La vida de un escritor otaku
Saito Takahara tiene 28 años y lleva una vida tranquila y solitaria en Tokio.
Es un escritor de novelas ligeras que ha conseguido ganarse la vida con sus historias, pero fuera de su trabajo pasa la mayor parte del tiempo encerrado en su casa, escribiendo, jugando videojuegos y disfrutando de su mundo otaku.
Todo cambia una noche en Akihabara.
Al salir de una tienda, Saito encuentra a dos jóvenes sentadas en la calle, agotadas y sin un lugar donde pasar la noche. Son Izumi, de 21 años, y Akane, de 18.
Sin saber qué les ha ocurrido y sin esperar nada a cambio, Saito decide ayudarlas y les ofrece quedarse en su casa.
Lo que comienza como una simple ayuda termina convirtiéndose en algo mucho más grande.
La casa que durante años había estado en silencio comienza a llenarse de conversaciones, risas, videojuegos y momentos que Saito jamás imaginó vivir. Mientras Akane empieza a sentirse cada vez más cómoda a su lado, Izumi mantiene cierta distancia.
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Una oportunidad inesperada
Finalmente llegó el sábado.
Por la mañana, Akane, Izumi y yo nos dirigimos hacia la exposición de manga y anime donde habíamos quedado en encontrarnos con Yamada.
Las dos estaban bastante emocionadas.
Akane miraba constantemente los edificios y carteles que encontrábamos por el camino, mientras Izumi hablaba sobre algunos de los mangas que esperaba encontrar.
Yo también estaba emocionado.
Aunque, en mi caso, tenía un objetivo concreto.
Encontrar al mangaka adecuado para adaptar «El sueño de un gran futuro».
Cuando llegamos al evento, encontramos a Yamada cerca de la entrada.
—¡Saito!
—Hola, Yamada.
Nos saludamos y después él miró a las chicas.
—Buenos días.
—Buenos días —respondieron ambas.
Yamada volvió a mirarme.
—Recuerda que hoy no debes distraerte demasiado.
—Lo sé.
—Nuestra prioridad es encontrar a alguien que pueda encargarse de dibujar la adaptación.
Asentí.
—Sí.
—Una vez encontremos a alguien que nos interese, podrás disfrutar tranquilamente de la exposición.
Sonreí.
—Entendido.
Yamada miró hacia el interior del recinto.
—Yo revisaré algunos puestos por este lado.
Señaló hacia otra zona.
—Ustedes pueden buscar por el otro.
—Me parece una buena idea.
—Si encuentro algo interesante, te aviso.
—Y nosotros haremos lo mismo.
Nos despedimos y comenzamos a recorrer el evento.
***
Había muchísima gente.
Había puestos de editoriales, tiendas de manga, artistas independientes y jóvenes mostrando sus propios trabajos.
También había muchas personas haciendo cosplay.
Akane estaba fascinada.
—¡Mira eso!
Señaló uno de los puestos.
—Tienen las novelas que estaba buscando.
—Vamos a ver.
Nos acercamos.
Akane comenzó a revisar los libros mientras Izumi hacía lo mismo con algunos mangas.
Yo observaba los diferentes puestos.
Había muchos artistas con estilos realmente buenos.
Algunos tenían un dibujo muy detallado.
Otros utilizaban un estilo más sencillo.
Pero ninguno terminaba de convencerme.
Seguimos caminando.
Compramos algunas novelas y mangas y continuamos recorriendo la exposición.
Después de un rato fuimos hasta el patio de comidas.
Nos sentamos juntos y pedimos algo para beber.
Akane apoyó los brazos sobre la mesa.
—¿Qué te parecen los puestos hasta ahora?
Pensé unos segundos.
—Hay muchos mangakas muy buenos.
—Entonces ¿por qué no elegiste a ninguno?
—Porque todavía no encuentro un estilo que me haga pensar en mi novela.
Akane me miró.
—¿Qué buscas exactamente?
