Por un instante, Zaida sintió una calidez reconfortante. Ese vínculo entre ellas era algo que jamás podría romperse.
Pero entonces, Anika se tensó. Su cuerpo se quedó rígido y su mirada se desvió hacia la puerta. Rápidamente se transformo en humana.
—Alguien viene —murmuró.
Zaida parpadeó, sin comprender de inmediato.
Antes de que pudiera preguntar, la puerta se abrió y William entró con paso firme.
Zaida sintió su cuerpo congelarse. William se detuvo en seco al verla. Su mirada se deslizó por su rostro, recorriendo cada centímetro de su piel… intacta.
Su mandíbula se tensó. Estuvo al borde de la muerte. Ahora no había ni una cicatriz.
—¿Cómo…? —comenzó a preguntar, pero Zaida, que ya esperaba su reacción, se apresuró a responder.
—Fue gracias a la medicina de dónde vengo —dijo con firmeza.
William no desvió la mirada. Su expresión se volvió más fría.
—¿La medicina? Pero... ¿Cómo? —repitió con escepticismo.
Zaida asintió. No podía dejar que sospechara de Anika.
—Sí… aunque también fue gracias a su medicina, mi señor. Gracias a usted, he podido recuperarme más rápido.
William entrecerró los ojos. Algo no cuadraba.
Zaida le sonrió, queriendo desviar el tema.
—Le agradezco mucho por todo lo que hizo por mí.
William sintió una punzada de frustración. Quería seguir cuestionándola, pero ella no le daba espacio para hacerlo.
Antes de que pudiera insistir, la puerta volvió a abrirse.
Letio entró con expresión seria. Dos guardias reales lo seguían de cerca.
—Alteza, ha llegado un mensaje del Emperador —anunció Letio, extendiéndole un pergamino lacrado con el sello imperial.
William frunció el ceño. Rompió el sello y leyó rápidamente el contenido.
Zaida observó su expresión endurecerse con cada palabra.
—Debo partir al Castillo. Mi padre me ha convocado —anunció finalmente.
Letio inclinó la cabeza en señal de respeto.
William volvió a mirar a Zaida. No olvidaba lo que había visto… pero ahora tenía otro asunto que atender.
—Regresaré más tarde.
Zaida aprovechó el momento para hacer una petición.
—¿Puedo ir a ver a mis hermanas?
William la observó por un instante antes de asentir.
—Haz lo que quieras.
Y con eso, salió de la habitación, seguido por Letio y los guardias.
Zaida soltó un suspiro de alivio, pero Anika la miró con severidad.
—No podra ocultarle la verdad por mucho tiempo.
Zaida la ignoró por ahora. Tenía otro asunto que atender.
...***...
Zaida se dirigió al área de lavado, donde solía encontrarse con sus hermanas. Sin embargo, antes de que pudiera hablar, Sophia y Elara se quedaron inmóviles al verla.
Las expresiones de ambas pasaron de la sorpresa al desconcierto.
—Zaida… —susurró Elara, dando un paso hacia ella con el ceño fruncido—. ¿Cómo es posible?
Sophia tardó un momento más en reaccionar, pero cuando lo hizo, su incredulidad era evidente.
—Tus manos… tu rostro… —murmuró, acercándose más—. Estabas cubierta de quemaduras.
Elara entrecerró los ojos con suspicacia.
—No hay ni una sola cicatriz… —dijo con voz baja—. ¿Cómo te curaste tan rápido?
Zaida tragó saliva, sintiendo el peso de sus miradas.
—Me dieron medicina —dijo al principio, pero al ver que ninguna de sus hermanas parecía convencida, suspiró—. Está bien. Se los contaré, pero en privado.
Sophia y Elara intercambiaron una mirada y asintieron con seriedad.
—Vayamos a la habitación —propuso Sophia.
Una vez dentro, Zaida cerró la puerta y tomó aire antes de hablar.
—Lo que voy a contarles… no puede salir de aquí —advirtió con voz firme.
Sus hermanas se inclinaron un poco hacia adelante, expectantes.
Zaida llevó una mano a su cuello y deslizó con cuidado el collar que llevaba puesto, sosteniéndolo frente a ellas.
—Este collar… no es un simple adorno —susurró.
Las miradas de Sophia y Elara se ensancharon al verlo.
—¿El Príncipe te lo dio? —preguntó Sophia con asombro.
