La luz del alba filtraba suavemente a través de las ventanas del Palacio cuando William abrió los ojos. Lo primero que notó fue el suave ritmo de la respiración de Zaida, quien descansaba en la cama. Su piel, aunque aún enrojecida, ya no mostraba las quemaduras profundas de la noche anterior.
Se incorporó de inmediato, sorprendido por la rapidez de su recuperación. ¿Cómo era posible? Recordaba con claridad la gravedad de su estado antes de quedarse dormido. No debería haberse curado tan rápido.
Frunció el ceño, pasándose una mano por el rostro en un intento de despejar su mente. Algo no cuadraba.
En ese momento, sin que él lo notara, Anika permanecía en silencio en un rincón de la habitación, observando con atención cada movimiento de William. Su postura era tensa, y su brazo derecho estaba cubierto por una armadura, ocultando las marcas del sacrificio que había hecho para salvar a Zaida.
William, aún procesando lo que veía, decidió no perder más tiempo y llamó a su guardia personal.
—¡Letio, ven rápido! —ordenó con un tono de urgencia.
El guardia llegó en cuestión de segundos, su expresión endureciéndose al ver a Zaida despierta y en mejores condiciones.
—¿Cómo es posible esto? —preguntó Letio, claramente sorprendido.
William frunció el ceño. Algo no encajaba. Se acercó a Zaida y le preguntó con seriedad:
—Zaida, ¿cómo es que te has curado tan rápido?
Zaida se sintió nerviosa ante la pregunta. Sus ojos se deslizaron de inmediato hacia Anika, quien permanecía inmóvil detrás de William, con su brazo derecho aún cubierto por la armadura.
No podía decir la verdad.
Con rapidez, señalo el frasco vacío que había quedado en el suelo. Wiliam lo levantó para verlo de cerca.
—Fue la medicina de donde provengo —respondió Zaida con evasivas, esperando que William no indagara más.
William lo examinó con escepticismo. El líquido rojo que alguna vez contenía aún dejaba rastros en el cristal, y aunque su instinto le decía que no era algo común, decidió no presionarla por el momento.
Anika, mientras tanto, observaba en silencio, sintiendo una ligera incomodidad. Sabía que Zaida no estaba completamente consciente de lo que ella había hecho por ella.
Zaida, por su parte, notó la armadura en el brazo de Anika. No recordaba haberla visto usar algo así antes, pero optó por no hacer preguntas... aún.
William rompió el silencio cuando se giró hacia Zaida.
—¿Tienes más de esto? —preguntó señalando el frasco.
Zaida negó con firmeza.
—No, mi señor. Ese fue el último que tuve.
William asintió lentamente. Luego, con la misma precaución de antes, recogió el otro frasco del suelo, el que contenía el polvo negro, usando un pañuelo para no tocarlo directamente.
Se lo entregó a Letio.
—Guárdalo como evidencia. No sabemos si nos sirva más adelante.
—Entendido —respondió Letio, sujetándolo con cuidado antes de retirarse de la habitación.
En las sombras...
Indes observaba con atención desde su escondite, con la respiración contenida.
‘¿Entonces Zaida no murió?’ pensó con frustración.
Había dejado el frasco cerca de la habitación de William a propósito, esperando que la curiosidad de la criada la condenara. Ahora, ver a Letio salir con el frasco en las manos, en lugar de cargar un cadáver, la llenó de una ira silenciosa.
Maldijo en su mente y reprimió el deseo de apretar los dientes.
‘Maldita sea. Todo iba tan bien. ¿Cómo es que sobrevivió?’
Apretó los puños, obligándose a seguir observando con paciencia.
En la habitación de William...
La mente de William no dejaba de trabajar. Miró a Zaida con seriedad.
—Dijiste que este frasco lo encontraste afuera, cerca de mi habitación. ¿Estás segura?
Zaida asintió sin dudar.
—No puedo estar completamente segura de quién lo dejó, mi señor, pero... es probable que alguien haya entrado al Palacio mientras no estábamos.
William entrecerró los ojos.
—Letio no me informó nada sobre intrusos —murmuró, más para sí mismo que para ella.
Zaida inclinó la cabeza.
—Si no notaron nada extraño, significa que lo hicieron con mucho cuidado... —reflexionó.
William soltó un suspiro cansado.
—No podemos permitir que algo así vuelva a ocurrir. Hay demasiado en juego.
Zaida, aún con algo de debilidad, se incorporó con esfuerzo.
—Amo, quiero ayudar en lo que necesite.
Pero William negó con la cabeza.
—Descansa primero. No quiero ver a mi criada personal desmayándose en los pasillos.
Zaida exhaló con resignación y se recostó de nuevo.
William se dirigió a su estudio, seguido de Letio, quien aguardaba más instrucciones.
Anika, que se había mantenido en silencio todo este tiempo, finalmente se acercó a su ama.
Zaida sintió el peso del abrazo repentino de Anika y sonrió con cansancio.
—Gracias... —susurró Zaida, aunque no sabía exactamente por qué sentía la necesidad de agradecerle.
Anika solo asintió, sin responder.
