Luciana era una joven de 17 años, con cabellos castaños y ojos que reflejaban una mezcla de melancolía y determinación. Desde pequeña, había sentido que no encajaba en el mundo que la rodeaba. Las risas de sus compañeros resonaban como ecos lejanos mientras ella lidiaba con inseguridades y un profundo anhelo de pertenencia.
Su vida se complicó aún más tras la muerte de su madre, un evento que dejó un vacío en su corazón. A menudo se perdía en sus pensamientos, buscando respuestas en los libros de fantasía que solía leer. Sin embargo, lo que no sabía era que su conexión con el mundo mágico era más real de lo que imaginaba.
El Consejo Celestial, al notar su vulnerabilidad y el peligro que la acechaba, decidió enviar a su ángel de la guarda,Axel . Su misión era protegerla de fuerzas oscuras que querían aprovechar su tristeza y debilidad. Pero Axel no solo debía protegerla ; también se vería atrapado en un dilema : podría intervenir emocionalmente sin violar las ley celestial.
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Desesperación o redención
El camino de regreso a casa desde el instituto nunca se había sentido tan largo. Luciana caminaba con los hombros caídos, sintiendo todavía el eco de las risas de Mateo y el silencio cobarde de Julián rebotando en sus sienes. El cielo se había teñido de un gris plomizo, como si el mundo mismo se estuviera preparando para un luto que ella aún no comprendía. Al llegar frente a su casa, la estructura de madera antigua parecía más encorvada que de costumbre, envuelta en un silencio que no era de paz, sino de abandono.
—¿Papá? —llamó Luciana al cruzar el umbral.
Sus pasos resonaron en el pasillo vacío. Un olor ácido y punzante, una mezcla de humedad y alcohol barato, la golpeó de inmediato. Corrió hacia la sala, con el corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro enjaulado. Lo que encontró la dejó paralizada: Luis estaba tendido en el suelo, con una mano crispada sobre la alfombra raída y la otra rodeando una botella de aguardiente vacía. Tenía los ojos entreabiertos, pero solo mostraban el blanco, y una espuma fina manchaba la comisura de sus labios.
—¡No! ¡Papá, por favor, no! —el grito de Luciana fue un desgarro animal.
tu no!!!!
Se lanzó sobre él, sacudiéndolo con una fuerza que no sabía que poseía. Sus dedos buscaron un pulso en el cuello frío; era apenas un hilo, un susurro que amenazaba con apagarse en cualquier segundo. Llamó a emergencias con manos tan temblorosas que casi bloquea el teléfono. Los minutos que tardó la ambulancia fueron una eternidad de súplicas inútiles. Cuando los paramédicos llegaron y comenzaron las maniobras, uno de ellos la miró con una mezcla de lástima y gravedad profesional.
—Está en un coma etílico profundo, jovencita. El sistema está colapsando. No sabemos si su cuerpo aguantará el traslado.
Esa frase fue el golpe de gracia. Luciana vio cómo subían la camilla A la unidad, vio las luces rojas parpadear contra las paredes de su hogar y, de repente, la realidad se fragmentó. El dolor acumulado durante años —la ausencia de su madre, la carga de la casa, la humillación en el club y la traición de Julián— explotó en su interior como una supernova de amargura.
Luciana - Por favor lleven a mi papá rápido,yo voy detrás!!
Salió de la casa tambaleándose, con una risa histérica y rota escapando de su garganta. No podía respirar. Se sentía loca, fuera de su propio cuerpo, como si su mente hubiera decidido abandonar el barco antes de que se hundiera. Corrió hacia la acera y se desplomó bajo la luz mortecina de un farol, golpeando el pavimento con sus puños cerrados hasta que la piel de sus nudillos se rasgó y la sangre se mezcló con la suciedad del suelo.
—¡Llevátelo todo! —aulló al cielo negro—. ¡Si vas a quitarme a mi padre, quítame la vida a mí también! ¡Ya no quiero ser fuerte! ¡Estoy harta de este mundo de mierda!
Estaba en el abismo, entregada a la oscuridad absoluta, cuando de pronto el ruido de la ciudad se apagó. Un silencio sobrenatural, denso como la miel, envolvió la calle. Una luz suave, pero intensamente blanca, comenzó a filtrarse desde las sombras del jardín descuidado.
Luciana levantó la vista, con el rostro desfigurado por el llanto, y se quedó petrificada. Frente a ella, de pie sobre el asfalto frío, apareció una figura que desafiaba toda lógica. Era un hombre de una estatura imponente, con una túnica que parecía tejida con hilos de luna. Pero lo que detuvo el corazón de Luciana fueron sus alas.
Eran inmensas, de un blanco tan puro que cegaba, con plumas que vibraban con una energía dorada. Al extenderse, cubrieron casi toda la anchura de la calle, desprendiendo un aroma a jazmines y tierra mojada después de la lluvia. El ángel era de una belleza aterradora y serena a la vez.
—Pequeña guerrera —dijo el ángel. Su voz no era un sonido, sino una caricia que resonó en cada átomo del cuerpo de Luciana—. No grites más al vacío, porque el vacío no puede responderte. Yo sí.
—¿Quién eres? —susurró ella, su locura deteniéndose ante la majestuosidad del ser—. ¿Eres la muerte?
El ángel se arrodilló en el lodo frente a ella. El roce de sus alas contra el suelo hizo que las grietas del pavimento se iluminaran con un resplandor plateado. Tomó las manos ensangrentadas de Luciana entre las suyas, y ella sintió una calidez eléctrica que cerró sus heridas instantáneamente.
—Soy tu Ángel de la Guarda, Luciana. He recogido cada lágrima que has derramado en secreto sobre tus libros. He estado contigo en las noches largas del club y en las mañanas vacías de tu casa. No dejes que la sombra de hoy apague la luz que llevas dentro. Tu padre está en el umbral, sí, pero tu fe es el puente que puede traerlo de vuelta.
—No tengo fuerzas... —sollozó ella, dejando caer su cabeza sobre el pecho luminoso del ángel.
—Yo te daré las mías —el ángel la envolvió con una de sus alas, y por un momento, Luciana sintió que el dolor desaparecía, reemplazado por una paz que sobrepasaba todo entendimiento—. Ve al hospital. No temas. No estás caminando sola por este valle.
El ser de luz se puso en pie y comenzó a desvanecerse en un destello de chispas doradas. Luciana parpadeó y, en un segundo, la calle volvió a ser la misma: oscura, fría y silenciosa. Pero sus manos ya no sangraban y en su pecho no había locura, sino una certeza inquebrantable. Se puso de pie, se limpió la cara y, con una fuerza que no era suya, comenzó a caminar hacia el hospital. El cielo seguía gris, pero ella ya sabía que, por encima de las nubes, el sol nunca dejaba de brillar.
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