X

Cuando vuelvo a la sala, me encuentro con mis amigos en el sofá y sin rastro de Petunia, lo cual no me sorprende, pues si ha tomado un baño después de semejante reunión familiar, seguramente terminó cansada y lo más seguro es que esté profundamente dormida. Avanzo hacia el sillón de una sola pieza y tomo asiento, llevándome ambas manos al rostro. Me siento sumamente agotado.

— ¿La mataste? —pregunta Edward, sonando risueño.

— No.

— ¿Dónde está? —descubro mi rostro, viendo con una ceja arqueada a mis amigos. Ambos se encuentran mirándome, un brillo perverso en sus miradas— Quiero saber si debo ir por la pala o no, tranquilo.

— Sigue en mi cuarto —recargo mi espalda en el respaldo, dirigiendo mi atención a las marcas que Gardenia me ha dejado en los brazos. Es una cabrona guerrera, debo reconocerle eso—, está calmándose.

— ¿Sí son hermanas?

— Lo son.

— ¿Ella la estaba buscando? —asiento en respuesta ante la pregunta de Edward, lo volteo a ver y lo descubro haciendo una mueca, la diversión despejando su mirada y haciéndolo lucir como el adulto que es— Ya la encontró, ¿ahora qué? ¿Las dejarás ir?

— ¿Con quién crees que estás hablando? Claro que no. Son mías —paseo la lengua por mis dientes superiores, deteniéndome un poco más al sentir el pico del canino—. Sin embargo, debo admitir que me encuentro algo nervioso e inquieto —Edward ladea la cabeza ligeramente hacia la izquierda, mientras que Manolo apoya los codos en las rodillas. La atención de ambos está puesta en mí—. No sé cómo seguir adelante respecto a Gardenia, su situación y lo que significara mantenerla en mi vida.

— ¿Qué significa eso?

— Es una puta agente del FBI y si le dieron este caso o le dieron una orden que nos involucre a nosotros, es seguro que está bajo radar —suspiro—. Tiene problemas, todavía no sé cuáles, pero sé que los tiene y me encuentro curioso por saber cuáles son.

— Ya has tratado con personas del FBI —señala Manolo, ignorando por completo la otra parte de mi discurso—, ¿qué tiene de diferente ahora?

— Que, si ustedes le ponen un dedo encima a Gardenia, yo se los voy a arrancar y se los meteré por el culo, ¿entendido?

— Eres un romántico de primera — Manolo pone los ojos en blanco, apoyando los brazos en el respaldo.

— Esto no tendrá el mejor de los desenlaces —Edward suelta una risilla baja—, ¿estás consciente?

— Será el final que yo quiera, de eso soy consciente.

La boca de Manolo se abre para decir algo más, sin embargo, el timbre de la casa nos llama la atención a los tres y al no haber ninguna de mis florecillas en casa, me veo con la obligación de ponerme en pie e ir a atender por mi cuenta.

Al abrir la puerta un pequeño infante pasa por mi lado, corriendo directamente hacia el pasillo que da al baño y la risa de Edward más la bulla de Manolo me hacen hacer una mueca, sin embargo, antes de poder decir algo al escurridizo visitante un hombre vestido con camisa blanca de manga larga, un chaleco de cuero y pantalón de mezclilla oscura, las botas de motero complementan el atuendo.

Sin embargo, la vestimenta no va para nada con el rostro francés de finos rasgos, pestañas largas y rizadas hacia arriba como si mascarilla hubiera usado, mirada ambarina con motitas verdes tras unos anteojos delgados, redondos y marco negro; labios rosados como las cerezas, nariz puntiaguda y respingada, cejas gruesas y bien perfiladas, y dos lunares justo al frente de la barbilla.

Es como una obra de arte que se burla de los estereotipos.

— Enseña a tu hijo a saludar primero —digo, apoyando el hombro en el umbral. El varón frente mío se retira los anteojos, los guarda en el bolsillo delantero del chaleco y cuando enfoca su mirada en mí, detona cansancio.

— Primero se saluda, irrespetuoso —dice, pasando por mi lado como si no existiera y eso me hace sonreír, no puedo evitar emocionarme con él cerca—. ¿Por qué siempre llegan temprano a los eventos ustedes dos? —obviamente esa pregunta va para Manolo y Edward. Cierro la puerta y vuelvo a mi asiento, el recién llegado se decide ir por una silla de mi comedor.

