Desde que conocí a Edward se volvió de suma importancia para mí, no solo por su humor tan picoso ni hermoso físico, sino porque hacía que todo fuera silencio dentro de mi cabeza. En el instituto siempre nos veían juntos y gracias al carisma de Higins, nos volvimos populares. Me pareció absurdo e incómodo al inició, pero con el tiempo supe aprovecharme de esa fama.
Edward se sienta sobre la madera de mi asiento, sus manos ocupadas en pelar una mandarina mientras que su vista yace perdida por la vista de oscuras nubes y vientos que ofrecen las ventanas del salón. Su perfil es tan lindo, más el derecho que me muestra un par de lunares que se encuentran bajo el labio inferior.
— Joaquín —su mano cae sobre mi cabeza, sus dedos colándose entre mi cabello. Estoy seguro de que me impregnara el aroma de la fruta—, ¿has visto recientemente al estudiante nuevo?
— No, ¿por qué?
— Desde el martes no he visto ni su luna —sonrío ante el nombre que le ha dado al lunar de canas que Manolo Fisterra posee en la nuca. Su nombre me resulta tan fuerte y exquisito como su cuerpo—, y él es mucho más popular que tú y yo juntos. Las de nuestro salón lo aman.
— Soy consciente de eso, pero él no me interesa lo suficiente como para seguirle los pasos.
— ¿Insinúas que a mí sí? —me encojo de hombros, él sonríe de lado y se lleva un gajo de mandarina a la boca, un poco de ese dulce jugo haciendo brillar sus labios— ¿Viste las noticias?
— No consumo televisión —volteo hacia la pizarra, la letra cursiva del profesor de la clase pasada sigue adornando el blanquecino material—, pero sí leo el periódico diariamente —asiente en aprobación, jugando todavía con mi cabello.
— Verás, hace tres semanas salió la noticia de que habían encontrado el cuerpo de una chica de diez años; estaba desnuda, atada y fue violada —arqueo una ceja ante el tema que ha elegido para conversar, pero no me desagrada, solo me sorprende—. ¿No es eso aterrador?
— Supongo que lo es.
— Joaquín, ¿has prestado atención a la conversación de nuestras compañeras? —su mano se desliza a mi nuca, el tener el cabello corto en esa área me hace contener el aliento al sentir tan directa la caricia— Ellas están
muy asustadas, tanto que ya no hacen sus tontas reuniones ni se van solas a sus casas por el loco violador que sigue suelto.
— Comienzas a cansarme, sé directo.
— Sospecho de algo muy fuerte, pero estoy seguro de que es mejor hablarlo cuando salgamos. Sirve que vamos a esa pastelería que recién abrieron.
Pongo los ojos en blanco al escuchar lo de la pastelería, seguramente es todo lo que quiere hacer el maldito fanático de las cosas dulces. Edward suelta una risilla baja, se lleva otro gajo a la boca y extiende uno más para mí, colocándolo contra mis labios. El hijo de perra está jugando conmigo de la forma más horrible y sensual.
Cuando las clases terminan y es hora de ir a casa, Edward y yo nos encaminamos hacia aquella pastelería. Las calles sin ninguna basura en el suelo, las hojas de los árboles siendo movidas por el fuerte viento y el maldito clima haciendo que muchos prefieran no salir, pero aquí estamos nosotros, yendo a por un maldito postre.
— Aquí damos vuelta —me toma del brazo, tirando de mí hacia una pequeña calle sin ningún transeúnte.
— ¿Qué? —veo sobre el hombro, antes de volver mi atención hasta el frente— No lo creo; estoy seguro de que debemos ir más derecho y…
— Siempre es en este tipo de calles.
— No —frunzo el ceño—. Los establecimientos como esos deben estar a la vista y cerca de otros locales que llamen la atención, tal vez las calles más transitadas no sean lo más propio por el exagerado ruido, pero…
— Joaquín.
— ¿Sí?
— Cierra la boca —me detengo, viéndolo avanzar tres pasos más antes de que se gire a verme—. Ven.
— No —dentro de mi cabeza comienzan a crear ruidos como trastos cayendo, metales chocando en otros metales y gritos de un viejo ser que tanto quería—. ¿Tienes algo que decirme?
— Más adelante.
— Vete a la mierda, dímelo ya —Edward camina hacia mí, colocándose justo al frente y no me incomoda en lo absoluto, solo tengo ganas de golpear su cara y luego, quién sabe, besarlo tal vez—. ¿Qué hacemos aquí?
— Estoy seguro de que Manolo está cerca —parpadeo confundido ante eso— y quiero ver lo qué hace.
— Él no ha ido a la escuela por días y ni siquiera te juntabas con él, ¿de dónde sacas que estará por aquí?
— Modus operandi —conduce sus manos a mi cara, acunándome el rostro, acelerándome el corazón con ese gesto—. Sigues sin saber de qué hablo, ¿verdad? —con su cuerpo me empuja hasta dar con la pared de ladrillos grises, mi espalda pegada por completa a ella y su pierna se abre paso entre las mías. Todo es suspiros, gritos y jadeos en mi cabeza— Sospecho que Manolo es el maldito enfermo que ha estado violando.
— ¿El que mató a la niña de diez años?
— No, ese fui yo.
Silencio.
