Isabella Dalmavere eligió una vida de fe, convencida de que su corazón había encontrado por fin un lugar al que pertenecer. Entre los muros de un antiguo convento, las oraciones y el silencio, creyó que podría mantenerse alejada de todas aquellas emociones que alguna vez despertaron su curiosidad por el mundo.
Hasta que conoció a Dorian Virelli.
Rico, elegante y acostumbrado a conseguir cuanto desea, Dorian nunca había encontrado una mujer capaz de despertar tanto su interés como aquella novicia de mirada dulce y voluntad inquebrantable. Isabella no se impresiona con su fortuna, no se deja seducir por sus palabras y, sobre todo, no está dispuesta a renunciar a sus convicciones por un hombre al que apenas conoce.
Pero Dorian no sabe aceptar una negativa.
Sus visitas se vuelven cada vez más frecuentes. Sus conversaciones, más personales. Y lo que comienza como una atracción inesperada se transforma en una obsesión que amenaza con derribar las barreras que Isabella ha construido alrededor de su corazón.
Él le pedirá una oportunidad una y otra vez. Ella se la negará, decidida a proteger la vida que ha elegido.
Hasta que Dorian tome una decisión que cambiará sus destinos para siempre: llevársela por la fuerza, arrancándola del único mundo que conoce y enfrentándola a una realidad que jamás imaginó.
Volumen 1 de la saga Virelli.
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No esperes que te perdone
Isabella apenas había dormido cuando los primeros rayos del sol atravesaron las cortinas. Se levantó, se acomodó el hábito y se acercó a la ventana para observar el exterior. Durante la noche había intentado reconocer el terreno, pero el bosque se extendía en todas direcciones y la propiedad estaba mucho más aislada de lo que había imaginado. Aun así, no pensaba quedarse sentada esperando a que Dorian decidiera qué podía hacer con su vida.
Abrió la puerta y bajó las escaleras. El olor a café recién preparado llegaba desde una habitación contigua al comedor. Dorian estaba sentado a la mesa, revisando unos documentos, con el teléfono junto a su mano. Al verla, apartó los papeles.
—Buenos días. ¿Dormiste algo?
Isabella no respondió al saludo.
—Quiero regresar al convento.
Dorian respiró profundamente, como si hubiera esperado aquella frase desde que la llevó allí.
—Podemos hablar primero.
—Llevas diciendo eso desde que apareciste en mi convento. Siempre quieres hablar, pero nunca escuchas lo que te digo.
—Isabella, no voy a discutir contigo a primera hora de la mañana.
—Entonces abre la puerta y llévame de regreso. Será una conversación muy corta.
Dorian se puso de pie. La expresión de ella le recordó que no encontraría una solución sencilla. Había preparado aquella casa con la idea de ofrecerle comodidades, privacidad y un entorno tranquilo. En ningún momento había considerado que, para Isabella, cada objeto y cada habitación serían recordatorios de que estaba allí contra su voluntad.
—He preparado el desayuno —dijo, señalando la mesa.
—No tengo hambre.
—Necesitas comer.
—Y tú necesitas entender que no puedes decidir por mí.
Dorian rodeó la mesa, pero Isabella retrocedió inmediatamente. Él se detuvo. Aquel pequeño movimiento le hizo comprender hasta qué punto su presencia había dejado de significar seguridad para ella.
—No voy a tocarte —dijo.
—No deberías haberme tocado para traerme aquí tampoco.
El silencio fue incómodo. Dorian desvió la mirada hacia los ventanales. Quería decirle que había actuado porque no soportaba perderla, que estaba cansado de recibir negativas y que necesitaba una oportunidad para demostrarle lo que sentía. Sin embargo, todas aquellas explicaciones sonaban insignificantes frente al hecho de que ella no había elegido estar allí.
—Solo quería que me escucharas sin marcharte —admitió.
—Yo te escuché muchas veces. Fuiste tú quien decidió que mi respuesta no importaba.
Isabella tomó una taza de agua y bebió unos sorbos. No quería darle la satisfacción de verla completamente descompuesta, aunque la incertidumbre la acompañaba desde que había despertado. Después preguntó dónde estaba el teléfono más cercano.
—Puedes usar el de la sala —respondió Dorian.
Ella lo miró con desconfianza.
—¿Y vas a dejarme llamar?
—Sí.
Dorian la condujo hasta una mesa donde había un teléfono fijo. Isabella levantó el auricular, pero él permaneció a unos pasos, observándola. Ella marcó el número que recordaba del convento y esperó. La llamada no se completó; la línea emitió un tono intermitente y después quedó en silencio.
—La comunicación falla a veces aquí —explicó Dorian—. Puedo llevarte a un lugar con cobertura.
—No necesito que me hagas favores. Necesito que dejes de mantenerme aquí.
Dorian bajó la cabeza. Por primera vez desde su llegada, no intentó responder con autoridad ni convencerla de que todo terminaría bien.
—No sé cómo conseguir que me des una oportunidad —confesó.
Isabella dejó el auricular en su sitio.
—Empieza por devolverme la libertad.
Él permaneció inmóvil. Aquella petición era sencilla, concreta y completamente opuesta a lo que había planeado. Una parte de él quería negarse, prolongar aquella estancia y confiar en que la convivencia cambiaría los sentimientos de Isabella. Otra empezaba a comprender que cada hora que la retuviera haría más difícil cualquier posibilidad de reconciliación.
—Necesito tiempo —murmuró.
—El tiempo lo necesitas tú, Dorian. Yo sé perfectamente lo que quiero.
Ella se dirigió hacia la escalera sin pedir permiso. Esta vez, él no la siguió.
Cuando Isabella llegó a su habitación, cerró la puerta y se sentó al borde de la cama. Pensó en la madre superiora, en las religiosas y en la vida que había dejado atrás de manera tan abrupta. No sabía cuánto tardaría en regresar, pero se prometió que no permitiría que el miedo decidiera por ella.
Abajo, Dorian volvió a su escritorio. Sobre la mesa lo esperaba una carpeta de la empresa y, junto a ella, una fotografía de la propiedad tomada años atrás. Había imaginado aquel lugar como el comienzo de una nueva etapa con Isabella.
Ahora, por primera vez, se preguntó si aquella casa terminaría convirtiéndose en el lugar donde ella aprendería a odiarlo.
Y esa posibilidad le produjo un temor mucho más profundo que cualquier rechazo.