William le ordenó a Zaida que se quedara de rodillas en el patio hasta que él lo indicara.
Zaida permaneció en su posición, con la espalda recta y el rostro impasible, sin dar señales de debilidad. La fría brisa de la noche soplaba contra su piel, calando hasta sus huesos, pero no se movió ni un centímetro. Su determinación era inquebrantable.
A su lado, invisible para todos excepto para ella, Anika estaba de pie, observándola con una mezcla de preocupación y admiración. Su forma se mantenía firme, pero su energía mágica comenzó a envolver a Zaida en una cálida corriente que la protegía del frío cortante de la noche.
Zaida sintió aquel calor recorrer su cuerpo como un manto reconfortante. No era una sensación abrumadora ni obvia, sino una calidez sutil y envolvente, lo justo para que pudiera resistir sin que su cuerpo temblara.
Sin embargo, Zaida no levantó la mirada ni permitió que su alivio se hiciera evidente. Si Indes la veía cómoda o serena, probablemente encontraría una forma de aumentar su castigo. Así que mantuvo su expresión estoica, dejando que la mujer creyera que el frío estaba debilitándola.
Desde un rincón del palacio, Indes la observaba con una sonrisa satisfecha.
Para ella, ver a Zaida en una posición sumisa era una victoria. Un recordatorio de que, a pesar de su osadía, seguía siendo solo una doncella más, una que podía ser castigada como cualquier otra.
Aprovechando la oportunidad para mostrar su dominio, Indes decidió llevar la cena a William personalmente. Con paso orgulloso, se dirigió al estudio, su porte lleno de confianza y autoridad.
Desde su posición en el patio, Zaida la observó desaparecer en el interior del palacio, sintiendo un nudo de impotencia en su pecho. Apretó los puños.
Indes estaba jugando un juego peligroso, y aunque en este momento parecía estar ganando, Zaida sabía que el tiempo le daría la razón.
Aunque seguía de rodillas, con la fría piedra bajo ella, mantuvo su espíritu firme. No se dejaría vencer.
Sabía que la verdad eventualmente saldría a la luz.
Y con ella, llegaría la oportunidad de hacer justicia.
***
Días después, Zaida estaba de pie junto a William en el estudio, lista para atender cualquier necesidad que él pudiera tener. Sin embargo, su atención fue repentinamente desviada cuando un sirviente irrumpió en la habitación, susurrando apresuradamente algo al oído de Letio.
Con una expresión de urgencia, Letio se acercó a William y le informó en voz baja:
—Su Alteza, en la puerta del Palacio está la hija mayor del Duque Lucian, Cecilia.
William al escuchar esto miró a Zaida y le indicó:
—Encárgate de lavar los trapos con los que limpiaba mis pinceles. No te necesito aquí por ahora.
Zaida asintió en silencio y se retiró, dejando a los demás para atender a la visitante inesperada.
Mientras tanto, William salió del estudio para recibir a Cecilia, la prometida elegida por su padre, el Emperador.
Al llegar a la puerta, Cecilia hizo una reverencia, y William, cortésmente, tomó su mano y la condujo al interior del Palacio. Se sentaron juntos en el jardín, rodeados por la serenidad del paisaje.
—Vine a verte porque necesitaba hablar contigo sobre nuestro matrimonio —dijo Cecilia con voz suave.
William, sintiéndose incómodo, se excusó:
—Cecilia, sabes que tengo muchas responsabilidades que atender en este momento.
Con un toque de insistencia en su tono, Cecilia respondió:
—Pero ya estamos en la edad adecuada para casarnos, y has estado posponiendo esto durante mucho tiempo.
William reflexionó un momento antes de responder:
—Lo pensaré, Cecilia.
Sin embargo, Cecilia no estaba dispuesta a esperar más. Con determinación en su mirada, le recordó:
—No tardes demasiado, William. Recuerda que cuando tu hermano asuma el trono, tú pasarás a ser un simple duque. ¿Por qué no casarte conmigo de una vez? Juntos seríamos la cabeza de los nobles.
