—¡Despierta, despierta! —susurró una voz cerca de ella—. ¡Pensé que estabas muerta, no te movías!
En los bosques sombríos del Imperio de Thaloria, donde los árboles susurraban antiguos secretos y los caminos escondían peligros inesperados, la vida continuaba su curso bajo la sombra de los imponentes castillos.
En un rincón olvidado de este vasto reino, en un pequeño poblado envuelto en el misterio de la noche, Zaida abrió los ojos de golpe, jadeando. El dolor punzante en sus muñecas la obligó a moverse con torpeza. Alguien la sacudía con urgencia. Su visión era borrosa, y su cabeza zumbaba con una intensidad desesperante. El frío del metal atado a sus muñecas y tobillos la hizo estremecer. Parpadeó varias veces antes de enfocar la silueta de una mujer inclinada sobre ella, su expresión cargada de preocupación.
—¿Dónde estoy? —murmuró Zaida con la voz rasposa, sintiendo la confusión envolver su mente como una niebla densa.
—Estamos en un carruaje —respondió la mujer en un susurro tenso—. Fuimos secuestradas.
Las palabras se clavaron en la mente de Zaida como una daga helada. Quiso recordar algo, cualquier cosa, pero solo un vacío abismal la recibió. Su respiración se aceleró y su cuerpo se tensó.
—¿Secuestradas? —repitió, su garganta seca y su pulso acelerado—. ¿A dónde nos llevan?
La mujer le dirigió una mirada compasiva, pero sus labios temblaron al responder.
—No lo sé. Solo sé que debemos mantener la calma. Si nos ven nerviosas, podríamos empeorar nuestra situación.
La luz de la luna se filtraba entre las ramas de los árboles, proyectando sombras danzantes en el interior del carruaje.
Zaida tragó en seco. Algo estaba mal, terriblemente mal. La madera crujía con cada movimiento del carruaje, y afuera el viento silbaba entre los árboles, como si la misma naturaleza llorara por ellas.
—¿Cómo te llamas? —preguntó en un intento por anclar su mente a algo real.
—Soy Lety —respondió la mujer con una sonrisa débil—. ¿Y tú?
Zaida frunció el ceño, escarbando en su mente en busca de un dato que le diera sentido a todo. Su nombre emergió como un eco lejano.
—Zaida… solo recuerdo mi nombre —susurró.
En la mente de Zaida resonaban voces, pequeñas visiones de lugares, un destello de familiaridad en medio del caos de su confusión.
Lety la miró con pena, pero antes de que pudiera decir algo más, un grito desgarró la calma de la noche.
—¡Alto ahí! ¡Suelten a esos prisioneros de inmediato!
El carruaje se sacudió cuando los caballos se detuvieron de golpe. El sonido de espadas desenvainándose llenó el aire. Zaida intentó girar su cuerpo, pero las ataduras la mantuvieron en su sitio. Su corazón martilleaba con fuerza en su pecho.
Un caballero se destacó en la penumbra. Su porte imponente y la firmeza de su voz dejaron claro que no era un simple viajero. Su capa ondeaba al viento mientras su espada destellaba bajo la luz de la luna.
Los mercaderes, sorprendidos por la repentina aparición del caballero, intercambiaron miradas nerviosas entre ellos. Uno de ellos, con gesto desafiante, se adelantó hacia el caballero, sosteniendo firmemente las riendas de su caballo.
—¿Quién eres tú para interponerte en nuestros asuntos? —gruñó uno de los traficantes, su voz cargada de arrogancia.
El caballero no vaciló.
El caballero no vaciló ante la confrontación. Con una mirada fría y decidida, respondió con voz firme:
— Soy el caballero de la Princesa Ariadne Thaloria, y no permitiré que continúen con este acto de injusticia. Liberen a los prisioneros ahora mismo o enfrentarán las consecuencias. —
Los traficantes intercambiaron miradas nerviosas. Sabían que enfrentarse a la realeza podía significar la muerte, pero su ambición los cegaba, obstinados en su afán por mantener a los prisioneros bajo su control, ignoraron las demandas del caballero y se prepararon para enfrentarse a él y su séquíto.