—También han comenzado a correr rumores sobre ti y el Príncipe William —añadió Elara, cruzándose de brazos. —Dicen que le estás gustando.
Zaida sintió su cuerpo tensarse. ¿Rumores?
Sophia la miró con curiosidad.
—¿Es cierto? ¿Te estás acercando a él?
Zaida tragó saliva. ¿Cómo responder a eso? Sabía que William se comportaba de una forma diferente con ella, pero la idea de que alguien más lo hubiera notado… era inquietante.
—El Príncipe ha sido amable conmigo, pero eso no significa nada —respondió Zaida, queriendo zanjar el tema.
Elara chasqueó la lengua, no muy convencida.
—Si eso fuera cierto, ¿por qué te ha permitido quedarte en su habitación cuando estabas herida? Ninguna otra sirvienta tiene ese tipo de privilegios —señaló con una mirada penetrante.
Zaida abrió la boca para responder, pero no encontró las palabras.
Sophia, más pragmática, suspiró y expresó un pensamiento que la hizo sentir aún más incómoda.
—Si lograras conquistar al Príncipe, nuestras vidas mejorarían. Ya no seríamos esclavas. Ya no sufriríamos por culpa de Indes.
Elara asintió con convicción.
—Piénsalo, Zaida. Una oportunidad como esta no se presenta dos veces.
Zaida exhaló con cansancio, sintiendo que la conversación se desviaba a un terreno peligroso.
—No quiero riquezas ni poder —dijo con firmeza—. Solo quiero protegerlas a ustedes.
Elara suspiró, pero al ver la determinación en los ojos de Zaida, decidió no insistir más.
—Está bien —concedió—. Pero si realmente quieres protegernos, entonces debemos deshacernos de Indes.
Zaida asintió lentamente, con el peso de la decisión sobre sus hombros.
—Sí. Pero esta vez lo haré bien. En realidad, el collar lo encontré el día que la Princesa Ariadne me rescató.
Elara frunció el ceño, confundida.
—Entonces... ¿Qué tiene que ver el collar con lo que te pasó?
Zaida miró a Anika, que permanecía en silencio en una esquina. Sin dudarlo, le hizo un gesto.
—Muéstrate.
Anika obedeció.
Apareció en su forma humana con gracia y elegancia, de cabello blanco y gema roja en su frente, en un abrir y cerrar de ojos.
Elara y Sophia se quedaron sin aliento.
Podían verla.
—Es… ¿Una Bestia Divina? —susurró Elara, recordando las antiguas leyendas.
Sophia se llevó una mano a la boca, su mente procesando lo que acababa de suceder.
—Zaida… ¿Cómo en las historias, que solo el portador la puede ver?
—¿En verdad podías verla? —dijo Elara.
Zaida respiró hondo antes de responder.
—Porque es mi guardiana.
El silencio en la habitación se volvió abrumador.
Elara, aún atónita, fue la primera en reaccionar.
—Entonces… ¿fue ella quien te curó?
Zaida asintió lentamente.
—Sí. Ella absorbió mis heridas.
La incredulidad de Sophia se intensificó.
—Pero… eso no tiene sentido. Si tú estabas al borde de la muerte.
Zaida miró el brazo cubierto de Anika.
—Las quemaduras que debieron haber quedado en mí… ahora están en su brazo.
Sophia dirigió su mirada al brazo cubierto de Anika.
—¿Bajo esa armadura… están tus heridas?
Zaida asintió.
Elara palideció.
—Eso es…
—…una locura —completó Sophia en un susurro.
Instintivamente, sus ojos viajaron hacia el rostro inexpresivo de Anika.
Elara, aún conmocionada, se aferró a la cama con ambas manos.
—Pero… ¿por qué? —preguntó, con la voz cargada de desconcierto—. ¿Por qué haría algo así por ti?
Zaida sintió que su garganta se cerraba ligeramente. Ella también había hecho esa pregunta.
—Porque es mi aliada —dijo con firmeza, recordando las palabras de Anika.
Anika no dijo nada.
Pero su mirada se suavizó al escuchar esas palabras.
Sophia y Elara intercambiaron una mirada. Sus mentes aún trataban de procesar lo que acababan de descubrir.
Finalmente, Sophia suspiró y se recargó contra la pared, con la mente aún revuelta.
—Esto… esto cambia muchas cosas.
