Conduciendo hacia el edificio que posee Leah legalmente, prendo el estéreo y subo el volumen hasta ya no escucharlos, lo cual agradezco y me permite conducir más concentrado al camino que a lo que deseo hacer en realidad. Es curioso, podría simplemente llamar a los cuervos y pedirles pasar por la hierba mala, sin embargo, eso no terminaría bien. Lo sé.
Yo quiero hacer más. Necesito terminar con eso yo, nada más.
Ante una luz roja, detengo el carro y espero a que cambie, volteo a ver por la ventana del copiloto y sonrío al ver la palabra “Leah” escrita de color violeta, la caligrafía usada es bellísima y envidiable; en la parte de abajo un número de teléfono también yace escrito.
Puedo entender un poco porque Gardenia está tan encabronada respecto al tema, ¿cómo no enojarse cuando el bastardo que quieres detener se pasea frente de ti?
Que el nombre Leah sea tan familiar entre varios de la ciudad no es de asustarse, tampoco el verlo desfilarse en las calles con tanta seguridad y es comprensible; posee tanto poder como un gobernante y hace las mismas fechorías, lo cual es gracioso. Su afilada lengua para dar siempre con los deseosos de poder y así obtener su cooperación; su gran organización a la hora de realizar las subastas que siempre deleitan el ojo del público, y el increíble nivel que tiene al momento de hacerse con más lugares cada vez más esplendorosos.
Pensándolo bien, creo que es mejor compararlo a una secta religiosa, ya que hay muchísimos aficionados en sus líneas y en cada lugar popular, como: los museos, las plazas, los teatros, las grandes bibliotecas, en todos y cada uno de ellos hay personas como yo.
Yo soy dueño de uno de esos lugares, aunque desde pequeño tuve esa fijación y siempre apunté por poseer algo así de grande y majestuoso.
La luz del semáforo cambia y avanzó, apoyándome en el carril izquierdo para ingresar a la quinta calle más adelante. La música se ve interrumpida debido a una llamada entrante, apretando el botón en el volante la respondo.
— Oye, Joaquín —la voz de Manolo suena por todo el carro, todos en mi cabeza se ponen alerta. Son conscientes lo peligroso que es él, a pesar de serlo ellos también—, ha llegado tu amorosa madre y maravilloso padre.
— ¿Y?
— Es Higins quien los está entreteniendo, pero ¿qué debemos decir? —frunzo el ceño ante eso.
— ¿Y Gardenia?
— Tu florecita se fue a encerrar a los cinco minutos de que te fuiste, creo que no le gustó para nada nuestras bromas —sonrío ante eso, sé lo mierda que pueden ser y me alegra que haya decidido irse antes que enfrentarlos—. Entonces, ¿qué quieres que diga? —El tono de voz que emplea es suave como la seda, pero la profundidad que posee de forma natural hace que apriete el volante con tan fuerza que mis nudillos se ponen blancos; el cabrón lo está haciendo al propósito— ¿Qué gustas que haga?
— ¿Sabes? Me estoy empezando a prender al escucharte tan dispuesto a obedecerme.
— Eres tan fácil —lo escucho soltar una risilla, yo doy vuelta y sigo manejando en la vacía calle con pésima pavimentación—. No eres mi tipo, Joaquín.
— Me he de poner una falda.
— Deja de jugar.
Suelta la carcajada, pero yo no. Está siendo serio con lo de ponerme una falda; me he esforzado muchísimo por ser el gusto de todos. No dejaré que este cabrón sea la excepción.
— ¿Ya llegaste a Leah?
— No, estoy a unos diez minutos.
— ¿Sospechas de alguien? —su pregunta no me toma desprevenido, tengo la respuesta, pero no quiero dársela. Solo yo tomaré cartas en el asunto— ¿Joaquín?
— Llegando a casa y después de la barbacoa, te lo diré.
— Maldito hijo de puta.
— Espero no estés hablando con mi hijo, Manolo —la voz de mi madre al fondo me hace reír, termino la llamada con la disculpa de mi amigo apenas iniciada.
A mi mente viene el viejo recuerdo de cómo los conocí, se siente nostálgico.
Los apresurados pasos me hacen levantar la mirada de mi almuerzo, uno que no estoy disfrutando en lo absoluto luego de haber tomado mi medicamento. Esas malditas píldoras arruinan el sabor a todo. Al ver a varías compañeras correr hacia las ventanas, solo puedo deducir que algo de su interés ha ocurrido.
Puedo apostar por una pelea, también por una propuesta de noviazgo. Esas estupideces siempre las atraen como moscas a la mierda.
