El nuevo Capo de la Camorra ha quedado viudo y no tiene intención de hacerse cargo de su hija, ya que su mayor ambición es conquistar el territorio de La Cosa Nostra. Por eso contrata una niñera para desligarse de la pequeña que solo estorba en sus planes. Lo que él no sabe es que la dulzura de su nueva niñera tiene el poder de derretir hasta el corazón más frío, el de sus enemigos e incluso el suyo.
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Una elección
Sofía
Después de soportar tanto dolor por fin me siento bien. Puedo respirar sin sentir que un cuchillo atraviesa mi pecho. Puedo caminar sin sentir que mi interior está siendo quemado por dentro.
Ahora estoy bien.
Camino por un hermoso jardín. No sé si es el jardín de la mansión. Se parece, pero este es mucho más grande y tiene más flores.
Lejos veo a una mujer sentada en una banca, vestida de blanco. Su largo cabello rubio se mueve con el viento.
Camino hacia ella. Sé que tengo que llegar a ella.
Me siento en la banca y la miro. Es hermosa. Me recuerda a alguien, pero no consigo recordar a quién.
–Hola, Sofía –me saluda con una amable sonrisa.
Respondo a su sonrisa. –Hola. ¿Sabes dónde estamos?
–En el paraíso –responde.
Me rio de su respuesta. –Ciertamente lo parece –devuelvo al mirar el hermoso jardín–. ¿Llevas mucho tiempo aquí?
Sonríe. –Solo un momento. El tiempo es algo extraño. No está formado por horas ni días, son momentos –aclara.
–Si tú lo dices –digo.
La mujer ríe antes de volver a hablar: –¿Cómo está Mía?
Mierda. Mía.
Miro hacia todos lados buscándola, pero no está aquí.
–No sé dónde está –digo con el corazón roto–. No está conmigo.
–Mía no puede estar aquí. Este no es el lugar correcto para mi hija, no todavía.
–¿Tu hija? –pregunto y ella asiente–. ¿Eres Kate?
–Lo soy.
–Pero estás muerta. Gabriele me dijo que moriste cuando nació Mía. ¿Me mintió? No, no puede ser. No me mintió, yo estuve en tu tumba. Sé que estuve.
–Lo recuerdo, te disculpaste por dormir con mi marido –dice mirándome con diversión.
Cubro mi cara. –Lo siento, lo siento mucho. No volverá a suceder.
–No hagas promesas que no podrás cumplir, Sofía.
–¿Estoy muerta? –pregunto al darme cuenta que estoy hablando con una persona que murió hace casi un año.
–No puedo responder eso. Creo que depende de ti.
–¿De mí?
Asiente.
–¿Cómo puede depender de mí? –pregunto sin entender nada.
Un dolor en mi pecho me atraviesa y todo a mi alrededor desaparece. Solo hay oscuridad, por todos lados.
Maldita sea.
¿Es esto el infierno? Claramente merezco estar aquí. Dormí con el esposo de alguien. Alguien muerto, es verdad, pero de todas formas no me parece correcto. Llamo a Gabriele y a Mía, pero nadie viene.
El dolor empeora y cuando creo que me desmayaré, estoy de nuevo en el jardín.
Esta vez corro hacia Kate.
–¿Qué está pasando? –le pregunto de mal humor–. No es gracioso. Llévame con Mía.
–No es algo que yo pueda decidir. Es tu elección.
–¿Elección?
–Sí –dice y apunta a otra banca a lo lejos.
–Mis padres –susurro con una sonrisa.
Quiero correr hacia ellos, pero Kate toma mi mano.
–Tienes que decidir, Sofía. Puedes quedarte en este lugar con tus padres o puedes volver con Gabriele y Mía. Debo advertirte que elegir a Gabriele te llenará de dolor en el futuro, pero sé que tú podrás soportarlo.
Miro a mis padres, quienes me saludan y me sonríen. El hermoso cabello rojizo de mi mamá brilla bajo la luz del sol. Lo único que quiero hacer es correr hacia mi papá y lanzarme a sus brazos como lo hacía cuando era una niña. Quiero sentirme amada nuevamente, pero algo me detiene.
Mía y Gabriele.
–No es justo –digo.
–Lo sé, nada en esta vida lo es.
–Amo a Mía con todo mi corazón. Debe estar sufriendo con mi ausencia.