Zaida frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
Sophia se pasó una mano por el rostro, intentando ordenar sus pensamientos.
—Si tienes a una Bestia Divina de tu lado… Indes ya no es una amenaza.
Elara asintió lentamente, la chispa de una idea comenzando a formarse en su mente.
—Si es tan poderosa, entonces deberíamos usarla para deshacernos de Indes.
Anika se tensó.
La palabra "usar" resonó en su mente como un eco de su pasado.
Así la habían visto siempre. Un arma. Un medio. Nunca como algo propio.
Su mandíbula se tensó. Sabía que Zaida era diferente, pero… ¿qué pasaba si con el tiempo cambiaba? Si también la veía solo como un instrumento…
Las palabras de Elara seguían flotando en el aire.
Zaida sintió un leve malestar ante la forma en que lo dijo. "Usarla". Como si Anika fuera solo una herramienta para su beneficio.
Zaida suspiró y se dirigió a sus hermanas con calma.
—Anika no es solo una bestia poderosa. Ella me salvó. —Hizo una breve pausa y miró a Sophia y Elara.
Anika giró su rostro hacia Zaida, observándola con atención. Zaida no había notado su tristeza, pero sus palabras la habían tranquilizado de algún modo.
Sophia y Elara intercambiaron una mirada, comprendiendo la advertencia implícita en las palabras de su hermana.
Sophia miró a Anika con cierta precaución, pero con algo más de respeto esta vez.
—Está bien —cedió Sophia—. Entonces, ¿cuál es el plan?
Zaida sonrió ligeramente.
—Vamos a asegurarnos de que Indes no pueda hacernos daño nunca más.
Juntas, comenzaron a idear el plan.
...***...
El eco de los pasos resonaba en los pasillos del Castillo Imperial mientras William avanzaba con paso firme. El mensaje de su padre había sido claro: su presencia era requerida de inmediato.
A mitad del pasillo, una figura imponente apareció frente a él.
El Emperador Magnus lo observó con su característico porte severo, su expresión difícil de leer.
—Has llegado rápido —comentó, con un tono que no dejaba claro si era un cumplido o una simple observación.
—Su carta decía que era urgente —respondió William con neutralidad.
El Emperador asintió y comenzó a caminar. William lo siguió sin hacer preguntas.
El silencio se extendió entre ambos, hasta que su padre habló.
—Dime, William, ¿cómo te llevas con Cecilia?
William mantuvo su rostro inexpresivo, pero internamente sintió una punzada de incomodidad.
—Es una mujer noble y respetable —respondió con frialdad.
El Emperador lo miró de reojo.
—Eso lo sé. Pero no pregunté por su estatus. Pregunté cómo te llevas con ella.
William tardó en responder. No quería mentir, pero tampoco quería admitir la verdad.
—Nos entendemos lo suficiente.
El Emperador soltó un leve suspiro, sin dejar de caminar.
—Sabes que la familia Lucian está esperando que fijes una fecha.
No era una orden, pero William entendió perfectamente el mensaje.
—Lo consideraré —respondió, manteniendo la compostura.
El Emperador no presionó más el tema. Ya sabía que su hijo haría lo que debía hacer.
—Ahora, tenemos un asunto más importante que discutir —continuó Magnus.
William lo miró con cautela.
—¿Sobre qué?
El Emperador se detuvo por un instante antes de continuar.
—Remesis.
La mención de su hermano hizo que William frunciera apenas el ceño.
—Cuando tome el trono —prosiguió el Emperador— necesitará a alguien en quien confiar.
William no respondió.
—Sabes que mi hermana se casó con un rey extranjero. — La voz de su padre se tornó más grave. — Crecí sin alguien en quien confiar completamente. Aprendí a navegar el poder solo.
El Emperador volvió a caminar, y William siguió su paso.
—No quiero que mi hijo pase por lo mismo.
William entendió lo que su padre estaba insinuando.
—Así que lo apoyaré desde el consejo —dijo, más como una afirmación que como una pregunta.
El Emperador lo miró de reojo.
—Serás la cabeza del consejo.
William no lo había esperado.
No mostró ninguna reacción, pero por dentro un sentimiento extraño lo invadió.
No era satisfacción. No buscaba el reconocimiento de su padre.
Pero tampoco era indiferencia.
El Emperador continuó caminando.
—Vamos. Es momento de que participes.
William no discutió.
