Cassian llegó al Palacio como de costumbre, pero esta vez su corazón latía con un temor silencioso. Había escuchado rumores sobre la muerte de una de las criadas y temía que fuera Zaida. La incertidumbre lo carcomía, su usual actitud despreocupada estaba teñida de ansiedad.
Cuando la vio de pie, sana y salva, sintió un peso liberarse de su pecho. Sin pensarlo, avanzó rápidamente hacia ella y, sin siquiera saludar a William, la envolvió en un abrazo.
Zaida quedó desconcertada por el gesto repentino. Su cuerpo se tensó de inmediato, sin saber cómo reaccionar. Nunca había recibido un abrazo así, y menos de un hombre como Cassian.
—Me alegra verte viva —murmuró Cassian, apretándola ligeramente antes de aflojar el agarre.
Zaida parpadeó, aún confundida.
William observaba con una mezcla de curiosidad y disgusto. Había algo en aquel abrazo que no le gustaba, algo que lo perturbaba profundamente.
Antes de que el abrazo pudiera prolongarse demasiado, William decidió intervenir.
—Suficiente —ordenó William.
Cassian, sin soltar del todo a Zaida, giró la cabeza con una sonrisa burlona.
—Vaya, qué serio. No sabía que te molestaba ver muestras de afecto tan temprano en el día —comentó con ligereza, aunque su tono tenía un matiz de burla.
William lo fulminó con la mirada, sin responder.
Zaida, incómoda con la situación, intentó apartarse, pero Cassian no la soltó de inmediato. Fue hasta que William habló de nuevo que la dejó ir.
—Zaida, trae bocadillos y té para mi primo —dijo William con su tono seco y autoritario.
Zaida asintió de inmediato y se apresuró a salir de la habitación, aliviada de escapar de la tensión que se había creado.
Cuando la puerta se cerró tras ella, Cassian dejó escapar una carcajada, dejando caer su cuerpo en uno de los sillones de la estancia.
—Nunca te había visto tan… ¿cómo decirlo? Particularmente atento con una doncella —comentó con una sonrisa ladina, observando a William con diversión.
William no respondió de inmediato. En cambio, se acercó a la ventana, cruzándose de brazos mientras miraba hacia el exterior.
Cassian lo observó con atención, dándose cuenta de que su primo estaba más alterado de lo que quería admitir. Decidió cambiar de tema, volviendo al motivo real de su visita.
—Escuché sobre la doncella que murió —dijo, adoptando un tono más serio. —¿Quién crees que la mató?
William mantuvo la mirada fija en el paisaje por unos segundos antes de hablar.
—No lo sé —respondió finalmente.
Pero Cassian no estaba satisfecho con esa respuesta.
—Sí lo sabes —insistió con firmeza.
William frunció el ceño, sorprendido por la seguridad de Cassian.
—Tengo mis sospechas sobre Rowan —confesó finalmente, revelando la verdad que había estado ocultando.
Cassian asintió con seriedad, comprendiendo la gravedad de la situación.
—Entonces necesitas ayuda —afirmó con determinación.
William guardó silencio por un momento, reflexionando sobre las palabras de Cassian.
—Hasta ahora he podido proteger mi Palacio por mi cuenta —respondió con orgullo, pero Cassian lo interrumpió antes de que pudiera decir más.
—No seas orgulloso —le advirtió Cassian con franqueza—. Si necesitas ayuda, pídela. No tienes que enfrentar esto solo.
William reflexionó sobre las palabras de su amigo, reconociendo la sabiduría en ellas.
—Tendré en cuenta tu oferta de ayuda —respondió finalmente, dejando claro que apreciaba la preocupación de Cassian, pero también que no estaba dispuesto a aceptarla por el momento.
Zaida regresó con el té, interrumpiendo la conversación entre William y Cassian. Depositó la bandeja sobre la mesa con cuidado, sin atreverse a interrumpir.
Cassian tomó su taza con despreocupación, pero su semblante serio contrastaba con su actitud habitual. Sus ojos se desviaron hacia William y, sin rodeos, soltó:
—Deberías enseñarle a defenderse.
Zaida parpadeó, sorprendida, mientras William fruncía levemente el ceño.
—¿Por qué dices eso? —preguntó el Príncipe con tono neutral.
Cassian suspiró y dejó la taza sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—Porque ya perdiste a una doncella —dijo sin rodeos, su mirada más seria que de costumbre—. ¿O quieres que le pase lo mismo a ella?
Zaida sintió un escalofrío recorrer su espalda. Cassian no estaba bromeando.
