En el imperio de Valtheria, la magia es un privilegio reservado a los hombres y una sentencia de muerte para las mujeres. Cathanna D’Allessandre, hija de una de las familias más poderosas del imperio, creció bajo el yugo de una sociedad que exige de ella sumisión, silencio y perfección absoluta. Pero su destino estaba sellado mucho antes de su primer llanto: la sangre de las brujas corre por sus venas, y su sola existencia es la llave destinada a abrir la puerta que traería de vuelta a un poder oscuro que siempre se había creído una simple leyenda.
Este libro contiene material explícito y potencialmente perturbador. Las escenas presentadas pueden resultar incómodas o desencadenar reacciones en ciertos lectores. Las acciones y perspectivas de los personajes son ficticias y no representan las opiniones del autor. La decisión de continuar la lectura se realiza bajo la completa responsabilidad del lector.
NovelToon tiene autorización de Cattleya_Ari para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 01
01 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua
Día de Lluvia, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
CATHANNA
Cuando mi cuerpo fue vendido, no derramé ni una sola lágrima, no pataleé, ni hice el más mínimo reclamo, porque tenía presente, desde el momento en el que tomé conciencia, que mi alma sería comprada con muchísimo oro. Solo me pregunté cuántas partes de mi cuerpo aguantarían los golpes violentos que él me daría cuando me atreviera a desobedecer su mandato. Cómo lo hacía mi padre con mi madre por cualquier cosa que ella hiciera mal. Cómo lo hacía mi abuelo con mi abuela por cosas que no lograba entender. Y mis tíos con sus esposas, y posiblemente… mi hermano, cuando decidiera enlazarse con una mujer. Porque, aunque fuera mi hermano, no podía idealizarlo.
¿Por qué habría de enaltecer mi destino de otra manera, si al final me casaría con un hombre de este imperio, criado bajo las mismas tradiciones que históricamente habían ocasionado la muerte de muchas mujeres Valtherianas como si fuera algo demasiado normal?
En mi familia —y en la mayoría de este imperio— el amor nunca era una opción viable. Eran solo órdenes y obediencia sin soltar lamento alguno. Sin embargo, yo no ambicionaba solo eso. Anhelaba ese amor sincero. Ese que me protegería de todo lo malo que el mundo me estuviera guardando con tal de no ver nunca mis lágrimas de dolor.
El tercer campanazo retumbó en el castillo, indicando que la hora de irme a mis aposentos estaba cada vez más cerca. La mesa de madera reflejaba la misma exuberancia con la que mi encantadora familia existía en el mundo. La fragancia del pan recién horneado que era traído por la servidumbre se entrelazó rápidamente con el dulzor proveniente de las frutas secas y el calor humeante de la carne asada en el centro, esperando a ser devorada. Las antorchas en las paredes, sostenidas por soportes de hierro, resplandecían suavemente, iluminando los semblantes serios de todos los que estábamos sentados.
Frente a mí se encontraba mi arrogante prima, con su esposo a un lado, quien no dejaba de verme fijamente, algo que evidentemente le molestaba a ella, pues me lanzaba miradas que, de ser cuchillas filosas, ya me hubieran asesinado hace tiempo. Mi madre estaba dos sillas más adelante de la mía, sentada junto a mi hermano menor, mientras que mi abuela reposaba a mi costado. En la cabecera, como siempre, se hallaba mi abuelo. Éramos veinte miembros en total compartiendo la cena. Tantos —para mi gusto— que pocas veces recordaba sus nombres.
—¿Cuándo será el momento en el que Cathanna contraiga nupcias? —abordó mi tío Sirius, hermano de mi padre, sentado al otro lado de la mesa, con la mirada fija en mi madre—. Su juventud se perderá si no te apresuras en entregarla a él. Ningún hombre la querrá después.