— ¿Y por qué no? —responde Edward, recorriendo con la mirada la espalda del varón. Lo comprendo, aquella musculosa parte de Roger es fascinante.

— La madre de Joaquín nos ama —dice sin más Manolo, rascándose bajo el mentón—; si no nos ve aquí, hará muchas preguntas a Joaquín y nadie quiere hacer enojar al loquito, ¿verdad?

— Como tú digas —los acelerados pasos provenientes del pasillo hacen a Roger girar, entonces sucede, una sonrisa amplia y sincera aparece en sus labios, baja a tomar en brazos a su hijo y al levantarse, suelto un suspiro soñador. Hijo de perra, es demasiado para mis ojos—. ¿Te has lavado las manos?

— Lo hice.

— ¿Ya has saludado?

— No —Agustín, el hijo de Roger nos voltea a ver y hace un ademán de mano, sonriendo—. Hola, tío Joaquín; hola, tío Manolo, y hola, tío Edward —los tres ondeamos la mano en respuesta a su saludo—. Tío Joaquín —arqueo una ceja—, ¿puedo jugar con Ghost y Hunter?

— Claro, si los encuentras.

— Sí —Roger lo baja al suelo, Agustín corre nuevamente hacia el pasillo y el gran varón toma asiento en la silla.

— ¿Dónde está tu madre?

— Fue a hacer un mandado con todos, estás en espacio seguro.

— Bien —toma aire, el cual libera después en un suspiro—. ¿Quién fue el pendejo que mató a un abogado del maldito buffet más prestigioso de la maldita ciudad? —sin pensarlo, señalo a Edward, Manolo suelta una risilla mientras que el acusado se cruza de brazos— ¿Eres un imbécil?

— Oye, ese cabrón le robó a mi hermana y su esposo.

— ¿Y? Me hubieras contactado para hacerme cargo, ahora tengo más papeleo qué hacer por ocultar tu puta identidad —se masajea el puente de la nariz, un signo visible de lo estresado que está—. Solamente a mí se me ocurrió unirme con ustedes.

— Bueno, salvamos a tu esposa ¿no? —señala Manolo, sonriendo de lado— Ahora tienes un hermoso hijo.

Roger pone los ojos en blanco, sabe que Manolo ha ganado por lo que no está dispuesto a decir más.

Los apresurados pasos de Agustín llaman mi atención, giro el rostro para verlo y sonrío al mirar que ya trae en brazos a Ghost y Hunter, tras suyo vienen las crías en busca de atención también. Sin embargo, el hijo de Roger no luce feliz, más bien parece asustado.

Cuando se reúne con su padre, pide ser cargado y Roger sin hacer una mueca o suspirar, se pone de pie y toma en brazos a su hijo. Maldito padre perfecto. Volteo a ver a Manolo y Edward, ambos miran la escena con una sonrisa depredadora.

No se puede negar lo obvio, los tres queremos probar al perfecto varón.

— Oye, ¿qué pasa? —pregunta, acariciando el cabello de su hijo.

— Hay un fantasma en el baño de mi tío Joaquín.

— ¿Perdón? —Frunzo el ceño, poniéndome de pie y me acerco a ellos, curioso por su acusación— ¿En mi baño un fantasma?

— Yo lo vi —volteo a ver a Manolo, quien levanta los brazos.

— Yo sí le bajo al baño, no me acuses a mí. Posiblemente fue Edward.

— Yo no cago en baños que no sean el mío —responde el otro, muy ofendido.

— ¡No! ¡Era un fantasma! ¡No hablo de caca!

— Agustín —el tono que usa Roger para llamar la atención de su hijo hace a Edward suspirar—, no hay necesidad de gritar.

— ¡Ahí está!

Al voltear al pasillo, Manolo y Edward sueltan la carcajada al ver quien Agustín acusa de ser un fantasma, sin embargo, yo quedo cautivado.

