un romance entre un mafioso y un femboy
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LA TRAICIÓN
Durante los días siguientes, Dante se sumergió en una investigación silenciosa y meticulosa. Se movía entre sombras y conversaciones breves, revisando cada detalle, cada rastro, cada pequeña inconsistencia que antes había pasado por alto. No confiaba en nadie. Ni siquiera en aquellas personas que habían estado a su lado durante años, a quienes había tratado como familia, en quienes había depositado su seguridad y su vida. La traición le había enseñado que las apariencias engañan, y ahora cada rostro le inspiraba cautela.
Adrián comenzó a notar los cambios. Dante dormía apenas unas horas, con la mirada siempre alerta, ojeras marcadas bajo sus ojos oscuros, la tensión aferrada a los hombros como un peso que no lo abandonaba ni un instante. Comía poco, hablaba menos, y sus manos, antes firmes y seguras, a veces se cerraban en puños sin que él se diera cuenta, luchando contra algo que no quería compartir.
Una noche, cuando la luna bañaba de plata el jardín y el silencio envolvía la mansión, Adrián lo encontró sentado solo en un banco de piedra, con la mirada fija en la oscuridad, como si buscara respuestas entre las sombras. Se acercó despacio, sin asustarlo, y se sentó a su lado, dejando un pequeño espacio entre ambos.
—¿No puedes dormir? —preguntó suavemente.
Dante negó con la cabeza, sin girarse todavía.
—No.
—¿Quieres hablar? —insistió Adrián.
Dante suspiró, un sonido cargado de cansancio y amargura.
—No quiero preocuparte. Bastante has soportado ya por mi culpa.
Adrián lo miró de frente, con esa calma que solo él sabía transmitirle.
—Ya estoy preocupado, Dante. Estar contigo significa verte así y no quedarme de brazos cruzados.
Dante lo miró entonces, con una mezcla de ternura y dolor en la mirada.
—Ese es mi problema. Yo soy quien arrastra todo esto.
—No —respondió Adrián, negando con firmeza—. No. Ese es nuestro problema.
Dante se quedó en silencio. Aquellas palabras resonaron en su interior con una fuerza que no esperaba. Nadie le había dicho algo así antes. A lo largo de su vida, la gente huía de los problemas, los cargaba sobre él o los usaba en su contra. Por primera vez, alguien no estaba huyendo de su mundo caótico, sino que se quedaba dispuesto a enfrentarlo junto a él. No como un peso, sino como un compañero.
Pasaron los días y la investigación finalmente reveló la verdad, cruda y dolorosa. Uno de los hombres más cercanos a Dante, alguien en quien había confiado durante años, era quien filtraba la información. Pero no actuaba solo. Su antiguo socio, aquel a quien creía muerto y enterrado, seguía vivo. Era él quien movía los hilos desde las sombras, quien había orquestado todo para destruirlo desde adentro.
Dante sintió la traición no como una amenaza a su poder, sino como una herida profunda en el alma. Le dolía no el cargo ni la posición, sino haber confiado, haber sido engañado por alguien a quien había considerado un hermano.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Adrián, notando cómo su respiración se alteraba.
Dante levantó la vista, decidido.
—Resolverlo.
—¿Cómo? —insistió él—. ¿Con violencia? ¿Con la misma guerra que siempre?
Dante lo miró a los ojos.
—De forma que tú no formes parte de esto. No voy a ponerte en el fuego.
—Dante…
—No —lo cortó él—. No quiero que te conviertas en una víctima de mis enemigos.
—Escúchame —Adrián tomó su mano entre las suyas, con suavidad pero con firmeza—. No quiero que hagas algo de lo que después te arrepientas. No quiero que te pierdas a ti mismo por venganza.
Dante guardó silencio unos segundos, acariciando con el pulso la mano que lo sostenía.
—Antes… antes habría hecho cualquier cosa. Habría destruido todo lo que se interpusiera en mi camino, sin importar el costo.
—¿Y ahora? —preguntó Adrián en un susurro.
—Ahora tengo algo que perder —respondió Dante, y su voz se suavizó, llena de ternura y miedo a la vez.
Adrián sonrió, apenas, pero con una calidez que llegó hasta el corazón de Dante.
—Entonces no lo pierdas. Lucha por nosotros, no contra el mundo.
Dante apretó su mano, asintiendo. Sabía que el enfrentamiento era inevitable, que las heridas debían sanar y que la traición debía ser afrontada. Pero también sabía que ya no era el mismo hombre que antes.
La revelación provocó una ruptura profunda dentro de la organización. Algunos miembros, arrastrados por el miedo o la ambición, abandonaron a Dante para seguir al antiguo socio. Otros, sin embargo, permanecieron a su lado, eligiendo lealtad sobre conveniencia. Y en medio de todo ese cambio, Dante comprendió algo importante: su antiguo mundo, aquel que había odiado y soportado durante tanto tiempo, se estaba desmoronando. Y quizá… quizá era exactamente lo que necesitaba para construir uno nuevo.