Son las cuatro y quince de la mañana, lo he revisado en el reloj que descansa sobre el muro y los gritos dentro de mi cabeza protestando por volver a dormir me impiden hacerlo, eso y la sorpresa con la que me he encontrado: Gardenia no está donde yo la he dejado antes de dormir. No me encuentro decepcionado, de hecho, es algo que sucede normalmente.
Rosa y Margarita también lo hicieron en su momento, el intentar huir, incluso la primera intento matarme clavándome un cuchillo en el estómago mientras dormía… Solo por Rogel es que ella sigue con vida y ahora el aprecio es mutuo, valoro todo lo que hace y ella se ha comportado como una linda damita, sin embargo, es normal. Cuando traspasas flores a un nuevo jardín ocurren dos cosas: florecen o se marchitan.
Estoy tan cansado, que flojera ir a buscarla, aunque mi casa no sea de dos pisos; es grande, bastante. Retiro la pierna de Rosa que descansaba encima mío, está mujer me vendrá cortando la corriente sanguínea si sigue usando su extremidad de esa forma en mí. Aunque Margarita no se queda atrás, pues ella me rodea el cuello con los brazos y se aferra como koala a tronco. Tengo el cuidado de salir de la cama; no quisiera irrumpir el sueño que ahora toman mis flores para que dentro de unas horas estén de mal humor.
Pongo los pies en el suelo y la sensación de la alfombra me hace quedarme ahí por un par de segundos más, observando a la nada en la oscuridad interrumpida por una pequeña luz proveniente de fuera, en verdad odio levantarme a estas horas; malos recuerdos vienen a estas horas y dentro de mi cabeza los ruidos de aquella época son constantes.
Me levanto a buscar a esa flor traviesa, ¿habrá ido a la cocina? Espero y sí, no quisiera tener que usar con ella la fuerza tan rápido, pero lo haré si es que se ha portado mal, obvio. Aunque si se ha salido de la casa, tendré que llamar a los Cuervos y será un papeleo más… Oh, mierda, que siga adentro, por favor.
Mi cerebro a estas horas es una mierda, no funciona bien; ellos se ponen más inquietos de lo que ya son, la luz me molesta muchísimo y el ruido igual, tanto el que ocurre dentro y fuera de mi cabeza. Al entrar a la cocina con lo único que me encuentro es a Hunter dormido dentro del tazón de frutas y éstas están esparcidas por el suelo, hurón de mierda. Te quiero mucho.
Cruzo los brazos, viendo sobre el hombro hacia el pasillo, tal vez Gardenia este en el baño y espero que sea así. Espero que la fruta le haya caído un poco pesada, espero que le haya dado dolor estomacal y por eso no la he encontrado en donde la he dejado porque ha ido al baño a vaciar el estómago, pero ¿Desde hace cuánto tiempo?
Al estar frente de la puerta que se encuentra cerrada, pero bajo la ranura se cuela luz del interior y dentro de mi cabeza todos gritan al ver la sombra que interrumpe el paso de la luz, sujeto la perilla y abro. Ella está ahí, abrazada al inodoro.
Ladeo un poco la cabeza, estoy seguro de haber visto su sombra bajo la ranura del baño, ¿iba a salir cuando las arcadas volvieron a atacarla? En ese caso, prohibidas las manzanas a tan altas horas de la noche, pero que yo sepa el estómago tarda veinte minutos en saber que hay alimento, al momento de saberlo comienza a deshacer con ácidos y sí el nutriente no sirve o es dañino, el cerebro manda la orden de vomitar.
Por lo tanto...
— ¿Cuánto tiempo llevas aquí, Gardenia? —pregunto, caminando hacia ella para colocarme tras suyo. Su espalda encorvada hace que su columna se marque al ser tan delgada, sus hombros temblando y los rizos de color fresa yendo a todas direcciones— ¿Te sientes bien?
No responde nada, sigue abrazada al inodoro y la única acción que realiza es formar sus manos en puños, está molesta. Tiene miedo, ¿será eso? ¿Está asustada?
— Si la manzana es lo que te ha caído de peso, lo cual afirmó al verte abrazar con tanto "amor" al inodoro,
cálculo yo que has de estar aquí desde hace tres horas ¿dos, tal vez? —doy un paso a su lado, colocándome de cuclillas. Retiro con sumo cuidado el cabello de su cara y no la veo pálida, tampoco hay olor a vómito— Gardenia, ¿has venido al baño porque te sentías mal? —sujeto sus rizos en un puño y sus ojos de ese bello azul brillan con miedo— ¿Es acaso que la nueva flor de mi jardín ha intentado huir?
