Días después, la curiosidad y la sospecha se apoderaron de Indes mientras observaba la escena desde la distancia. Con un aura de determinación, recorrió el palacio en busca de Sophia y Elara. Primero fue al área de lavado, luego a la cocina, pero en ambos lugares solo encontró criadas ocupadas en sus tareas diarias.
—¿Dónde podrían estar? —murmuró con creciente frustración.
Mientras avanzaba por los pasillos, su mirada captó un movimiento en el almacén. Con pasos sigilosos, se ocultó tras una columna y observó cómo Sophia salía del almacén con una vasija de barro en sus manos. La forma en que miraba a su alrededor, nerviosa, encendió las alarmas en la mente de Indes.
¿Qué trama ahora?
Con paciencia, esperó a que Sophia se alejara antes de seguirla a una distancia prudente. La vio atravesar los pasillos, salir al jardín trasero y adentrarse en una zona menos transitada. Indes, con el sigilo de una serpiente, la siguió, asegurándose de no ser descubierta.
Finalmente, Sophia se reunió con Zaida en un pequeño claro rodeado de árboles frutales. Intercambiaron unas palabras antes de que Sophia le entregara la vasija de barro. Desde su escondite, Indes entrecerró los ojos y observó cómo Zaida destapaba el recipiente. Un brillo dorado captó su atención.
Miel.
Indes reprimió una sonrisa. Sabía lo valiosa que era la miel en el palacio. Con este hallazgo, tenía todo lo necesario para incriminar a Zaida.
"Veremos cómo te libras de esto."
Siguió a Zaida mientras esta se alejaba del claro y se dirigía hacia una parte más boscosa del terreno. Finalmente, la vio detenerse cerca de un árbol, a pocos pasos del borde de un barranco. Con cuidado, Zaida comenzó a buscar un lugar donde esconder la vasija.
Era el momento perfecto.
Indes emergió de su escondite con una sonrisa maliciosa.
—¡Zaida! —exclamó, fingiendo sorpresa—. ¿Qué crees que estás haciendo?
Zaida se sobresaltó, casi soltando la vasija en el proceso. Su mirada se encontró con la de Indes y la tensión se hizo palpable.
—Indes... yo... solo estaba... —intentó explicar, pero la sorpresa y el miedo hicieron que las palabras se atascaran en su garganta.
Indes cruzó los brazos y la miró con fingida desaprobación.
—¿Esconder miel? —dijo con tono de burla—. ¿Sabes lo costosa que es en el palacio?
Zaida tragó saliva, obligándose a mantener la compostura.
—No es lo que piensas, Indes. Solo quería... guardarla para más tarde.
Indes arqueó una ceja, disfrutando del nerviosismo de Zaida.
—¿Guardar para más tarde? —repitió, con falso asombro—. Qué conveniente. Pero esto más bien parece robo. ¿Acaso Elara también está involucrada?
Zaida apretó los labios, sin saber cómo responder sin empeorar la situación.
Indes se acercó un paso más.
—¿Sabes qué haré ahora? —preguntó con una sonrisa cruel—. Se lo diré al Príncipe William. Estoy segura de que le encantará saber que su amada doncella es una ladrona.
El rostro de Zaida perdió color.
—Indes, por favor, no hagas esto —suplicó, su voz temblorosa—. No quiero problemas.
Indes soltó una risa seca.
—Los tendrás —afirmó con satisfacción—. De hecho, iré a informarlo ahora mismo.
Zaida sintió una punzada de desesperación y, sin pensarlo, cayó de rodillas.
—No, por favor. Te lo ruego.
Indes la miró con una mezcla de burla y desprecio.
—Si realmente quieres que guarde silencio... —dijo con una sonrisa venenosa—. Suplica como es debido. Besa mis pies y quizás, quizás, pida clemencia por ti.
Zaida sintió una oleada de indignación, pero su mente estaba atrapada entre la humillación y la desesperación.
—Indes... por favor... —susurró, sus ojos vidriosos por la impotencia.
Indes la observó con satisfacción. Tener a Zaida rogándole era un placer indescriptible. Sin embargo, su paciencia se agotó.
—Demasiado tarde, Zaida. Perdiste.
Se dio media vuelta, lista para marcharse.
Pero Zaida reaccionó de inmediato y la sujetó del brazo.
—¡No le digas a nadie! ¡Por favor!
Indes se soltó bruscamente con un empujón.
—¡Aléjate de mí!
Zaida tropezó hacia atrás. Su pie resbaló en la tierra suelta cerca del borde.
En el forcejeo, la vasija de miel se resbaló de las manos de Zaida y aterrizó en las de Indes.
Fue solo un segundo.
Un instante en que Zaida perdió el equilibrio, sintió cómo el suelo desaparecía bajo sus pies.
El tiempo pareció ralentizarse mientras Zaida caía.
Indes abrió los ojos con horror.
No… no era parte del plan.
El golpe seco de una rama rompiéndose la sacó de su trance. Su respiración se aceleró.
Fue entonces cuando el sonido de pasos apresurados la hizo girarse de golpe.