No pude responder inmediatamente.
Entonces recordé algo.
Un dibujo que había recibido meses atrás en Osaka.
El dibujo de Midori.
El protagonista estaba solo.
No había demasiados elementos alrededor.
Pero podía sentir exactamente lo que quería transmitir.
Soledad.
Miedo.
Y al mismo tiempo, la necesidad de seguir adelante.
—El dibujo que me dio aquella chica en Osaka...
Akane sonrió.
—Midori.
—Sí.
Izumi bebió un poco de su bebida.
—Entonces tendremos que seguir buscando hasta encontrar algo que te haga sentir lo mismo.
—Sí.
—Como cuando viste aquel dibujo —añadió Akane.
Asentí.
—Exactamente.
Después de comer y descansar un poco, continuamos recorriendo la exposición.
Pasamos por varios puestos más.
Hasta que escuché una voz detrás de nosotros.
—¡Señor Saito!
Me detuve.
Conocía aquella voz.
Me giré.
—¿Eh?
En uno de los puestos había una chica de cabello rosa que me saludaba.
Al principio no la reconocí.
Pero cuando me acerqué un poco más, abrí los ojos.
—¿Midori?
Ella sonrió.
—¡Sí!
Me acerqué.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a la exposición.
Señaló el puesto.
—Estoy mostrando mi propio manga.
Miré hacia la mesa.
Había varios ejemplares.
—¿Lo hiciste tú?
—Sí.
Midori parecía nerviosa.
—Quería intentar darlo a conocer.
Akane e Izumi se acercaron.
—Hola —dijo Akane.
—Hola —respondió Midori.
Izumi sonrió.
—Tu eres la chica que le dio el dibujo a Saito, ¿verdad?
—Sí.
Las tres comenzaron a presentarse formalmente.
Después miré el puesto.
—¿Estás sola?
Midori asintió.
—Sí.
Intentó sonreír.
—Pero no importa mucho.
Miré alrededor.
Había muy pocas personas acercándose.
Su sonrisa desapareció lentamente.
—Casi nadie ha venido a mi puesto.
Pude notar cierta tristeza en sus ojos.
Era exactamente la misma expresión que había visto en su rostro cuando nos conocimos.
Recordé la conversación que habíamos tenido en Osaka.
Ella quería convertirse en mangaka.
Pero sus padres no parecían creer en su sueño.
Miré nuevamente los ejemplares.
—Entonces me quedaré a ayudarte.
Midori abrió los ojos.
—¿Qué?
Akane e Izumi me miraron.
Ambas sabían que todavía estábamos buscando a alguien para la adaptación.
—Saito...
—Todavía estamos buscando un mangaka —dijo Izumi.
—Lo sé.
Miré alrededor.
—Yamada seguramente seguirá buscando.
Akane levantó la mano.
—Entonces podemos quedarnos nosotras con Midori.
Izumi asintió.
—Sí.
—No.
Las dos me miraron.
—¿No?
Sonreí.
—Nos quedaremos los tres.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Pero podríamos perder la oportunidad de encontrar al mangaka adecuado —dijo Izumi.
—Si Yamada encuentra a alguien, nos avisará.
Las dos terminaron aceptando.
—Está bien.
Nos acomodamos en el puesto.
Akane e Izumi comenzaron a revisar los mangas de Midori.
Yo tomé un cartón y un palo que había cerca.
—¿Qué estás haciendo?
—Intentando llamar la atención.
Con ayuda de Midori escribí una pequeña sinopsis de su manga y añadimos un dibujo.
Después levanté el cartel.
—Creo que esto puede funcionar.
Midori me miró.
—Saito...
—¿Sí?
—¿Realmente vas a hacer esto?
—Sí.
Me puse frente al puesto.
Sentí que varias personas me observaban.
Mi rostro comenzó a calentarse.
No estaba acostumbrado a hacer algo así.
Respiré profundamente.
