El barranco se cernía ominosamente sobre Zaida mientras su pie resbalaba. Su cuerpo se precipitó al vacío, y el viento rugió en sus oídos. La sensación de caída libre le paralizó el corazón por un instante, el suelo rocoso acercándose peligrosamente. Pero justo en ese momento crítico, Anika, convertida en una majestuosa águila blanca, se lanzó en picado, atrapándola con sus garras con una precisión sobrenatural.
Anika, convertida en una majestuosa águila de plumaje níveo, descendió en picada. Sus garras se cerraron firmemente alrededor de Zaida, atrapándola en el último instante. El impacto del agarre hizo que el aliento de Zaida se escapara en un jadeo, pero el alivio fue inmediato. Anika batió sus alas con fuerza, reduciendo la velocidad de la caída y desviándose hacia una zona más segura.
A medida que descendían, Anika volvió a transformarse en pleno vuelo. Su cuerpo cambió, adoptando la forma de un tigre albino, y Zaida aterrizó suavemente sobre su lomo. Con una agilidad sobrehumana, la bestia corrió a través del bosque, sus patas amortiguando cada impacto. Los árboles pasaban fugazmente a su alrededor mientras se dirigían a un refugio.
Zaida se aferró al pelaje de Anika, su mente todavía asimilando lo que había ocurrido.
—Una cueva… necesitamos ocultarnos —susurró Zaida.
Anika no necesitó más indicaciones. Detectó un rincón apartado y se adentró en una cueva semioscura. Dentro, la penumbra y la quietud les ofrecieron un respiro. Zaida se deslizó de la espalda de Anika y tomó aliento, sintiendo su corazón aún latiendo con fuerza.
Afuera, las voces de los guardias y los gritos de Indes llenaban el aire. El enfrentamiento estaba ocurriendo tal y como lo habían planeado. Zaida se acercó a la entrada de la cueva, espiando con cautela. Pudo ver a Indes rodeada por los guardias y a Elara acusándola con firmeza.
—El plan está funcionando… —murmuró Zaida con un deje de satisfacción.
Pero su alivio duró poco.
De repente, Anika levantó la cabeza, olfateando algo extraño. Un sonido sutil resonó en la cueva.
Zaida no lo percibió de inmediato, demasiado concentrada en lo que ocurría afuera. Pero Anika gruñó, sus ojos fijos en la oscuridad.
—Guarda silencio —susurró Zaida, intentando calmarla.
Pero Anika no hizo caso. Sus orejas se movieron ligeramente, captando algo más profundo en la cueva.
—¡Anika, silencio! —repitió Zaida con más firmeza, girándose hacia su compañera.
Anika tenía la vista fija en otra dirección. Zaida siguió su mirada y, con sorpresa, vio al Príncipe Cassian, quien se encontraba en la cueva. Zaida se sobresaltó, retrocediendo un paso.
—¡Cassian! —exclamó, su voz un susurro ahogado.
El Príncipe Cassian, con una sonrisa despreocupada en el rostro, alzó las manos en gesto de paz.
—¡Qué coincidencia encontrarte aquí, Zaida! —dijo con ligereza, pero su mirada pasaba de Zaida al enorme tigre que gruñía con advertencia.
Anika estaba lista para atacar.
Cassian tragó saliva y levantó aún más las manos.
—No esperaba encontrarme con… esto —murmuró, señalando a Anika con la mirada.
Zaida se colocó frente a su compañera, extendiendo una mano hacia ella.
—Anika, tranquila. Cassian no dirá nada… ¿verdad? —dijo, dirigiéndole una mirada firme al Príncipe.
Cassian, aún impresionado. —Por supuesto, no diré nada… pero, Zaida, ¿tienes idea de lo que posees? —dijo, con los ojos aún fijos en Anika.
Zaida lo miró sin entender. —¿A qué te refieres? —
Cassian entrecerró los ojos, inspeccionando el collar en su cuello. —Siempre pensé que los collares de las bestias divinas eran solo mitos… pero tú tienes uno, y no es cualquiera. —
Zaida siguió la mirada de Cassian y tocó el collar inconscientemente. —¿Sabes sobre ellos? —
—He escuchado historias —dijo Cassian, con un tono más serio—. Es increíble. —
Anika dejó de gruñir, pero sus ojos seguían fijos en Cassian, evaluándolo. Lentamente, su cuerpo se transformó, regresando a su forma humana. Cassian la observó con genuino asombro.
Anika lo observó detenidamente antes de volver a su forma humana. Su mirada seguía seria, evaluándolo.
—Espero que cumplas tu promesa, Cassian —murmuró con voz contenida.
Cassian no pudo evitar fijarse en la transformación, en el collar resplandeciente que colgaba del cuello de Zaida. Su sorpresa era evidente.