—¡Detengan esto de inmediato! —Una voz femenina se impuso en la noche.
Desde la oscuridad emergió una mujer montada en un imponente corcel blanco. Sus ojos centelleaban con determinación y su postura irradiaba autoridad. La Princesa Ariadne Thaloria, hija del Emperador Magnus y la Emperatriz Elena, había llegado.
—¡Escuchen bien! —exclamó con firmeza—. Si liberan a los prisioneros de forma pacífica, les concederé una muerte rápida y misericordiosa. Pero si insisten en su obstinación, se enfrentarán a un destino mucho más cruel y despiadado.
Los traficantes se rieron, pero la risa se quebró al notar la mirada de Ariadne. Sus ojos brillaban con una mezcla de desprecio y peligro contenido.
—¿Y quién eres tú para amenazarnos, princesita? —se burló uno de ellos.
Ariadne entrecerró los ojos y alzó el mentón, como si aquellos hombres fueran meros insectos a su merced.
—Veo que su estupidez no tiene límites —espetó con frialdad.
Uno de los traficantes escupió al suelo.
—Como quieras, princesita. Pero si crees que nos asustarás con tus palabras, estás equivocada.
Ariadne se mantuvo imperturbable, su mirada fija en los mercaderes desafiantes.
—Que así sea —susurró Ariadne con una media sonrisa.
Con un gesto de su mano, ordenó a sus caballeros que atacaran. No habría piedad para aquellos que osaran desafiarla.
La batalla estalló en un torbellino de acero y sangre. Los caballeros de Ariadne, con sus movimientos calculados, se lanzaron sobre los traficantes con una precisión letal.
Los mercaderes, armados con dagas y rudimentarias espadas, formaron una línea defensiva, desafiando a los caballeros con arrogancia. Se lanzaron insultos y amenazas de ambos lados.
Las espadas chocaban en la penumbra, el sonido metálico se mezclaba con los gritos de dolor y los resoplidos de los caballos.
Ariadne se abrió paso con elegancia, su espada danzando entre los cuerpos con letal destreza. Cada movimiento suyo era un despliegue de gracia y brutalidad, una coreografía mortal que dejaba cuerpos en su estela.
Los traficantes, al verse superados, intentaron huir, pero los caballeros los rodearon rápidamente. El enfrentamiento no duró mucho. Al final, los traficantes cayeron bajo la fuerza implacable de la Princesa y su escolta.
Ariadne avanzó entre los cuerpos caídos hasta llegar al carruaje. Con un solo movimiento, levantó su espada y destrozó las cadenas que ataban la puerta.
Los destellos de acero brillaban bajo la luz de la luna mientras la princesa cortaba las cadenas con precisión y fuerza, no vaciló en su tarea, enfocada en su objetivo de liberar a los cautivos y llevarlos a un lugar seguro.
Zaida la observó en silencio, aún abrumada por todo lo que acababa de suceder. La luz de la luna iluminaba el rostro de la princesa, resaltando su belleza y su fría determinación. Sin decir una palabra, Ariadne cortó las ataduras de los prisioneros.
Todavía luchaba por comprender la situación en la que se encontraba. La Princesa extendió una mano hacia Zaida, ofreciéndole ayuda para salir del carruaje. Sus ojos reflejaban compasión y determinación, transmitiendo un mensaje de esperanza en medio de la oscuridad.
Los cautivos cayeron al suelo, algunos sollozaban, otros se postraban en reverencia. La Princesa los observó con expresión inescrutable antes de anunciar:
—A partir de ahora, estarán bajo mi protección. Servirán en el Castillo, donde recibirán un trato digno. Nunca más sufrirán el yugo de la esclavitud. —
Los rostros de los prisioneros se iluminaron con esperanza ante las palabras de Ariadne.