William permaneció en silencio por un instante. Sus ojos grises se posaron en Zaida, evaluándola.
—Letio ya es mi guardia personal —respondió finalmente—. No necesito más protección.
Cassian negó con la cabeza.
—Eso es lo que tú crees. Pero Letio no puede estar contigo todo el tiempo. Si tu sirvienta personal va a estar siempre cerca de ti, al menos que sepa defenderse.
Zaida sintió que la observaban. William la estudiaba con la misma mirada fría e impenetrable de siempre.
—¿Sabes manejar una espada? —preguntó sin rodeos.
Zaida tragó saliva y asintió.
—Un poco —admitió.
Cassian soltó un resoplido.
—"Un poco" no es suficiente —dijo, cruzándose de brazos—. Vamos, primo, ¿qué te cuesta? Si va a estar a tu lado todo el tiempo, al menos que pueda ser de utilidad.
William suspiró y, tras un breve silencio, se puso de pie.
—Ven conmigo.
Zaida asintió de inmediato, su corazón latiendo con fuerza. No sabía qué esperar, pero una parte de ella se sintió emocionada ante la idea de entrenar con William.
Cassian sonrió con satisfacción y se levantó también.
—¡Letio, ven con nosotros! —llamó mientras salían del estudio.
El guardia personal de William apareció al instante, con su semblante tranquilo de siempre.
—¿Ocurre algo, Su Alteza?
—William va a entrenar a Zaida —explicó Cassian con una sonrisa burlona—. Ven, quiero que veas esto.
Letio arqueó una ceja pero no dijo nada, simplemente los siguió hasta el jardín.
...***...
En el jardín, William tomó una de las espadas de práctica y la lanzó a Zaida.
—Muéstrame lo que sabes.
Zaida atrapó el arma con rapidez y la sostuvo con firmeza. Tomó una postura defensiva, recordando las enseñanzas de su padre.
William la observó por un momento antes de avanzar.
—Defiéndete.
El primer golpe de William fue rápido, sin dar espacio para vacilar. Zaida bloqueó el ataque, pero la fuerza del impacto la hizo retroceder un paso.
Cassian, de pie junto a Letio, miraba la escena con los brazos cruzados.
—Bueno, bueno, tiene reflejos —comentó con diversión—. ¿Qué opinas, Letio?
El guardia observó en silencio por un instante antes de responder.
—Tiene potencial.
Cassian sonrió.
—Vaya, Letio, eso es casi un halago viniendo de ti.
Letio le dirigió una mirada de advertencia, pero Cassian solo soltó una risa y continuó observando el combate.
William y Zaida continuaron intercambiando golpes. Con cada choque de espadas, Zaida ganaba confianza, aunque era evidente que aún tenía mucho por aprender.
William la obligaba a mantenerse en movimiento, presionándola para que reaccionara rápido. Cada error lo corregía con precisión, su mirada siempre fría y calculadora.
Cassian observaba con interés desde un costado.
—Vamos, Zaida, si te descuidas, William te hará pedazos —bromeó.
Zaida no respondió, enfocándose en el combate. Los movimientos de William eran calculados y precisos, cada golpe dirigido con una fluidez que mostraba su experiencia. Ella intentaba mantenerse al ritmo, pero con cada intercambio de golpes, quedaba claro que había una gran diferencia en habilidades.
Después de varios minutos de combate, William bajó su espada y la miró con seriedad.
—No está mal —dijo finalmente—, pero aún necesitas mejorar.
Zaida respiraba con dificultad, pero su expresión mostraba determinación.
—Estoy lista para aprender.
William la observó por un instante antes de asentir.
—A partir de ahora, entrenarás conmigo todos los días.
Cassian chasqueó la lengua.
—¡Qué suerte la tuya, Zaida! No cualquiera recibe clases personales del gran Príncipe William.
Zaida no respondió a la broma, pero por dentro sabía que Cassian tenía razón. Esta era una oportunidad invaluable.
William observó con atención el nivel de habilidad de Zaida en el combate. Aunque su destreza era evidente y su técnica impecable, algo en ello no lo sorprendió. Recordó las palabras de Letio, quien había investigado el pasado de Zaida y sus hermanas por orden suya.
William no confiaba en ella. Durante un tiempo, sospechó que podría ser una infiltrada de Rowan. Sin embargo, cuando Letio le entregó su informe, descubrió algo que cambió por completo su percepción.
Zaida no era una espía, sino una extranjera. Venía de otro territorio, y su padre había sido un veterano de guerra. Pero el reino lo había olvidado, dejándolo en el abandono. A pesar de ello, el hombre no permitió que su linaje se extinguiera en la debilidad: le había enseñado a Zaida todo lo que sabía sobre el combate, la defensa, el arco y la espada.
