Keily siempre pensó que su vida sería tranquila: libros, estudios y pasar desapercibida. Lo último que esperaba era verse comprometida con Gastón Moretti, el capitán del equipo de básquetbol de la universidad… y también el chico que más la había molestado en el pasado.
Entre compromisos familiares, apariencias que mantener y la presión de una relación inesperada, ambos descubrirán que este acuerdo no será tan sencillo como parecía.
¿Podrán sobrevivir a la farsa sin que el corazón se les escape de las manos?
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Capítulo 3: La mudanza forzada
Keily
No me dieron tiempo de procesar nada. Ni un día, ni una semana, ni siquiera un respiro. Apenas terminó la cena con los Moretti, papá ya estaba dando órdenes.
—Mañana a primera hora llevaremos tus cosas al departamento —dijo como quien informa una reunión en la oficina.
Y así fue.
A la mañana siguiente, estaba en mi habitación con cajas por todos lados, tratando de decidir qué llevar y qué dejar. Mamá entraba y salía como un torbellino, diciendo frases que solo me irritaban más:
—Lleva vestidos, Keily, te verás más elegante.
—No olvides maquillaje, nunca se sabe…
—¿Seguro que quieres tantos libros? Ocupan espacio.
Quise gritarle que mis libros eran lo único que me iba a salvar de la locura de vivir con Gastón, pero me contuve.
Al final, terminé empacando ropa cómoda, mis cómics, mis cuadernos de programación y mi portátil. Todo lo demás podía quedarse.
Cuando llegamos al edificio Moretti, sentí que me tragaba el lujo. Mármol en la entrada, espejos enormes, un portero uniformado que saludaba con demasiada cortesía. Todo me resultaba frío, distante, como si no encajara allí.
Gastón nos esperaba en el lobby, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa molesta que parecía tatuada en su cara.
—Bienvenida a mi humilde morada, nerd —dijo, inclinándose como un anfitrión falso.
Rodé los ojos.
—Tranquilo, no vine a divertirme, vine porque me obligaron.
—Eso ya lo sé. Créeme, tampoco estoy encantado.
El ascensor subió hasta el último piso. El departamento era enorme, moderno, con ventanales que daban a la ciudad. Minimalista, con todo impecablemente ordenado… claro, porque él no lo había tocado todavía.
—Este es tu cuarto —dijo señalando una puerta al fondo—. Lo mandé preparar ayer.
Entré y, para mi sorpresa, estaba decorado con tonos neutros, cama doble, escritorio y un gran clóset vacío. Aunque cómodo, se notaba que era un espacio impersonal, hecho rápido para cumplir.
—Espero que te alcance para todos tus… cómics —añadió Gastón con sorna.
—Espero que a ti te alcance el ego para llenar el resto del departamento —le respondí, empujando la puerta y dejándolo afuera.
El resto del día fue un desastre. Discutimos por la cocina, porque él se adueñó de la cafetera como si fuera un trono. Por el baño, porque dejó sus cosas tiradas. Por el volumen de la música mientras yo intentaba ordenar mis libros.
—¿Siempre haces tanto ruido? —le grité desde mi cuarto.
—¿Siempre te quejas tanto? —respondió él, divertido.
Quise lanzarle el diccionario más pesado que tenía.
La noche llegó y apenas nos dirigimos la palabra. Cada uno se encerró en su cuarto, como dos enemigos atrincherados en el mismo territorio.
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La mañana siguiente fue aún más extraña.
Yo me levanté temprano para mi clase en la facultad. Tomé un café rápido y revisé mis apuntes. Gastón apareció en la cocina con el cabello despeinado, vistiendo una remera ajustada que dejaba en evidencia su físico atlético.
—¿Qué miras? —preguntó, arqueando una ceja.
Me sonrojé sin querer.
—Nada. Solo pensaba que deberías comprarte un peine.
Él rio, abriendo la heladera.
—Y yo pensaba que las nerds no eran tan malas en lanzar indirectas.
—No fue una indirecta. Fue directo.
Él sonrió con diversión. Tomó una botella de jugo y la bebió directamente del envase.
—¡Oye! —protesté—. Eso es asqueroso.
—Relájate, compartimos departamento, no bacterias —dijo, dejándola otra vez en su sitio.
Tuve que respirar hondo para no estrangularlo ahí mismo.
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En la universidad, las diferencias entre nosotros se hicieron aún más claras.
Yo pasaba mis clases tomando notas frenéticamente, concentrada, rodeada de compañeros igual de apasionados por la informática. Nos emocionábamos hablando de proyectos, algoritmos y nuevos lenguajes de programación.
Gastón, en cambio, parecía un modelo de revista en los pasillos de la Universidad de Administración. Siempre rodeado de amigos superficiales que reían fuerte y hablaban de fiestas, autos o negocios.
A la salida, lo encontré por casualidad en la cafetería. Estaba con su grupo, contando alguna anécdota ridícula que hizo reír a todos.
Yo llevaba mi bandeja con un sándwich y un jugo cuando lo escuché decir:
—Y ahora vivo con la nerd más famosa del colegio. ¡Imagínense mi suerte!
Todos rieron.
El corazón se me apretó. Me di media vuelta para salir de ahí, pero él me vio.
—¡Eh, Keily! —me llamó con esa sonrisa burlona—. Ven, únete a nosotros.
—No gracias —respondí, helada—. Prefiero almorzar con gente que no me ve como un chiste.
Su sonrisa se borró apenas un segundo, pero volvió enseguida.
—Como quieras, nerd.
Me alejé con la cabeza en alto, aunque por dentro estaba temblando.
Esa noche, cuando regresamos al departamento, apenas crucé palabra con él. Me encerré en mi cuarto, decidida a que si tenía que convivir con Gastón Moretti, al menos lo haría poniendo murallas más altas que el edificio en el que vivíamos.
Lo que no esperaba era que, mientras me acomodaba en la cama, escuchara su voz al otro lado de la puerta:
—Oye, nerd…
No respondí.
—Solo quería decirte que… no estuvo bien lo que dije hoy en la cafetería.
Me quedé helada, sin saber qué contestar.
—Buenas noches, Keily —añadió él.
Y se fue.
Por primera vez, me quedé sin insulto que lanzar.