Sin embargo, mientras ella continuaba hablando, Zaida bajó la vista y algo brilló entre los restos de la batalla. Un collar.
Adornado con una gema roja en el centro y extraños símbolos tallados alrededor.
Con cautela, Zaida tomó el collar y lo ocultó entre sus ropas, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda como si alguien la fuera a ver.
Ariadne subió a su caballo, hizo un gesto con su mano, dando a entender que era hora de retirarse.
Los caballeros reales se apresuraron a seguir el ejemplo de su Princesa, montando con destreza para formar una escolta alrededor de ella.
Los mercaderes, arrastrados por los guardias, comenzaron a moverse hacia el Castillo bajo la luz plateada de la luna, sus pasos resonaban en el silencio de la noche.
Zaida observó cómo Ariadne se alejaba, su figura destacándose contra el paisaje nocturno mientras desaparecía en la oscuridad.
Con un suspiro de alivio, Zaida se volvió hacia Lety, apretando su mano con fuerza para transmitirle su agradecimiento por estar a su lado en ese momento de incertidumbre. Juntas, siguieron el camino hacia el castillo.
...----------------...
El carruaje se detuvo frente a las imponentes puertas del Castillo de Thaloria. La princesa Ariadne aguardaba con sus caballeros. Uno de ellos gritó:
—¡Abran las puertas!
Los guardias apostados en lo alto del castillo reaccionaron de inmediato, desbloqueando la pesada entrada de hierro. Sin titubeos, las puertas se abrieron, listas para recibir a los prisioneros liberados.
Con gesto decidido, la princesa descendió de su montura.
—Lleven a los prisioneros al calabozo. Mañana decidiré qué hacer con ellos —ordenó con desdén, sin apartar la vista de los cautivos.
Entre las criadas que aguardaban en la puerta, se encontraba Lía, una de sus más fieles asistentes. Cuando Ariadne llegó junto a ellas, el grupo la rodeó con preocupación, notando el agotamiento en su expresión.
Caminaron juntas hasta las profundidades del castillo, donde la princesa se detuvo a reflexionar. Consciente de que necesitaba más sirvientes, decidió escoger a algunos de los prisioneros liberados. Sus ojos recorrieron el grupo y se posaron en Zaida y Lety, quienes se tomaban de la mano.
"¿Serán hermanas?", pensó la princesa.
Señalándolas junto a otra mujer, ordenó:
—Ustedes, acérquense.
Las mujeres intercambiaron miradas de incertidumbre. "¿Por qué nosotras?", se preguntaron en silencio, pero obedecieron sin rechistar, moviéndose con respeto y algo de nerviosismo.
— Aris —, dijo la Princesa con voz firme, — Llévalos a sus nuevas habitaciones — señalando a los esclavos que ahora eran sirvientes, —Mañana se les asignarán sus labores como sirvientes de la familia real, y gozarán del sueldo correspondiente. Estoy segura de que servirán con honor y devoción —.
Un murmullo de alivio recorrió a los prisioneros. Para muchos, aquello significaba una nueva oportunidad.
Aris junto a dos sirvientas y escoltada por los guardias, guio a los esclavos recién liberados al lado del castillo, donde seria su nuevo hogar. Mientras atravesaban el patio del castillo, el bullicio de la vida cotidiana llenaba el aire. A pesar de las sombras de su pasado, ahora tenían la esperanza de un futuro más estable.
Ariadne permaneció en la entrada del castillo junto a Lía. Con un ademán, llamó a las mujeres para que entraran al palacio. Al cruzar el umbral, Zaida quedó maravillada por la inmensidad de la sala: un imponente candelabro dorado colgaba del techo, iluminando retratos de antiguos monarcas y mobiliario exquisito.
