Al llegar a casa, bajo primero para poderle abrir la puerta a Petunia y tomarla en brazos, ella con una sonrisa en labios rotos rodea mi cuello y se abraza a mi cuello. Dos suspiros, tres, y los demás se quedan callados. Están tranquilos ahora que ella está bien, sin embargo, no están embriagados por su presencia. Tal vez porque está sucia.
Cuando abro la puerta los gritos de Fisterra y Gardenia llegan a mis oídos con suma facilidad, ambos insultándose de forma mordaz. Desde un "ramera barata" hasta "violador de pito chico". Me es imposible no reír, mi florecilla no sabe de lo que habla.
Manolo no solamente es grande en altura.
Avanzo con Petunia en brazos hacia la sala, pues si aquel par se encuentran peleando de semejante manera, significa que mis padres siguen fuera. De fondo se encuentra la sonora risa de Higisn, espero que haya
preparado el baño como le pedí.
Cuando llegamos a la sala de estar, los tres llevan su atención hacía mí y luego a lo que cargo, es entonces que Gardenia calla y Petunia suelta un jadeo, yo vuelo mi atención de una a la otra.
Su color de piel es difícil de comparar, pues una está sucia y la otra no ha sido acariciada por el sol en mucho tiempo; el cabello rojizo de Petunia es oscuro, como el vino, mientras que el de Gardenia es más como las fresas y posee hilos dorados; una posee ojos azules eléctricos, poderosos y que demandan atención, mientras que la mirada de la otra pide suavidad, cariño y hacen creer a uno que no posee visión, sin embargo, es en sus facciones donde todo encaja.
La pequeña nariz de botón, la perfilada barbilla y frente de tres dedos, pómulos altos y ojos grandes, ligeramente almendrados hacia arriba. Labios gruesos, el superior un poco más que el inferior y un lunar que decora la carnosidad rosada.
¡Son hermanas!
Esto no es bueno; es sumamente emocionante, sí, pero estoy seguro de que esto se volverá muy incómodo.
¡Son hermosas!
Es verdad, ambas son hermosas y su estatura es encantadora, sin embargo, lo que llevo conociendo a Gardenia y el tiempo que tengo con Petunia me deja en claro que serán como imanes del mismo polo, se van a repeler constantemente y sin cansancio.
Son sólo nuestras.
Sí, lo son. Compré a ambas, por lo que son mías y me las quedaré, podré jugar incontables horas.
¿Con ambas?
La risa de Higins aumenta, el rostro de Gardenia toma un color rojo hasta las orejas, al igual que Petunia, quien a patadas y manoteos me obliga a bajarla. Ninguna hace un solo movimiento, simplemente se ven con claro enfado en sus pesadas respiraciones. Manolo se encamina a mi lado, al igual que hace Edward, ninguno perdiendo de vista el espectáculo.
— ¡¿Qué carajos haces viva?! —es Gardenia quien corta el silencio.
¿Eso se dice cuando encuentras a un familiar?
Depende el familiar.
— ¿Tú qué haces aquí? — pregunta mi Petunia, su enfado siendo visible por como aprieta la mandíbula— No deberías estar aquí.
— ¡Lo mismo digo! —mi nueva compra da un pisotón, luciendo como una niña en medio de un berrinche ¿será Gardenia menor que Petunia? — Nuestros padres han gastado muchísimo dinero en tu búsqueda…
— No se los pedí.
— ¡Alexandria Dybers! —grita Gardenia.
— ¡Felicia Dybers! —devuelve Petunia.
¿Se llama Felicia?
No es un nombre tan malo, quiero decir, no tiene
nombre de prostituta.
Venga, pero parecía una cuando la hemos domado en
el baño.
Es verdad.
Las risas dentro se mi cabeza más los gritos fuera de esta me hace hacer una mueca, definitivamente no era lo que esperaba al volver.
— Están que se mueren por no saber nada de ti por nueve malditos años —supongo que se refiere a sus padres, ¿ambos viven todavía? ¿De quién sacaron ese cabello de fantasía y mirada de hada? Nunca me había preguntado esto con Petunia, pero ahora que está Gardenia es diferente— y tú aquí, viviendo con un maldito degenerado que tiene esclavas para sólo Dios sabe.
— Eso lo vuelve un acosador —susurra Edward contra mi oído, haciéndome sonreír.
— ¿Te imaginas? —sigue Manolo, pegándose contra mi costado derecho— Dios ve cuando te tocas por las noches —Son unos idiotas.
— Estoy mucho mejor aquí que en casa, así que si has venido a “salvarme” te puedes ir retirando.
— ¡Eres una sin vergüenza!
— ¿Yo? —ahora Petunia luce lista para pelear y eso hace que nosotros: Manolo, Edward y yo nos pongamos tensos— Lo dice quien se fue de casa y me abandonó con un jodido alcohólico y una loca obsesionada con la limpieza ¡Discúlpame, señorita todo lo hago bien! —basándome en ese dialogo, puedo deducir que Gardenia es la hermana mayor— ¡Ha sido mi puto error el haber nacido!