Sus ojos se alzan y en ellos está la respuesta, he acertado. Jalo con fuerza su cabello hacia atrás y la tiro al suelo, su cuerpo causando un sonido espectacular al golpear y al haber golpeado su espalda primero, el aire sale de sus pulmones. Grita, muy fuerte, tanto que logra ganarle a los que se encuentran en mi cabeza.
Me coloco sobre su vientre, mi peso siendo suficiente para mantenerla contra el suelo, y pongo mis manos en su cuello, apretando con fuerza hasta que solo se encuentra luchando por respirar. Sus rodillas golpean contra mi espalda, intenta separar su cadera del suelo, pero le es imposible.
Las uñas de sus manos se clavan en mi muñeca, creando medias lunas rojas y entonces las desliza, haciendo líneas irregulares de piel dañada. Es una luchadora, ya entiendo porque estaba tan en malas condiciones.
Aprieto con más fuerza su delicado cuello, gime por aire y solo quejidos salen de entre sus labios; sus ojos se llenan de lágrimas y cuando sus manos me sueltan cansadas de pelear, yo la suelto. Comienza a toser, intentando recuperar el aire y gira el rostro a un lado, pero que patética imagen da en estos momentos.
Suelto un suspiro, en verdad no quería hacerle eso... Bueno, sí, sí quería, pero es porque se lo merecía. Las reglas estaban claras, ¿Qué le costaba seguirlas?
— Gardenia, te he comprado, te he dado comida, un baño y un techo, es justo que tú me pagues con lealtad —acuno su rostro entre mis manos, tiene las características pecas que los pelirrojos poseen y viendo más de cerca, también posee en hombros, no las había visto; le da el toque infantil que tanto Higins ama. Deberé tener cuidado—. Eres mía, entiende eso —limpio sus lágrimas con mis pulgares—. No hay mejor lugar en esta ciudad para ti, una vez que has sido mercancía de Leah te vuelves la puta de todos y las personas de este infierno lo saben, ¿crees que un hombre te tenderá la mano una vez sepa dónde has estado? No, Gardenia, él no lo hará —ella solloza y
todos hacen un sonido de dolor, les duele verla así—. A quien pidas ayuda te escupirá en la cara, te dirá de hasta de lo que te vas a morir y si eso no le basta, te violará.
Las lágrimas surcan su rostro nuevamente, salen lloriqueos en pequeños hipos de sus labios entreabiertos, los cuales tiemblan al igual que todo su cuerpo y sus manos se aferran a mis muñecas, no con uñas; es solo un fuerte agarre, como si buscara algo firme de donde sostenerse y eso es estúpido, sujetarse de mí buscando salvación es como meter el brazo a la jaula de leones.
¿Está asustada? Es comprensible, fue mercancía de ese sitio. Estar en Leah es el mismo caliente, bizarro y puto infierno, por lo que salir de ahí bien de la cabeza es un sueño imposible, sin embargo, ¿hay algo en todo lo que le he dicho que le haya recordado algo en específico?
— Mi pobre florecilla, ¿fuiste secuestrada? —le acarició la mejilla derecha, mientras que con la otra mano le peino sus largos rizos. Sus ojos se traban con los míos, que color más inocente posee. Se ven realmente bellos al ser enmarcados por pestañas húmedas de las lágrimas— Lo tomaré como un sí, pero ¿sabes? eres tan fea en este momento que lo poco bello que hay en ti me ha conquistado hasta el alma —confusión, ira, rabia se arremolina en su mirada; son emociones demasiado fuertes y aun así las controla como si estuviera acostumbrada a ello—. Has conquistado un monstruo, felicidades, Gardenia.
Bajo mi rostro al suyo y deposito un beso en la frente, no en los labios que se encuentran maltratados. Se queda quieta bajo el contacto de mis labios, la escucho soltar un suspiro y al alejarme sus ojos están cerrados, su respiración poco a poco se acompasa y su cuerpo está completamente relajado.
Está dormida, roncando levemente en el suelo de mi baño y con sus manos todavía sujetando mis muñecas.
— Valías más que sólo cincuenta dólares, Gardenia.
Debe ser una broma, por favor que lo sea, pero si no es así tengo lista un arma con la cual destruir mi cráneo y dejar un desastre en mis paredes, suelo y muebles. Doy un trago al café amargo; son las seis de la mañana y a las seis y media tendré visita, ¿por qué tan temprano? Porque mis padres son madrugadores, son tan cabrones que les encanta ir temprano a la casa de cada uno de sus seis hijos y joderlos, pero son un verdadero amor de personas.