La princesa las observó con una mezcla de compasión y determinación.
—Mis sirvientas actuales hacen un gran esfuerzo, pero necesitan apoyo. A veces no les concedo el descanso que merecen —admitió con franqueza.
Lia, de pie junto a ella, asintió conmovida por sus palabras.
—Necesito que estén aquí conmigo, a mi servicio. Son jóvenes y gozan de buena salud. Por eso las he elegido —continuó Ariadne.
Las mujeres aceptaron con gratitud. Tener un techo y un propósito era más de lo que podían haber esperado.
—Antes de ser secuestradas, ¿tenían una vida allá afuera? —preguntó la princesa.
Las dos negaron con la cabeza.
—Pueden irse si lo desean. No las detendré —aseguró Ariadne.
Lety fue la primera en hablar:
—Princesa, éramos libres, pero no teníamos una vida —respondió con humildad—. Para nosotras, servirle es un honor.
Zaida, en cambio, no estaba tan convencida. Asintió sin decir palabra, sintiendo en su interior que había un lugar al que debía volver, aunque no lograba recordarlo.
Ariadne ordenó a Lia que las escoltara a sus habitaciones temporales.
—Por ahora dormirán separadas, pero mañana se les asignará un cuarto dentro del palacio —indicó la princesa.
Lía las llevó hasta sus aposentos. Antes de retirarse, Lety le preguntó a Zaida:
—¿Te veré mañana?
—Claro —respondió Zaida, abrazándola antes de separarse.
Una vez sola, Zaida cerró la puerta de su habitación y exhaló un suspiro de alivio. El lugar era pequeño pero acogedor. Se sentó en la cama y sacó el collar de su bolsa. La gema roja brillaba débilmente, y los extraños símbolos tallados parecían susurrarle algo ininteligible. Estaba sucia, como era de esperarse tras haber estado en la tierra.
Decidió probárselo. Se miró en un pequeño espejo, pero en cuanto la joya tocó su piel, un resplandor carmesí iluminó la habitación. Zaida apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando, de la nada, una figura emergió de la joya. Una mujer de cabello blanco y ropas etéreas, observándola con ojos centelleantes.
Con los ojos muy abiertos, Zaida estuvo a punto de gritar, pero la desconocida levantó una mano con calma.
—Tranquila, no voy a hacerle daño —dijo con suavidad. — Por que siempre que un portador se pone el collar, siente la necesidad de gritar — rezongo en silencio, — pero no tema, estoy aquí para servirle —.
Abrio los ojos de par en par, tratando de comprender lo que estaba sucediendo. De repente un dolor punzante en la cabeza, empezo a recordar una historia que alguien le había contado en el pasado, cuando era niña, pero ¿Quien?, no podía recordar quién, escuchaba la voz de una mujer en sus recuerdos, 'Reino de Ondor' 'Collares magicos' 'Bestias divinas'.
Tanto fue el dolor que estuvo a punto de caer al suelo mientras trataba de recordar quién le había hablado de los collares mágicos. La chica de cabello plateado, rápidamente la atrapó para evitar que se lastimara. Se encontraba en los brazos de la chica, sintiendo su apoyo y protección.
Después de un momento, se reincorporo rápidamente, tomando una vela que estaba cerca como arma improvisada.
—¿Quién eres tú? —preguntó con voz temblorosa.
La chica de cabello plateado respondió con voz suave pero firme —Mi nombre es Anika, princesa del Reino de Ondor. Estoy a su servicio, mi señora. —
La mujer hizo una reverencia.
Las sospechas de Zaida lo confirmaron, tenía un collar mágico, y ahora estaba cara a cara con una criatura mística atrapada en él, pero no era cualquier collar, era la princesa, era uno de los collares más poderosos de entre todos los collares.
Observo el objeto con fascinación, pero también con temor, era consciente de su poder y las implicaciones de tenerlo a su disposición. Mientras tanto, Anika comenzó a hablar sobre las restricciones y leyes que regían los collares mágicos.
