V

Mis labios se curvan en una sonrisa fría, acaricio a Ghost y Hunter, luego a las pequeñas, pero activas crías que juguetean en mi regazo.

— El mundo sólo tiene una única diferencia con Leah.

— ¿Y cuál es esa diferencia? —sus lindos ojos se vuelven una diminuta rendija, observándome expectante a lo que diré.

— Que en Leah hay orden; todos sabemos lo que debemos hacer y cómo funciona, ninguno de nosotros salta sobre la yugular del otro. El mundo, por otro lado, sigue girando y pasando por los muertos, olvidándolos con el paso del tiempo si no han hecho nada relevante…

— Hay leyes —dice, apretando sus puños con fuerza.

— Las cuales te puedo asegurar que sólo son conocidas por sobre leído, nadie las ha aplicado al pie de la letra.

— Eso no…

— ¿Te suena el término de corrupción? —su postura pierde toda fuerza, ahora luce avergonzada y eso me hace sonreír de lado— Las personas como tú son fáciles; dales dinero, poder o sexo y dejaran de ser "correctos".

— Tu nombre es Joaquín De Beck, estuviste en prisión —me alzo de hombros ante aquel señalamiento, es una cabeza dura. Frunce el ceño, sus ojos azul bebé viéndose feroces—. Se te fue acusado de homicidio...

— Fue involuntario.

— Se te fue visto con Edward Higins y Manolo Fisterra; el primero tiene cargos de pedofilia, y el segundo, ha estado en prisión por violación y múltiples asesinatos.

— ¿Y?

— Es gente asquerosa —señala alzando la voz, dejando ver lo molesta que está.

— No, te equivocas.

— ¡Son unos enfermos! —ahora está gritando y todos gritan en mi cabeza, haciendo que el dolor de cabeza aparezca con fuerza.

— Pero no lo ocultan —Gardenia alza la barbilla, suelto un suspiro y bajo de mi regazo a mis adorables mascotas, quienes detectan el denso ambiente y no dudan en salir corriendo. Me pongo de pie lentamente, colocándome frente de ella—. Te dije que en el mundo hay ovejas vestidas de lobos, de igual forma hay lobos vestidos de ovejas; todos usan un disfraz con el fin de andar sin ser molestados. Sin embargo, nosotros, a los que señalas como enfermos e indignos, no; seguimos nuestro rumbo y respondemos con la verdad a la pregunta correcta, somos lobos siendo lobos —todo su cuerpo tiembla, su vista no se desvía de la mía y sus labios se entreabren un poco—. Mostramos un pelaje sucio y lleno de sangre, aquellos que no quieran ver eso no pueden culparnos a nosotros por morderlos.

— Tampoco los veo yendo a las cárceles a su voluntad —señala en voz neutra.

— Nadie va a prisión con gusto.

— Ustedes…

— Te puedo asegurar que somos los que más aportamos a la sociedad, económicamente hablando, y deberían darnos las gracias, pero no lo hacen por los métodos que usamos.

— Son unos enfermos, ¿cómo íbamos a agradecerles?

— ¿Qué persona es sana en este mundo? Nadie lo es al cien por ciento —los gritos dentro de mi cabeza, los ruidos procedentes a la nada. Llevo la mano derecha hacia la cintura de Gardenia, sigue siendo tan delgada—. Todos alguna vez han pensado en deshacerse de quien les cae mal, piensan cosas desagradables de alguien sin conocer, algunas ocasiones desean la muerte, desaparición, eliminación total de una persona. Incluso tú lo has hecho, lo sé. La única diferencia entre el mundo y nosotros es que: nosotros sí lo llevamos a cabo —bajo hasta colocar mi cara cerca de su cuello, justo debajo de su barbilla y aspiro lentamente, llenándome de su gentil aroma—. Tomamos en nuestras manos lo que queremos, asesinamos lo que odiamos y poseemos lo que amamos, hay diferentes niveles en estos puntos, claro.

— Bu-bueno —su titubeo me hace sonreír de lado—, supongo que cuando tus criadas sexuales lleguen deberé seguir las reglas de antes.

— ¿Significa eso que te quedarás? —envuelvo ambos brazos alrededor de su cintura, riendo bajo— Ella no son mis criadas sexuales, Gardenia; ellas son mujeres que me compré y han decidido pagarme, son mías —llevo mis manos a su cabello, sonriendo al sentirlo tan suave y limpio, tan diferente a cuando la compré— al igual que tú —suspiro, enderezándome poco a poco y deslizando mis brazos lejos de su cuerpo. Observo el sonrojo en sus mejillas. Es tan rara, por lo que es impresionante lo mucho que se esfuerza por ocultarlo—. Podrás hablar, sólo no les digas quién eres en realidad ya que ellas tienen un odio muy grande hacía los tuyos, lo cual justificó y comprendo, evita que mi madre vea tus cicatrices y tu nombre es mío ahora, no se lo digas a nadie más.