La presión para casarse con Cecilia era evidente y William se vio obligado a considerar seriamente su propuesta.
***
Cassian se deslizó con sigilo por el camino hacia el estudio de William, pero su paso se detuvo abruptamente al encontrarse con Zaida lavando trapos en el pequeño lago.
Se acercó lentamente, con la intención de asustarla, pero Anika, que estaba cerca, le advirtió que el Príncipe se aproximaba con sigilo.
Zaida, ajena a la situación, continuó con su tarea sin inmutarse por la presencia de Cassian.
Cassian se abalanzó con sigilo para asustar a Zaida, pero su intento resultó en un contratiempo cuando ella le aventó un trapo a la cara. Sorprendido, Cassian se rió, tomándolo como una broma.
—¡Qué grosera! —exclamó en tono juguetón.
Zaida, con calma, respondió:
—Lo siento, Príncipe. No fue mi intención. Me asusté un poco —dijo, encogiendo los hombros.
Cassian continuó riendo.
—Ya me habías escuchado que venía a asustarte, ¿verdad?
Zaida le lanzó una mirada divertida.
—Probablemente.
Después de la breve interacción en el jardín, Zaida y Cassian caminaron juntos hacia el estudio de William. Cassian aprovechó la oportunidad para hacerle una pregunta.
—¿De dónde eres, Zaida?
—Soy de un Reino muy lejano a este, llamado Aurelia.
Cassian asintió con interés.
—Yo soy del Reino de Esmiria —compartió.
Zaida, intrigada, preguntó:
—¿Y qué lo trajo aquí?
—Vine a estudiar aquí junto con mis primos.
Zaida río suavemente.
—¡Ah, así que es un estudiante! —exclamó con gracia. —Siempre está con el amo, en verdad, ¿estudia?
Cassian se unió a la risa de Zaida.
—No sabía que te habías interesado tanto en mí —bromeó.
Zaida, aún sonriendo, pasó de la risa a una expresión de sorpresa mientras continuaban su camino hacia el estudio de William.
***
Después de que Cecilia insistiera en la urgencia de su compromiso matrimonial, William sintió un ligero peso en el pecho. No era solo por la conversación en sí, sino porque, al levantar la vista, sus ojos se encontraron con Cassian y Zaida, quienes conversaban animadamente a lo lejos.
Zaida tenía una leve sonrisa en el rostro mientras hablaba con Cassian, y este parecía disfrutar la interacción, inclinándose ligeramente hacia ella con su característico aire despreocupado. William sintió una punzada de molestia, pero no dejó que se reflejara en su expresión. En lugar de eso, simplemente los observó de reojo, reprimiendo cualquier pensamiento que intentara traicionarlo.
Mientras tanto, Cassian notó la ausencia de William en su estudio y le preguntó a Zaida sobre su paradero.
—¿Dónde está William? —preguntó con curiosidad.
Zaida, aún sosteniendo el trapo húmedo con el que había estado limpiando, respondió con calma:
—Está en el jardín, reunido con una visitante.
—¿Visitante? —Cassian arqueó una ceja.
—Su prometida —agregó Zaida sin darle demasiada importancia.
Cassian chasqueó la lengua y se pasó una mano por el cabello, esbozando una sonrisa burlona.
—Bueno, esto se pondrá interesante.
Sin decir más, se encaminó hacia el jardín, con Zaida siguiéndolo a una distancia prudente.
Cuando llegó, vio a William sentado con Cecilia. La mujer tenía la espalda recta y una sonrisa encantadora en los labios, pero en su mirada había una clara expectativa, como si esperara algo de William. Cassian, con su usual desenfado, saludó con cortesía.
—Mi Lady Cecilia, qué sorpresa verla aquí.
Cecilia, al verlo, hizo una leve reverencia.
—Príncipe Cassian, es un placer verlo. Estaba justo por retirarme.
Cassian ladeó la cabeza con una sonrisa juguetona. —¿Tan pronto? ¿William ya logró aburrirla?