Zaida evitó la mirada de Cassian y volvió a espiar afuera. La conmoción continuaba, pero el camino ya estaba despejándose.
—Parece que todo ha salido bien —murmuró.
Cassian cruzó los brazos, inclinando la cabeza con curiosidad.
—¿Qué estabas haciendo, exactamente?
Zaida le lanzó una mirada divertida.
—Deshaciéndome de una sirvienta.
Cassian arqueó una ceja y sonrió con diversión.
—Vaya, creí que eras más dulce.
Ella rió suavemente.
Cassian suspiró y estiró los brazos.
—Bien, ¿Puedo salir ahora?
—No, todavía no —respondió Zaida rápidamente—. No hasta que se hayan alejado con Indes.
Cassian suspiró dramáticamente.
—De acuerdo, de acuerdo.
Se sentó en una roca dentro de la cueva, observando a Zaida con renovada curiosidad.
—¿Cómo es que estás aquí? ¿No deberías estar con William?
Zaida asintió.
—Pedí permiso para ver A mis hermanas.
—Sobre lo que te pasó… —Cassian la estudió—. Veo que estás bien.
Zaida sonrió levemente, pero su voz fue sincera.
—A veces aún tengo dolores internos… pero ya estoy mejor.
Cassian la miró con preocupación. —¿No tienes ninguna marca o cicatriz de las quemaduras?
Zaida señaló a Anika. Cassian comprendió de inmediato.
—Ah, fuiste tú quien la curó —dijo, mirando a la Bestia Divina—. He oído sobre esa especie de magia.
Anika se mantuvo en silencio, simplemente asintiendo.
Cassian la observó unos segundos más antes de suspirar.
—Está bien, esperaremos un poco más.
Zaida se acomodó mejor en la cueva. Afuera, la noche comenzaba a caer, y con ella, el cierre de su plan.
***
Indes había sido expulsada del Palacio. Tuvo suerte de que William no la mandara ejecutar, como hizo con la anterior infiltrada, Serafina. Esa misma noche, sin un lugar al que acudir, corrió hacia el Palacio de Rowan, conocido por su desenfrenada lujuria y sus interminables fiestas privadas. Allí, en su alcoba, el Príncipe se encontraba rodeado de mujeres semidesnudas, reclinadas a su lado como si fuesen parte del mobiliario.
Lucian irrumpió sin anunciarse, cortando en seco la música y las risas.
—Indes está fuera del Palacio —informó con firmeza.
Rowan bufó con desgano y levantó una mano perezosa. —Váyanse todas —ordenó.
Las mujeres se dispersaron como sombras, sabiendo cuándo era mejor no estar presentes. Rowan se estiró en su trono improvisado y miró a Lucian con desdén.
—Hazla pasar.
Lucian asintió y, segundos después, arrastró a Indes hasta el centro de la sala. La obligó a arrodillarse. Ella bajó la cabeza, temblando visiblemente.
—Puedes retirarte —dijo Rowan, sin mirar a su sirviente.
Cuando quedaron solos, el Príncipe la observó con indiferencia.
—¿Qué pasó?
—Me tendieron una trampa —susurró Indes—. Fui expulsada del Palacio injustamente. Yo... sólo seguía órdenes.
Rowan ladeó la cabeza, como si evaluara un objeto dañado.
—Ven aquí —le indicó, señalando sus piernas.
Indes se levantó con torpeza y se sentó en su regazo. Él enredó sus dedos en un mechón de su cabello.
—Dame los detalles.
Ella le narró todo: la miel, las acusaciones, la caída de Zaida... Su voz se quebraba por momentos, y cada palabra parecía más inútil que la anterior. Cuando terminó, Rowan se inclinó hacia ella con una sonrisa perversa.
—Pobrecita.
Su tono sarcástico heló la sangre de Indes.
—¿Qué voy a hacer contigo...? —le susurró al oído, su voz tan dulce como un cuchillo deslizándose bajo la piel.
Ella intentó alejarse, pero él la sujetó con más fuerza.
—¿Qué voy a hacer contigo? —repitió, esta vez con rabia, tirando de su cabello con violencia.
Indes jadeó de dolor.
—¡Puedo servirle, amo! —gimió—. Haré lo que quiera, lo juro...
Rowan la miró con una expresión vacía. Luego, lentamente, le quitó el listón del cabello. Los mechones cayeron como una cascada oscura sobre sus hombros. Ella se quedó rígida, conteniendo la respiración.
—Si no serviste para eso... no sirves para nada más —dijo, y comenzó a atar el listón alrededor de su cuello.
Indes forcejeó, sus dedos buscando soltarse, pero era inútil. El aire se fue, la oscuridad la abrazó y el mundo se desvaneció.
