Keily siempre pensó que su vida sería tranquila: libros, estudios y pasar desapercibida. Lo último que esperaba era verse comprometida con Gastón Moretti, el capitán del equipo de básquetbol de la universidad… y también el chico que más la había molestado en el pasado.
Entre compromisos familiares, apariencias que mantener y la presión de una relación inesperada, ambos descubrirán que este acuerdo no será tan sencillo como parecía.
¿Podrán sobrevivir a la farsa sin que el corazón se les escape de las manos?
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Capítulo 7: Un sábado tranquilo… hasta la madrugada
Keily
El sábado comenzó con calma, un lujo raro desde que empezamos a convivir. Teníamos que ir a cenar a la casa de los padres de Gastón, un evento que normalmente me ponía nerviosa, pero esta vez algo en mí estaba más tranquila. Tal vez porque había pasado la prueba de Martina y porque, a pesar de nuestras discusiones diarias, él parecía más atento conmigo últimamente.
—¿Lista para la cena en la mansión de terror? —bromeó Gastón mientras nos subíamos al auto.
—Tú y tus comparaciones —dije, rodando los ojos—. Más que terror, yo diría que es un museo lleno de cuadros con cejas levantadas y críticas silenciosas.
—Perfecto para ti, Cerebrito —respondió con una sonrisa socarrona—. Nada como la presión parental para hacerte más encantadora.
—Encantadora, me dices ahora —murmuré, mientras me acomodaba en el asiento—. Mejor me quedo con “no-humillada”.
Llegamos y fuimos recibidos por los padres de Gastón con esa cordialidad impecable que solo los Moretti saben tener. Su madre, elegante y con esa sonrisa que mezcla autoridad y cariño, me recibió con un abrazo que me hizo sentir un poco menos tensa.
Durante la cena, la conversación fluyó de manera sorprendentemente natural. La madre de Gastón incluso comentó:
—Chicos, ya no parecen pelear tanto como al principio. —Me miró con esa mirada inquisitiva que parecía decir “¿cómo lo lograron?”
Gastón me lanzó una mirada cómplice y murmuró:
—Ya ves, Cerebrito… estamos evolucionando.
—Evolucionando o resignándonos, ¿no? —respondí en voz baja, lo suficiente para que él sonriera.
—Resignación no suena tan romántica —replicó, encogiéndose de hombros—. Prefiero llamarlo “táctica de supervivencia”.
Reímos juntos y, por un momento, sentí que todo el drama de las peleas y los compromisos forzados se desvanecía. La comida, la charla y hasta las bromas de sus padres creaban un ambiente más relajado del que esperaba.
Después de la cena, pasamos la tarde dando un paseo por el jardín, charlando sobre cosas triviales: la universidad, series que ambos veíamos, hasta cómics y videojuegos. Gastón, sorprendentemente, mostró interés por un cómic que yo estaba leyendo, algo que me hizo sonreír.
—¿Te imaginas que el héroe tuviera tu habilidad para esquivar balas de sarcasmo? —bromeó él, señalando mi risa contenida.
—Sería un superpoder muy útil —respondí—. Porque créeme, lo usaría mucho contigo alrededor.
El día pasó tranquilo, con risas y alguna que otra pequeña broma sobre nuestras discusiones anteriores. Parecía que, por un tiempo, no habría necesidad de peleas.
Al caer la noche, ya de regreso al departamento, Gastón se recargó en el marco de la puerta con esa expresión traviesa que siempre me desconcertaba.
—Oye… —dijo, acercándose un poco—. Saldré a una fiesta con unos amigos.
—Ah, genial —dije, sin mirarlo demasiado, ocupada en organizar unas cosas en la mesa.
—¿Ah, genial? —repitió con tono burlón—. No suena tan entusiasmada.
—No estoy entusiasmada con la idea de que te emborraches y luego llegues a decir cosas que no debo escuchar —le contesté con tranquilidad.
—Vamos, Cerebrito, será divertido —insistió—. Ven conmigo.
—No gracias —dije, finalmente girándome a mirarlo—. Hoy me quedo en casa. Tengo mis cosas que hacer y además… —lo interrumpí con un gesto leve—. Además no quiero ver a nadie borracho hoy.
Gastón frunció ligeramente el ceño, pero finalmente encogió los hombros.
—Como quieras —dijo, dando media vuelta—. Pero no te quejes si te pierdes la diversión.
Pasé el resto de la noche sumergida en mis cosas: estudiando un poco, organizando apuntes, leyendo y escuchando música. La tranquilidad era agradable, aunque no podía evitar pensar en lo diferente que se sentía todo desde que empezamos a convivir.
Alrededor de la madrugada, finalmente me acosté. La cama estaba acogedora y me sentía cansada pero satisfecha por haber tenido un día tranquilo. Poco a poco, el sueño me fue venciendo… hasta que un ruido extraño me despertó.
—¿Qué fue eso? —susurré, sentándome de golpe.
Un golpe suave y un tambaleo me hicieron darme cuenta de inmediato: la puerta de mi habitación se estaba abriendo. Parpadeé y ahí estaba él: Gastón, claramente borracho, entrando tambaleante en mi cuarto.
—¡¿Qué… qué haces?! —exclamé, levantándome de un salto y cruzando los brazos—. ¡No puedes entrar así!
Él sonrió torpemente, con los ojos vidriosos y un hilo de voz.
—Cerebrito… hola… no quería… molestarte…
—¡Molestarte?! —dije, señalándolo con el dedo—. ¡Te metiste en mi cuarto borracho a estas horas!
Gastón dio un paso tambaleante hacia la cama, con la intención de tumbarse a mi lado.
—Tranquila… no voy a morder —dijo, intentando sonar inocente y divertido—. Solo quiero dormir un poco.
—¡Ni un “poco”! —respondí firme, retrocediendo para mantener distancia—. No me voy a acostar contigo en este estado, Gastón.
Él se detuvo, levantando las manos en señal de rendición, pero con esa sonrisa traviesa que no se borraba del rostro.
—Está bien, está bien… —murmuró—. Me quedaré aquí, en el suelo… lo prometo.
Suspiré, cruzándome de brazos, pensando en lo vulnerable que se veía y sintiendo un pequeño tirón de ternura.
—Está bien… pero solo porque claramente no sobrevivirías en el suelo —dije finalmente, moviéndome hacia un lado de la cama.
Él se dejó caer a mi lado, abrazándome torpemente.
—Gracias… Cerebrito —murmuró, medio dormido.
Sentí algo raro en el estómago, un revoltijo de ternura y… confusión. Pero me mantuve firme.
—Recuerda: esto es solo por compasión—advertí—. Nada más.
Gastón suspiró, acomodándose contra mí, y poco a poco se quedó dormido, respirando con regularidad. Cuando estuve segura de que descansaba profundamente, me levanté con cuidado. Sin hacer ruido, lo dejé durmiendo en mi cama y fui hacia la habitación de él, donde me acosté, cerrando los ojos y dejando que la torpeza, descaro y vulnerabilidad de Gastón se quedaran en el silencio de mi habitación.
Suspiré, recostándome, y no pude evitar sonreír. Nuestra convivencia era un caos constante, pero momentos como este, torpes, humanos y extrañamente entrañables, me hacían pensar que, tal vez, podía soportarlo… y hasta disfrutarlo.