—¡Si les gustan las historias originales y el buen diseño de personajes, pueden echarle un vistazo a este manga!
Varias personas voltearon.
Algunas se acercaron.
Midori parecía sorprendida.
Continué hablando con las personas que se acercaban.
Les contaba brevemente de qué trataba la historia.
Algunas compraron un ejemplar.
Otras simplemente lo hojeaban.
Pero poco a poco el montón de mangas comenzó a disminuir.
Midori no podía dejar de sonreír.
El tiempo pasó rápidamente.
Cuando finalmente miré el reloj, me di cuenta de que habíamos pasado buena parte de la tarde allí.
No habíamos encontrado al mangaka que buscábamos.
Pero Midori había conseguido vender varios ejemplares.
Y eso parecía hacerla feliz.
Entonces escuché una voz conocida.
—Saito.
Me giré.
Yamada se acercaba.
—¿Encontraste al mangaka?
Me quedé en silencio durante unos segundos.
Después señalé el puesto.
—Sí.
Yamada miró a Midori.
—¿Ella?
—Sí.
Midori se quedó sorprendida.
—¿Yo?
Yamada sonrió.
—Primero quiero conocer mejor su trabajo.
Midori no sabía qué decir.
Yamada miró el reloj.
—¿Ya comieron?
—Hace un rato.
—Entonces vamos a comer algo.
Todos aceptamos.
Midori comenzó a guardar sus cosas.
Me acerqué.
—Te ayudo.
—No hace falta.
—No pasa nada.
Tomé una de las bolsas.
—Yo llevo esto.
—Gracias.
Cuando terminamos, comenzamos a caminar.
De repente, Midori se acercó y me abrazó.
Me quedé sorprendido.
—Gracias por todo, señor Saito.
—No tienes que agradecerme.
—Pensaba que no vendería ninguno.
Se apartó.
—Pero gracias a ustedes pude conseguir que algunas personas conocieran mi manga.
Sonrió.
—Estoy muy feliz.
Akane e Izumi observaron la escena.
Las dos tenían una expresión ligeramente incómoda.
No dijeron nada.
Pero pude notar que no estaban completamente felices con aquel abrazo.
***
Llegamos a un restaurante cercano.
Nos sentamos juntos.
Akane se sentó a mi izquierda.
Izumi a mi derecha.
Frente a nosotros estaban Yamada y Midori.
Después de pedir la comida, Yamada miró a Midori.
—Quiero hacerte una propuesta.
Midori se puso nerviosa.
—¿Una propuesta?
—Sí.
Yamada sonrió.
—Me gustaría que dibujaras la adaptación al manga de la novela más importante de Saito.
Midori abrió los ojos.
—¿La novela...?
—«El sueño de un gran futuro».
Durante unos segundos pareció que no podía creer lo que acababa de escuchar.
—¿Yo?
—Sí.
Midori sonrió.
Pero aquella expresión desapareció rápidamente.
Bajó la mirada.
—No puedo.
Yamada la observó.
—¿Por qué?
—Porque no creo que sea lo suficientemente buena.
—¿Qué?
—Tengo muy poca experiencia.
Midori apretó las manos.
—Y hoy casi nadie vino a mi puesto.
Miró hacia abajo.
—No quiero arruinar una oportunidad tan importante para Saito.
Saito la observó.
—Midori.
Ella levantó la mirada.
—Tu trabajo es muy bueno.
—Pero...
—Lo digo en serio.
Tomé una copia de su manga.
—Yamada.
Se la entregué.
—Quiero que lo leas.
Midori intentó detenerme.
—¡No hace falta!
—Sí hace falta.
Ella me miró.
Mi expresión debía haberle dejado claro que no iba a cambiar de opinión.
Finalmente dejó de intentar detenerme.
Yamada comenzó a hojear el manga.
Mientras lo hacía, recordé el dibujo que Midori me había entregado en Osaka.
—Cuando nos conocimos, me diste un dibujo.
Midori me miró.