— ¿Qué paso si le muestro las cicatrices a tu madre? ¿Pensarás que fuiste tú?

¿Nos está amenazando?

Es linda.

¿La golpeamos?

Hija de perra.

— No —sonrío de lado—, mi madre jamás pensaría eso de mí, pero ella haría un escándalo y hoy es una gran noche para ella, no quiero que nada lo arruiné. Por otro lado, esas cicatrices ahora son mías, sólo las puedo ver yo.

Sus ojos se nublan, da un paso atrás y pone más distancia, pero no lo ha hecho a tiempo pues he visto lo que ha querido ocultarme. El deseo.

Su estúpida responsabilidad es más importante para ella, por lo que me hace pensar que no hay nada allá afuera lo que le gustaría volver. Solo tiene su trabajo. En ese caso, no debo porque preocuparme de que se vaya a mitad de la noche, ya que su labor consiste en atraparme y necesita pruebas para ello, no se irá hasta conseguirlas y eso es bueno.

Tiene un trabajo qué hacer, también tiene sus ideales y uno de ellos es una venganza que lleva años intentado tomar en sus manos, sigo sin saber de qué va, pero no dudo en descubrirlo pronto.

El timbre suena, un sonido que hace eco y al escucharlo sonar tres veces más no puedo evitar reír, sé quiénes son y estoy seguro de que estarán muy emocionados por lo que he comprado. Sin embargo, puede que ya la conozcan por las fotos que he subido, aunque me hubiera gustado que fueran testigos del reluciente cambio de Gardenia.

Camino al recibidor, incluso Hunter y Pride vienen a saludar a los recién llegado, mientras que los demás hurones han salido corriendo hacia el pasillo, seguramente yendo a mi habitación segura.

Abro la puerta y veo a dos de mis personas favoritas que no viven bajo mi techo, ambos vestidos listos para la cena de la noche. Higins viste una camisa de a cuadros verde menta, pantalón caqui y zapatos marrones, su cabello está peinado hacia atrás y tiene un broche con una mariposa hecha de dos corazones grandes y dos pequeños, un par rosa y otro celeste, intercalados; Fisterra, tiene una camisa manga larga rojo vino, pantalón negro y calzado de igual color, un cinto oscuro de hebilla dorada y su cabello yace suelto, el fleco cubriendo su frente y parte de sus cejas.

Él es atractivo a un nivel que me encantaría volverlo parte de mi jardín, pero es tan peligroso como una mala hierba, incluso yo podría morir. Su tono de piel moreno, como si hubiera sido acariciado por el sol con gracia, cabello negro con un lunar de canas en la parte de la nuca y sus cejas tupidas, pero bien delineadas hacen el marco perfecto para sus ojos verdes, dejando de lado el largo envidiable de sus pestañas.

Ambos ven hacia el cielo anaranjado debido al atardecer nocturno, mostrando sus perfiles hacia mí y espero paciente a que volteen, pero al pasar de los segundos sólo ruedo los ojos, salgo con ellos colocándome al frente y veo hacia la dirección que ellos ven, el suspiro de uno acaricia mi nuca, mientras un pesado brazo se posa sobre mis hombros.

— Sería hermoso que las cigüeñas entregarán a los bebés en verdad, eso haría más fácil mi vida y sentiría menos culpabilidad —comenta Higins—. Cada vez hay menos retoños en el mundo.

— Hoy en día prefieren tener perros —dice Manolo, y puedo sentir su mano recorrer mi espalda de abajo hacia arriba—, son más fáciles y duran menos años.

— Maldita sea, yo soy alérgico a los perros.

— Lo sabemos —digo sonriente, soltándome del agarre de ambos y sus alturas, rivalizando la mía, hace a los de mi cabeza suspirar soñadores—, por eso en tu cumpleaños te hemos dado uno.

— Ya sabía yo, pero mis niños están fascinados con esa mierda, sino hubieras tenido una decoración fabulosa en tu patio.

¿En verdad es nuestro amigo?

Espera, ¿eso quiere decir que iba a matar al perro?

Joaquín, no. Mátalo.

No, no. Es su amigo. Los amigos no se matan.

Que solos estamos, ¡Joaquín es nuestro único amigo!

— Los atardeceres son buenos, ¿no es así? —Manolo se coloca en cuclillas y toma en brazos a Pride y Hunter, ambos hurones retorciéndose de regocijo por la atención— A veces es necesario apreciar esos detalles cotidianos.

