VIII

Estar con aquel par fue una locura, me sentía arder cada vez que sus manos tocaban mi cuerpo y creí, ingenuamente, que aquello iba a durar muchísimo tiempo. Qué idiota fui.

Desde un principio Edward me dejó en claro que era alguien fanático de los niños, y Manolo gustaba de tomar todo a la fuerza, ¿y yo? Yo no estaba dentro de sus gustos, fui un fugaz capricho de devoraron y luego adoraron.

El ruido de una llamada entrante me hace salir de mi ensimismamiento, a lo lejos puedo ver el edificio y decido orillarme para poder atender, hay un peligro en casa y no puedo solo ignorarlo.

—    ¿Qué paso?

—    ¿Ya has ido por Petunia? —es Edward y suena curioso, así que todo está bien.

—    Sigo en eso.

—    Bien, tus padres y las florecillas han vuelto a salir, se les ha olvidado algo importante y tu mamá ha dicho que cites a todos después de la nueve de la noche —aquello no es de extrañar, a mi madre se le van las cabras al monte muy seguido.

—    Entendido. ¿Dónde está Gardenia?

—    En tu cuarto, ¿quieres que la saque?

—    No, déjala ahí. Su salud sigue en proceso de mejora, no quiero un descenso.

—    Comprensible. ¿Llamaras a Roger?

—    ¿Quieres que lo invite?

—    Es divertido ver sus caras, sí.

—    Entonces lo invitaré. Nos vemos luego.

—    No mates a nadie, loquito.

“Loquito”, una palabra que mis hermanos llegaron a usar muchísimas veces contra mí cuando solo tenía cinco años de edad, con el tiempo dejaron de hacerlo, no porque les sentara mal denigrarme o mis padres les hayan dicho algo, sino porque se volvieron mucho más creativos.

Mi falta de atención a mi entorno, los dibujos de criaturas tan extrañas que hacía y los relatos tan descabellados que contaba hicieron a mi madre preocuparse cada vez más, y al final tomo el asunto con seriedad y me llevó con un popular doctor. Él me diagnostico esquizofrenia cuando tenía siete años.

Se volvió todo un revuelo entre mis familiares más cercanos, los cuales aconsejaron mil idioteces para “curarme” sin tener ningún estudio o conocimiento alguno, y mi madre se culpó por mucho tiempo, pero sé que ella sólo hizo lo que creyó correcto.

Estaba desesperada de ver a su hijo hablándole a las paredes, de verlo despierto a tan altas horas de la noche y de escucharlo llorar, de mirarlo ir a refugiarse con el monstruo que debía ser mantenido bajo llave.

Luego de un accidente que fue enterrado como secreto familiar, mis padres me metieron en centros psiquiátricos por años y nadie me pudo salvar de las burlas, de los engaños, de los miles de escenarios que sólo existían dentro de mi cabeza. Todo estaba acabado. Al menos eso creí cuando tenía diez años, entonces sucedió, la esquizofrenia se volvió una amiga, una compañera.

Mi amante predilecta.

Al aceptarme y comprender lo que se esperaba de mí, me resultó mucho más fácil salir de ese centro con un papel que aseguraba mi completa “recuperación”. Fue por ello que entré a un instituto, es por ello que conocí a Manolo y Edward, y al seguir avanzando con ese par a mi lado, fui encontrado.

Pongo en marcha el auto, conduciendo con todos haciendo un caos dentro de mi cabeza.

Una noche me encontraba fuera de casa, había decidido ir a comprar un antojo en el puesto de crepas de siempre, ahí había un señor ya viejo y bien vestido. No tenía nada de interesante, pero algo en él llamaba mucho la atención.

Luego de comprar lo mío, tomé lugar dentro del establecimiento y ese anciano cambio de lugar para sentarse al frente de mí. Sonrió y se inclinó, susurrando un: “ya eres parte de la familia”. A la edad de veintidós ya era de ellos.

Sigo sin saber cómo dieron conmigo, pero no seré hipócrita, estoy muy agradecido de que lo hayan hecho.

Entro al estacionamiento, aparcando para después apagar el auto y al bajar comienzo a caminar a mi destino, el edificio que todos conocemos como “El Infierno” y mi parada es en el séptimo piso, donde las compras renegadas van a parar.

Cuando te vuelves parte de Leah hay ventajas y desventajas, como en todas las cosas existentes sobre la tierra; si un día una de tus compras llega a volverse un fastidio, solo llamas y ellos solucionarán el caos de forma silenciosa y limpia. No habrá rastro alguno atrás; si la mercancía ha decidido huir, llama y ellos también se harán cargo, nada

agradable.

