiando y

estoy segura de que esta será mi última noche.

Al llegar

al dichoso cuarto, abren la puerta y prácticamente soy lanzada dentro. Caigo de

rodillas dentro y cuando levanto la mirada me encuentro en la penumbra del

cuarto. Se que es amplio, pero claramente puedo distinguir que no está vacío. A

mi alrededor puedo ver que hay varias chicas que visten como yo. Algunas lloran

y otras solo están acuclilladas en un rincón.

—¿Qué

hacemos aquí? —pregunto en francés y solo escucho sollozos.

Gateando me

acerco a una de las paredes y me encuentro con la chica que antes menciono lo

de las habitaciones. Me acuclillo al lado suyo y vuelvo a preguntar, ella me

mira con los ojos cargados en lágrimas.

—Fuimos

seleccionadas —dice esta y me quedo pensativa.

—¿Seleccionadas

para qué? —pregunto y solo me responde con más lágrimas.

Mierda

quien me manda a aceptar esta misión fallida solo por codiciosa.

Lo peor de

todo que seguro terminare siendo follada por algún viejo gordo repugnante y no

por algún Dios griego. Suspiro.

Las horas

pasan y casi me quedo dormida de tanto enrollar y desenrollar las ridículas

medias que tengo puestas. La noche fue trayendo más chicas llorosas que no

tenemos la menor idea de lo que hacemos aquí, en total ya somos diez y estoy

rogando porque esto termine pronto.

Ni siquiera

un poco de agua, comida o un baño. Ya registré el cuarto y no hay nada más que

una pequeña ventanilla en lo alto de la pared y otra puerta del lado posterior

a la que entramos. Esto es denigrante.

Pasa otra

hora más o eso creo y la puerta que permaneció cerrada se habré y los mismos

gorilas que nos trajo a esta pocilga aparecen en nuestro campo de visión.

Detrás de

él hay como una furgoneta donde una a una somos subidas en ellas, algunas

lloran desenfrenadas y otras solo lo hacen sumisas. Lo raro es que no nos dicen

nada, solo nos empujan y nos meten dentro.

Cuando la

última ya está dentro el vehículo se pone en movimiento y por una ventanilla

que comunica con la cabina del coche nos tiran botellas de agua y una bolsa con

galletas.

Genial,

comida.

Tomo una

botella de agua que bebo de un solo trago y me quedo esperando que pasara de

ahora en más.

El vehículo

se mueve, pero no puedo ver nada, ni escuchar nada. Al parecer es blindado he

insonorizado. Cuando parece que la cosa no se detendrá más de golpe se detiene

y al cabo de unos minutos la puerta por la que subimos es abierta y se arma un

revuelo de gritos.

—¡Ya!

¡Dejen de gritar! —dice una voz masculina, fuera de la furgoneta—. Vallan

saliendo una a una.

De a poco

vamos saliendo, crispando los ojos por la claridad. Me percato que estamos en

una zona abandonada, apuesto que muy lejos de la ciudad. Genial, mejor

imposible.

—Dentro de

cada bolsa que se le entregara a cada una, hay ropa y un cheque por los

servicios prestados —dice otra voz masculina en un claro francés, pero con un

acento que juro haber escuchado.

Los gorilas

van repartiendo las dichosas bolsas mientras yo me concentro en ver al dueño de

esa vos. Recibo la bolsa justo en el momento en que la mirada del desconocido

hace contacto con la mía. Lleva un notable traje sastre hecho a la medida, pero

su rostro esta parcialmente cubierto por un barbijo que deja ver sus ojos.

Esos ojos

que reconocería donde sea que valla.

Sonrío al

ver al helado napolitano. Frunce el cejo al ver mi sonrisa, pero le resta

importancia porque voltea y se sube a un costoso auto negro que enseguida

memorizo su patente. K14- Y27. Los demás gorilas hacen lo mismo subiendo a la

furgoneta y es ahí donde caigo en cuenta de que nos han dejado en medio de la

nada.

Claramente

deberíamos estar agradecidas de que no nos mataran o algo por el estilo, pero

no podrían ser más considerados y dejarnos más cerca de la urbanización.

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Comments

hadasa

hadasa

cómo me encanta como habla 🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣

2025-03-03

0

Salomé Páez

Salomé Páez

*vaya*

2024-07-13

1

Salomé Páez

Salomé Páez

*vayan*

2024-07-13

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