Anika asintió con seriedad. — Mi señora, es importante que entienda las leyes que rigen los collares, ya que tienen un impacto significativo en nuestra interacción y nuestras vidas — explicó.
Con cuidado, Anika enumeró las leyes de los collares, cada una más intrigante y complicada que la anterior.
— La Primera Ley establece que un collar puede dañar a un humano, pero no puede dañar a un portador. Al tener el collar, la incluye usted mi señora — explicó Anika, con voz firme.
Zaida asintió aún procesando la información. — Eso quiere decir que si un portador intenta lastimarme, el collar ¿no obedecerá? — pregunto.
Anika asintió feliz, continuando con su explicación. — Exactamente. Ahora, la Segunda Ley establece que un collar debe proteger y obedecer las órdenes dadas por su portador, a menos que estas órdenes entren en conflicto con la Primera Ley. Que es lo que usted acaba de preguntar, — haciendo una ligera pausa para después continuar.
— La Tercera Ley establece que un collar no puede desarrollar sentimientos hacia un humano o portador que pongan en peligro su seguridad. Y la Cuarta Ley establece que un collar debe proteger su propia existencia, a menos que entren en conflicto con las leyes anteriores. —explicó Anika, completando su explicación sobre las leyes de los collares.
"Si lo que decía era cierto… entonces el collar no solo era un objeto de gran valor, sino una maldición disfrazada de joya. " Pensó Zaida.
Zaida sintió un escalofrío recorrer su espalda. ¿Un objeto tan hermoso tenía reglas tan crueles? Se llevó una mano a la garganta, como si de repente el collar pudiera apretarse por sí solo.
— Entiendo. Pero... ¿Qué pasa si desobedeces las leyes? — pregunto curiosa.
— Tenemos una muerte lenta, al desobedecer las leyes, tenemos un tiempo determinado de vida, después de que se acaba ese pequeño tiempo, nos convertimos en piedra lentamente — respondió Anika, pero no estaba triste por su situación, al contrario respondió tranquilamente, "Cómo puede responder así, si se trata de su propia vida" penso Zaida.
Cualquier persona se hubiera puesto feliz al tener semejante tesoro en sus manos, pero Zaida... Se sentía triste por Anika, recordaba un poco la leyenda que le habían contado, donde las bestias divinas habían sido sometidas a la fuerza, para obedecer al humano, una especie que ellos no odiaban, pero al final terminaron haciéndolo.
— Anika, hay alguna forma de poder liberarte... — no había terminado de hablar cuando de repente tocaron la puerta.
Antes de que Zaida pudiera reaccionar, el cuerpo de Anika se desdibujó en el aire. Un destello plateado recorrió su silueta y, en cuestión de segundos, un pequeño gato blanco apareció en su lugar. Con agilidad, saltó sobre la cama, enroscando su cola con elegancia.
Zaida vio que Anika se había convertido en un gato, "¿Cómo era eso posible?", pensó. Rápidamente el collar que se había puesto, lo tapo con su delgada ropa, sin decir nada más.
—¿Quién es? —preguntó con cautela.
—Buenas noches, por órdenes de la Princesa, hemos traído su comida —anunció un sirviente.
Zaida abrió la puerta y tomó la canasta con hambre.
—Gracias —respondió con una leve reverencia antes de cerrar la puerta. Luego miró de reojo al gato blanco sobre la cama.
Su vida acababa de volverse mucho más complicada.
***¡Descarga NovelToon para disfrutar de una mejor experiencia de lectura!***
Updated 154 Episodes
Comments
Mary Salazar
hermosa 😚 la princesa 😍
2024-12-24
1
Nahyhani
Es preciosa! /Whimper/
2024-04-08
2
Nahyhani
Creo que estas buscando morir /Smile/
2024-04-08
1