Durante cinco años, creí que tenía al marido perfecto. Le abrí las puertas de mi familia, le confié la empresa de mi padre y soñé con tener un hijo con él.
Hasta que descubrí quién era la mujer que cuidaba a mi padre.
Había sido su esposa. Tenían un hijo. Y ninguno de los dos pensaba contármelo.
Mientras yo intentaba salvar nuestro matrimonio, ellos preparaban su salida.
Ahora me toca fingir. Sonreírle a mi marido. Tenerla a ella cerca. Dejar que ambos crean que sigo sin enterarme de nada.
Porque no pienso salir de esta historia con las manos vacías. Quiero saber qué hicieron con el dinero de mi familia, recuperar mi lugar y decidir cómo termina mi matrimonio.
Esta vez, las decisiones las tomo yo.
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Capítulo 8
Capítulo 8. Lo que valen las promesas
Valeria trabajaba en finanzas.
Cuando Renata lo supo, volvió a pensar en la presentación de su marido. Instructora de vuelo. No había mentido en eso: también daba clases y podía enseñarle a manejar un helicóptero.
Había dejado fuera lo otro.
Una empleada de Bellaria. Una mujer a la que veía en el trabajo y no solo cuando buscaba una actividad para sus horas libres.
Renata quiso recordar qué cara había puesto al oír su nombre en la fiesta. Si había mostrado sorpresa, si la había saludado como a las demás, si alguien pudo notar que tardaba un segundo más en contestar.
No había manera de regresar y mirarse desde fuera.
Lo que sí podía hacer era volver a verla.
Reservó una clase.
Valeria la recibió sin fingir que no la conocía. Repasó con ella lo necesario, le explicó cómo se comunicarían y le mostró lo que tenía que mirar. Renata la escuchó con una atención que no se debía solo al helicóptero.
La tenía cerca. Las manos de Valeria se movían con seguridad sobre un espacio que conocía. La voz con la que daba las indicaciones era clara. No parecía preocuparse por tener delante a la esposa de Damián.
Renata se acomodó los audífonos.
La última vez que había estado en un helicóptero, su marido iba a su lado. Ella había sacado el celular y sonreído hacia la cámara. Volvió a recordar la imagen y le molestó que apareciera precisamente allí.
Valeria continuó con las indicaciones. Renata siguió lo que le decía. Había ruido, movimiento, cosas en las que debía concentrarse. Esperó a que la otra mujer dejara de explicarle algo para hablar.
—¿Desde hace mucho das clases?
Valeria respondió sin perder de vista lo que hacía.
Renata hizo otra pregunta. Lo suficiente para que una conversación personal pareciera nacer de una curiosidad corriente. Era más fácil si no pensaba a cada segundo qué manos de aquella mujer habían estado sobre su marido.
No siempre lo conseguía.
—¿Y tu novio no se queja de que estés tan ocupada?
Valeria la miró un instante.
—También tiene cosas que hacer.
La respuesta era sencilla. Podía terminar allí. Renata mantuvo el tono con el que había preguntado.
—Entonces tienes novio.
—Sí.
Lo sabía y, aun así, le afectó oírselo decir. No había sido una sospecha que se le escapara en una noche de celos. La mujer estaba admitiendo que había alguien.
Renata dejó pasar un momento.
—¿Qué tal va?
Valeria no buscó una palabra más amable.
—Está casado.
Renata se quedó mirándola.
Había ido preparada para una negación. Para una frase ambigua que pudiera obligarla a insistir. Hasta había imaginado cómo recibiría una mentira si la oía salir de su boca.
No se había preparado igual para aquella franqueza.
—¿Y eso no te molesta?
Valeria no parecía necesitar tiempo para pensar en su respuesta.
No se acercaba a un hombre esperando olvidar lo que ya sabía de él. Si estaba casado, estaba casado. Una podía pasarse meses inventando razones para no mirar ese hecho. Al final seguiría siendo el mismo.
—Depende de lo que esperes —dijo.
Renata sintió el impulso de preguntarle si esperaba que la dejara a ella. No lo hizo así. Todavía estaba sosteniendo una conversación en la que ninguna había pronunciado el nombre de Damián.
—¿Te ha dicho que va a divorciarse?
Valeria hizo un movimiento breve con la boca, casi una sonrisa.
—Los hombres dicen muchas cosas.
La voz le llegó clara por los audífonos.
Renata pensó en las rosas. En el anillo. En Damián diciéndole que averiguaría quién había mandado una fotografía. Una frase podía bastarle para que ella esperara. Valeria, al parecer, no les daba ese valor.
—¿No le crees?
—No necesito creer todo lo que dice.
Renata la miró de nuevo.
Valeria no estaba representando el papel de una mujer demasiado enamorada para entender dónde se había metido. No parecía esperar una fecha para que él saliera de su casa con una maleta. Sabía que las promesas podían servir para mantener una situación exactamente como estaba.