–Lo está. Nadie ha podido consolarla.
–Me necesita.
–Lo hace, pero puedes decidir. Mía no es tuya, no es tu obligación cuidarla.
Maldigo. –¡Claro que lo es! La amo, no quiero que sufra.
–Y también lo amas a él, ¿no?
–¡No! –respondo de inmediato.
Sonríe. –Lo haces, pero imagino que aún no estás lista para admitirlo. Él es distinto contigo –agrega en un susurro.
–¿Distinto?
–Sí.
–Es un imbécil conmigo.
Sonríe. –Eso también. Pero creo que eres lo que Gabriele necesita. Su madre también lo cree.
–¿Su madre está aquí?
–Sí –dice–. Una mujer amable. Me cuesta creer que alguien como Gabriele haya nacido de ella.
Me rio. –No es tan malo –defiendo–. Tiene sus momentos.
–Si decides ir con ellos tienes que amarlos y cuidarlos como a mi me hubiese gustado hacerlo.
–Amas a Gabriele, ¿no?
Sonríe con tristeza. –Sí, pero él nunca me amó. No lo culpo. Ha pasado por mucho.
–Gabriele no puede amar a nadie.
–Te equivocas. Si decides volver lo verás con tus propios ojos.
Miro a mis padres y mi corazón duele. Me despido con mi mano y les lanzo muchos besos. Supongo que los volveré a ver algún día.
–Volveré –digo y el dolor vuelve con violencia.
Kate y mis padres desaparecen y luego todo está negro.
Aquí vamos de nuevo.
*****
Abro los ojos y los vuelvo a cerrar. La luz resplandece con tanta fuerza que me ciega. Lo intento de nuevo y esta vez logro mantenerlos abiertos.
Miro a mi alrededor y me doy cuenta que estoy en un hospital.
–¿Mía? –llamo.
Necesito saber cómo está mi pequeñita.
–¿Mía? –repito.
–¡Sofí! –Escucho.
–¿Gabriele? –lo llamo.
Mis ojos se vuelven a cerrar. Maldita sea, me duele todo el cuerpo.
–¿Dónde está Mía? –insisto.
Una enorme mano acaricia el costado de mi rostro. Abro los ojos de nuevo y puedo ver el hermoso rostro de Gabriele.
–Mía está bien. No tienes que preocuparte por ella.
–Estaba Kate aquí –digo cuando intento recordar–. Sé que estaba aquí.
–No hables, estás muy débil todavía.
–Mis padres también estaban aquí.
–No hables, fierecilla. El doctor ya viene.
Besa mi frente. –No entiendes, ellos estaban aquí.
–Tranquila, estabas soñando.
¿Un sueño? ¿Fue todo un sueño?
–Pero fue tan real –replico–. Estaban aquí.
Intento incorporarme, pero Gabriele me lo impide. –No te muevas –ordena.
Lo ignoro y persisto en mi intento de sentarme, pero el cansancio me vence y caigo hacia atrás.
–¿Qué pasó? –pregunto–. ¿Qué hago aquí?
–No debes preocuparte por eso ahora.
–Quiero saber.
Sonríe. –Siempre tienes que llevarme la contraria en todo –dice y deja caer su cabeza sobre mi pecho.
Con mucho esfuerzo llevo mi mano a su cabello y lo acaricio.
–Ya me conoces.
Ríe. –Ni siquiera convaleciente me dejas ganar.
–Eso no hablaría bien de mí –digo–. Me dolía mucho el estómago.
–Lo sé –masculla–. Lo van a pagar, Sofí, te lo juro.
–¿De qué hablas? –pregunto, pero somos interrumpidos por un médico.
–Bienvenida –dice.
–¿Bienvenida? –pregunto sin entender–. ¿Cuántas horas llevo aquí?
–¿Horas? –pregunta Gabriele–. Sofi llevas más de diez días en este lugar.
Diez días. No, no puede ser.
–No. Eso no puede ser.
–Lo es –insiste el médico.
–Mierda, Mía –digo y me siento. Ambos intentan detenerme, pero lucho con todas mis fuerzas–. Debo ir con mi pequeñita –insisto.
Siento un pinchazo en mi brazo y luego todo comienza a girar.
–No… debo ir con Mía –susurro, pero antes de darme cuenta mis ojos se vuelven a cerrar.
No de nuevo.