—La familia de Orpheus me ha informado que desean consagrar el matrimonio entre nuestras casas en el Templo de los Dioses —comunicó mi madre, con una ligera sonrisa que dejaban ver sus peculiares hoyuelos en forma de corazón—, en el próximo Maerythys. Me parece una idea espectacular, de hecho. Tendremos tiempo para planear la ceremonia y que todo salga perfecto para entonces.
—¿De verdad consideráis prudente esperar un año para el matrimonio de vuestra hija? —examinó mi tía Dalia mientras se acomodaba un mechón de su cabello rubio detrás de la oreja—. Es mucho tiempo, especialmente considerando que en nuestra familia ninguna mujer se ha casado después de los diecinueve. Cathanna está a meses de cumplir veinte años. Si se casa hasta entonces, estaría rompiendo una tradición que ha perdurado por incontables eras.
—Ya hablé con mi señor marido sobre eso, Dalia. No ha puesto ningún problema, como pensaba que lo haría por la petición de ellos —respondió mi madre con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. Los Daverin insisten en que sus hijos se casen en Maerythys. No puedo ir en contra cuando ya dieron la ofrenda de oro por Cathanna.
—Sigo pensando que es una muy mala idea —replicó Dalia nuevamente, negando de un lado al otro con la cabeza—. ¿Qué opinarán nuestros antepasados sobre esta atrocidad? Es una locura romper nuestra tradición solo por lo que ellos quieran, Annelisa.
—Dalia, realmente lo importante es asegurarnos de que Cathanna sea fértil para cuando esté casada —expresó mi madre, trayendo la mirada hacia mí, como si tratara de escanearme. Por último, su mirada terminó en mi vientre plano, tal vez imaginándome con su bendito nieto dentro—. Su lindo cuerpo no puede negarle hijos a su marido. Nunca en la vida. Eso sí sería una deshonra para nuestra familia y para nuestros ancestros. No creo que romper la tradición, aunque sea una sola vez, vaya a despertar la furia de los difuntos.
Solté un suspiro disimulado, casi cansado, sin levantar la mirada al escucharla decir aquello. Estaba más que acostumbrada a esas frases tan llenas de condescendencia, pues en cada conversación que teníamos en privado me repetía una y otra vez que debía rogar a la Diosa de la vida y la fertilidad —Janesys—, para que me brindara tantos hijos como fuera posible. Sin embargo, por alguna extraña razón... la incomodidad se apoderó de mí cuando esas palabras se acomodaron en mi cabeza, como si no estuviera bien que ella hablara de esa manera para referirse a su hija, a quien debería respetar y valorar hasta la muerte.
—¿Se imaginan que nuestra tan querida Cathanna no pueda dar ni un solo hijo a su marido? —agregó Abigaíl, mi prima, con ese tono burlón que siempre usaba cuando se trataba de mí, acariciando su abultado vientre a punto de reventar—. Apuesto a que ese hombre la botaría de la casa del, tal cual basura a la calle. Sería muy ocurrente.
Fruncí el ceño, mirándola con evidente desagrado.
—Puedo imaginar ya los pregones en todos los periódicos del imperio: «La bellísima Cathanna D’Allessandre, incapaz de engendrar herederos» —sumó Celeste, su hermana menor, alzando las manos con fingido dramatismo—. Seríamos el hazmerreír de toda Valtheria. Cathanna acabaría sin una sola moneda. Qué afrenta tan deshonrosa. —Ladeó la cabeza, mirándome con supuesta misericordia.
—¿Acaso dijiste “su casa”? —le pregunté a Abigaíl, ignorando por completo a Celeste. Sentí cómo la rabia me ascendía por las venas.
El resto de lo que dijo Abigaíl se volvió un ruido de fondo, insignificante para mí. Igual que la forma en que acariciaba su vientre con aires de grandeza, como si ese niño en su cuerpo fuera otro accesorio de lujo, uno más en su desfile de arrogancia, diseñado solo para hacerme sentir miserable con mi existencia. Pero eso de que la casa era solo de él, sí que me encendió la sangre instantáneamente.
