Valeria Salcedo, arquitecta de cuarenta años, cree tener todo bajo control. Hasta que un joven diseñador la empapa de café en su primer día de trabajo y, sin saberlo, le desordena la vida.
Héctor Mora, veinticinco, es ingenioso, un foco del desastre y peligrosamente encantador: justo el tipo de caos que Valeria evita desde hace años.
Entre proyectos, pullas y risas, lo que empezó como un accidente se convierte en una atracción que ninguno logra disimular.
Ella teme ser un cliché; él insiste en que el amor no entiende de edades, solo de ganas y afinidad.
HISTORIA DE 23 CAPÍTULOS. GRACIAS POR LEER.
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CAPÍTULO 9
El regreso a la ciudad tuvo un silencio distinto, casi cómodo.
Héctor conducía concentrado; Valeria miraba por la ventana, queriendo alargar las montañas, como si aún pudiera quedarse un rato más allá.
—Tu papá es un personaje —dijo él al fin.
—Lo sé. Y tú le caíste bien, lo cual es casi un milagro.
—Me advirtió que, si te hacía sufrir, me escondiera.
—Sí, su estilo de cariño rudo.
—También me preguntó si mis intenciones eran serias.
—¿Y qué dijiste?
—Que todavía lo estaba averiguando.
Ella giró a mirarlo. Esa sonrisa suya —mitad juego, mitad verdad— la desarmó un poco.
Se rió sin querer, y por un momento el aire dentro del auto cambió.
La ciudad los recibió con bocinas, neón y prisa. El contraste dolía un poco.
El lunes, la oficina olía a aire acondicionado y correos atrasados.
Todo igual. Pero algo —entre ellos— ya no era lo mismo.
A la hora del almuerzo, Héctor se acercó con dos cafés.
—Uno para la arquitecta más brava de Bogotá.
—¿Y el otro?
—Para el tipo que sobrevivió a tu padre.
—Ah, el héroe rural.
—Ese mismo. Quedó con una deuda.
—¿Con quién?
—Con alguien que no sabe cuánto me gusta verla reír.
Ella lo miró, sin poder esquivar la intensidad en su voz.
Esa pausa los envolvió más que cualquier palabra.
Esa tarde llovió. Las ventanas empañadas, el ruido de las teclas, el olor a tinta.
Héctor se ofreció a llevarla otra vez.
—Prometo no mencionar bisagras ni suegros potenciales —bromeó.
—Entonces será el viaje más callado de mi vida.
Pero no fue callado.
Hablaron del perro del vigilante, del café horrible de la oficina, del tráfico que parecía eterno.
Hasta que ella, casi sin darse cuenta, dijo:
—A veces siento que empiezo cosas que no termino.
—Y yo termino cosas que nunca debí empezar.
—Qué dupla.
—Peligrosa —dijo él, con un tono de voz más grave.
Llegaron a su edificio. La lluvia se había vuelto un suspiro.
Él se quedó quieto, con las manos en el volante.
—Gracias por dejarme ir contigo.
—Gracias por ir sin preguntar.
El silencio entre ambos fue corto, pero tenía peso.
Ella se inclinó para despedirse, y en un gesto distraído, le acomodó el cuello del abrigo.
Sus dedos rozaron su piel.
—Eso fue peligroso —dijo él, casi en un suspiro.
—¿Por qué?
—Porque si sigues haciéndolo, voy a besarte.
Ella lo miró, conteniendo la sonrisa.
—Entonces será mejor que no lo haga.
Dio un paso atrás. Pero antes de cerrar la puerta, él la llamó:
—Valeria.
Ella giró.
—¿Sí?
—No lo hagas si no quieres… pero no pretendas que no está pasando.
Ella lo miró, seria, vulnerable, como si por fin entendiera algo que llevaba tiempo esquivando.
Esa noche ninguno durmió bien. Y en medio del ruido de la ciudad, Valeria supo que lo que había empezado no era un juego ni una coincidencia. Era algo que la tocaba de verdad. Algo que podía cambiarlo todo.
El martes amaneció gris, con un tráfico que parecía castigo divino.
Valeria llegó tarde, con el paraguas roto y el café derramado sobre los planos.
—Día glorioso —murmuró, intentando salvar lo que quedaba de los papeles.
—Día glorioso, pero con refuerzos —dijo una voz detrás.
Héctor le tendía un café humeante.
—¿Tú siempre apareces cuando se me cae el mundo?— preguntó ella.
—Más o menos. Es mi especialidad... y mi pasatiempo favorito.
Ella sonrió, sin poder evitarlo.
El gesto fue tan natural, tan de ellos, que por un momento se olvidó de todo lo que había prometido no sentir.
Esa tarde, cuando la oficina quedó vacía, el cielo se vino abajo.
Valeria estaba por salir cuando la luz parpadeó y el edificio se quedó a oscuras.
—Perfecto —dijo, suspirando—. Ahora sí, el cierre cinematográfico.
Un haz de linterna cruzó la puerta.
—Tranquila, no eres la última en morir en una película de terror —bromeó Héctor, con una linterna en una mano y dos barras de chocolate en la otra.
—¿Qué haces todavía aquí?
—Intentaba arreglar el servidor. Pero sinceramente, prefiero morir contigo que solo frente a Excel.
Valeria soltó una carcajada. Terminaron refugiándose en la sala de descanso.
La lluvia golpeaba los ventanales y el sonido se mezclaba con sus risas.
—¿Te das cuenta de que siempre terminamos atrapados en algún lugar? —dijo ella.
—Debe ser el destino. O tu pacto con el clima.
—No me culpes por la lluvia.
—No lo haría, pero sí por cómo sonríes cuando cae.
Ella lo miró, y el silencio pesó un poco más.
—¿Siempre dices cosas así sin pensar? —preguntó ella, como si temiera la respuesta.
—Solo cuando el silencio se vuelve insoportable.
La linterna dibujaba sombras suaves sobre sus rostros.
Por un instante, no fueron jefa y empleado; solo dos personas que coincidieron en el momento equivocado o el perfecto.
Él dio un paso hacia ella, despacio.
—Si me quedo, prometo no decir nada más peligroso.
—No prometas lo que sabes que no vas a cumplir —susurró ella.
Héctor sonrió.
Entonces un trueno sacudió los vidrios, la linterna titiló, y ambos se rieron sin poder evitarlo.
El hechizo se rompió, pero algo quedó.
Valeria, aún riendo, apoyó la frente en su hombro.
El silencio que siguió fue distinto: tibio, expectante.
Él no se movió; solo respiró hondo, como si el aire mismo fuera frágil.
—Podríamos quedarnos hasta que pase —dijo ella.
—O dejar que pase lo que tenga que pasar —contestó él, apenas audible.
Valeria levantó la mirada. Esta vez no había ni ironía ni miedo. Sus labios no se encontraron, pero estuvieron tan cerca que la distancia se volvió un absurdo. Una promesa, suspendida entre ellos.
Cuando volvió la luz, se apartaron con torpeza. Ella recogió su bolso, él apagó la linterna. Ambos sonrieron, fingiendo que solo habían esperado la electricidad.
Al acompañarla hasta la puerta, Héctor dijo sin mirarla:
—No fue la lluvia. Fuiste tú.
Valeria no respondió.
Solo sonrió, y al salir, con el paraguas roto otra vez, pensó que no recordaba la última vez que un martes había sabido tanto a un comienzo.