En Markhan College, los secretos tienen precio… y algunos se pagan con sangre.
Ivy Sawyer era hermosa, brillante y aparentemente perfecta. Todos querían ser su amigo, todos la admiraban y muchos la envidiaban. Hasta que apareció muerta.
Rose Dawson no está dispuesta a aceptar la versión oficial. Mientras comienza a investigar, descubre que Ivy había dejado detrás una colección de secretos, mentiras y enemigos. Profesores destruidos por acusaciones, alumnos expulsados injustamente, becas obtenidas mediante accidentes, estudiantes acosados hasta la tragedia y una misteriosa Orden que controla silenciosamente los pasillos de Markhan.
Pero cuanto más investiga Rose, más incómoda se vuelve la verdad.
Ivy no era la víctima inocente que todos creían.
Era una estratega.
Una manipuladora.
Y quizá, la persona más peligrosa de toda la academia.
Ahora Rose deberá descubrir quién la mató… antes de convertirse en el próximo secreto enterrado de Markhan.
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LA DENEGACIÓN Y LA FURIA
El aire del comedor principal de Markhan College olía a café recién colado, tostadas con mantequilla y a una ostentación contenida. Bajo los techos altos de madera tallada y las enormes vidrieras victorianas, los estudiantes conversaban en murmutos educados, agrupados en mesas de caoba impecables. Ninguno de ellos levantaba la voz; la compostura parecía ser una asignatura más dentro del plan de estudios.
Caminé entre las filas de mesas sosteniendo una bandeja intacta. No tenía hambre. Mis ojos recorrían el espacio con una calma fingida, escaneando cada rostro, cada grupo social, hasta que lo encontré.
Malcom Price estaba sentado solo al fondo, junto a una ventana lejana. Vestía el uniforme con una pulcritud matemática, pero la postura de sus hombros delataba una rigidez artificial. Sostenía una taza entre las manos sin beber de ella, con la mirada fija en un punto indeterminado del jardín exterior.
Me acerqué sin prisa. El sonido de mis pasos sobre la alfombra no llamó la atención de nadie, salvo la suya. Cuando estuve a un metro de su mesa, Malcom levantó la cabeza. Sus ojos oscuros se encontraron con los míos y, por una fracción de segundo, vi cruzar por sus facciones una sombra de aprensión que intentó enmascarar de inmediato tras una mueca de aburrimiento.
—La mesa está ocupada —dijo antes de que pudiera decir una palabra. Su voz era grave, contenida, con el tono acostumbrado de quien está habituado a ser obedecido.
—No vine a comer, Malcom —respondí, sentándome en la silla frente a él sin pedir permiso.
Él apretó ligeramente la mandíbula. No apartó la taza, pero sus dedos se tensaron sobre la cerámica blanca.
—Srta. Dawson, ¿cierto? La hermana pequeña que viene a hacer preguntas. Si buscas consuelo o respuestas diplomáticas, te equivocaste de persona. Ve a hablar con la prefecta o con tus patrocinadores.
—No busco consuelo —dije inclinándome ligeramente hacia adelante, reduciendo la distancia entre nosotros—. Y no me interesan las respuestas diplomáticas. Me interesa saber por qué el nombre de un Price aparece tantas veces en los papeles que Ivy dejó guardados.
Mantuve la voz en un susurro audible solo para él. Malcom no se inmuto visiblemente, pero el tono de su piel pareció perder un matiz de color. Sus ojos descendieron un segundo hacia mi cuello antes de volver a clavarse en los míos.
—Ivy escribía tonterías. Tenía una imaginación fértil y una necesidad enfermiza de llamar la atención. No creas todo lo que leas en los cuadernos de una chica frustrada.
—No eran tonterías, Malcom —lo interrumpí con frialdad—. Eran fechas, números de cuenta, nombres y firmas. Ivy no tenía imaginación; tenía un archivo. Y en la última página que escribió antes de morir, tu nombre no estaba al margen de una lista. Estaba en el centro.
Un silencio pesado se instaló entre los dos. A nuestro alrededor, el murmullo de los demás estudiantes continuaba como una música de fondo ajena a la tormenta que se gestaba en nuestra mesa.
—Te lo voy a decir una sola vez, Rose —habló él, pronunciando mi nombre con una lentitud amenazante—. Ivy estaba loca. Jugaba a ser una titiritera en un colegio donde a nadie le importa quién cae, siempre y cuando no haga ruido. Si intentas seguir sus pasos o remover lo que ella dejó, vas a terminar exactamente igual o peor. Aquí la gente no perdona la torpeza.
—¿Eso es una amenaza?
—Es un consejo. El único que te voy a dar.
Se puso de pie bruscamente, dejando la taza sobre la mesa con un golpe seco que hizo tintinear la porcelana. Varias personas de las mesas cercanas giraron la cabeza por un instante, pero volvieron a sus conversaciones con la indiferencia practicada de la élite.
Al ponerse de pie, la luz matutina que entraba por el ventanal le dio de lleno en el rostro. Fue solo un segundo, pero fue suficiente: el cuello de su camisa se desajustó levemente con el movimiento brusco, dejando al descubierto no solo el pequeño moretón que le había visto el día anterior, sino una marca más profunda, roja y lineal, que se escondía bajo la tela. Una marca de rasguño en proceso de cicatrización.
Malcom se acomodó la corbata con un gesto rápido y ensayado para cubrir la marca, pero ya era tarde. Yo lo había visto.
—Aléjate de esto, Rose —dijo en voz baja antes de dar la vuelta—. No sabes en lo que te estás metiendo.
Lo vi marchar hacia la salida del comedor con pasos largos y firmes, abriéndose paso entre los grupos de alumnos que se apartaban sutilmente a su paso.
Me quedé sentada unos segundos más, observando la silla vacía. Él no había negado el chantaje. No había preguntado de qué papeles hablaba. Solo había intentado descalificar a Ivy y advertirme que me alejara.
La denegación de Malcom había sido rápida, pero la furia contenida en sus ojos y la marca en su cuello hablaban más fuerte que cualquiera de sus palabras. Él no solo odiaba a Ivy; le temía. Y el miedo en alguien con poder es el catalizador más peligroso para la violencia.
Me levanté de la mesa dejando la bandeja intacta. El primer cara a cara había terminado, pero la batalla por la verdad acababa de empezar.