Pesadillas terribles torturan la conciencia y cordura de un Hombre. Su deseó de proteger a los suyos y recuperar a la mujer que ama, se ven destruidos por una gran telaraña de corrupción, traición, homicidios y lo perturbador de lo desconocido y lo que no es humano. La oscuridad consumirá su cordura o soportará la locura enfermiza que proyecta la luz rojo carmesí que late al fondo del corredor como un corazón enfermo.
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El Hombre Sin Ojos. Pt5.
Miro el camión por la ventana. Los hombres siguen cargando muebles. El destino ya está en marcha, y llegamos tarde, nuevamente.
Helen me entrega el sobre con las manos temblorosas. Está arrugado, amarillento en las esquinas. En el frente, un nombre escrito con tinta negra: Helen.
Nada más. Sin dirección, sin fecha.
Lo abro despacio. La hoja tiembla un poco, o tal vez soy yo quien tiembla. La letra de Mat es firme, apretada, la de un hombre que intenta no dejar espacio al miedo:
“Si estás leyendo esto, Helen, significa que algo salió mal. No te quedes. No preguntes. Llévate a los niños y vayan con tus padres, aléjense lo más posible de Cuatro Leguas. No busques ayuda, ni confíes en nadie, ni siquiera en la policía. Hay cosas que no puedo explicarte, cosas que no debo escribir. Pero todo lo que hice fue para protegerlos. Perdóname. Te amo”. Al final de la hoja, una mancha negra esta pegada, como si algo viscoso hubiera caído sobre ella.
Cierro el sobre y lo miro largo rato. Helen me observa en silencio, esperando que diga algo que le devuelva sentido a todo eso. Pero no hay consuelo que sirva cuando la muerte llega escrita de antemano.
—¿Reconoce la letra? —pregunto.
—Sí… es la suya. —traga saliva—. La conozco desde hace veinte años.
Héctor se acerca desde la cocina.
—Nada fuera de lugar —dice—. Solo cajas y ropa. Ni un documento, ni una computadora.
—¿Revisaste el escritorio?
—Vacío. Como si se hubieran llevado hasta los secretos.
Guardo la carta en una bolsa plástica.
—Esto no es una simple advertencia —murmuro—. Es una despedida planeada.
Helen baja la mirada. Perdida en su tristeza infinita.
—¿Cree que alguien lo estaba siguiendo? —pregunta.
—No lo sé. Pero su esposo no hablaba de más. Y esto suena a alguien que sabía que lo vigilaban.
Miro hacia la ventana. Afuera, el camión de mudanza ya se aleja, arrastrando el polvo de la calle. El reflejo del vidrio me devuelve mi propio rostro cansado. Pienso en las palabras de la carta: “No confíes en nadie, ni siquiera en la policía.”
—¿En qué trabajaba exactamente su esposo? —pregunto sin mirarla.
—En una empresa de finanzas en el distrito Norte. Ascendió después de 10 años, hace unos 6 meses atrás. Supervisaba la oficina de inversiones… aunque últimamente pasaba más tiempo fuera que en casa. Decía que era por los nuevos contratos.
Héctor anota algo en su libreta.
—¿Sabe con quién se reunía últimamente, dentro o fuera del trabajo? —le pregunta.
Helen niega con la cabeza.
—No. Solo decía que eran “cosas del trabajo”. Pero empezó a cambiar. Tenía miedo, lo noté. No era el mismo. Vigilaba tras su hombro cada vez que se oía un golpe o un ruido fuerte.
Silencio… Afuera, el sonido de un motor se aleja hasta desaparecer.
—Señora Slim —le digo—, necesito quedarme con esta carta. Puede que nos ayude a entender qué le pasó a su esposo.
Ella asiente, resignada. Siento como la tristeza la está consumiendo por dentro.
—Bien, Señora Slim. Nosotros nos vamos, gracias por su tiempo. Lamento lo ocurrido, si algo más se presenta no dude en contactarme. El cuerpo de su esposo estará en la morgue del distrito Sur, podrá ir a verlo en el momento que desee.
Meto la mano en mi abrigo y saco una de mis arrugadas tarjetas de presentación, se la extiendo y ella la recibe con las manos temblorosas.
—Aquí está mi número privado, no dude en llamarme. Encontraremos a los responsables, ahora descanse y cuide de sus hijos.
Me levanto, miro alrededor una última vez. En la mesa hay una taza a medio lavar, un dibujo infantil de una familia pegado con cinta en la pared. Todo huele a un hogar que está a punto de dejar de serlo.
Caminamos en silencio a la puerta, los niños abrazan a su madre llorando con desesperación, una escena desgarradora; pero yo… ya no puedo hacer nada más aquí.
Cuando salimos, Héctor se queda parado frente a la entrada un segundo.
—¿Qué piensas? —me pregunta, sin dejar de ver dentro de la triste casa vacía.
—Pienso que Mat Slim sabía que lo iban a matar. —respondo, cazando un cigarrillo de mi bolsillo.
—¿Y la carta?
—La carta es su epitafio. Pero también un aviso.
—¿Aviso de qué? —pregunta, alzando una ceja.
—De que… choco con algo muy denso, y no logro largarse a tiempo. No quería que su familia fuera la siguiente. Por eso preparo todo, en caso de no lograr escapar a tiempo todos juntos, al menos su familia si lo lograría. Tenemos que ponerles protección. Avisa a Jonny, que se tome sus vacaciones cerca de la casa donde lleguen.
Poso el cigarrillo en mi boca y lo enciendo con desgano. El humo se mezcla con la bruma de Cuatro Leguas. Algo se mueve en el aire, una tensión que no sé nombrar todavía. Pero lo siento. El caso recién empieza. Y será más complicado de lo habitual.
Héctor solo asiente y saca su teléfono, toca la pantalla brillante, lo posa en su oreja. Tras unos segundos, dice:
—Hola. A-66, Circulo, Slim-Eco, Corta-Corta, Mil, Circo. —termina gritando—, ¡Muérete estúpido!
Corta.
La risa se escapa de mi sin que lo quiera. Estúpido Jonny, nadie más puede ser el perro guardián de esta familia. Nadie, hasta que logre dar con todos los que sean un peligro para ellos. Al menos eso le debo a Mat… por ser su cómplice, en destrozar el corazón de su dulce familia.
Caminamos directo al coche, subimos una vez más y enciendo su viejo motor. El Mustang ruge molesto, incluso el siente ira y tristeza al ver tal escena. Héctor mira la casa con tristeza una última vez, nada peor que ver a una familia destrozada a primera hora del día.
Conduzco directo a la comisaría sin decir más, Héctor solo teclea en su laptop con la cara brillando por la pantalla. El coche se desliza hacia el sur, dejando atrás el destrozado hogar y las miradas curiosas. No decimos nada en el camino. No hay nada que decir cuando la muerte parece repetir la misma tragedia cruel una y otra vez.