Bajo la taza, colocándola sobre el pequeño plato de porcelana, y doy vuelta a la hoja del documento que leo, la información de Gardenia que Leah me ha entregado. No viene su nombre, su edad es sólo un aproximado y origen es falso, han colocado el lugar donde han logrado obtenerla.
Leah no hace trabajos tan puercos como esto, con Rosa hasta me dieron su dirección y lugar de nacimiento,
el nombre de sus padres y su certificado de vacunación.
Recuerdo cuando me uní a ellos; joven, con ganas de destruir todo a mi paso y con un hambre voraz por el mundo, por las mujeres y hombres, por lo prohibido. No creo que me haya echado a perder más de lo que ya estaba, lo mío vino desde casa.
— Señor —Rosa se coloca a tras de mí, pasando sus brazos por mis hombros y abrazándose a mi cuello, depositando un sonoro beso en mi mejilla. Puedo sentir su sonrisa contra mi piel; es la más dulce: su tacto, su olor, su apariencia, pero también tiene espinas, dolorosas y peligrosas como cualquier rosa de jardín—, buenos días.
— Buenos días, Rosa.
— Se ha despertado muy temprano —desliza sus brazos fuera de mí, colocándose a mi lado derecho de pie y me observa con humor—, ¿algún motivo del cual pueda saber?
— Si, mis padres vendrán —cierro el folder y lo deslizo hacia mi lado izquierdo; no quiero que Rosa lo lea, sólo porque no me complace eso ahora, tampoco es lo más importante—. Necesito que avises a Girasol y Margarita, ellas saben cuál es su papel, pero Gardenia no, te la encargó. Cubre su cuerpo con un vestido largo o ropa de invierno para que sus cicatrices no se vean. Espero que le agrade a mi madre y no le esté preguntando cosas extrañas.
— ¿Le avergüenzan las cicatrices de Gardenia?
— No, ahora que ella es mía esas cicatrices también lo son. Mías para sanar, mías para cuidar y mimar, también para crearles nuevas amigas, por lo tanto, no quiero que nadie más las vea.
Rosa toma mi mandíbula en su mano izquierda, gira mi rostro hacia ella ya que no hemos realizado contacto visual y pone sus labios sobre los míos, besándome. Se endereza con un ligero suspiro y dulzura destella en su mirada. Arqueo una ceja, sonriendo de lado.
— Usted es tan dulce.
— Deberé ir a que te revisen tus papilas gustativas —rio bajo y llevo mi mano derecha a su acentuada cadera, acariciándola sobre la tela—. Tú quieres que ese cabrón me mate, ¿verdad?
Ella suelta una risilla baja, niega con la cabeza y se marcha a cumplir mi pedido; recuerdo el día que la compré, el cómo era en aquellos días y las veces que tuve que adiestrarla, más bien, las veces que Ellos tuvieron que ponerla en su lugar. Querían corregir lo asqueroso de su lenguaje, la forma tan torpe y estúpida en cuidar su cuerpo, la estupidez de su cerebro y forma de expresarse, eso fue lo que corregimos y transformamos en una hermosa flor.
No fue fácil.
No que no.
Pero dio unos ricos
frutos…
Que otro se come.
Uno nunca sabe para quién
trabaja.
Vuelvo a centrarme en leer el documento de Gardenia, revisando las fotos que le tomaron y es increíble que en tan poco tiempo ella se haya ganado tantas palizas. El timbre suena y hago una mueca; cerrare los ojos y cuando vuelva a abrirlos estaré en mi cama, con mis flores y disfrutando de mi jardín, el rocío de ellas en mi cara y sus pétalos por todo mi cuerpo, después se unirá Gardenia...
Suena de nuevo el horrible timbre, arruinando una linda fantasía.
Me pongo de pie y me encamino a la entrada, al estar ya en la puerta, he contado más de cinco timbrados, mi madre debe estar muy desesperada por contarme algo o pasar al baño. Como siempre.
Abro la puerta.
— Bienvenida madre, bienvenido padre —saludo a ambos.
— ¡Joaquín! ¡Mi bebé bello! —los labios de mi madre se plantan en mi mejilla izquierda y luego en la derecha, sé por experiencia que me dejara su beso marcado con ese colorete rojo brillante— Tan presentable como siempre mi camisa blanca manga corta ceñida a mi cuerpo, el pantalón de mezclilla clara y un calzado deportivo, eso para mi madre es que yo luzca presentable. Se desmaya el día que me vea cómo voy vestido a las subastas.