Me dieron ganas de romperle la cara a golpes hasta que quedara irreconocible. No me importaba que estuviera embarazada. En ese momento, habría sido capaz de arrancarle al crío de las entrañas solo por borrarle esa maldita sonrisa de vanidad pintada en su pálido rostro.
—¿No debería ser nuestra casa, quizá? —continué, sintiendo todas las miradas clavarse en mí, como si no fuera más que un ratón rodeado de grandes gatos hambrientos—. Porque si vamos a casarnos, a formar una familia, como dictaminan nuestros dioses, o el destino, eso implica compartirlo todo. Incluidas nuestras posesiones. —Entrecerré los ojos—. ¿O acaso me estoy equivocando al asumir aquello, prima?
Abigaíl me miró extrañada, sin dejar de acariciar su vientre.
—Podría decir que has leído muchos libros sobre ficción rara, mi niña hermosa —expuso mi madre, soltando una risa delicada, cruel.
El leve movimiento de su cabeza hizo que su cabello azulado se deslizara hacia adelante, ocultando por un instante sus ojos claros, casi semejantes a los míos. Se llevó un mechón lacio tras la oreja. Siempre me había parecido asombrosa aquella peculiar tonalidad tan profundamente azulada, casi negra. Era de esa manera por los tantos remedios que la obligaron a beber cuando estaba embarazada de mí.
—Nada es realmente de nosotras. Tampoco lo necesitamos. Solo debemos atender el hogar si no hay servidumbre que lo haga por nosotras. Las cosas de tu marido serán tuyas, solo cuando él muera —continuó, como si fuera la única verdad que existía. Sus ojos rasgados seguían fijos en mi anatomía—. Si es que él decide ponerlas a tu nombre, por supuesto. Algo que es poco probable. Rara vez un hombre de verdad obra tal gesto en favor de una mujer. Pensé que ya lo sabías.
—Eso es tan injusto, madre. —Relajé mis hombros, llena de frustración. Quise girar los ojos, pero me contuve. No era el momento—. Yo también puedo heredar tanto la fortuna de mi marido, como la de mi padre, así como lo harán mis hermanos en unos años.
—¿Por qué sería tan injusto para ti, Cathanna? —Ella me miró con los ojos apenas entrecerrados, cambiando el tono de voz a uno más brusco—. ¿Para qué quieres tú una casa? ¿Para qué quieres una fortuna? Ni siquiera sabrías cómo llevar las riendas de una. No sirves para esas cosas. Dejad esos pensamientos de lado. Solo provocarás que te vean como una demente. No eres un hombre. Eres mujer. Una mujer.
Jamás se me cruzó por la cabeza la posibilidad de ser un hombre. Solo deseaba que me trataran como a uno de los suyos: con admiración, como algo valioso... no como un defecto que había que corregir a cada rato. Pero, dioses, sabía que eso era imposible cuando las mujeres no teníamos las mismas cualidades que hacían a un varón, justamente eso: un bendito varón. No me refería únicamente a lo que les colgaba entre las piernas, sino a algo más que aún no adivinaba. Tal vez era su inteligencia, o tal vez esa fuerza asombrosa que nosotras no poseíamos.
—No sé llevar las riendas de uno porque nunca me lo han enseñado. —Recorrí cada rostro serio en la mesa hasta terminar nuevamente en mi madre, quien parecía estar decepcionada de mí—. Te apuesto, a que, si lo hicieran, sería diferente —continué, con el pecho comprimido—. Podría hacer más cosas que solo sentarme y ser bonita, esperando que un varón resuelva todos los males a mi alrededor. Yo también puedo hacerlo. Sé que tengo la capacidad... Solo necesito que me lo permitan.
