Él es Leonardo "Leo" Santamaría, hijo de uno de los dueños del hospital más prestigioso del país. Un médico brillante, pero arrogante y mujeriego. Es conocido por sus noches de fiesta, su actitud despreocupada y su fama de ser un profesor insoportable. Para él, la vida es un juego en el que nunca ha tenido que luchar por nada… hasta que la conoce a ella.
Ella es Isabela "Isa" Moreno, una estudiante de medicina determinada a convertirse en doctora para asegurar un futuro para su hijo. A sus 24 años, ha aprendido a ser fuerte, a sobrevivir sin ayuda y a mantener su vida privada en secreto. La última persona con la que querría cruzarse es con un profesor prepotente como Leo, pero el destino tiene otros planes.
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capítulo 5
Isabela Moreno
Habían pasado tres meses desde que Leonardo Santamaría llegó al hospital como profesor. Desde el primer día, Isabela supo que no era un hombre común. Pero lo que había escuchado sobre él en las últimas semanas superaba cualquier expectativa.
Leo tenía fama. Y no solo dentro del quirófano.
Rumores corrían por los pasillos sobre las noches que pasaba con algunas estudiantes. Isabela nunca le dio importancia a los chismes… hasta que aquella tarde, en la plaza frente a la universidad, escuchó algo que la dejó sin palabras.
—¿Viste el coche que tiene Sofía ahora? —dijo una chica, riendo.
—Obvio. Se lo regaló el doctor Santamaría después de que pasaron la noche juntos.
—No, no puede ser —terció otra, sorprendida—. ¿Eso hace?
—Depende de qué tan bien lo complazcas —respondió la primera con un tono malicioso—. Algunas reciben relojes, otras celulares. Pero si la pasas realmente bien, un coche no es imposible.
Las tres se echaron a reír.
Isabela, sentada en una banca con Luna, su mejor amiga, apretó los puños.
—No puedo creerlo —murmuró, con el ceño fruncido.
Luna la miró con curiosidad.
—¿Qué pasa?
—Escucha lo que dicen —susurró Isabela, señalando con la cabeza hacia el grupo de chicas.
Luna prestó atención, y su expresión cambió a incredulidad.
—Vaya, no sabía que nuestro querido profesor tenía un programa de recompensas —dijo con sarcasmo.
Isabela cruzó los brazos, molesta.
—¿Y las chicas? ¿No se sienten usadas?
Luna se encogió de hombros.
—Tal vez a ellas no les importa. Pero lo que es cierto es que este tipo no tiene límites.
Isabela no dijo nada, pero su mente no dejaba de darle vueltas al asunto.
Leo Santamaría podía ser un excelente cirujano, pero fuera del quirófano parecía jugar con las personas como si fueran simples distracciones.
Y lo peor de todo era que, por alguna razón, eso la irritaba más de lo que debería.
El aula estaba en silencio, salvo por la voz de Leonardo Santamaría explicando la clase con un tono más bajo de lo habitual. Isabela notó que algo no estaba bien desde el primer momento.
Respiración agitada. Sudor en la frente. Pequeños sonidos entrecortados que escapaban de su garganta.
Frunció el ceño. ¿Estaba enfermo? No parecía el tipo de hombre que se presentaría a trabajar en esas condiciones.
Se removió en su asiento, inquieta. Algo dentro de ella le decía que había algo más.
Entonces, sin querer, su lápiz rodó de su escritorio y cayó al suelo.
Suspiró y se inclinó para recogerlo, pero cuando su mirada se deslizó bajo el escritorio del profesor, el aire se le atascó en la garganta.
Un par de piernas delgadas y femeninas estaban entre las de Leonardo.
El shock le recorrió el cuerpo como un latigazo.
Su primer instinto fue pensar que estaba viendo mal, que tal vez era una sombra o su mente le estaba jugando una mala pasada. Pero no. Ahí estaban, enredadas en un movimiento lento y deliberado.
El corazón de Isabela latió con fuerza.
Levantó la mirada con cautela y vio cómo Leonardo apretaba los labios, tratando de mantener la compostura mientras hablaba. Nadie más parecía notar su comportamiento extraño, o tal vez lo atribuían a otra cosa.
Pero ella lo sabía.
Lo estaba haciendo ahí, en plena clase, con una de sus alumnas.
El estómago se le revolvió.
Con una expresión tensa, recogió su lápiz y se enderezó lentamente, sintiendo que su visión se oscurecía de pura rabia.
¿Era posible que alguien fuera tan descarado?
Las historias que había escuchado en la plaza el día anterior cobraban un nuevo sentido. No eran solo rumores. No eran exageraciones.
Leonardo Santamaría no solo jugaba con sus alumnas… lo hacía sin ningún tipo de pudor, sin importarle nada.
Cerró los puños sobre su libreta, luchando contra la urgencia de levantarse y gritarle en la cara.
Pero no lo haría.
No aún.
Si algo tenía claro Isabela en ese momento era que no dejaría pasar .
Estimada escritora, ojo con los cambios de nombres y apellidos.