No iba a fingir que no lo sabía.
Renata habría preferido poder despreciarla sin tener que entenderla.
—¿Entonces para qué estás con él?
La pregunta salió más seca de lo que pretendía. Valeria la oyó. Volvió a señalar algo que requería su atención y Renata tuvo que mirar hacia delante.
No podía sostenerle la mirada todo el tiempo. El lugar imponía sus propias pausas.
Cuando pudieron retomar la conversación, Valeria fue al grano.
Estaba construyendo una carrera. Quería avanzar. Un hombre podía abrirle una puerta, acercarla a una oportunidad, ayudarla a conseguir un lugar desde el que seguir creciendo. Eso tenía un valor que podía distinguir de las frases que él dijera cuando quisiera que se quedara.
Renata no la interrumpió.
Le costaba escuchar aquella explicación sin poner en medio todo lo que para ella era un matrimonio. Una casa, los años que llevaban juntos, las cosas que Damián conocía de ella. Valeria hablaba desde otro sitio. No necesitaba negar que existiera una esposa para hacer lo que estaba haciendo.
La esposa podía estar sentada a su lado.
Y ella seguir explicándolo con aquella tranquilidad.
Renata miró las manos con las que señalaba los instrumentos. Tenía las uñas cuidadas. Un gesto corriente, una persona que hacía bien una parte de su trabajo.
Había pasado noches imaginando a una mujer que aún no tenía cara. Ahora estaba recibiendo indicaciones suyas.
Eso también formaría parte de lo que tendría que recordar después.
—¿Y si no te da lo que quieres? —preguntó.
Valeria no confundió la pregunta con una preocupación por ella.
—Entonces habrá que decidir si vale la pena seguir.
Había límites. No los mismos que Renata quería ver, pero límites al fin. Si no había un futuro sentimental, no iba a fabricarlo para sentirse mejor. Prefería un resultado que pudiera reconocer cuando lo tuviera delante.
Renata se quedó callada.
No quería concederle nada. Ni una comprensión que pareciera disculparla ni una reacción que la dejara satisfecha. Le había hablado con la voz tranquila de quien podía explicar sus decisiones. Ella todavía estaba intentando sostener las suyas sin que se notara cuánto le dolían.
Terminaron la clase.
Al bajar, Renata notó con más fuerza el cansancio de haberse mantenido atenta a dos cosas distintas. Tenía que recordar instrucciones y, al mismo tiempo, encontrar una pregunta que no la traicionara. Controlar las manos, la cara, la manera de respirar cuando la otra mujer hablaba de su novio casado.
Valeria volvió al tono profesional.
Le explicó lo que podían hacer si quería continuar con las clases. Renata miró la información sin apartarse todavía.
Había un horario.
Horas que Valeria reservaba para volar. Horas en las que no podía estar en otro sitio.
Renata le preguntó por los espacios disponibles.
Valeria se los mostró.
Ella hizo cuentas. No estaba calculando cuánto tardaría en aprender. Estaba mirando cuánto tiempo de aquella mujer podía ocupar sin preguntarle dónde pensaba pasar el resto.
—Me los quedo.
Valeria la miró.
—¿Cuáles?
Renata señaló los horarios que había estado consultando.
—Estos.
La otra mujer volvió a mirar la lista, como si hubiera entendido mal la cantidad.
Renata mantuvo la expresión.
—Voy a salir del país. Todavía no sé cuánto tiempo. Prefiero dejarlo pagado.
La explicación no hacía más cómodo el encargo. Compraba clases sin fijar un regreso y ocupaba el tiempo que Valeria tenía disponible. No había una forma amable de resolverlo sin perder algo.
Valeria le dijo la cantidad.
Renata no discutió el precio.
Podía comprar un vestido, una bolsa o una joya. Había pagado cosas que le gustaban sin detenerse tanto a pensar en lo que recibía. Allí sabía exactamente qué parte del gasto le importaba.
Que Valeria tuviera que estar en un lugar.
Que Damián no pudiera encontrarla siempre libre cuando quisiera verla.
No se lo dijo.
Valeria tampoco le preguntó si quería aprender a volar con tanta urgencia.
Al guardar el comprobante, Renata levantó la mirada. La mujer ya no parecía tan cómoda como cuando había hablado de las promesas de los hombres.
Eso le dio una satisfacción pequeña y desagradable.
No arreglaba nada de lo que había descubierto. No borraba el olor que llevaba en su fiesta. Tampoco devolvía a Damián a una versión de su vida en la que todo aquello no hubiera ocurrido.
Pero, por primera vez desde que Valeria había entrado en su casa, Renata había conseguido modificar algo sin pedirle una explicación.
Se despidió con educación.
Valeria se quedó con el calendario ocupado.