—Cathanna... —empezó mi abuela, y llevé la mirada a ella—. No considero que tú estés pensando con claridad en este momento. Tú…
—No hay menester de que te enseñemos nada de eso, muchachita —intervino Efraím, mi abuelo, con un tono arisco. Era un hombre grande, con una mirada brusca que siempre hacía que un escalofrío me recorriera toda la espalda, obligándome a tragar con fuerza—. No eres un hombre para tomar esos roles. Debes comportarte como una mujer auténtica, una señorita bien portada y no como una marimacha sin remedio. No voy a permitir que mi familia sea la burla de los Siems solo porque tú quieres demostrar boberías. ¿Acaso saber mantener las cuentas de una fortuna te ayudará a ser una buena esposa, una buena madre, quizá? Por los dioses. No me hagas reír. Eres tan incrédula.
Apreté los dientes con fuerza, evitando mirarlo con desprecio, y cerré los párpados. Cada que podía sacaba a relucir el nombre de los Siems, las cincuenta familias más importantes y poderosas del imperio.
La S era por Soberanos. Nuestras familias poseían un poder increíble en la política desde siempre, debido a que muchos de nuestros miembros estaban ligados con la realeza, ya fuera como mi padre, uno de los más leales consejeros del emperador Deyaniro, o como mi abuelo, que antes de que su enfermedad llegara a obligarlo a quedarse en el castillo con una pierna lesionada, ocupaba el título de Magistrado de la Traición, encargado de juzgar los crímenes más graves contra la corona y, por supuesto, contra todo el imperio.
La I era por Iluminados, pues se creía que todos nosotros habíamos sido tocados por los dioses. La E era por Eternos, porque el origen de nuestras casas se remontaba a tiempos incluso anteriores a la llegada de la corona a estas tierras. La M por Mandatarios, ya que en las provincias y ciudades donde un Siems residía, su palabra era la ley, y pocos se atrevían a contradecirla. Y la última S, por sagrados absolutos.
Sin embargo, no bastaba con que una familia tuviera incontable poder para ser considerada un Siems, como muchos creían: hacía falta una línea de sangre extraordinaria, un linaje capaz de sostener su propio peso. Nos respetaban tanto como nos aborrecían por serlos.
—Más, abuelo, no digo que sea un hombre. En lo absoluto me tienta tal idea, solo... —Las palabras se atascaron en mi garganta cuando la mano de mi abuelo impactó contra la mesa con tal fuerza que el ambiente cambió de inmediato, poniéndose incómodo—. Abuelo…
—Llena esa boca con la cena, y hazlo de inmediato. —Su mirada se volvió más roja. No podía identificar si era por su don de controlar el fuego, o por el enojo que le producía oírme hablar así—. No deseo escuchar palabra alguna de nadie en esta mesa, y mucho menos de ti, Cathanna. ¿Lo comprendes, o he de hacerme entender por las malas?
—Discúlpame por mi arrebato, abuelo. Juro no sucederá otra vez.
Mi cabeza se inclinó tanto que mi frente rozó la madera de la fría mesa. Los labios me temblaban con fuerza, desesperados por hablar, por rebelarse contra el mandato de ese hombre, pero sabía que, si lo hacía, vendría un golpe violento que me reventaría la mejilla en segundos. Ya me lo había enseñado muchas veces a lo largo de mi vida. Y la verdad, no quería sentir otra vez el ardor de su mano marcándome la piel. Porque en esos momentos de desesperación, una sola oración rugía en mi cabeza: «No le temo a ningún dios que exista; le temo a cada hombre de este imperio, porque sé que sus manos son más letales que la ira de todos nuestros dioses juntos». Podría sonar exagerado, lo sabía muy bien, pero era la única realidad que existía en mi mente.
—No entiendo qué pasa contigo, muchachita —soltó mi abuelo, sin quitarme la vista de encima, como si quisiera levantarse de la silla y arrastrarme junto a él—. Parece que a tu madre le quedó grande enseñarte a no decir tales incoherencias. No sabes ni cómo agarrar una barredera, como lavar un simple plato, ni hablar de estirar tu propia ropa, y ahora vienes con que quieres liderar una fortuna inmensa, niña.