Quienes se encargan de la búsqueda y limpieza son llamados Cuervos, y no conozco a ninguno en persona.

Al entrar al edificio, la recepción huele a antisépticos y el piso negro de azulejos se encuentra visiblemente limpio, la soledad en el lugar hace que mis pasos hagan eco. Sólo me dirijo al elevador bajo la atenta mirada de la mujer que yace tras el escritorio, quien al verme de arriba abajo, apunta algo en una agenda y continua con su vista al frente, hacia la puerta de entrada.  Presiono el botón que tiene una flecha apuntando hacia abajo, las puertas se abren luego de un par de segundos y al ingresar, se cierran silenciosamente.

Oprimo el séptimo botón, la sensación de bajar súbitamente me hace hacer una mueca. De la bocina del elevador, la melodía de la canción “Tiptoe Through the Tulips”. Un clásico de Tiny Tim que ha sido usado en una película de terror, recuerdo el haberla ido a ver en cines. No ha sido lo mejor del mundo en esa categoría, el haber usado el poder del amor se me hizo exagerado, sin embargo, me hizo sonreír muchas veces.

¿Estará bien?

Debe estarlo, no nos puede dejar.

¡Petunia! ¡Petunia!

¡Deja de llorar!

¡Cállense todos!

Basta, por favor.

¡No!

¡No!

¡Vete a la mierda!

¡Todos váyanse a la mierda!

Me concentro en la canción, dejando que sus voces pasen a segundo plano. No son importantes ahora, no quiero tener una recaída en un lugar tan peligroso y menos con la cena de mi madre realizada en mi casa.

El sonido de las puertas del elevador al abrir hace que todos se callen, agradezco en silencio y salgo de esas cuatro paredes metálicas, adentrándome en el séptimo piso, uno al que van aquellos que han sido violentos; un guiño a La Divina Comedia de Dante. Sé que Petunia estará aquí porque es una chica brava, de peligrosa lengua y mortales manos.

Camino entre los pasillos de grandes jaulas, unas yacen vacías, otras con solo platos de comida o sangre, pero las que se encuentran ocupadas se encuentran limpias y en óptimas condiciones. Sonrío de lado al ver a un chico huir al final de su pequeño encierro, las cosas serían más fáciles para él si hubiera hecho caso.

Una por una las revisó y me sorprendo al encontrarme rezando, pero quiero verla bien. Los gritos y ruegos en mi cabeza también.

Petunia es una de mis más queridas florecillas; la que siempre esta sonriente, la que tararea por largas horas solo por complacer a los que piden su atención dentro de mi cabeza y yo siempre estoy dispuesto a tomarla, a hacerla sentir bien usando mi cuerpo y llevando al suyo al límite.  Sé que ella no romperá si aprieto con más fuerza, no doblara las rodillas por un poco de dolor ni llorara pidiendo que parase solo porque se ha asustado.

No, esa no es mi Petunia. Mi florecilla es fuerte y resistente.

Al dar con la jaula que la mantiene encerrada todo se vuelve caos dentro de mi cabeza, caigo de rodillas, abro la puerta y extraigo su cuerpo de la sucia jaula, su rostro está maltratado y sus labios azules ¿Respira?

Levanto un poco más su cuerpo, colocando mi rostro cerca del suyo y suspiro al sentir ese cálido aliento golpear mis mejillas. Lo hace, está respirando. Recorro con la mirada minuciosamente su cuerpo, dando con la herida que han dicho ha sido hecha antes de que ella huyera. Maldición, esa mierda ha sido hecha con un cuchillo de serrucho, no hay duda alguna de ello. Vuelvo mi atención a su rostro, apartando su rojizo cabello del rostro para

apreciar mejor los golpes.

Sí que les dio batalla.

Las puertas del ascensor vuelven a abrirse, el sonido me lo ha indicado, y al ver quién es el recién llegado, inclinó la cabeza en forma de saludo. Es el dueño del teatro de la plaza, "Sky Breacking". Ha presentado muy buenas obras y soy fan de todas y cada una de ellas, me he hecho con algunas piezas.

—    Joaquín, es un gusto verte —lo veo acercarse a una jaula que mantiene a una mujer ya adulta, ella al salir envuelve inmediatamente el cuerpo alrededor del hombre—. Con permiso.

—    Adelante.

Tomo bien a Petunia entre brazos, cargándola con sumo cuidado y me acerco al elevador, el cual se encuentra llevando al hombre que he saludado con anterioridad. Volteo hacia el ropero que se encuentra justo al lado del ascensor, al abrirlo me encuentro con mantas que traen capucha; claro que no querrás mostrar lo que te ha costado educar. Qué detallistas.