Cuando su cuerpo quedó inerte a sus pies, Rowan se puso de pie como si no hubiera pasado nada.
Salió de la habitación, donde Lucian ya lo esperaba.
—Deshazte del cuerpo —ordenó sin mirarlo.
Lucian asintió con la frialdad de quien ya ha hecho esto antes.
—¿Y la hermana?
—Véndela a un burdel —respondió Rowan con indiferencia—. Aquí no nos sirve.
Y sin más, regresó a su lecho, como si acabara de deshacerse de una prenda desgastada.
...----------------...
La luna brillaba intensamente en el cielo mientras Anika, en su forma de tigre, llevaba a Zaida sobre su lomo. Cassian cabalgaba a su lado en su caballo. Ambos se dirigían de regreso al Palacio, pero Zaida no podía dejar de pensar en las palabras que Cassian le había dicho unas horas antes. La tensión de los eventos recientes comenzaba a disiparse, reemplazada por una sensación de camaradería naciente, pero, al mismo tiempo, algo en su interior seguía inquieto.
Había llegado al Imperio de Thaloria con sueños rotos. Al principio, todo había sido una lucha por sobrevivir. No podía olvidar a su amiga, aquella mujer que había llegado con ella, la única persona en quien confiaba. Pero aquella amiga había muerto poco después de llegar, víctima de la crueldad y la indiferencia de este Imperio. Desde entonces, Zaida había considerado irse. El Palacio no era un hogar, no era un refugio, solo un lugar de intriga y peligro. No confiaba en nadie, especialmente en un lugar gobernado por la ambición y el desdén. Pero algo había cambiado en los últimos días. Algo que ni ella misma lograba comprender del todo.
Anika caminaba a su lado con una presencia imponente y, al mismo tiempo, tranquilizadora. La bestia había sido su protectora, su amiga más leal, la única constante en su vida. Pero, aunque sentía una profunda gratitud por todo lo que Anika había hecho por ella, también comenzaba a darse cuenta de que tal vez, solo tal vez, había más en este Imperio que la frialdad y el sufrimiento.
—Nunca pensé que vería algo así —comentó Cassian, rompiendo el silencio. Su tono era suave, pero lleno de fascinación—. Ver a Anika transformarse… es algo que no olvidaré jamás.
Zaida acarició la cabeza de Anika con afecto, como si su presencia misma pudiera calmar la tormenta dentro de ella.
—Es un secreto que hemos guardado desde que llegamos a este Imperio. Anika no es solo una compañera; es parte de mí —dijo, su voz suave pero llena de convicción.
Cassian asintió, pensativo, su mirada fija en Anika.
—Es impresionante —respondió, la admiración clara en su voz.
Zaida no dijo nada más durante un largo rato, permitiendo que la quietud del bosque envolviera a los tres. Pero, al igual que la luna que iluminaba su camino, las palabras de Cassian seguían brillando en su mente. “Un lugar seguro, libre de esclavitud”, había dicho. Un lugar donde las personas podían tomar sus propias decisiones. Esa promesa de libertad, esa idea tan ajena a su vida cotidiana, comenzó a calar en Zaida. ¿Qué pasaría si pudiera vivir en un lugar así? Un lugar donde no fuera vista solo como una sirvienta, donde pudiera ser algo más, algo más que una sombra en los pasillos del Palacio.
De repente, Zaida rompió el silencio.
—¿Cómo se conocieron? —preguntó, mirando a Cassian, curiosa.
Cassian sonrió con nostalgia.
—Lo encontré cuando era un potrillo. Había sido abandonado y estaba muy débil. Lo cuidé hasta que se recuperó. Desde entonces, hemos sido inseparables. A veces siento que puede leer mis pensamientos —respondió, una mirada cálida en sus ojos mientras observaba a su caballo, Relámpago, quien caminaba al paso de Anika.
Zaida asintió lentamente, comprendiendo la conexión especial que existía entre ellos. De alguna manera, sentía que había algo muy similar entre Cassian y su caballo, y lo que ella compartía con Anika. Un vínculo inexplicable, una relación que iba más allá de la comprensión humana. Un vínculo que, de alguna forma, también la unía al mismo Imperio que había llegado a temer.
—Mi familia… —dijo Cassian de repente, la expresión en su rostro cambiando ligeramente—. Es muy tradicional, como todo en mi Reino. Desde niño me prepararon para la vida política y las responsabilidades de la realeza. Pero hay algo que me ha molestado desde que llegué aquí…
Zaida lo miró, sintiendo que había algo más en sus palabras, algo que no estaba siendo dicho completamente.
—¿Qué cosa? —preguntó, sintiendo una curiosidad creciente.