— Es tan atractivo —las escucho decir y hago una mueca, se trata de un maldito nuevo.
— Mira su cabello, es tan largo.
— ¿Será extranjero?
— ¿Tendrá novia?
— ¿En qué salón irá? Necesitamos información
Maldición, suenan peor que las voces en mi cabeza.
Termino de comer, colocando los cubiertos al vacío molde y coloco la tapa, cerrándola al hacer presión. Lo guardo meticulosamente en el espacio vacío de mi mochila de una sola solapa, cerrando el zipper y al enderezarme, las ventanas del lugar están ocupadas por tremenda multitud.
No es que sea ignorante o me crea mejor que los demás, pero ¿por qué le daría mi atención a alguien que no me va a entender? Puedo entablar una perfecta y normal conversación con cualquiera de aquí sin ningún problema, sin embargo, hay temas que no debo tocar y que tengo que evadir sí o sí.
¡Quiero irme!
¿Podremos sobrevivir si nos lanzamos por la ventana?
Necesito ir al baño
A las molestas voces se les suma el ruido de uñas arañando un pizarrón, platos rompiéndose en miles de fragmentos y a la lejanía un llanto que conozco bien. Ya no puedo más.
Quiero que esta mierda terminé ya, necesito ir a casa y encerrarme en mi habitación, ahí puedo colocarme los audífonos y silenciarlos a todos.
— ¿Todo bien? —la pregunta hecha fuera de mi cabeza me hace levantarla del taburete, volteó y veo a alguien que claramente no está en mi clase ni en mi escuela; tengo buena memoria con los rostros.
— Supongo que eres el nuevo —suspiro—. Bienvenido.
— Supones bien, y gracias, aunque yo no quisiera estar aquí.
El cabello castaño con hebras doradas está rebajado a los lados, rizos bien marcados caen sobre su frente y simulan una adorable cascada a los laterales. La tonalidad de su piel es canela, pero puedo compararla más. Apiñonada.
No hay rastro de acné en su rostro, el cual sí posee pestañas largas y marcadas cejas, labios proporcionados un poco resecos y una nariz puntiaguda y respingada. El marrón de su mirada no hace más que hacerme pensar que se trata de una delicia latina.
— ¿Te has enamorado de mí a primera vista? —dentro de mi cabeza escucho suspiros, ruegos por ser cogidos como animales e insultos que van más allá de mi comprensión, pero lo único que hago es soltar una risilla.
— Simplemente me preguntaba si estabas legalmente aquí.
— Auch —él sonríe radiante y toma lugar en el asiento frente de mí. Me
agrada.
Nuestra plática se vuelve fluida, sus ojos no dudan en mantenerse fijos en los míos y la sonrisa burlesca de sus labios tampoco desaparece, lo que me resulta un poco inquietante. Ni siquiera mis hermanos logran verme, pero él sí y me comienza a gustar su atención.
A todos.
Pasadas las horas, el tiempo de ir a casa llega y me encuentro alargando la conversación en la puerta del instituto, quiero quedarme con él. No quiero que se vaya y todo se vuelva un caos en mi cabeza.
— Disculpen —ambos volteamos y todos gritan, hacen ruidos molestos. Un tipo de cabello negro, tan largo que cubre sus orejas y se curva en las puntas, mirada verde como la esmeralda y piel morena nos está viendo como si fuéramos menos que el piso que pisa, y, a la mierda, quiero que me pise—, ¿son alguna clase de matones o qué hacen aquí parados como idiotas?
— Estamos esperando a tu madre —responde Higins, Edward Higins. Me gusta.
— Mi madre está muerta.
— Entonces estamos esperando a tu padre —digo sonriente, y Edward suelta la carcajada, pasando su delgado brazo sobre mis hombros.
El de mirada verde frunce el ceño, observándonos con la barbilla en alto y al ver que ambos seguimos sin movernos, ni dejamos de reír de él, suelta un suspiro y nos rodea, alejándose poco a poco hasta perderse en la distancia. Escucho a Edward soltar un bufido, volteo a verlo y cuando él gira su rostro hacia mí, todos se quedan callados.
Su rostro sin ningún rastro de acné esta tan cerca que puedo sentir su respiración.
— Vaya, ¿era cierto lo del papá? —pregunta en tono bajo y yo me muerdo el labio inferior, sintiendo mi corazón acelerarse.
— ¿Y lo de su mamá?
La radiante sonrisa que me dedica hace a todos suspirar.
¿Amor a primera vista? Eso es estúpido, lo que me pasó con Edward fue “amor a primera perversión”.
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