La baronesa Juana de Miraflores, llamada por sus vasallos Juana La loca, vió desde la torre de su castillo el avance de tropas enemigas al feudo y exigió a su padre viudo que contrajera matrimonio con la baronesa Oriana de Roca Alta. La idea de unir los feudos para la defensa era sin dudas la mejor salida, pero su proposición no tuvo eco. No le quedó otra : debía casarse ella con el bruto y mujeriego Barón Alvaro Pelayo Roca Alta.
NovelToon tiene autorización de Elsa Elena Isasa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 24. La visita del Cid Campeador
La visita del Cid.
La condesa Juana María Cristina después de un periodo depresivo apenas nació su heredero Alejandro II, Conde de Valladolid y Cuevas se repuso gracias al cariño de su padre el Barón Alfonso de Miraflores, su tía la marquesa y su abuela Ximena.
La suerte del padre biológico de su hijo, le afectaba indudablemente por su apasionado amor hacia Álvaro. Pero los meses fueron pasando y las nuevas tareas de su rango de Condesa no le permitían recuerdos y ensoñaciones vanas.
Su padre paso varios meses en su residencia y luego partió llevando consigo el primer retrato del pequeño Conde que sin dudas era la viva imagen de Álvaro.
El amor y el cuidado de la condesa Ximena a su heredero bastardo, era tal que nadie dudaba que ese niño era su nieto. Pasaba horas en su recámara atendiéndolo y disfrutando de su compañía.
Cuando Juana estuvo mejor físicamente comenzó a pleno con sus tareas de Condesa, revisó cuentas del condado, contrató nuevos tesoreros, se dedicó a revisar cultivos y animales que pertenecían al Conde y cuido de todo aún del dinero que el condado remitía a la corona o al Papa para las luchas de los cruzados como así también con cautela se interesó en indagar noticias sobre su esposo Alejandro y el nuevo soldado del rey Álvaro Pelayo de Roca Alta.
Lady Maria Cisneros había dejado su tarea después de contagiarse de un mal respiratorio.
Lady Luisa que atendía a Juana tuvo que buscar entre las viudas de la zona una dama educada y paciente para cubrir la tarea de ayudar a la Condesa Ximena.
La Condesa Ximena se debilitaba a diario a pesar del intenso cuidado, sus piernas se hinchaban debido a la mala circulación y se pasaba de la cama a una poltrona frente al ventanal de su recámara.
Los momentos más felices de la anciana eran sin lugar a dudas con el pequeño conde. Sabía que un nieto biológico ya jamás lo tendría.
En esa época muchos decían que el placer por la sodomia era hereditario y era considerada una enfermedad incurable. ¿Cuántos médicos visitaron y trataron de curar a Alejandro que desde pequeño demostró su deseo de ser mujer? Muchos. Y nada se había conseguido.
Entonces el cielo a través de su amiga la Marquesa Mariana de Miraflores y Burgos la hizo conocer a Juana e ilusionarse por algún tiempo que su nieto había asumido su condición masculina. Sin embargo, casi agradece que ese pequeño hermoso no tenga la sangre de su nieto.
Quizás sea un mal hereditario como la hemofilia pensaba la Condesa Ximena.
Juana era una nuera realmente especial e inigualable. Ante la ausencia del hombre de la casa ella se encargaba como un verdadero varón de todo. Temprano después de amamantar al pequeño, cabalgaba por las posesiones del Condado, conversaba con los siervos y agricultores, se interesaba en la producción de los cultivos. Acompañaba a Sir Lázaro, un judío morisco que fue contratado para esa tarea a cobrar las rentas de sus vasallos. Llevaba las cuentas como nunca se habían llevado y hacia los pagos a su majestad el rey y al Papa con regularidad.
Una mañana una tropa grande de Cruzados llego al puente levante del castillo y pidieron permiso para ingresar al patio interno.
Traían las banderolas con la cruz roja de los cruzados y su ingreso fue permitido. Muchos siervos de las caballerizas corrieron a ayudar a llevar los caballos hacia las cuadras del patio. Fue el día que la condesa Juana María Cristina pudo conocer a su héroe : Sir Rodrigo Diaz de Vivar, el gran Cid Campeador.
La emoción de Juana por ver a ese maravilloso guerrero y su tropa fue mucha.
Rodrigo Diaz beso la mano de la Condesa Juana María Cristina que lo invitó a pasar a refrescarse y luego conocer a Lady Ximena.
Rodrigo Diaz, tenía esposa y dos hijas mujeres como todos saben : Doña Elvira y Doña Sol. Pero como hombre admiró la belleza y gallardía de la joven Condesa de Valladolid.
Sus hermosos y nobles ojos no dejaban de mirar a Juana que a su vez, tenía por ese guerrero, ya bastante mayor, un sentimiento de gratitud y admiración.
La Condesa Ximena lo atendió en su recámara también admirada por tan magnífica visita.
_ He llegado hasta aquí, nobles damas, a traer un triste mensaje de nuestra majestad el rey de España, señor de mí ejército. - dijo El Cid.
_¿ Una noticia triste?. De que se trata Sir Rodrigo - respondió temblando Ximena.
_ Sabe usted Señora mía que hemos buscado por mucho tiempo a su noble hijo El Conde Alejandro. Nuestra búsqueda fue infructuosa por lo que el rey, consideró que, debemos establecer legalmente fallecido a nuestro querido compañero de armas.- dijo.-
_ Oh Dios. Mí pobre hijo. Que Dios se apiade de su alma y le tenga en un mejor lugar que este- dijo la condesa Ximena despidiendo suaves lágrimas.
_ ¿ Y qué piensa Usted Cid Rodrigo? Podremos hacer algún homenaje de despedida de mí esposo?- dijo Juana también llorosa.
_ He venido Justamente a eso mí señora - respondió - la tropa que me acompaña quiere rendir un saludo ante una cruz en el camposanto del castillo.
Armaron las exequias, solamente velando una cruz de mármol traída por el ejército de Alejandro durante toda la noche.
En el gran salón del castillo, durante toda la noche, los soldados que pertenecieron al ejército del Conde Alejandro se turnaron para acompañar la cruz que se erigiría en el cementerio del castillo como recordatorio, ya que el cuerpo del Conde no fue encontrado.
Se escucharon muchas historias del valor del Conde Alejandro. Y eso gratificó a su ahora oficialmente viuda Juana y a su madre Ximena.
Siendo las 8 de la mañana del otro día, bajo una fina llovizna la Condesa- Juana de Valladolid y Cuevas acompañada del Cid Campeador, seguido por soldados del rey y vasallos del Condado caminaron hacia la colina donde se plantó la Cruz Blanca.
En su interior, Juana rezaba a Dios que perdone a su esposo y lo cuide con salud donde fuera que estuviera.
Después del triste regreso al castillo, los soldados del rey marcharon otra vez a Castilla.
Las dos mujeres del Castillo se sintieron más tranquilas. El Conde Alejandro no fue encontrado y la búsqueda se había detenido.