El día de su boda, frente a cientos de invitados, el novio de Alena Balcázar no aparece: prefiere quedarse junto a su hermana, que "se desmayó" en el momento más oportuno. Otra vez. Pero esta vez Alena no llora ni suplica. Toma el micrófono, cancela ella misma la boda ante todos y se marcha con la cabeza en alto... dispuesta a no volver a mendigar amor nunca más.
Repudiada por su familia y sin un centavo, su caída dura poco. Un encuentro inesperado la lleva al lado de Nathan Villanueva, el heredero más frío, poderoso y codiciado del país, justo el hombre que su hermana siempre soñó con conquistar. Un contrato de cinco años, un jefe imposible y una regla no escrita: hacerla suya. Si ellos le robaron al prometido, ella seducirá a quien más desean.
Lo que empieza como una venganza perfecta se convierte en un juego de tensión, orgullo y deseo contenido. Y mientras Alena reconstruye su vida y devuelve cada golpe con elegancia letal, un secreto enterrado sobre su verdadero origen amenaza con cambiarlo todo: hay quienes destruyeron a su familia para robarle lo que le pertenece, y ahora tendrán que rendir cuentas.
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Alena acababa de regresar a su despacho después de llevarle el café a Nathan y de asegurarse de que su jefe no necesitaba nada más. Dejó la tableta sobre el escritorio y se sentó a repasar algunos pendientes que aún debía cerrar antes del almuerzo.
Apenas iba a tomar uno de los expedientes cuando el celular que tenía sobre la mesa empezó a sonar. Frunció el ceño al ver que en la pantalla aparecía el nombre de Nadia, su mejor amiga. Contestó de inmediato.
—Sí, Nadia. ¿Qué pasa?
Pero, en lugar de responder de una vez, la voz de Nadia al otro lado sonó muy preocupada.
—Alena, ¿estás bien?
—¿Yo? —preguntó Alena, arrugando aún más el ceño—. ¿Por qué? ¿Qué me iba a pasar?
—¿No has abierto el celular?
—Justo ahora tengo el celular abierto. ¿Qué pasa?
—Digo las redes, tontita... —Al otro lado, Nadia gruñó y movió las manos como si quisiera rasguñar el aire.
—¿Y qué noticia bomba hay? ¿Se casó algún galán de revista? ¿Te rompieron el corazón? Ay, pobreciiita.
—Alena... —Nadia ahogó un gruñido—. ¿Puedes ponerte un poquito seria? Estoy preocupada por ti.
—Sí, ¿y qué te preocupa? Habla de una vez.
Nadia soltó un largo suspiro. Se le había olvidado que su amiga no era de las que se pasan el día en las redes. Alena solo abría el celular por trabajo o por algo que de verdad le pareciera importante. A veces hasta los mensajes de sus propias amigas los respondía horas después, de lo enfrascada que estaba en su trabajo.
—Alena... —la voz de Nadia sonó más baja—. Las redes andan llenas hablando de ti.
—¿De mí?
—Sí. —Nadia volvió a tomar aire. Parecía que todavía dudaba si contárselo todo o no—. Mejor míralo tú misma. Pero, digan lo que digan por ahí, yo sé que no es verdad. Así que no le des muchas vueltas, ¿sí?
Alena se quedó callada, aunque empezaba a entender qué era lo que tenía tan preocupada a Nadia.
—Está bien. Ahora lo miro.
—No hagas caso de ningún comentario. Lo importante es que tú no eres así.
—Sí. —Alena sonrió apenas. Se sentía feliz de tener una amiga tan atenta.
—Y si me necesitas, me llamas.
—Sí, sí, qué pesada... —Alena se enterneció—. Tranquila. Tu amiga no es tan débil.
Después de un poco de charla para ponerse al día, porque casi no se veían, la llamada terminó.
Alena siguió mirando la pantalla del celular unos segundos antes de que su dedo se moviera para abrir una de esas aplicaciones de redes sociales que rara vez tocaba.
En cuanto se cargó la página principal, Alena se quedó muda. Sus ojos recorrieron los titulares que llenaban la pantalla.
"¿La asistente personal de Nathan Villanueva estaría vinculada con varios hombres?"
"¿De dónde sacó Alena su puesto en el Grupo Villanueva?"