—Sí.
—Me pareció un boceto increíble.
Ella permaneció en silencio.
Akane intervino.
—Yo también lo vi.
Midori la miró.
—¿En serio?
—Sí.
Akane sonrió.
—Me pareció un diseño muy bueno.
—Gracias.
—Pero no fue solo el dibujo.
Akane continuó.
—Conseguiste transmitir perfectamente la soledad y el miedo del protagonista.
Midori la escuchaba atentamente.
—He leído varios mangas.
Akane hizo una pequeña pausa.
—Y no es fácil encontrar historias capaces de hacer que los sentimientos del protagonista se noten de esa manera.
Izumi asintió.
—A mí también me gustó mucho.
Midori nos miró a los tres.
Yamada terminó de hojear el manga.
—Entiendo lo que dicen.
Midori bajó la mirada.
Yamada cerró el ejemplar.
—Pero creo que tienes algo especial.
Midori levantó los ojos.
—No tienes que responder ahora.
—¿No?
—No.
Yamada sonrió.
—Quiero que tengas tiempo para pensarlo.
—Entiendo.
—Pero me gustaría trabajar contigo.
Midori permaneció unos segundos en silencio.
Finalmente respondió:
—Lo pensaré.
Yamada asintió.
—Eso es suficiente.
La comida llegó poco después.
Continuamos hablando mientras comíamos.
Midori nos contó que estaba en su último año de secundaria.
—Entonces pronto tendrás que decidir qué hacer después.
Midori asintió.
—Sí.
—¿Ya lo sabes?
—No.
Miró su plato.
—Estoy pensando entre ir a la universidad o intentar dedicarme a lo que me gusta.
La miré.
—No necesariamente tienes que elegir ahora.
Midori levantó la mirada.
—¿Qué quieres decir?
—Podrías hacer ambas cosas durante un tiempo.
—¿Ambas?
—Sí.
Sonreí.
—Puedes estudiar mientras intentas descubrir hasta dónde puedes llegar con el manga.
—Pero sería difícil.
—Probablemente.
—Entonces...
—Al menos hasta que puedas descubrir qué camino quieres seguir.
Midori se quedó pensando.
Akane e Izumi me miraron.
Parecía que ambas entendían perfectamente por qué había dicho aquello.
Yo sabía lo que significaba no tener claro qué hacer con tu vida.
Y tampoco quería que Midori tuviera que tomar una decisión apresurada.
***
Después de comer, acompañamos a Midori hasta la estación.
—Gracias por todo —dijo ella.
—Nos vemos.
—Adiós.
Midori hizo una pequeña reverencia.
—Nos vemos, señor Saito.
—Hasta pronto.
La vimos entrar en la estación.
Yamada se despidió de nosotros poco después.
—Nos vemos la próxima semana.
—Sí.
—Y recuerda lo de la convención.
—Lo haré.
Yamada se marchó.
Akane, Izumi y yo comenzamos el camino de regreso a casa.
Las dos caminaron a mi lado.
De repente, cada una tomó una de mis manos.
Las miré.
—¿Qué pasa?
Akane me miró.
—¿Qué opinas de Midori?
Izumi también me observó.
—Sí. ¿Qué piensas de ella?
Pensé unos segundos.
—Cuando la conocí...
Miré hacia adelante.
—Me vi a mí mismo cuando tenía su edad.
Las dos permanecieron en silencio.
—Alguien que no tenía muchos amigos.
Hice una pausa.
—Y cuyos padres no parecían estar interesados en lo que a uno le gusta.
Akane apretó ligeramente mi mano.
Izumi hizo lo mismo.
Seguimos caminando.
Esta vez, ninguno de los tres dijo nada.
Mientras avanzábamos hacia casa, no pude evitar pensar en algo.
Quizá aquella chica de cabello rosa no había aparecido por casualidad.
Quizá acabábamos de encontrar a la persona que podía darle una nueva vida a «El sueño de un gran futuro».