Gardenia viste con un vestido largo circular con holanes al final, uno que se aferra a su cintura y pecho, pero deja a la imaginación el tamaño de sus caderas. Las largas mangas están hechas de encaje, igual que la parte de los hombros y el cuello de tortuga. Trae puesto un calzado de tacón de aguja, unos posibles diez centímetros, son de color rojo y de punta cerrada con una pequeña correa que luce como una pulsera.

Su cabello rizado lo ha peinado en un moño alto, un mechón enmarcando su pálido rostro.

Es hermosa.

¡Qué preciosa!

Se ha vestido así para ocultar sus cicatrices.

¿Eso qué importa?

Camino a ella, esperando una reacción de miedo o tensión, pero lo que hace es alzar la barbilla y eso me hace sonreír. Me detengo a dos pasos, extiendo mi mano derecha y Gardenia no duda en tomarla, giro hacia mi visita y Roger hace una mueca, viendo a mi florecilla despectivo.

— Agustín —llamo al niño, quien sigue en brazos de su padre y mira a Gardenia como si de verdad se tratara de un espíritu—, ella es Gardenia, mi amiga.

— ¿No es un fantasma?

— No, solo es una persona blanca vistiendo de blanco.

— ¿Ella es cincuenta dólares? —Gardenia aprieta mi mano ante la pregunta de Roger, la ha molestado. Manolo y Edward sonríen de lado.

— La mejor puta compra que he hecho —mi florecilla voltea a verme, parpadea repetidas veces y baja la mirada, no puedo asegurar que se haya sentido halagada, pero en definitiva le ha gustado—. Por cierto, Petunia ha vuelto.

— ¿Y eso?

— Los cuervos dieron con ella, la he ido a recoger.

— ¿Ya está limpia?

— Sí, lo está —asiente en aprobación, deja a Agustín en el suelo y el pequeño corre hacia el pasillo, perdiéndose en la habitación desocupada—. Ahora voy a necesitar que los contactes para que vengan después de las dos de la mañana.

— Hm, bien.

— ¿No preguntarás?

— Eres tú el idiota que no ve cuando una flor se empieza alzar sobre las demás, —comenta, caminando hacia la cocina—. Haré las llamadas, no quiero escuchar nada de esto en la fiesta o cuando tus padres lleguen.

Mi madre llega a la casa una hora después, sus manos ocupadas por pesadas bolsas de mandado, al ver esto Higins y Fisterra se acercan a ayudarla, compartiendo una animada platica. Al entrar mi padre es Roger quien lo ayuda, siendo agradecido por el viejo con un par de palmadas contra la espalda.

Gardenia se mantiene a mi lado, luce nerviosa y puede que en su cabecilla se esté debatiendo si decir o hacer algo para que esto no continúe, pero al final suspira y su postura se vuelve algo digno de apreciar. Luce cómoda, sonriendo gentil a mi madre y padre, ayudando a Rosa y Margarita, ofreciendo a Agustín una manzana rojiza.

Justo ahora es cómo ver a Lilith seduciendo a un inocente con el fruto de la discordia. Es tan ridículo.

Lo dice un sádico.

Qué idiota, ¿apoco sabes de religión?

¿Es acaso que Joaquín está delirando?

Quiero un helado.

Guarden silencio, ahora.

En medio del caos que se hace al preparar grandes cantidades de comida, me encuentro preparando una ensalada junto con Girasol, quien no duda en pegar su cuerpo contra el mío y sonreírme enamorada. Suelto una risa baja, le entrego en cuenco y la veo salir de la cocina, dirigiéndose al patio donde ya se encuentran familiares.

— ¿Todo bien? —la pregunta hecha por Gardenia me hace girar, encontrándola tras de mí con una bandeja que yace con comida.

— ¿A dónde llevas eso? —sus mejillas se enrojecen, desvía la mirada.

— Es para Ale… Petunia —sonrío, le hago ademán que avance y camino tras de ella, posando mi mano derecha en su espalda baja.

— Qué linda hermana eres, Gardenia —ella se frena frente a la puerta de mi jardín, yo pego mi cuerpo completamente contra el suyo y respiro su aroma, satisfecho cuando la siento temblar—. Tan linda.

Antes de poder depositar un beso en la rojiza coronilla, ella abre la puerta, entra alejándose completamente de mí y cierra la puerta de un portazo, dejándome solo en el pasillo.

Solo y erecto. Estupendo.

Esto le costará caro.

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