Cassian se quedó en silencio durante un momento, antes de continuar.
—Cuando éramos jóvenes, mi prima Ariadne y yo hablábamos sobre nuestros reinos y los sirvientes. Le conté que, en el mío, los sirvientes no eran esclavos en el sentido estricto. Recibían salario y podían decidir si quedarse o irse. Después de esa charla, Ariadne empezó a pagar a sus sirvientes… los llamó empleados. Me sentí orgulloso de haber influido en algo así.
Zaida lo miró, sorprendida. Algo en su interior se removió. En el Imperio de Thaloria, la esclavitud era una institución arraigada, una regla inquebrantable. La idea de que existiera un lugar donde las personas pudieran decidir su destino le parecía un sueño imposible. Pero Cassian hablaba de ello como si fuera algo normal, algo que estaba al alcance de la mano.
—¿William te da dinero por tu trabajo? —preguntó Cassian, de repente.
Zaida negó con la cabeza.
—No. Pero Ariadne me dio monedas antes de enviarme a servirle. A veces pienso en eso… en cómo sería vivir en otro lugar —admitió, con una leve sombra de melancolía en su voz.
La idea de un Reino donde las personas pudieran elegir su destino comenzaba a tomar forma en su mente, como una visión lejana pero deseable. ¿Sería eso posible? ¿Sería posible vivir en un lugar donde no tuviera que temer por su vida o por la de sus hermanas?
—Sea como sea, siempre tendrás un lugar seguro allá. Lo prometo —dijo Cassian, interrumpiendo sus pensamientos.
Zaida lo miró, tocada por su sinceridad. Por primera vez, sentía que tenía una opción más allá del destino que otros habían trazado para ella.
—Gracias, Cassian. Es bueno saber que tengo un amigo en quien confiar —respondió, su voz suave pero llena de gratitud.
...***...
En el Palacio de William, la noche avanzaba. Indes, antigua doncella y traidora, había sido juzgada por sus actos. William sabía que era una infiltrada de Rowan y, aunque en el pasado había ejecutado a otros espías, como Serafina, esta vez tomó otra decisión: la expulsó de su Palacio. Sabía que su destino en manos de Rowan sería castigo suficiente.
Luego de firmar su orden de expulsión, William volvió a sus aposentos, pero Zaida no estaba allí.
—¡Letio! —llamó con firmeza desde la puerta—. ¿Dónde está Zaida? ¿No ha regresado de visitar a sus hermanas?
Letio se apresuró a responder.
—No, mi señor. No ha vuelto aún.
Con el ceño fruncido, William fue personalmente a buscarla. Al llegar a los dormitorios donde vivían las criadas, solo encontró a Sophia y Elara.
—¿Dónde está Zaida? —preguntó, con tono impaciente.
Las hermanas apenas alcanzaron a abrir la boca cuando Zaida apareció tras él, llevando un pequeño manojo de hierbas en las manos.
—Salí a recoger esto para preparar té —dijo, usando la sugerencia de Cassian como excusa.
Anika, invisible para William pero no para sus hermanas, sacudía con fastidio las hojas de su cuerpo y el cabello, lo que dejó a Sophia y Elara perplejas. Era la primera vez que la veían tan cercana de William… sin que William lo notara.
Él, ajeno a todo eso, asumió que las hierbas eran para él. Su expresión se suavizó.
—Gracias, Zaida. Y tú, Elara… gracias por identificar a una ladrona dentro de mi Palacio. Serás recompensada.
Elara se quedó sin palabras.
—Es un honor, mi señor.
—Letio —ordenó William—, entrégale cien drakenes.
El sirviente asintió con rapidez. Los drakenes eran monedas de alto valor; cien de ellas representaban una fortuna para una criada.
Elara hizo una reverencia, conteniendo la emoción.
—Gracias… esto es más de lo que podría haber soñado.
Zaida sonrió al verla tan feliz. William captó su expresión y, sin decirlo, se sintió satisfecho de haberle dado un motivo para sonreír.
—Lo tienes merecido —dijo, con una leve sonrisa en los labios—. Ahora, todos a descansar.
Mientras los demás se dispersaban, Zaida y William caminaron juntos hacia sus aposentos. La noche aún guardaba secretos, pero por el momento, la calma reinaba sobre el Palacio.
Pero momentos antes, a lo lejos, Zaida vio a William preguntando por ella, y algo dentro de ella cambió. Algo sutil, casi imperceptible, pero lo suficientemente fuerte como para recordarle que, aunque no lo entendiera por completo, ella ahora se estaba encargando de William. Y quizás, podría encontrar su lugar en este Imperio después de todo.
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Comments
Mary Salazar
anika que hermosa /Smile//Smile//Proud//Proud//Proud/
2024-12-25
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