La tensión en la habitación se disipó un poco cuando se escucharon pasos apresurados afuera. Anika se alejó rápidamente, adoptando una postura neutral, mientras la puerta se abría de golpe.
—¡Zaida!
Las voces de Sophia y Elara resonaron en la habitación.
Las dos hermanas corrieron hacia ella, sus rostros llenos de preocupación.
—Nos enteramos de lo que pasó —dijo Sophia, su tono tembloroso.
—No podíamos quedarnos sin verte —agregó Elara, con los ojos brillantes por las lágrimas contenidas.
Zaida sonrió levemente.
—Estoy bien. Solo fue un pequeño accidente.
Las hermanas la abrazaron con fuerza.
Letio, quien había escoltado a las hermanas, permaneció fuera, dándoles privacidad.
—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Sophia con seriedad.
Zaida tomó aire y explicó brevemente lo sucedido.
—Había un frasco extraño cerca de la habitación del Príncipe William... y no pensé. Solo lo abrí.
Elara frunció el ceño.
—¿Y ahora cómo te sientes?
Zaida miró sus manos, aún un poco enrojecidas.
—Mejor. Gracias a la medicina ... —dijo con una leve sonrisa.
Anika, aún en silencio, miró hacia otro lado.
Mientras tanto, en los techos del palacio...
Anika había decidido darle espacio a Zaida con sus hermanas, así que salió al exterior, donde el viento la envolvía con su brisa fresca.
Pero en cuanto elevó la vista, notó algo fuera de lugar.
Una sombra.
Alguien se escondía detrás de las rocas en los jardines.
Con sigilo, Anika se deslizó por los techos, acercándose con agilidad felina.
Era Indes.
Anika se posicionó a un lado de la roca, escuchando con atención.
—¡Esto no puede estar pasando! —murmuraba Indes, frustrada. —Todo estaba planeado, pero ahora... ¿cómo puedo deshacerme de Zaida?
Los ojos de Anika se afilaron.
Indes.
Ella había dejado el frasco.
Ella había intentado asesinar a Zaida.
Un nuevo peligro acechaba, y Anika ya sabía quién era el enemigo.
...----------------...
La suave brisa acariciaba los pétalos de las rosas mientras la Emperatriz caminaba por los exuberantes jardines del Castillo. Con elegancia, cortaba cuidadosamente las flores, seleccionando las más hermosas para adornar su habitación. Mientras tanto, el Emperador estaba absorto en asuntos de estado, ocupado en su despacho.
En medio de su tarea tranquila, una doncella se acercó con una expresión tensa en su rostro. La Emperatriz alzó la mirada, notando el nerviosismo de la joven.
—¿Qué sucede? —preguntó con voz serena pero firme, deteniendo sus manos en el acto de cortar una rosa.
La doncella titubeó por un momento antes de reunir el coraje para hablar.
—Su Majestad, es sobre la Princesa Ariadne —dijo con cautela, evitando el contacto visual.
El ceño de la Emperatriz se frunció levemente. Con calma, dejó las tijeras sobre una charola cercana.
—Habla con claridad —instó, su tono denotando una creciente preocupación.
La doncella inhaló profundamente antes de continuar.
—La Princesa Ariadne ha estado desobedeciendo sus órdenes. Sigue rescatando a personas que no pertenecen al Imperio, a pesar de sus advertencias.
Un silencio pesado cayó entre ambas. La Emperatriz no respondió de inmediato, solo tomó una rosa entre sus dedos y la observó fijamente, como si meditara sobre la información recibida. Luego, con determinación en sus ojos, preguntó:
—¿Dónde está ella ahora?
—Se encuentra en el patio del Castillo, Majestad.
Sin decir una palabra más, la Emperatriz giró sobre sus talones y comenzó a caminar en dirección al patio. Su aura cambió; la serenidad fue reemplazada por una frialdad imponente, como si el aire se tornara más pesado a su alrededor.
Al llegar al patio, la Emperatriz escudriñó el lugar con la mirada, buscando a su hija entre la multitud. Finalmente, divisó a Ariadne, supervisando el rescate de varios extranjeros. Su hija no parecía dudar; sus manos trabajaban con determinación, guiando a los heridos con autoridad y bondad.
La Emperatriz permaneció en su lugar, observándola en silencio, mientras el fuego de la ira se encendía en su interior.
—¿Cuántas veces ha desobedecido mis órdenes? —preguntó en voz baja a la doncella que la había acompañado.
La doncella tragó saliva antes de responder.
—Han sido al menos tres veces, Majestad.
La mandíbula de la Emperatriz se tensó. Su paciencia se estaba agotando.
Ariadne levantó la vista y, al notar la presencia de su madre, sus movimientos se detuvieron por un instante. Sus miradas se encontraron en un choque silencioso de voluntades.
Finalmente, la voz de la Emperatriz rompió el silencio:
—Ariadne, ven conmigo.
Ariadne sostuvo la mirada de su madre por un instante, sin apartarse de su postura firme, pero al final, obedeció y la siguió hacia el interior del Castillo.