— Vaya, esto subió de nivel muy rápido —comenta Manolo.
— Siempre he amado las novelas dramáticas — agrega Edward, soltando una risilla.
— Claro, nuestros padres eran una mierda y en vez de mejorar, lo usas como excusa para ser una bastarda.
— ¡Cierra la maldita boca!
— Es suficiente —suspiro. Camino hasta colocarme en el espacio que hay entre ambas y quedo de frente a Gardenia, quien se tensa y baja un poco la cabeza, pero no aparta sus ojos de los míos— Ella está bien, está sana; ¿era este tu propósito personal?
— No te incumbe.
— Lo hace. A ambas las he comprado y al vivir bajo mi techo —extiendo mi brazo hacia atrás, Petunia no duda en tomar mi mano— deben de seguir mis reglas, no veo lo complicado de eso.
— Aléjate de mi hermana ahora mismo, jodido enfermo.
— ¡¡No lo llames así, zorra!! —mi Petunia tiene pulmón, sorprendente.
Es suficiente.
No, espera, es divertido.
Que linda, le dijo zorra.
— Bien, ya ha sido demasiado ruido fuera de mi cabeza —volteo a ver a mis amigos, ellos me observan encantados con el espectáculo—. Manolo, lleva a Petunia al baño y ambos cuiden de ella, no quiero que su herida se abra —ambos asienten y Petunia suelta mi mano para tomar la que Fisterra le ha ofrecido, ¿así de fácil? Vuelvo mi atención a Gardenia, quien ve con profunda tristeza hacia donde su hermanita se ha marchado. Estoy seguro de que voy a tener dificultades — Ven conmigo.
— Vete a la mierda.
— Gardenia, no tengo tiempo ni paciencia para esto. Vamos a mi cuarto, ahora.
— No.
Sujeto con firmeza su muñeca y tiro de ella, llevándola a mi habitación a la fuerza, escuchando sus demandas y quejas en todo el camino. Si mis padres llegan justo en este momento, la escucharán y arruinará la cena de mi madre.
No pienso permitir eso.
— ¿Podrías explicarte? —es la pregunta que hago al cerrar la puerta tras de mí. De un tirón ella se zafa de mi agarre, volteo a verla y me sorprende al empujarme, luciendo furiosa.
— ¿Yo tengo que explicar? ¡Tú eres el enfermo aquí! —sus manos golpean mi pecho nuevamente, pero no es capaz de moverme está vez. Estaba preparado y todos gritan eufóricos dentro de mi cabeza— ¿Qué haces con mi hermana? ¿Has ido a comprarla? ¡¿La has tocado?! ¿La has lastimado? ¡Sí lo has hecho juro que te mato!
Una y otra vez sus puños golpean mi pecho, aumentando sin querer la euforia de ellos, de un yo algo oscuro y perverso, y entonces sucede. Algo sumamente delgado se rompe y me deja libre.
Mi puño va contra su vientre, pero ella logra esquivarlo y sujeta mi muñeca, manteniéndome en una posición que le facilita golpearme el rostro una, dos, tres veces. Tiro con fuerza, zafándome de su agarre y Gardenia se prepara para patearme mi caja torácica, sujeto su pie y jalo, haciéndola perder el equilibrio. Embisto su cuerpo con el mío, haciéndonos a ambos caer y mi peso es suficiente para hacerla perder el aire de sus pulmones.
A pesar de eso no deja de pelear; sus manos hechas puños golpean y sus piernas se intentan abrir paso entre nuestros cuerpos para empujarme, pero no se lo permito. Grita enojada, sus uñas levantando piel de mis brazos y clavándose en mis muñecas, dejándome medias lunas. Es suficiente, nadie me había dejado así de marcado.
Mis ordenes no lograrán hacer nada, tampoco el golpearla, por lo que me voy a lo arriesgado. Sujeto sus muñecas como si mis manos fueran grilletes y las coloco sobre su cabeza, con mis piernas, mantengo las suyas contra el suelo. Sus ojos inmediatamente se llenan de terror, sabe que ha perdido y ahora está bajo mi merced, pero sigue peleando, se sigue retorciendo bajo de mi cuerpo.
Bajo su atenta mirada, desciendo poco a poco y mantengo mi rostro cerca del suyo, solamente midiendo las emociones que tan fácilmente se leen y cuando el deseo surge como una pequeña chispa, junto nuestros labios. Es entonces que la llamarada empieza, lo que me sorprende, más cuando me corresponde tan enérgicamente.
Separo nuestros labios cuando siento su cuerpo relajarse, mientras que su respiración se acelera. Al ver sus ojos con la pupila dilatada, sus labios entreabiertos invitándome a besarla de nuevo, me doy cuenta de que es mucho más inestable que Petunia, lo que me agrada muchísimo.
— No he tenido sexo con tu hermana —se queda quieta, sólo me observa atenta—, pero sí con Petunia.