Por primera vez, se sentaría en el Consejo Imperial.
...***...
Ambos continuaron caminando hasta llegar a las grandes puertas de la Sala del Trono. Cuando los guardias las abrieron, un murmullo se esparció entre los nobles y consejeros presentes.
Algunos cuchicheaban con discreción, pero sus miradas eran evidentes.
William los ignoró. Sabía lo que pensaban. No era hijo de la Emperatriz, sino de una concubina. Para muchos, no tenía derecho a estar en el consejo, pero su talento y posición lo mantenían en la sala.
El Emperador avanzó con paso firme hasta su trono. William se quedó unos pasos detrás de él, como correspondía a su rango.
—Comencemos —ordenó Magnus, con voz solemne.
Los murmullos se extinguieron al instante.
—Hoy discutiremos el problema que enfrenta el sur de nuestro Imperio. La sequía ha sido más severa de lo previsto y las cosechas están en riesgo.
Lady Anwen, la consejera más veterana, tomó la palabra.
—Majestad, nuestros informes indican que los cultivos se han reducido en un 40%. La población en esas regiones está sufriendo. Si la situación no mejora, habrá disturbios.
El Emperador asintió, pensativo.
—Lord Harren —llamó, dirigiéndose al consejero de finanzas—. ¿Podemos permitirnos una respuesta inmediata?
Harren asintió lentamente, midiendo sus palabras.
—Será un desafío, Majestad, pero podríamos ajustar el presupuesto. Si se aprueba, necesitaremos recortar ciertos gastos en otras áreas y reasignar recursos.
El Emperador se recostó en su trono, meditando las palabras de su consejero.
—Podemos hacer ajustes, pero no quiero que nuestro pueblo sufra más de lo necesario. Lady Anwen, asegúrate de que la distribución del grano sea equitativa. No permitiremos que unos prosperen mientras otros mueren de hambre.
—Como desee, Majestad —respondió la consejera con una inclinación de cabeza.
—También quiero que un grupo de expertos supervise personalmente las mejoras en los sistemas de riego —añadió Magnus, mirando a sus consejeros—. No podemos depender solo del cielo para garantizar el futuro de nuestro pueblo.
Un murmullo de aprobación recorrió la sala.
William, hasta ahora en silencio, se adelantó un poco.
—Si me permiten, tengo una sugerencia.
Todos giraron a verlo. Algunos nobles parecían molestos, pero otros estaban atentos.
—Si la sequía persiste, las reservas de grano no serán suficientes. En lugar de depender solo de las cosechas actuales, podríamos invertir en mejorar los sistemas de riego. Si enviamos un grupo de ingenieros al sur para construir canales de irrigación más eficientes, podríamos minimizar los daños a largo plazo.
Un murmullo recorrió la sala.
El Emperador Magnus miró a su hijo por un largo momento antes de hablar.
—Es una opción viable, pero costosa. Lord Harren, ¿podemos permitirnos este gasto adicional?
El consejero de finanzas asintió lentamente.
—Será difícil, pero si priorizamos el gasto, podemos hacerlo sin afectar otros sectores clave.
—Podemos hacer ajustes, pero quiero que se haga bien —ordenó Magnus—. Quiero a los mejores ingenieros en el sur antes de que termine la semana.
Lady Anwen dio un paso adelante.
—Majestad, si lo desea, puedo partir de inmediato para supervisar la distribución del grano y asegurarme de que los recursos lleguen a donde más se necesitan.
El Emperador asintió con satisfacción.
—Hazlo. Quiero informes diarios sobre el progreso.
La mujer hizo una reverencia antes de retirarse.
El Emperador Magnus enderezó la espalda y miró a los presentes con seriedad.
—Estos desafíos pondrán a prueba nuestra capacidad de liderazgo, pero confío en que, trabajando juntos, encontraremos una solución. Que nuestra prioridad sea siempre el bienestar de nuestro pueblo y la estabilidad de nuestro Imperio.
Con esas palabras, la reunión continuó mientras los consejeros comenzaban a discutir los detalles de la ejecución.
William se mantuvo en su lugar, consciente de que a pesar de las miradas y los murmullos, había logrado que su voz fuera escuchada.
Y, aunque su padre no lo dijo en voz alta, pudo notar que lo había aprobado.
***¡Descarga NovelToon para disfrutar de una mejor experiencia de lectura!***
Updated 154 Episodes
Comments