— ¿Cómo les ha ido en su viaje?
— Fue hermoso, tan lindos todos. Tu padre degustó todo el tequila que pudo —entonces me entrega, como siempre pasa cuando vienen a visitarme después de un viaje, las bolsas de regalo. Luego va en busca de sus favoritas de la casa.
— Es bueno verte, Joaquín —saluda mi padre, su porte relajado mientras viste de camisa de cuadros y pantalón de vestir me hacen formar una sonrisa, luce como siempre—, y no le hagas caso a tu madre, ha sido ella quien estuvo a punto de comprar un cultivo de maguey.
— Me lo imaginaba —suspiro— ¿A qué horas? —Sé lo que viene, lo sé.
— Tu madre la ha organizado a las seis de la tarde, quiere comenzar a cocinar desde las cinco y arreglar a todos a las cuatro y veinte, espero no tengas nada qué hacer en tres días.
— No, no lo tengo. Empezaré a llamar, pasa.
Al volver al comedor, freno mis pasos y mi padre hace lo mismo estando a mi lado; ya mi madre tiene entre manos el rostro de Gardenia, el cabello peinado en una coleta alta y la blusa manga larga blanca, junto con la falda y mallas negras le dan a mi floruna apariencia bastante joven, bien hecho Rosa.
Mi padre se acerca a la escena, palmea el hombro de Gardenia con sumo cuidado y sonríe a ella de forma paternal, mi flor solo se encoge un poco y es mi madre quien la anima con bellos cumplidos a su cabello y color de ojos, a sus lindas pecas y delicado rostro.
El chillido de emoción de Margarita alerta a mis padres, quienes voltean a verla y se apartan gentilmente de Gardenia para recibir a mi pequeña graciosa flor, quien corre hacia ellos y los saluda con más amor que yo. Su vestido azul celeste de estampado con pequeñas flores amarillas la hacen lucir jovial.
Mis padres la quieren, así que está todo bien.
— Les he traído regalos a mis niñas —dice mi madre, pellizcando con adoración las mejillas de Margarita—, pero sólo a: Girasol, Rosa y mi linda Margarita —Voltea a verme, sus ojos sentenciándome a muerte—, ¿por qué no me hablaste de ella? —señala a Gardenia— ¿Quién es esta dulzura? —vuelve a encaminarse a ella, tomándola de las manos.
— Lo siento madre, era muy noche cuando logré salvarla de las calles y su garganta está dañada, no puede darnos su nombre ahora —Gardenia voltea a verme, frunce el ceño y vuelve su atención a mi
madre.
— Pobre hermosura, pero no te preocupes; ya estás a salvo —La flor nueva de mi jardín sonríe a mi madre, sus pecosas mejillas llenándose de rubor—. Tienes unos ojos en verdad hermosos. Joaquín, lleva los regalos a la habitación y después te quiero aquí conmigo, necesitaré tu ayuda para el banquete que planeo organizar dentro de tres días.
— ¿Puedo incluir a mis amigos en tu gran banquete, mamá?
— ¡Claro! —mi madre toma del brazo a Gardenia, lo cual toma por sorpresa a mi compra; luce desconcertada— Hace tiempo que no veo ni al joven Fisterra ni a Higins, son buenos los dos y tan chistosos.
Mi madre lleva a Gardenia a la cocina, seguramente planeando hacer algo de desayunar, mi padre está sentado donde con anterioridad yo me tomaba un café y saca sus cartas, dispuesto a jugar un solitario.
Margarita, Rosa y Girasol, quien lleva consigo un vestido largo color amarillo de tirantes, me ven expectantes.
Suspiro y alzo las bolsas, ninguna duda en correr hacia mí y hacerse de los obsequios, corriendo ahora hacia el cuarto que le corresponde a cada una para ver qué les ha traído mi madre.
Yo, por otro lado, me hago de mi celular para enviar mensaje a Fisterra y Higins, quienes inmediatamente aceptan la invitación y comienzan una absurda, pero aceptable apuesta. El primero ha dicho que habrá una pelea al final de la noche, una que será protagonizada por uno de mis hermanos, mientras que el segundo señala que habrá que llamar a los cuervos para limpiar el desastre que haré.
Hijos de puta, se divierten tanto en estas fiestas.
Igual que yo.
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