— Son la misma persona —hace una mueca, girando su rostro a la derecha—, ¿qué tiene eso de diferente, pendejo?
— Yo no la compré sabiendo que fuera tu hermana, ella para mí es Petunia, no tiene pasado antes de mí y apenas hoy he sabido su nombre.
— Eso es horrible —pongo los ojos en blanco, su moral es toda una molestia.
— Su voz es calmada, siempre mantiene un tono bajo y sus chistes son tan malos, de comediante se muere de hambre sin más, pero eso mismo fue lo que la volvió una persona de la cual depende muchísimo mi estabilidad mental.
— ¿Cómo que estabilidad mental? —vuelve su rostro hacia mí, mirándome con genuina curiosidad— ¿Tienes depresión?
— No —hago una mueca—, no soy depresivo.
— ¿Entonces? ¿Qué se supone que hace mi hermana para ayudarte en tu “inestabilidad mental”? ¿Una buena felación?
Es tan mordaz, debería de abofetearla, pero lo que quiero hacer es besarla y tomarla aquí mismo, pero prefiero mantenerme a raya para arreglar esto. No creo dormir tranquilo con ella acechando cerca, estoy seguro de que se me lanzara al cuello al más mínimo descuido.
— Petunia hace que las voces no sean gritos.
— ¿Cuáles voces?
No hay que decirle.
No le digas.
Nos tendrá miedo.
Se alejará.
Los llantos y gemidos de dolor me hacen hacer una mueca, suelto sus manos poco a poco, listo para volverla a sujetar por si me ataca, pero no es así. Simplemente me observa con ese bello color inocente.
Salgo de encima de ella, le tomo sus manos y las guio alrededor de mi cuello, Gardenia no duda en abrazarme y acomodarse sobre mi regazo, al tener mis piernas extendidas ella tiene todo el espacio que quiera para acomodarse. Sonrío de lado, acariciando su largo cabello mientras que con la zurda le acaricio el muslo, es como una niña mimada y me gusta esta faceta de ella. Es la hermana mayor, pero dudo mucho que sea por tantos años, tal vez dos años o uno más que Petunia, seguramente sus padres se enfocaron en la nena. En la bebé.
Mi pobre Gardenia fue echa a un lado, estoy seguro de que ella se esforzó muchísimo por la atención de sus progenitores, y por eso Petunia comenzó a odiarla. Vaya caso más cliché.
— ¿Joaquín? —mi nombre adornado con el tono de su voz me hace cerrar los parpados, suena tan bien.
— Padezco de esquizofrenia —su cuerpo se tensa, por lo que altera muchísimo a los que gritan dentro de mi cabeza. Respiro hondo, el aroma del champo llenando mis pulmones—, además de que soy un sádico —Gardenia crea distancia entre nuestros cuerpos colocando sus manos contra mis hombros, voltea a todas partes antes de fijar su atención entre el espacio que hay entre nuestros cuerpos. Parpadea confundida, antes de volver su atención a mí—. ¿En qué piensas?
— Que debí haberte matado cuando estabas dormido.
— Sí, debiste.
— ¿Algo más que deba saber del sádico loco que me ha comprado?
— Sufro de ataques de ira, muy fuertes. En un parpadeo todo está bien y al siguiente ya todo está lleno de sangre.
— ¿Has ido con algún psicólogo? —un poco dudosa lleva sus manos a mi rostro, acunándolo y me odio por derretirme ante el gentil tacto— ¿Algún terapeuta? Pueden ayudarte.
— No pueden.
— Si no has ido, no puedes…
— He ido, mis padres me llevaron en cuanto se me fue diagnosticado y sólo drogaron mi cuerpo, mantuvieron mi cerebro adormecido y llenaron de odio mi corazón.
— ¿Tus padres…?
— Ellos creen que estoy curado y deben seguir creyéndolo, ¿de acuerdo? —asiente, soltando mi rostro para apoyar las manos contra mi pecho— Bien.
— Entonces —empieza después de varios segundos en silencio—, ¿mi hermana evita que te den ataques de ira y calla esas voces?
— Los ataques de ira suceden sí o sí. Lo que hace Petunia es que mi cabeza este en calma.
Ella asiente, respira hondo y suspira, luciendo tranquila ahora que tiene bajo su poder información que puede ser o no valiosa. Llevo mi diestra bajo su barbilla, instándola a atraerlo al mío. Quiero volver a besarla. Los gemidos de necesidad me impulsan a cortar la distancia que queda por el añorado contacto de sus labios contra los míos, pero es la palma de su siniestra quien me recibe.
— ¿Realmente quieres besarme después de admitir que has estado con mi hermana? —frunzo el ceño y ella arquea una ceja— ¿Eres el hijo menor? Te han consentido demasiado.
No he obtenido un beso de ella, por lo que hace a los de mi cabeza lamentarse, pero cuando ella sonríe radiante, nos roba un suspiro a todos.
Estamos perdidos.
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