un romance entre un mafioso y un femboy
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EL PASADO QUE LO CONVIRTIÓ EN MONSTRUO
Dante comenzó a hablar. Y al hacerlo, por primera vez, dejó de ser el hombre misterioso, impasible y distante que todos conocían. Aquella coraza que había construido pieza por pieza durante años, se agrietó lentamente para revelar al hombre que había detrás de ella.
Le contó a Adrián sobre su infancia: los días fríos en una casa demasiado grande, donde el afecto era algo que se medía en cifras y no en caricias. Le habló de las personas que había amado y perdido, de las risas que se apagaron demasiado pronto, de las promesas que se rompieron antes de cumplirse. Y luego, con la voz quebradiza pero firme, mencionó la traición: aquella puñalada por la espalda que destruyó a su familia en una sola noche, que dividió todo lo que conocía en un antes y un después, y que lo empujó a heredar una organización que nunca había querido, un peso demasiado pesado para alguien que solo anhelaba ser libre.
—¿Entonces… nunca quisiste esta vida? —preguntó Adrián, con un hilo de voz, sintiendo cómo el pecho se le apretaba.
Dante negó con la cabeza, despacio.
—No. Jamás la quise.
—¿Y por qué continuaste? ¿Por qué no te alejaste?
Dante apartó la mirada y la llevó hacia la ventana, donde la luz del atardecer teñía de dorado los árboles del jardín. Sus dedos se cerraron con fuerza sobre el alféizar.
—Porque tenía miedo —confesó, tan bajo que casi fue un susurro.
Adrián frunció el ceño, confundido.
—¿Miedo? Tú… tú no le temes a nada.
—Le temo a muchas cosas —respondió Dante, girándose hacia él—. Le temo a la soledad. Al caos que se desataría si yo me voy. Si abandonaba el poder, personas inocentes morirían. Lo sé con certeza. Y no podía permitirlo.
Hizo una pausa, tragando con dificultad, como si cada palabra le costara salir.
—Durante años pensé que podía controlarlo todo. Las personas, los enemigos, los aliados… incluso mis propios sentimientos. Me dije que si mantenía todo bajo control, nadie más saldría herido. Creí que la fortaleza era no sentir nada.
Sus ojos se fijaron en los de Adrián, y en ellos brillaba algo vulnerable, desnudo, sincero.
—Hasta que apareciste tú.
Adrián sintió un nudo en la garganta que le impidió hablar por un instante.
—Dante…
—Por eso intenté alejarte desde el principio —continuó él—. Porque cada vez que te veía, perdía el control. Y te puse en peligro solo por estar cerca de mí.
—¿Me alejabas porque me quieres? —preguntó Adrián, dando un paso hacia él.
Dante asintió, casi con dolor.
—Precisamente por eso.
—Pues no puedes decidir por mí —dijo Adrián, acercándose un poco más—. Yo decido qué peligros quiero enfrentar y con quién.
—Lo sé —susurró Dante.
—Entonces deja de intentarlo. No me protejas alejándome. Quédate conmigo.
Dante respiró hondo, como si estuviera luchando contra todo lo que le había enseñado la vida.
—Tengo miedo de perderte —admitió, y por primera vez no se avergonzó de decirlo en voz alta.
Adrián lo miró a los ojos, sereno y firme.
—Eso te da miedo, lo entiendo. Pero eso no significa que tengas derecho a encerrarme ni a decidir por los dos. Yo también tengo miedo. Y aun así, estoy aquí.
Dante bajó la mirada, y asintió despacio.
—Tienes razón.
Aquellas dos palabras fueron más importantes que cualquier declaración grandiosa. Dante nunca aceptaba estar equivocado. Nunca daba la razón a nadie. Pero por Adrián estaba dispuesto a dejar de tener la razón, y empezar a hacerlo bien.
Se quedaron así, de pie, el uno frente al otro, con el aire entre ellos más ligero, más honesto, como si por fin se estuvieran viendo de verdad. Sin embargo, la tranquilidad duró poco.
Esa misma noche, cuando las sombras ya se habían alargado por toda la mansión, el teléfono de Adrián vibró sobre la mesa de noche. No era una notificación cualquiera. Era un mensaje, de un número desconocido, sin nombre, sin rastro.
Lo abrió con el ceño fruncido. El texto era breve, directo, helado:
«Dante no es quien crees.»
Y debajo, una fotografía adjunta.
Adrián la miró y sintió cómo el corazón se le detenía por un instante. En la imagen, Dante aparecía junto a un hombre de aspecto rudo, de mirada afilada y cicatrices visibles en las manos, alguien que Adrián nunca había visto. Estaban en una habitación que no reconocía, y las posturas de ambos no eran de extraños.
—¿Quién es? —preguntó Adrián, mostrando el teléfono con voz temblorosa.
Dante miró la pantalla. Y en el mismo instante, su rostro perdió todo el color. La ternura se desvaneció, sustituida por una expresión de alarma y comprensión.
—Ese hombre… —murmuró, sin apartar la vista.
—¿Quién es, Dante?
—Mi antiguo socio —respondió él, y sus palabras pesaban como plomo.
—¿Y por qué aparece contigo en esta foto? ¿Cuándo fue esto?
Dante lo miró a los ojos, y la verdad cayó entre ambos como una losa.
—Porque yo vi cómo moría. Lo enterré. Creí que estaba muerto hace años.
El silencio que siguió fue denso, inquietante. Dante comprendió de golpe que la traición era mucho más profunda de lo que jamás había imaginado. Que alguien que debía estar bajo tierra no solo estaba vivo, sino que se había mantenido cerca, observando, esperando el momento justo. Y que alguien más había conseguido entrar nuevamente en su vida, esta vez por el único punto débil que tenía: Adrián.