"¿Es cierto que la cercanía de Alena con el gran jefe no es solo una relación profesional?"
Alena abrió una de las publicaciones, que ya se había compartido miles de veces. Allí había varias fotos suyas junto a distintos hombres. Una en la que conversaba con un hombre en un evento de la empresa. Otra en la que caminaba al lado de Nathan. Incluso un fragmento de video que hacía parecer que se comportaba con cariño hacia alguien.
Pero Alena sabía perfectamente que esas fotos habían sido sacadas de contexto. De algunas ni siquiera recordaba haber estado alguna vez en semejante pose.
Leyó los comentarios, que no paraban de aumentar.
"Con razón la aceptaron de una como asistente personal del señor Nathan."
"La belleza es lo que vale hoy en día."
"Si de verdad fuera solo por capacidad, ¿por qué le dieron enseguida un puesto tan importante?"
"A lo mejor tiene algo raro con su jefe."
"Pobre el joven Sebastián. Menos mal que no se casó con ella."
"¿Dicen que anda con varios hombres al mismo tiempo?"
Mientras más leía, más comentarios malintencionados llenaban la pantalla.
Alena se quedó callada unos segundos y luego dejó escapar un largo suspiro.
—Selena...
El nombre le brotó de los labios sin más.
No hacía falta ser detective para saber quién estaba detrás de todo esto. Conocía demasiado bien a su hermana. Selena nunca había aceptado de verdad que Alena hubiera dejado de perseguir a Renzo. Y ahora seguro estaba furiosa porque ella andaba al lado de Nathan, el hombre al que idolatraba.
Alena se frotó la sien despacio.
—¿Así que este es tu método? —murmuró con una sonrisa apenas esbozada—. ¿Crees que con difundir mentiras como estas vas a destruirme? ¡Qué ridículo!
Volvió a mirar una de las fotos que aparecían en la pantalla. Incluso podía detectar varias partes que se veían poco naturales. La sombra de alguien lucía un poco distinta, el ángulo de la luz no cuadraba, y en una de las fotos el rostro se veía demasiado terso comparado con el resto del cuerpo.
—Fotos editadas... —se mofó, negando con la cabeza—. Al menos, si me quieres hundir, usa algo más inteligente.
—Bah... y yo que pensé que era algo grave. Ay, Nadia, te preocupaste por la persona equivocada. Pero qué feliz soy de tener una amiga como tú.
Alena se limitó a apagar la pantalla del celular y volvió a dejarlo sobre el escritorio. Su rostro, que por un momento se había puesto serio, recuperó poco a poco la calma.
Para ella, un rumor así no era gran cosa. Apenas una piedrecita que saldría volando de una patada. Que hasta podía pisotear sin esfuerzo bajo sus pies.
* * *
Mientras tanto, en su despacho, Nathan acababa de recibir el informe de uno de sus hombres de confianza sobre la noticia que circulaba con tanto revuelo acerca de Alena.
Leyó algunas de las capturas de pantalla que le habían enviado. La mandíbula se le fue tensando poco a poco, y sobre el escritorio cerró el puño.
—Cómo se atreve a meterse con alguien mío... —murmuró en un tono grave—. ¿Se cansó de vivir?
Apretó ambos puños, porque la noticia también arrastraba su nombre. Pero no era eso lo que lo enfurecía. Sus pensamientos estaban puestos en Alena. ¿Cómo estaría después de leer todo aquello? ¿Se sentiría presionada? ¿Habría llorado?
Nathan soltó un largo suspiro y tomó el teléfono del escritorio.
* * *
De vuelta en el despacho de Alena. La muchacha tomaba un documento de la mesa y volvía a abrirlo. Sus ojos empezaron a leer cada línea con atención. Tan tranquila, tan profesional. Como si no supiera que acababa de convertirse en el tema de conversación de las redes.
Pero, apenas había leído unas páginas, el teléfono de su escritorio sonó. Con la vista todavía en el documento, estiró la mano, tomó el auricular y se lo acercó al oído.
—Ven a mi despacho ahora. —La voz de Nathan se oyó del otro lado.
—Bien. Voy enseguida.
Alena cerró el documento, devolvió el auricular a su sitio, tomó la tableta y se levantó de la silla. No hubo el menor cambio en la expresión de su rostro.