Me hago con una para colocársela a Petunia, tarea nada fácil con ella inconsciente en mis brazos, pero el soltarla no es una opción. Todos están haciendo un silencio, temiendo asustarla, aunque ella es incapaz de escucharlos.

Al estar dentro de mi carro enciendo la calefacción, haciendo que la temperatura sea agradable y cubro el cuerpo de Petunia con un largo abrigo que siempre dejo en el asiento trasero, llegando a casa deberé de bañarla.

Beso su sien a pesar de haber suciedad, la veo hacer una mueca y lucha por abrir los parpados, al hacerlo el azul eléctrico me atrapa, pero no me conquista. Parpadeo confundido ante eso, hago una mueca y retiro un mechón de cabello, colocándolo tras su oreja.

—    ¿Ha venido a terminar con lo que ellos me han hecho? —sonrío, llevando mis labios a los suyos, pero no los beso. Solamente me mantengo cerca, sintiendo como contiene la respiración.

—    No, solo vine para llevarte a casa —me coloco correctamente tras el volante, echó a andar el auto y salgo del estacionamiento, manejando en dirección a mi casa.

—    ¿Por qué?

—    Mi jardín no está completo sin ti, Petunia —su mano toca con suavidad mi antebrazo, está débil y aun así sigue ansiosa por contacto—. Pienso matarla —confieso en voz baja, su tacto no duda en ningún momento.

—    ¿Ya lo sabes?

—    Ha sido fácil sumar dos más dos.

—    Está enamorada de ti, no es como si la historia o la vida misma no haya ya dejado en claro que una mujer enamorada es peligrosa. Me sorprendió mucho cuando se lanzó a apuñalarme.

—    No me importa si está enamorada de mí o no; me las pagará. No dejaré que esto se quede así, pero antes tendremos que curarte y deberá pasar la cena de mi madre.

—    ¿Habrá barbacoa?

—    Siempre la hay.

—    Estoy tratando de distraerte, Joaquín, pero tus nudillos ya están blancos; deja de ahorcar al pobre volante —su risa, su pequeño y tonto chiste, consiguen que haga caso—. Debes relajarte, el enojo no te lleva a nada, y lo siento por el tiempo que llegaste a creer que hui.

—    Disculpas no aceptadas —aprieto el botón de llamada en el monitor touch del tablero, marco el número de Higins y espero a que contesté, lo hace al segundo timbre.

—    Higins al teléfono, ¿quién habla?

—    ¿Cómo está Gardenia? —pregunto al detenerme ante una luz roja, volteo a ver a Petunia y ella tiene el ceño fruncido, claro, no tiene ni la menor idea sobre la nueva flor.

—    Está bien, discute con Manolo ahora. Es una perra de raza pequeña, en definitiva, responde nuestros insultos y no da paso atrás, pero entonces se vuelve una cobarde y corre al cuarto… Es rara.

—    Significa eso que hice bien el comprarla, ¿tratas de decir eso?

—    Son unos cincuenta dólares bien gastados.

—    Logré recuperar a Petunia —vuelvo mi atención al frente, avanzando al ver la luz verde—, prepara el baño con agua caliente; si mi madre llega primero que yo, seduce a Girasol, ¿entiendes?

—    Entiendo, ¿qué más quieres que haga, Joaquín?

—    Llévatela a mi área, limita sus movimientos y voz, ponle una mordaza.

—    ¿Podemos dejarle eso a Manolo? Soy de gustos con menos pechos.

—    Solo hazlo, te lo compensaré.

—    Me gusta mucho como eso ha sonado. No te preocupes, loquito; la haré callar hasta tu llegada.

Al colgar, llego a parar a una farmacia que se encuentra en el camino y bajo a comprar vendas, desinfectante y con un poco más de dinero, hago que el medico en turno atienda a Petunia sin hacer ni una pregunta. Lo veo limpiar, desinfectar, suturar y colocar gazas, me da una receta médica con lo que ella deberá tomar por tres semanas.

Mi florecilla me sonríe desde el asiento del copiloto, hay revuelo en mi cabeza, pero en mi pecho nada sobresalta ni se emociona. Se mantiene tranquilo.

Cuando pienso en la causa, la imagen de mis manos alrededor del cuello de Gardenia aparece y todo mi cuerpo reacciona a ella, la sangre se calienta y todos gritan, golpean y amenazan.

Hemos encontrado una nueva flor favorita. No sé si eso es bueno o malo, siendo sincero.

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