—Disculpadme por no haber hecho lo suficiente —indicó mi madre, bajando la cabeza en una reverencia temblorosa, sumisa—. Juro que Cathanna no volverá a decir semejantes bestialidades que puedan ponernos en vergüenza ante las demás personas. La corregiré como los dioses mandan, mi señor suegro. Os prometo hacerlo cuanto antes.
Apreté el cuchillo con fuerza antes de comenzar a cortar la carne seca que me llevaría a la boca, manteniendo la mirada fija en mi plato apenas con comida. No quería levantarla. No quería ver a mi madre con su maldito sometimiento. Ni a mi abuelo con esa mirada de enojo puesta en mi cuerpo, haciéndome sentir extraña. Mucho menos al resto de la mesa, como si lo que yo había dicho fuera un disparate total.
—Eso espero, Annelisa. Porque si tú no la corriges cuanto antes... lo haré yo. Y te aseguro por todos los dioses, que no te va a gustar mi manera de hacerlo —concluyó él, con un tono que me erizó la piel.
No me convenía hacerlo tampoco, porque sabía que, si lo hacía, mi autocontrol se iría por la borda a un precipicio sin salida. Y este cuchillo —el mismo que ahora cortaba la carne de una forma torpe— acabaría enterrado en sus gargantas. Solo para callarlos. Para siempre. Para recuperar la paz que me robaron desde antes de que pudiera distinguir el bien del mal. Para dejar de sentirme como la oveja blanca en una familia donde cada alma ya estaba corrompida por el poder.
—Lo entiendo, mi señor suegro. —Volvió a hacer una reverencia.
¿Y si en serio lo hacía? ¿Y si la sangre sobre esta mesa llena de comida exquisita fuera la mía, gracias al cuchillo que cortó mis venas... o la de todos ellos, culpa de mi enojo? ¿Sería tan terrible matar a mi propia familia, aun si eso me hiciera quedar como una demente ante el mundo ahí afuera? Pero... ¿Por qué estoy pensando en asesinar si jamás tendría la fuerza para hacerlo? ¿O… si sería capaz de aquello?
Luego de unos minutos cenando en silencio, apoyé las manos en los brazos de la silla, intentando no apretar con fuerza, y me puse de pie en silencio. Mi habitación estaba en la torre sur del castillo, así que tenía que caminar varios minutos para llegar. Aun así, no tenía prisa.
Mientras caminaba, los pensamientos seguían ahí, martillando en mi cabeza con una fuerza abrumadora. ¿De dónde habían salido? No me sentía bien con eso, no cuando amaba la vida. No cuando ni en mis peores pesadillas me gustaría cortarme las venas... y mucho menos asesinar a mi familia. Entonces... ¿Por qué mi mente insistía en pintarlos cubiertos de sangre, como si fuera la mayor obra de arte a realizar en la historia humana?
—Cada día estás más loca —murmuré para mí misma mientras seguía avanzando por aquel pasillo de piedra, iluminado apenas por una luz amarilla que desprendían todas las antorchas en las paredes—. No puedes andar pensando ese tipo de cosas... ¿Y si alguien te lee la mente? Capaz y terminas en la hoguera al ser considerada una bruja.
—¿Con quién hablas, hermana mayor?
Di un solo salto en mi lugar antes de voltear hacia él, con la mano dramáticamente en el pecho. Ahí estaba mi hermano menor, Cedrix, acomodándose sus dorados lentes redondos con ese aire de niño obediente, aunque la verdad era un monstruo disfrazado de humanillo.
—¿Qué te he dicho sobre aparecer de la nada? —solté, respirando hondo para no darle el gusto de verme alterada—. Que seas un Erranthe no significa que debas estar usando tu poder dentro del castillo. Nuestros padres te van a regañar en cualquier momento.