— Prefiero las cálidas mañanas —digo, dándome la vuelta para entrar a mi casa siendo seguido por ellos,

— ¿Es así? Yo soy más de noches estrelladas y frías, son un elemento clásico para un momento romántico —la respuesta de Higins me hace poner los ojos en blanco—, también me gusta porque el lindo Joaquín no deja de hacer quejidos. Es excitante.

— Cierra la boca —al escuchar la puerta cerrarse y sus pasos detenerse, volteo a verlos y ambos tienen su atención en la pelirroja pecosa que yace sentada en el sofá, distraída en el bordado de un cojín—. La he llamado Gardenia —al ser mencionada, levanta la mirada y sus ojos se abren de sorpresa al ver la visita, incluso se pone de pie en un salto. Vaya, ¿está asustada?

— Sus ojos —señala Manolo, entrecerrando la mirada— en verdad poseen ese color; pensé que habías editado las fotos ¿Es ciega? —deja a los hurones en el suelo, camina hasta estar al lado de Gardenia, escaneándola de pies a cabeza— ¿Eres ciega?

— Se ha parado al vernos, es obvio que no —Higins suelta una risilla baja—. Yo creo que es travesti, Rogel también lo creé. He hablado con él.

— Sabía que habías sido tú —voltea a verme y sonríe radiante, haciendo mis piernas temblar un poco.

— Estaba preocupado, no puedes enojarte por eso ¿o sí?

¿Quiere que se enoje?

Nos quiere ver otra vez.

Nos echa de menos.

Quiero tenerlo.

Suelto un bufido, vuelvo mi atención a Fisterra y todo mi cuerpo se tensa al verlo tan cerca de Gardenia, quien solo tiembla como un conejito asustado. Esa reacción es solo mía. Es para mí únicamente y verla hacerlo con alguien más, hace que todos empiecen a gritar.

Cierro los ojos dejando que todos digan su opinión, su idea, su plan, su forma de hacerla gritar y llorar, el parloteo subiendo de nivel cada vez más. Mi hemisferio izquierdo comienza a palpitar, doliendo peor que hace unos minutos y el olor de viejos tiempos que hacen al miedo aferrarse a mi columna vuelven lentamente, los sabores perdidos en el tiempo también.

La mirada acaramelada, los horribles insultos de labios carmesí y la piel pudriéndose con cada paso que las manecillas del reloj dan, se está muriendo. El gran jardín que está bajo mis pies comienza a marchitarse, a volverse amarillo y después negro, las flores dejan caer sus pétalos y mueren en mis manos lentamente…

— Joaquín, ¡hey! —Edward yace frente de mí, sujetándome de los hombros con fuerza y en un parpadeo todo vuelve—. Bien, ahora ¿dónde está tu madre? Quiero saludarla.

— Fue con mi padre —frunzo el ceño, suspirando— y las chicas a comprar ropa para Gardenia.

— Bien, esperemos no sean faldas —comenta burlón, volteando a ver a Manolo, quien arquea una ceja mientras cruza los brazos—; no queremos que la bestia se desate.

— Me se controlar —gruñe Manolo.

— Ajá, dile eso a la tipa que subiste al carro en la parte de atrás y follaste como animal.

— Era una prostituta y le pague —Gardenia voltea a verlo furiosa, sus manos cerradas con fuerza—, después de eso dejó de llorar.

— Le dejaste el culo al rojo vivo a la pobre señorita.

— Juegos de calentamiento —su expresión seria al decir su tan miserable defensa me hace reír.

— Tus juegos de calentamiento son aterradores —comento bajo, encaminándome al sofá para tomar asiento y ellos no dudan en hacer lo mismo, sentándose cerca de mí, manteniéndome en medio—. Muchos no han sobrevivido después de eso.

— Tú lo hiciste.

— Yo soy diferente.

— Higins también sobrevivió —el mencionado suelta un jadeo.

— ¡Estuve en el hospital por desgarramiento anal, cabrón!

— Detalles —Manolo pone los ojos en blanco, voltea hacia Gardenia y yo hago lo mismo, ella sigue de pie y nos observa como si fuéramos monstruos. Bien, sí lo somos, pero podría al menos disimularlo un poco—. Por cierto, Joaquín, encontraron a Petunia.

Los gritos que anteriormente eran solo un dolor de cabeza al que ya estoy acostumbrado, ahora parece ser capaz de partirme el cerebro en dos. Volteo a ver a Manolo, su seria mirada me hace saber de que dice la verdad y debo creer en él, pero otra parte solo quiere golpearlo y exigirle que me dé lo que es mío. Lo que compré y me pertenece.

Llevo mi mano derecha a su camisa, sujetando el cuello de uve que posee y su maldita sonrisa se extiende todavía más.