Elara apareció con dos guardias a su lado.
—¡Allí está! —gritó, señalando directamente a Indes—. ¡Se estaba robando la miel!
Indes, aún en shock, sintió que su estómago se hundía.
Los guardias la vieron sosteniendo la vasija y se acercaron con determinación.
—¡No es cierto! —exclamó Indes, aferrándose al recipiente—. ¡Zaida fue quien la estaba robando!
Elara frunció el ceño y dio un paso adelante.
—¿Zaida? —repitió con fingida confusión—. Pero… si ella no está aquí.
Indes parpadeó rápidamente, su mente procesando lo que acababa de decir.
Se le secó la boca. Un escalofrío recorrió su espalda.
Si admitía que Zaida había estado allí hace un momento, alguien preguntaría dónde se había metido. Si decía que había caído… ¿qué pasaría si la creían responsable?
Ya no había manera de librarse.
—E-ella… estaba aquí… —tartamudeó, sintiendo cómo el pánico se aferraba a su pecho.
Elara se cruzó de brazos y la miró con frialdad.
—No mientas, Indes. Lo vi con mis propios ojos como tú te robabas la miel.
Los guardias intercambiaron miradas y, sin dudarlo, uno de ellos le arrebató la vasija de las manos. El otro la sujetó con firmeza por los brazos.
—¡Suéltame! ¡Esto es un error! —gritó Indes, forcejeando.
—Vamos, Indes —dijo uno de los guardias—. Tienes que responder por esto ante el Príncipe.
Indes luchó con desesperación mientras la arrastraban.
—¡No es cierto! ¡No lo hice! ¡Deben creerme!
Elara la observó en silencio, sin moverse mientras se la llevaban.
Cuando finalmente desaparecieron en la distancia, se giró hacia el barranco con el corazón latiendo con fuerza.
Se acercó lentamente al borde.
El vacío le devolvió la mirada.
No había rastro de Zaida.
El miedo la atravesó un instante… pero luego, la comprendió.
El plan había funcionado.
Una sonrisa discreta se dibujó en sus labios.
Zaida estaba a salvo. Indes, atrapada.
Con un suspiro de alivio, se giró y se alejó, dejando que el viento del barranco arrastrara consigo los últimos vestigios de preocupación.
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Cecilia, la hija mayor del Duque Lucian, de la casa Winston, estaba sentada en su habitación, mirando por la ventana con una expresión de profunda reflexión. El sol del atardecer bañaba su rostro con una luz dorada, acentuando la tristeza en sus ojos. En el centro de la habitación, su tigre de bengala, Togor, descansaba con su majestuosa presencia, observando a su dueña con una mirada tranquila.
A su lado, su doncella personal, Livia, se acercó con una taza de té caliente, colocándola suavemente en la mesa junto a Cecilia. Livia había servido a Cecilia desde su niñez, y conocía bien los tormentos que afligían el corazón de su señora.
—Mi Lady, ¿qué le preocupa tanto hoy? —preguntó Livia, su voz suave y reconfortante.
Cecilia suspiró profundamente, apartando la mirada de la ventana para encontrarse con los ojos compasivos de su doncella.
—Es William, Livia. Mi compromiso con él parece ser una cadena más que un lazo de amor. A pesar de todos mis esfuerzos, no consigo que él me vea como algo más que una obligación. —
Antes de que Livia pudiera responder, la puerta se abrió y un hombre alto, de cabellos oscuros y porte imponente, entró con paso firme. El Duque Lucian Winston no era un hombre de muchas palabras, pero cuando hablaba, su voz resonaba con autoridad.
—Cecilia —dijo, sin rodeos—. Ya no podemos retrasar más este compromiso.
Cecilia apretó los labios y se puso de pie, enfrentando la mirada de su padre.
—Lo sé, padre. Pero William aún no ha fijado una fecha. No puedo obligarlo.
El Duque la observó con una mezcla de paciencia y determinación.
—No se trata de obligarlo, se trata de recordarle que su deber es más grande que sus deseos personales. La casa Winston ha esperado con paciencia, pero no podemos permitir que nos desplacen. Tu matrimonio con él no es solo una unión, es un pacto de poder, una alianza que debe cumplirse.
Cecilia asintió lentamente.
—¿Qué es lo que quiere que haga? —preguntó con calma, aunque la tensión en su voz era evidente.
Lucian la miró con severidad.
—Haz que vea el beneficio de esta unión. No le des opción a dudas. Si William no avanza, entonces nosotros lo haremos avanzar.
Con esas palabras, el Duque se giró y salió de la habitación, dejando a Cecilia con un torbellino de pensamientos.
Livia se acercó de nuevo.
—Tal vez es hora de que tome un enfoque diferente. Quizás en lugar de esperar que él tome la iniciativa, debe encontrar una manera de hacer que el matrimonio sea inevitable, algo que no pueda posponer más.
Cecilia frunció el ceño, considerando las palabras de su doncella.
—¿Y cómo podría lograr eso? No quiero que piense que estoy forzando su mano.
Livia sonrió con astucia.