Cecilia rió con suavidad, pero William lo fulminó con la mirada.
—No la he aburrido —respondió William con un tono seco.
Zaida apareció detrás de William, manteniéndose en segundo plano, pero observando la interacción con discreción. Justo en ese momento, Indes llegó con una bandeja de bocadillos y té. Zaida frunció el ceño al verla. ¿Desde cuándo Indes se encargaba de traer los bocadillos? Aquello no tenía sentido.
William recibió la bandeja con cortesía, aunque no pasó desapercibido para él el hecho de que Indes estaba actuando de manera inusualmente servicial. Sin embargo, optó por no decir nada por el momento.
Cecilia, antes de irse, volvió a insistir en la fecha de la boda.
—William, espero que no tardes mucho en darme una respuesta. La boda debe ser organizada con tiempo.
William asintió sin comprometerse demasiado.
—Lo tendré en cuenta.
Cecilia hizo una reverencia y se retiró. Mientras se marchaba, Indes la observó de reojo. Hasta ese momento, había aspirado a convertirse en la sirvienta personal de William, pero si él se casaba, ese sueño se desvanecería. Su expresión se ensombreció por un instante antes de recomponerse.
Zaida, por su parte, también comenzaba a analizar cómo deshacerse de Indes. La mujer era una molestia y sabía que tarde o temprano intentaría aprovecharse de su posición.
Cuando Cecilia desapareció del jardín, Cassian dejó caer su cuerpo en un banco de piedra con un suspiro teatral.
—Así que… ¿qué piensas hacer al respecto? —preguntó, sin rodeos.
William no respondió de inmediato. Se tomó un momento antes de suspirar con pesadez.
—No me agrada este matrimonio arreglado —admitió—. No es por Cecilia en sí, sino por qué me obligan.
Cassian se cruzó de brazos, observándolo con interés. —Sabes que no puedes evadirlo para siempre.
—Lo sé —dijo William con seriedad—. Pero esto no es solo una cuestión de matrimonio. Se trata de política.
Cassian asintió, comprendiéndolo.
—El padre de Cecilia tiene un ejército poderoso —continuó William—. Es un hombre con ambiciones. Casarme con su hija es la única forma de garantizar que no se vuelva en contra del Imperio cuando Remesis tome el trono.
Cassian inclinó la cabeza, evaluando la situación.
—Entonces tu destino ya está sellado.
William apretó los labios, sin responder.
Cassian, viendo que el ambiente se estaba volviendo demasiado pesado, decidió cambiar de tema.
—Sabes —dijo con un tono más animado—, pronto se abrirá la feria en el Imperio. Tal vez deberías distraerte un poco y salir de este estado de reflexión constante.
William no mostró interés en la idea, pero Cassian no se desanimó.
—Vamos, habrá música, comida, juegos… quizás hasta una adivinadora que te diga el futuro de tu "hermoso matrimonio" —añadió con una sonrisa maliciosa.
William lo miró con fastidio, pero Cassian no se rindió.
—No digo que vayas a divertirte, pero al menos podrías aprovechar para ver cómo está el pueblo —continuó Cassian—. Si no te interesa la feria, piénsalo como una inspección encubierta.
William consideró la idea por un momento.
—Lo pensaré.
Cassian sonrió. —Eso es mejor que un no.
Se puso de pie, estirando los brazos.
—Bueno, supongo que es hora de irme. No quiero que Cecilia piense que estoy aquí para quitarle su futuro esposo.
William le lanzó una mirada fulminante, pero Cassian solo rió y se despidió con un gesto despreocupado.
Zaida observó la interacción entre ambos Principes en silencio, evaluando la situación con una mezcla de curiosidad y precaución. Aunque no entendía del todo la política de la nobleza, podía percibir que las cosas estaban lejos de ser simples.
William, por su parte, se quedó pensativo mientras observaba a Cassian marcharse. Las palabras de su primo rondaban en su mente. No podía ignorar las implicaciones de su matrimonio, pero tampoco podía dejar de pensar en la feria y en cómo eso podría distraerlo, aunque fuera por un momento.