Zaida había aprendido de uno de los mejores, y eso explicaba su destreza natural en el campo de batalla.
William comprendió entonces que no tenía a una simple doncella frente a él. Ya no veía a Zaida como una posible infiltrada, sino como alguien que tenía el potencial para volverse realmente fuerte.
Su decisión se reforzó. La entrenaría. No solo para protegerse, sino porque, en el fondo, reconocía que un aliado fuerte era mejor que un sirviente indefenso.
En el fondo del Palacio, Indes observaba la escena con el ceño fruncido.
—¿Así que ahora la entrenará personalmente? —susurró para sí misma, sintiendo que su oportunidad de influir sobre William se reducía cada vez más.
Sus ojos se entrecerraron con desprecio mientras veía a Zaida.
Algo tenía que hacer.
...***...
Días después, Zaida le dijo a Anika que fuera a ver a sus hermanas, pero al llegar, Anika presenció el maltrato que sufrían las hermanas a manos de Indes y otras criadas. Rápidamente, en su forma de pájaro, voló a informarle a Zaida lo que estaba pasando.
Con lágrimas en los ojos, las hermanas de Zaida suplicaban clemencia mientras eran sometidas a un trato cruel. Indes, con una expresión de desdén en su rostro, continuaba con su acto de crueldad, arrojando las cobijas al suelo y echándoles miel para dificultar su limpieza.
—¡Por favor, detente! —exclamó Sophia, horrorizada por lo que estaba pasando.
—¡Zaida se ha olvidado de ustedes desde que está con el Príncipe! —exclamaba Indes con desprecio.
Las hermanas negaban con la cabeza, refutando las acusaciones de Indes, pero sus voces se perdían entre los reproches de la criada infiltrada.
—¡Basta ya! —gritó Zaida al llegar al lugar, su voz llena de determinación mientras se interponía entre Indes y sus hermanas.
Indes cruzó los brazos, observando a Zaida con una sonrisa de superioridad. Sus ojos destilaban desprecio mientras una de sus manos se posaba en su cadera con arrogancia.
—¿De verdad crees que puedes venir aquí y hacer lo que te plazca solo porque el Príncipe te permite estar cerca de él? —su voz era burlona.
Zaida mantuvo su mirada firme, sin apartar la vista de Indes. A pesar de la rabia que hervía dentro de ella, su voz se mantuvo controlada.
—No tengo tiempo para lidiar con tu inseguridad —replicó con calma, pero con una nota de desafío en su tono—. Si tienes un problema conmigo, enfréntame directamente. No descargues tu amargura en mis hermanas.
La expresión de Indes se endureció ante la respuesta de Zaida. Se inclinó levemente hacia adelante, sus ojos destellaban con burla.
—¿Y quién eres tú para decirme qué hacer? —espetó con frialdad—. No eres más que una criada sin nombre, una esclava que ni siquiera merece estar en este Palacio. No eres mejor que tus hermanas, y mucho menos, mejor que yo.
Zaida apretó los puños con fuerza, sintiendo cómo la rabia subía por su pecho, pero no permitiría que Indes la provocara fácilmente.
—No me interesa ser mejor que tú —respondió con voz firme—. Pero sí me aseguraré de que dejes en paz a mis hermanas. Si necesitas demostrar algo, hazlo conmigo.
Indes soltó una carcajada burlona y chasqueó los dedos, ordenando a las criadas que la rodeaban.
—¡Atrápenla! —ordenó con voz autoritaria—. Veamos si sigues hablando tan alto cuando estés en el suelo como la basura que eres.
Antes de que Zaida pudiera reaccionar, sintió cómo dos criadas la sujetaban con fuerza por los brazos. Forcejeó con ellas, pero la atraparon con rapidez, reduciéndola a su control.
Indes se acercó con pasos tranquilos, disfrutando de la sensación de poder. Se inclinó lo suficiente para que Zaida pudiera sentir su aliento cerca de su oído.
—¿Ves? —susurró con burla—. No eres nada aquí. Te crees especial solo porque el Príncipe te tolera, pero eso no cambiará lo que realmente eres... una simple esclava.
Zaida levantó la barbilla, negándose a mostrar debilidad.
—Y aún así, aquí estás, desperdiciando tu tiempo conmigo —espetó con ironía—. Quizás la que se siente insignificante eres tú.
Indes retrocedió de golpe, su rostro enrojeciendo por la rabia. Alzó una mano, dispuesta a darle una bofetada, pero antes de que pudiera hacerlo, un siseo siniestro resono.