Edward sonríe, sus mejillas tiñéndose de rojo y cuando acerca sus labios contra los míos, acariciándolos suavemente, el silencio continuo dentro de mi cabeza. Sin embargo, antes de que selle por completo mi boca, un puño impacta contra el lateral de su rostro y lo derriba sin problema alguno, luego veo a Manolo lanzarse contra él en el suelo.
Observo su pelea sin ninguna emoción en mi cabeza, tampoco en mi pecho. Solo los miro intercambiar puñetazos, patadas e insultos. Cuando aquello para, los dos están cubiertos de sangre y con evidentes golpes en la cara, se ven de la mierda, sin embargo, aceleran mi respiración.
— ¿Ya terminaron? —los dos me miran desde el suelo; el marrón de Edward y el verde esmeralda de Manolo haciéndome tragar— Vamos por un maldito pastel.
— ¿No te molesta? —pregunta Manolo, frunciendo el ceño.
— ¿El qué?
— Joaquín —Edward se pone de pie—, te acabo de confesar que yo…
— Sí, lo sé —volteo a ver a Manolo, quien sigue sentado en el suelo—. Edward sospecha que eres el violador que tiene aterradas a las chicas de nuestra escuela, ¿lo eres? —Sin desviar la mirada, él asiente— Está bien.
— ¿Lo está? —los dos lucen incrédulos.
— Sí —comienzo a andar, escuchando las ropas de ellos que caminan tras de mí—, eso está bien. Ustedes son una verdadera mierda, algo que toda la sociedad detesta y repudia, lo que señalan como pecado y —los veo sobre el hombro, sonriendo radiante mientras escucho gritos en mi cabeza— yo soy igual.
Después de eso nos volvimos el trío inseparable solo tarde una semana más en decirles que era un esquizofrénico, claro que sucedió después de haberlos atacado.
Tal vez pueda hacer a Gardenia entender que es un verdadero error lo que quiere hacer, pues es estúpido querer enfrentarse a alguien tan fuerte como lo es Leah, dejando de lado que es un sitio en el que mis amigos y yo hemos encontrado refugio, aceptación.
Si bien ser de su familia puede hacer tu vida mejor, también puede acabarla tan rápido como quieras aprender a volar; el abandonar el nido no está permitido. Atados de pies, siendo quienes llevamos el peso y quienes caeremos al momento que desaparezca, somos aquellos que gracias a ellos nos sentimos normales.
Aceptados.
Edward se encuentra acostado sobre mi cama, Manolo yace en el suelo con su cabeza apoyada en mis muslos y yo tengo mi atención en la lectura que debo hacer sí o sí, mi madre y su estricta educación que me hace hacerle reportes de toda lectura que debo hacer.
— ¿Qué te dicen? —la pregunta hecha por Edward me hace voltear a verlo sobre el hombro, él yace acostado de lado y mantiene su cabeza en alto usando el brazo derecho— Hablo de las voces en tu cabeza.
— Nada sobresaliente.
— Dime de todos modos.
— Ahora mismo dos voces están peleando entre ellas, hay un llanto y uno está preguntando porque los cangrejos no pueden caminar hacia el frente, dejando eso de lado lo demás es ruido.
— ¿Tomas medicamentos? —bajo la mirada hacia Manolo, quien me quita con suavidad el libro de mis manos— ¿Estás loco?
— Yo no ando levantando faldas ni faldillas.
— Eso no pregunté.
— No, ya no los tomo —suspiro, echando la cabeza hacia atrás para apoyar la espalda en el colchón y la mano de Edward comienza a acariciarme el cabello—. Se volvieron sumamente molestas y, bueno, logre separar mi propia voz de las demás. Eso y que mis hermanos ya no viven bajo este techo hace mejor las
cosas.
— ¿Te dicen que hagas cosas?
— Sí.
— ¿Las haces? —cuestiona Manolo, ya no siento su cabeza en mis muslos, pero ahora hay más peso y al enderezar mi cabeza, todos gritan emocionados al verlo sentado sobre mi regazo a horcadas— ¿Qué te están diciendo ahora?
— Será mejor que te quites —digo entre dientes.
— Eso se ve divertido —las piernas de Edward se colocan al lado de mi cuerpo, el interior de sus muslos quemando mis brazos y al echar la cabeza hacia atrás, ahí está su estúpida sonrisa que tanto me fascina. Ellos suspiran—. ¿Qué piensan ellos de nosotros?
— No sé qué piensan, solo sé lo que dicen.
— Dilo.
— Queremos saber —las manos de Manolo rodean mi cuello y jadeo ante aquello, y aunque soy demasiado capaz de quitarlos a los dos y mandarlos a la mierda, solo me quedo ahí disfrutando de ese toque y cercanía, de la atención—. Dilo, Joaquín.
— “Hay que tirarlo sobre la mesilla y llenarlo” —digo bajo, llevando la diestra hacía el muslo izquierdo de Manolo y apretándolo—. “Quiero arrancarle la camisa y chupar su piel” —guío mi zurda hacia atrás, sujetando la camisa de Edward—. Lo demás son jadeos, silencio y gemidos.
— Mierda.
— ¿Qué quieres que haga, Joaquín?
Manolo sonríe de lado, trago y simplemente entrego mi cuerpo a ellos.
Mi cabeza volviéndose papilla con cada caricia, cada mala palabra acompañada de una mordida o una bofetada que dispara placer por cada poro de mi piel.
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