— ¿Dónde? —Encontrarla. Tenerla. ¿Por qué se fue? ¿Por qué volvió? Todas las voces empiezan a hacer un caos— Dilo.

— No estoy muy seguro; unos dicen que la encontraron en un callejón sucio en la ciudad vecina, otros que estaba en una habitación de motel demasiado visitado de la zona turística, bastante lejos de aquí —lleva sus manos a la mía, simplemente tomándola con suavidad para hacerme soltarlo, pero no lo hago—. Para mí es imposible que se haya alejado sola —lo suelto poco a poco, frunciendo el ceño debido a sus palabras—, ¿también piensas lo mismo?

— ¿Dónde está ahora?

— En Leah. Un viejo conocido que trabaja ahí me dio la información, parece que está en muy malas condiciones a pesar de haber estado fuera solo poco tiempo.

— Mierda, ¿por qué no me lo contaste antes a mí? —ignoro el reclamo de Higins, solo puedo escuchar a todos gritar por ella, por volverla a ver. Hacerle pedir disculpas por habernos abandonado.

— Porque hubieras venido directo a Joaquín a contarle, te conozco —vuelve su atención a mí—. Cuando hiciste el reporte para los cuervos hablando sobre la huida de Petunia, se quedó registrado con determinada hora y resulta ser que ella tiene una lesión que, según unos estudios rápidos que le hicieron, tiene más tiempo del que ella estuvo fuera de casa.

— ¿Me señalan de algo?

— No, para nada; saben tu forma de hacerlo, no hay forma de que hayas sido tú.

— ¿Dónde la tienen con exactitud? — ¿Estaba herida antes de huir? Definitivamente fue alguien de dentro, una mala hierba.

— En el último piso de Leah.

— ¿En el último? — Higins silva, apoyando la espalda por completo contra el respaldo y extendiendo los brazos hacia arriba, destensando los músculos— Pobrecita, la ha de estar pasando de la mierda.

— Iré por ella.

Anuncio sin más, poniéndome de pie y conduciéndome hacia la puerta que conduce a la cochera y antes de poder dar un paso más, Gardenia me intercepta. Su cuerpo está temblando, los ojos azules bebé están llenos de pánico y yo volteo a ver sobre mi hombro, donde mis amigos me observan con una gran sonrisa.

— No eres de su gusto —digo, volviendo mi atención a ella—, estarás bien.

— No me dejes sola con ellos. Por favor.

— Ya te dije que estarás bien.

— ¡No puedes asegurármelo!

— De hecho, sí puedo. Fisterra adora a las prostitutas que usan faldas, tú no eres una y no traes falda; Higinis, solo tiene ojos para niños. Estarás bien.

— ¿Le caemos mal a la nueva florecita de tu jardín, Joaquin? —pregunta Hignis con una notoria risa en su tono de voz.

— Está asustada —señala Manolo, y vaya que le gusta que sea así.

— No, ella solo les quería contar un chiste y me ha pedido permiso —Gardenia frunce el ceño ante eso, niega con la cabeza y yo no puedo evitar sonreír radiante. Travioso.

— ¿En serio? —la emoción de Higins es clara— ¡Quiero escuchar! ¡Que lo cuente!

— Ella —camino para colocarme tras de ella, tomo sus hombros y la insto a avanzar dos pasos, los cuales parecen resultarle sumamente pesados— es una agente del FBI que quiere derrotar a Leah.

Mis mejores amigos sueltan la carcajada, como yo lo hice con anterioridad, y se acercan a ella para burlarse y decir lo idiota que es por pensar que podrá siquiera hacer algo. Gardenia comienza a discutir contra ellos, gritándoles y manoteando desesperada por defender sus creencias, sus ideales. Estarán bien ahora; ya no les tiene miedo y ellos no la ven ya como un simple cordero, los tres caminaran con cuidado alrededor del otro.

Por mi parte tomó las llaves del coche que suelo usar para ir a las subastas, al llegar al garaje subo a este y me coloco el cinturón de seguridad, después usando el mando a distancia abro la puerta y salgo tranquilamente. Puedo señalar los movimientos que realizo como mecánicos, pero eso está bien. Si pierdo el control, estoy seguro de que todos vamos a cometer una estupidez.

Ella huyó de mi casa y no lo hizo por mí, sino por alguien que la hirió. Una traviesa flor en mi jardín se ha vuelto una hierba mala, he de arrancarla como mi madre me enseño.

Yo debo cuidar mi jardín. 

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David Armando Borrego

David Armando Borrego

quiero seeeer

2023-02-24

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David Armando Borrego

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cómo?

2023-02-24

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David Armando Borrego

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2023-02-24

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