***
La noche había caído sobre el estudio de William. La tenue luz de las velas proyectaba sombras alargadas en las paredes mientras él terminaba de revisar unos documentos. Zaida se mantenía a un lado, en silencio, esperando cualquier indicación, sin sospechar que la próxima orden la tomaría por sorpresa.
William dejó su pluma con un suave golpe sobre la mesa y exhaló un suspiro antes de levantar la mirada hacia ella.
—Zaida, cámbiate.
Zaida parpadeó, perpleja por la solicitud.
—¿Perdón?
William no repitió la orden ni se molestó en explicar. Se limitó a observarla con esa mirada impenetrable que siempre llevaba.
Zaida frunció el ceño, cruzándose de brazos.
—¿Por qué debería cambiarme, mi señor?
—No preguntes —respondió William con tono firme, aunque en su voz había un matiz enigmático—. Solo hazlo.
Zaida sostuvo su mirada un instante, intentando descifrar sus intenciones, pero pronto se dio cuenta de que no conseguiría una respuesta clara. Con un leve suspiro de resignación, hizo una reverencia y se retiró para cumplir la orden.
Cuando regresó, vestía un atuendo similar al que llevaba antes. Se detuvo frente a William con la misma postura recta de siempre, esperando su aprobación.
William la escaneó de arriba abajo con expresión impasible y, tras unos segundos de silencio, agitó la mano con impaciencia.
—No. Ponte otro.
Zaida entornó los ojos.
—¿Qué tiene de malo este?
—Letio, tráele otra opción —ordenó William sin responderle.
Letio, quien había estado observando la escena con una mezcla de interés y diversión, asintió y salió rápidamente de la habitación. Regresó al poco tiempo con un nuevo vestido en brazos.
Zaida tomó la prenda con escepticismo y se retiró para cambiarse una vez más.
Al regresar, vestía un vestido en tonos cálidos, entre cobre y ámbar, un color que resaltaba la intensidad de sus ojos color miel y contrastaba delicadamente con su piel.
William la observó por un momento, sin hacer ningún comentario. Su expresión permanecía igual de fría y seria que siempre, pero se tomó más tiempo del habitual en responder.
Zaida, ajena a cualquier posible reacción, ajustó ligeramente las mangas mientras miraba a Letio con una ceja arqueada.
—¿Ahora sí estoy aprobada?
Letio dejó escapar una risa baja, pero no respondió.
William, por su parte, se puso de pie y simplemente dijo:
—Sí. Vámonos.
Zaida parpadeó, sorprendida.
—¿Vámonos? ¿A dónde?
William tomó su capa negra del perchero y se la colocó sobre los hombros con calma.
—A la feria.
Zaida abrió la boca para protestar, pero la cerró rápidamente. No tenía idea de por qué la llevaba con él, pero si algo había aprendido en el poco tiempo que llevaba sirviendo a William, era que cuestionar sus decisiones solo la haría perder el tiempo.
En silencio, tomó su bolso, donde Anika, ahora en forma de pequeño ratón blanco, se deslizó ágilmente dentro sin ser vista. Solo Zaida podía verla, y aunque la criatura no dijo nada, podía sentir su curiosidad latente.
Suspiró y simplemente lo siguió en silencio, mientras Letio los observaba con una media sonrisa.
El aire fresco de la noche los envolvió en cuanto cruzaron las puertas del Palacio. Zaida, aún con dudas sobre el propósito de este paseo inesperado, miró de reojo a William, pero su expresión seguía siendo tan indescifrable como siempre.
El camino a la feria transcurrió en un silencio cómodo, cargado de una anticipación que Zaida aún no entendía del todo, pero que sin duda cambiaría el curso de la noche.
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Comments
Mary Salazar
cuáles hermanas ???
2024-12-24
0
Margarita Mamani
hermanas, cuáles?
2024-10-21
0
Nahyhani
Me gusto bastante! Estare esperando la actualización /Grievance/
2024-04-08
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