Cuando llegaron a la habitación de Ariadne, las doncellas comenzaron a retirarle la armadura a Ariadne. La joven permaneció en silencio, pero podía sentir el peso de la ira contenida de su madre.
La Emperatriz se sentó con elegancia y, con una voz gélida, preguntó:
—¿Qué crees que estás haciendo, Ariadne?
Ariadne no evitó la conversación. Inspiró profundamente antes de responder con determinación:
—Estoy ayudando a los necesitados. No puedo ignorar el sufrimiento de las personas, sin importar su origen.
La mirada de la Emperatriz se endureció.
—¿Cómo puedes ser tan ingenua? No es tu responsabilidad cuidar de extranjeros. Tu deber es con nuestro pueblo, no con aquellos que no tienen relación con nosotros.
Ariadne mantuvo la compostura.
—Pero ahora son parte de nuestro pueblo. Merecen protección y ayuda, igual que cualquiera dentro del Imperio.
La Emperatriz exhaló lentamente. Sabía que las palabras no cambiarían la terquedad de su hija.
—Está claro que no entiendes las consecuencias de tus acciones —susurró. Luego, levantó la mirada y ordenó la entrada de dos eunucos.
Ariadne frunció el ceño, confundida por la presencia de los hombres. Su incomodidad se convirtió en alarma cuando vio a su doncella, Lia, ser señalada.
—Azótenla.
Los ojos de Ariadne se abrieron con horror.
—¡No! —exclamó, dando un paso al frente—. Ella no hizo nada.
La Emperatriz no la miró.
—Esta doncella es tu responsabilidad. Si fallas, ella paga el precio.
Los gritos desgarradores de Lia llenaron el aire cuando los eunucos la sujetaron y la colocaron sobre una mesa. Ariadne sintió como si el suelo se desmoronara bajo sus pies.
—¡Deténganse! —rogó, girándose hacia su madre—. Madre, por favor...
Pero la Emperatriz solo la observó con frialdad.
El primer azote cayó.
Lia gritó.
Ariadne sintió que su corazón se rompía. Cada latigazo era como un cuchillo en su alma.
—¡Por favor, deténganse! —Ariadne cayó de rodillas frente a su madre, suplicando con lágrimas en los ojos—. ¡Es suficiente, te lo ruego!
Pero la Emperatriz no parpadeó siquiera.
Los azotes continuaron.
Hasta que el silencio lo envolvió todo.
Un eunuco entró apresurado en la habitación.
—Su Majestad, la doncella no resistió el castigo.
Ariadne sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Se levantó y corrió hacia el pasillo. Su cuerpo temblaba mientras se acercaba a la mesa.
Lia estaba allí.
Pero ya no respiraba.
Las lágrimas rodaron por las mejillas de Ariadne mientras se arrodillaba junto a ella. Le tomó la mano, aún tibia, esperando que todo fuera una pesadilla.
La Emperatriz se detuvo a su lado y habló con calma desgarradora:
—Le ordené que me informara si desobedecías. Ese es el precio de la traición.
Ariadne sintió que su sangre se congelaba.
—M-madre... —balbuceó.
La Emperatriz la miró sin remordimiento.
—Me duele que llegáramos a esto, pero debes entender algo: proteger al pueblo es nuestro deber. Una líder no puede permitirse ser blanda.
Ariadne apretó la mandíbula, con la ira y el dolor mezclándose en su interior.
—Esto no era necesario... ¡Ella no hizo nada!
La Emperatriz suspiró con un leve toque de frustración. No entendía cómo su hija aún no lo comprendía.
—¿Cuántos Imperios han caído porque sus gobernantes permitieron que la debilidad se infiltrara en sus corazones? —preguntó, sin realmente esperar una respuesta—. La piedad desmedida es veneno para el poder.
Ariadne la miró con incredulidad.
—Esto no es poder, madre. Esto es crueldad.
La Emperatriz inclinó levemente la cabeza, observando a su hija como si fuera una niña ingenua.
—Sin reglas, no hay orden.
Su tono era inquebrantable.
—Las reglas existen para mantener la estabilidad, para evitar que el caos se apodere de nosotros. —La mirada de la Emperatriz se endureció—. Un gobernante que permite la desobediencia está cavando su propia tumba.
Ariadne sintió un escalofrío. Su madre hablaba como si lo que había hecho fuera lo correcto.
—¿Crees que nuestros enemigos son misericordiosos? ¿Crees que en el mundo hay justicia para los débiles? —dijo, con una frialdad cortante—. La gente como nosotros no puede darse el lujo de ser sentimental.
Giró sobre sus talones y, antes de marcharse, añadió una última sentencia:
—Si quieres salvar a tu pueblo algún día, Ariadne, deja de llorar por los que no importan.
Ariadne permaneció en el suelo, su mundo derrumbándose mientras sostenía la mano sin vida de Lia.
Su madre había sellado su destino con sangre.
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Updated 154 Episodes
Comments
Mary Salazar
buenísima
2024-12-25
0
Anabel Mendoza
hermosa historia un poco enredada ahí q léela lento para disfrutarla
2024-06-18
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