Anika, en forma de víbora, emergió de las ropas de Zaida y se deslizó rápidamente hacia las criadas que la sujetaban. Una de ellas chilló de terror y soltó a Zaida de inmediato. La otra también la liberó, tambaleándose hacia atrás con el rostro pálido.
Zaida no perdió el tiempo. Con un movimiento rápido, empujó a una de las criadas hacia un balde de agua sucia, haciendo que cayera con un fuerte chapoteo. La otra apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Zaida tomara una toalla colgada y la arrojara con precisión al rostro de Indes.
Indes soltó un jadeo de sorpresa cuando la toalla húmeda la golpeó en la cara, haciéndola trastabillar hacia atrás y caer al suelo con un ruido seco. Las demás criadas se quedaron en silencio, observando la escena con asombro.
Zaida se giró, dispuesta a seguir luchando si era necesario, pero en ese momento, un nuevo sonido resonó en la habitación.
Unos pasos firmes y autoritarios.
El sonido resonó en el aire, provocando que las criadas se tensaran de inmediato.
Al levantar la vista, Zaida vio la imponente figura de William acercarse al lugar. Su expresión era neutral, pero la manera en que sus ojos escudriñaban la escena dejaba claro que no había pasado desapercibido lo que ocurría.
El aire pareció congelarse.
Indes, aún en el suelo, alzó la vista con una mezcla de sorpresa y falsa inocencia. Zaida, por su parte, se irguió, esperando la reacción del Príncipe.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó William, su voz firme e imponente.
—Su Alteza —dijo Indes con una voz serena y medida—, lamento esta escena. Pero estaba asegurándome de que las criadas aprendieran su lugar. Es fundamental mantener la disciplina y la obediencia, después de todo —añadió con una inclinación respetuosa.
William la observó en silencio, sin expresar emoción alguna.
Zaida frunció el ceño, apretando los puños.
—Mientes —dijo con firmeza, su voz cortante como una espada—. Lo que estás haciendo no es disciplina, es abuso.
Las criadas que observaban la escena intercambiaron miradas inquietas. Indes, sin perder la compostura, sonrió con condescendencia.
—Una criada debe saber cuál es su lugar, Zaida. No puedes irrumpir en los asuntos del Palacio como si fueras alguien especial. —Su tono era suave, pero cada palabra era una daga envenenada.
Zaida abrió la boca para replicar, pero William, con un gesto mínimo de su mano, la silenció.
—Basta —dijo, con su voz firme pero carente de emoción.
Zaida sintió un escalofrío recorrer su espalda. No por miedo, sino por la frustración de ser acallada tan fácilmente. Apretó los dientes, obligándose a contener su enojo.
Indes bajó la cabeza con falsa humildad, pero en el fondo, la satisfacción brillaba en sus ojos. Para ella, el hecho de que William no estuviera cuestionando su versión de los hechos significaba que la había aceptado como verdad.
—Espero que comprenda, su Alteza —continuó Indes, modulando su tono para sonar preocupada—. No me gustaría que el desorden afectara su honorable Palacio.
William no respondió de inmediato. Simplemente la miró con una expresión inescrutable, como si estuviera sopesando sus palabras.
Zaida, al ver que el Príncipe no tomaba ninguna acción en su defensa, sintió que algo dentro de ella se revolvía con molestia.
¿Eso era todo? ¿Escucharía solo una versión de la historia y luego seguiría con su vida como si nada?
Finalmente, William giró ligeramente la cabeza hacia Zaida.
—Acompáñame al jardín —ordenó, sin más explicaciones.
Zaida permaneció inmóvil por un instante, todavía indignada por lo que acababa de ocurrir. Pero al ver la mirada de William, supo que no tenía opción. Bajó la cabeza con frustración contenida y lo siguió sin pronunciar una palabra.
Indes los observó alejarse, con una sonrisa apenas perceptible en sus labios.
Una vez que William y Zaida se marcharon, las amigas de Indes intercambiaron susurros entre ellas.
—¿Crees que la castigará? —preguntó una con ansiedad.
Indes entrecerró los ojos con satisfacción.
—Si tiene sentido común, debería hacerlo. Una criada como ella no puede andar por ahí desafiando órdenes —respondió con una mueca triunfante—. Ahora, junten todo este desastre. No quiero que quede ni rastro de esta escena.
Las hermanas de Zaida, sin otra opción, se vieron obligadas a recoger el desastre que Indes había provocado.
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Mary Salazar
hermosa trigre/Chuckle//Chuckle//Chuckle/
2024-12-24
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