—No se trata de forzar, mi Lady. Se trata de crear circunstancias en las que el matrimonio sea la opción más lógica y beneficiosa para todos. Recuerde que su familia es la más poderosa después de la familia real. Tiene un ejército a su mando y una gran influencia en la corte. Tal vez podría utilizar esos recursos para mostrarle a William que su matrimonio no solo es un deber, sino una alianza poderosa que fortalecerá a ambos.
Cecilia asintió lentamente, comenzando a entender.
—Tienes razón, Livia...
...***...
En los campos cercanos al Castillo…
El sol de la mañana bañaba los campos alrededor del Palacio con una luz dorada y cálida. Los príncipes Remesis y su primo Cassian cabalgaban a través de los prados, disfrutando del aire fresco y de la libertad que les ofrecía un paseo al aire libre.
Ambos montaban con habilidad, sus caballos respondiendo a cada movimiento con agilidad y elegancia.
—Es bueno estar de vuelta en el Imperio, Cassian —dijo Remesis, mientras guiaba su caballo junto al de su primo—. Acabo de regresar de vigilar la frontera. La situación está bajo control, pero siempre hay tensiones.
Cassian asintió, escuchando con atención.
—Debes estar agotado.
—Lo estoy, pero es mi deber. —Remesis sonrió levemente—. Y tú, ¿cómo te sientes aquí en el Imperio? ¿Estás cómodo?
Cassian reflexionó un momento antes de responder.
—Sí, me siento muy cómodo aquí. Pero, sinceramente, me pondré triste cuando mi padre me mande a llamar. He llegado a disfrutar de mi estancia aquí y de nuestra compañía.
Remesis asintió comprensivamente.
—Si eso llegara a pasar, Cassian, te aseguro que encontraré tiempo para visitarte. Nuestra relación es importante para mí.
Los dos primos continuaron cabalgando en silencio por un rato, disfrutando de la tranquilidad del entorno. Finalmente, Remesis rompió el silencio.
—Cassian, ¿sabías lo que estaba sucediendo con mi hermana Ariadne?
Cassian frunció el ceño, claramente desconcertado.
—No, ¿qué sucede con Ariadne?
Remesis suspiró antes de responder.
—Mi madre ha tomado una decisión controvertida. Ha prohibido que Ariadne siga rescatando a personas necesitadas y les brinde refugio en el Castillo. Aunque entiendo su intención, estoy preocupado por las implicaciones. Me preocupa que haya gente mala a nuestro alrededor, a su alrededor.
Cassian arqueó una ceja.
—Espera… ¿Quieres decir que estás de acuerdo con tu madre en esto?
Remesis hizo una pausa.
—No es eso. Entiendo el deseo de Ariadne de ayudar, pero… ¿qué pasa si realmente hay infiltrados entre ellos? ¿Si la están manipulando?
Cassian chasqueó la lengua, con expresión pensativa.
—William me habló un poco sobre esto… y no sé, Remesis. La gente a la que Ariadne ha salvado ha pasado por mucho. ¿Realmente crees que pondrían en riesgo la única oportunidad que tienen de vivir con dignidad?
Remesis se tensó un poco.
—No digo que todos sean traidores. Pero basta con que uno lo sea para que todo el Imperio esté en peligro.
Cassian lo miró fijamente.
—Remesis, suenas como la Emperatriz.
Remesis apretó las riendas de su caballo.
—¿Y qué quieres que haga, Cassian? ¿Ignorar los riesgos? No me puedo dar ese lujo.
Cassian suspiró.
—Lo único que te diré es que Ariadne tiene un buen corazón. Tal vez en lugar de solo vigilarla, deberías hablar con ella. Escucharla.
Remesis no respondió de inmediato. Sus ojos se posaron en la lejanía, donde el Castillo se erguía imponente.
—Tal vez tienes razón… pero no puedo arriesgarme a que la manipulen.
Cassian sonrió levemente.
—Entonces, asegúrate de que no la manipulen… pero sin convertirte en la sombra de tu madre.
Remesis exhaló, como si sus pensamientos pesaran más de lo que estaba dispuesto a admitir.
—Veré qué puedo hacer.
Con una mirada de determinación, Remesis dio un ligero tirón a las riendas de su caballo.
—Es hora de volver al Castillo.
Cassian sonrió levemente y asintió.
Cuando se separaron, Cassian decidió disfrutar un poco más de la libertad del campo. Dejó que su caballo pastara en un pequeño claro cerca del Palacio de William y caminó entre los árboles, disfrutando de la tranquilidad.
Su mirada se posó en la entrada de una cueva pequeña y oscura, oculta por la vegetación.
Con curiosidad, decidió acercarse.
El aire en su interior era fresco, con un leve olor a tierra húmeda. La cueva era lo suficientemente espaciosa para que una persona pudiera resguardarse cómodamente.
El suave murmullo del viento a través de los árboles lo envolvieron, brindándole un momento de paz y reflexión.
Se recostó en una de las paredes, cerrando los ojos por un momento.
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Updated 154 Episodes
Comments
Mary Salazar
está enamorado wuilliam
2024-12-25
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