Desde que había desarrollado esa bendita habilidad de desaparecer y aparecer cuando se le daba la gana, no existía ser en el mundo capaz de soportarlo. Estaba demasiado contenta por él, por el hecho de que estuviera descubriendo su magia a temprana edad, pero se volvía insoportable cuando la usaba solo para asustarme, como ahora. Los Erranthe eran impresionantes; a diferencia de otras criaturas que podían teletransportarse de un lugar a otro mediante portales o hechizos complejos, ellos lo hacían de forma innata, y era asombroso.
—Nuestros padres no están en el castillo, hermana mayor —respondió con una sonrisita, arreglando la falda de mi vestido rosa que no había notado que estaba arrugada—. Papá sigue en el palacio, como ya debes saberlo, y mamá se fue con la abuela hace poquito a Aureum, no sé a qué. Así que... técnicamente, no hay nadie para regañarme, que no sea nuestro abuelo, pero él no me dirá nada malo. Lo sé muy bien.
—Vete ya a tu habitación, Cedrix. Ya es muy tarde para que andes fuera de la cama —le dije, cruzándome de brazos—. Ya mismo, pequeño. Debes dormir bien para ser un hombre fuerte en el futuro.
—Cada vez más amargada, hermana mayor —murmuró, llevando las manos detrás de la espalda mientras se alejaba tranquilamente hacia sus aposentos, tres puertas más allá de la mía—. Descansa, hermana mayor. —Me dio una sonrisa grande, mientras abría la puerta.
—Tú también descansa, Cedrix. —Le sonreí de vuelta.
Entré en mis aposentos, casi arrastrando los pies, y me dejé caer sobre el banco acolchado donde solía desplomarme cada noche después de la cena. Mis ojos se clavaron en el espejo ovalado que mostraba una imagen hermosa de mi rostro: una piel sin imperfecciones, labios teñidos de un rojo líquido y sombras sutiles en los párpados. Me veía como una verdadera dama de la aristocracia. No había salido del castillo, ni había llegado alguna visita que pudiera juzgar mi apariencia, pero, aun así, siempre debía mantenerme como una mujer agraciada a los ojos de mi familia. No le veía nada de malo, de hecho me encantaba, pero a veces, solo a veces, era muy agotador.
—¿Puedes creer, espejito, que la familia Daverin ha traído la ofrenda de oro por mi mano, esta mañana? —hablé, haciendo girar un frasco de perfume lila entre mis dedos—. Y no es cualquier cosa: ¡es una Perla del Destino! Pero, por supuesto, mi madre ni siquiera me dejó verla bien. Dice que es «solo para el día de la boda». Como si no tuviera derecho a mirar lo que, en teoría, ya me corresponde por ley.
Las Perlas del Destino eran joyas de oro adornadas con pequeños diamantes azules en cada borde, entregadas como ofrenda cuando una familia pedía la mano de la hija de otra. Se decía que traían suerte, abundancia y fertilidad a ambos clanes, como una especie de bendición mágica que prometía demasiado. Ciertamente, esperaba que fuera de esa manera y no una trágica, como la suerte de mi madre.
—Es una completa estupidez. —Dejé escapar un bufido—. Pero tampoco voy a arruinar mi suerte al verla en el momento incorrecto.
Llevé las manos a mi cabeza y solté los palillos dorados con pequeñas flores decorativas que sostenían mi cabellera rizada. Desde pequeña habían sido mi fascinación. Recordaba con claridad la primera vez que los vi: mi padre me había llevado a una pequeña reunión en casa de uno de sus grandes amigos, y allí estaba una mujer de otra provincia luciendo un peinado elegante adornado con ellos. Quedé tan maravillada que no dejé de rogarle a mi padre por días enteros hasta que al final me compró unos iguales. Desde entonces, se convirtieron en mi accesorio favorito y no podía estar un día sin ellos.